Dios no hace acepción de personas: Un solo Padre, una sola familia humana


El Don: La Gracia que nos precede

Queridos hermanos, hoy celebramos el Bautismo del Señor, y con ello, el misterio de nuestra propia identidad. Antes de que nosotros decidiéramos buscar a Dios, Él ya nos había buscado. Antes de cualquier mérito nuestro, el Cielo se abrió.

El Bautismo no es un trofeo a la santidad, sino el don de la primacía de la gracia. En las aguas del Jordán, Jesús nos enseña que el amor de Dios es un regalo previo: somos hijos porque Él así lo ha querido. Esta filiación es la base de nuestra dignidad; no hay nada que puedas hacer para que Dios te ame más, y nada que puedas hacer para que te ame menos.

El contraste: Las fronteras que inventamos

Sin embargo, al mirar nuestro mundo, vemos un contraste doloroso con esta verdad divina. Mientras Dios abre el cielo para todos, nosotros nos especializamos en cerrar puertas. El ser humano ha creado una «cultura de categorías» basada en criterios arbitrarios que fragmentan la familia humana:

  • Criterios Materiales: Clasificamos a las personas por su poder adquisitivo o su éxito profesional.
  • Criterios Ideológicos y Políticos: Creamos muros invisibles entre «nosotros» y «ellos», etiquetas que nos impiden ver el rostro del hermano detrás de una postura.
  • Criterios Étnicos y Culturales: Seguimos juzgando por el origen, el acento o el color de piel.

Vivimos en un mundo de asimetrías globales: una minoría que habita en la abundancia frente a mayorías que carecen de lo básico. Esta desigualdad no es un accidente, sino el resultado de haber olvidado que «Dios no hace acepción de personas».

La Verdad de Pedro: El Amor sin fronteras

San Pedro, en la segunda lectura, tiene una revelación que cambia la historia: «Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas». Pedro, que venía de una tradición que separaba rígidamente lo puro de lo impuro, entiende que el Espíritu de Dios sopla donde quiere y sobre quien quiere.

Esta verdad no es una teoría bonita; es una tarea urgente. El amor universal que San Pedro descubre nos obliga a pasar del sentimiento a la acción. Si Dios no hace acepción de personas, el cristiano no puede permitirse el lujo de la indiferencia.

¿Cómo vivir esto en lo cotidiano?
• En la escucha: Prestar atención a quien el mundo ignora (el anciano, el conserje, la persona en situación de calle).
• En el juicio: Detener el comentario prejuicioso en la oficina, en la mesa familiar o en las redes sociales.
• En la acogida: Salir de nuestra burbuja de «personas afines» para dialogar con quien piensa diferente.

Conclusión: Una misión compartida

Al salir Jesús del agua, se oyó una voz: «Este es mi Hijo muy querido». Hoy, esa voz el Padre te la dirige a ti, y a cada bautizado en Cristo. Al decirnos «hijos», nos está diciendo también que todos los que nos rodean son «hermanos».

Nuestra misión es la misma de Cristo: ser la «luz de las naciones» y «la alianza del pueblo» (Isaías). Estamos llamados a construir la fraternidad y la paz en un mundo fracturado. Que este Bautismo que recordamos hoy nos dé la fuerza para derribar los muros de la acepción de personas y empezar a construir, desde lo pequeño, el Reino donde todos tienen un lugar a la mesa del Padre.

Fin de la homlía


Oración por la Fraternidad de los Hijos de Dios

Padre de bondad, que en las aguas del Jordán revelaste a Jesús como tu Hijo Amado y lo ungiste con el Espíritu Santo para pasar haciendo el bien:
Te damos gracias por el don de nuestro bautismo. Gracias porque, sin mérito nuestro, nos has llamado tus hijos y has abierto el cielo sobre nuestras vidas. Te pedimos hoy que la gracia de este regalo no se quede dormida en nuestro corazón, sino que se convierta en fuego que transforme nuestra mirada.
Señor, danos la fuerza para ser instrumentos de sanación en este mundo dividido. Que allí donde otros levantan muros de prejuicios, nosotros sepamos tender puentes; donde el mundo clasifica y excluye, nosotros sepamos acoger y valorar.
Ayúdanos a que nuestra identidad de hijos se exprese en gestos concretos:
• En la mano tendida que reconoce la dignidad del que sufre.
• En la palabra que busca la paz frente al grito de la discordia.
• En el compromiso por la justicia que acorta las asimetrías de nuestra tierra.
Que, al igual que tu Hijo, no apaguemos la mecha que arde débilmente ni rompamos la caña quebrada de la esperanza de nuestros hermanos. Haznos conscientes de que nuestra misión es humanizar la historia, construyendo una fraternidad donde nadie sea invisible y donde tu amor sea la única medida.
Que el mundo, al ver nuestras acciones, pueda reconocer que verdaderamente somos tus hijos, y que en Cristo, Tú sigues enviando tu paz a todas las naciones. Amén.

FJPS

Posted in

Deja un comentario