Título de la homilía: “La Palabra que se hace Vida”
1 Introducción: El Silencio que se Rompe
Queridos hermanos y hermanas: Hoy celebramos que el Silencio de Dios se ha roto para siempre. En el portal de Belén, Dios ya no envía mensajes, se envía a sí mismo. El «Logos», la Palabra, se ha hecho carne para que podamos tocar la Verdad y ver el Amor. Es la respuesta definitiva de Dios a la búsqueda humana de sentido.
2 El mensaje de las Escrituras
Recordemos lo que dicen las lecturas, como un Camino de Luz: Isaías (52,7-10): Nos presenta la alegría del mensajero que anuncia la paz. Los confines de la tierra ven la victoria de nuestro Dios. Es el anuncio de un Dios que vuelve a su pueblo para consolarlo. Salmo 98: Es un cántico de júbilo. La creación entera reconoce que Dios ha hecho maravillas y ha revelado su justicia a las naciones. Hebreos (1,1-6): Es el puente teológico. Dios, que habló de muchas formas a través de los profetas, ahora nos habla a través de su Hijo, que es el resplandor de su gloria y la impronta de su ser. Juan (1,1-18): El prólogo sublime. Nos revela que la Palabra estaba con Dios desde el principio y que esa Palabra es la Luz que la tiniebla no pudo vencer.
3 Asumir la Palabra: El Valor de lo que Decimos
El Evangelio de Juan nos dice que la Palabra «acampó entre nosotros». Asumir la Palabra hoy significa permitir que ese mismo Verbo tome cuerpo en nuestra realidad cotidiana. No se trata solo de leer la Biblia, sino de encarnar sus valores.
Que nuestra palabra sea relevante: En un mundo saturado de información vacía y ruido digital, la palabra del cristiano debe tener peso. No puede ser una palabra «barata» o superficial. Una palabra relevante es aquella que nace de la oración y la reflexión, que aporta esperanza donde hay cinismo y verdad donde hay confusión.
Que la palabra defina nuestras relaciones: Nuestras palabras construyen o destruyen puentes. Si la Palabra de Dios se hizo carne para reconciliarnos, nuestra palabra debe ser vínculo de comunión. Asumir la Palabra es hablar con honestidad, pedir perdón con sinceridad y bendecir (decir bien) al otro, reconociendo en él la imagen de Dios.
En nuestra cultura actual, marcada por la postverdad y las promesas vacías, estamos perdiendo el peso de lo que decimos. Antiguamente, no hacían falta tantos contratos ni firmas legales; existía la «palabra empeñada». Se decía que la palabra de una persona valía tanto como su vida, y quien faltaba a su palabra perdía su lugar en la comunidad.
Hoy, celebrar la Navidad es recuperar esa nobleza. Asumir la Palabra de Dios es convertirnos en personas cuya palabra sea relevante y defina nuestras relaciones. Si Dios ha sido fiel a su promesa de salvación, nuestra palabra cristiana debe ser un suelo firme. Que cuando digas «te perdono», «te ayudo» o «te soy fiel», el otro pueda descansar en esa certeza. Que nuestra palabra no sea ruido, sino un vínculo de comunión.
4 Un nuevo comienzo: Hablar desde la verdad
La Navidad es el «punto cero» de la humanidad. Al asumir la Palabra, permitimos que la historia no sea una repetición de errores y rencores, sino un camino nuevo. Cada vez que cumplimos una promesa, cada vez que defendemos al débil o que anunciamos la paz, estamos permitiendo que la historia de amor de Dios siga escribiéndose en el presente.
Si queremos que esta Navidad marque un nuevo comienzo en nuestra historia personal y social, debemos cambiar el lugar desde donde hablamos. Cuenta una historia que un discípulo le preguntó a su maestro: “¿Por qué nuestras palabras ya no tienen el poder de los antiguos profetas?”. El maestro respondió con sabiduría: “Porque los antiguos profetas no hablaban DE la verdad, hablaban DESDE la verdad”.
Ese es nuestro desafío: no hablar solo de Cristo como quien repite una lección aprendida, sino hablar desde Cristo. La palabra cristiana tiene características propias: es encarnada porque toca la realidad del hermano; es veraz porque huye de la manipulación; y es sanadora porque busca levantar al caído. Cuando hablamos desde la verdad de nuestra fe, nuestra palabra tiene el poder de crear mundos nuevos, de reconciliar familias y de devolver la esperanza a los que la han perdido. Esta palabra debe ser además humilde, no se impone por la fuerza, sino que se ofrece como una luz en la noche, respetando la libertad del otro; y debe ser comprometida, es una palabra que se hace acción, que no se queda en el aire, sino que se traduce en manos que ayudan.
5 Conclusión
Que este día de Navidad no sea solo un recuerdo, sino un acontecimiento. Que al salir de esta celebración, nuestra palabra sea eco de la Palabra Eterna, y que nuestra vida sea el papel donde Dios siga escribiendo su historia de amor con la humanidad.
¡Santa y bendecida Navidad y un próspero Año Nuevo para todos!
Fin de la homilía

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