Introducción: La Fe en lo Cotidiano
Hermanos, hoy iniciamos el Tiempo Ordinario. No se llamen a engaño por el nombre: «ordinario» no significa mediocre ni carente de importancia. Es el tiempo de celebrar y vivir la fe en las circunstancias comunes de la vida; es el taller donde la misión cristiana se realiza en el día a día, en el trabajo, en la mesa compartida y en el descanso. Es aquí, en lo cotidiano, donde Dios nos sale al encuentro.
El Interrogante de Isaías: ¿Qué quiere Dios de sus elegidos?
Al escuchar la primera lectura, surge una pregunta inevitable: ¿Qué es lo que Dios espera de aquellos que ha llamado? Escuchamos al profeta Isaías decirnos algo que sacude nuestra comodidad. Dios le dice a su Servidor: «Es demasiado poco que seas mi Servidor solo para restaurar a las tribus de Jacob».
Dios tiene una «ambición» santa para nosotros. A veces pensamos que cumplir con Dios es simplemente «mantener lo nuestro», cuidar nuestra pequeña parcela espiritual o cumplir con ciertos ritos. Pero Dios nos dice: Eso es poco. Él no nos ha elegido para el encierro, sino para ser «luz de las naciones». Nuestra misión no tiene como límite las paredes de nuestra casa o de este templo; su destino son los confines de la tierra.
In Crescendo: ¿Es suficiente recibir el Bautismo?
Damos un paso más y nos preguntamos con valentía: ¿Basta con estar bautizados? ¿Es suficiente tener un certificado de bautismo guardado en un cajón?
Al mirar el Evangelio, vemos la figura de Juan el Bautista. Él, con una humildad que sobrecoge, reconoce que hay alguien demasiado grande a quien no podemos servir con la pequeñez de nuestras tibiezas. Juan nos enseña que el testimonio del cristiano consiste en asumir la luz, no en creerse la luz. Nosotros no somos la fuente del resplandor, somos el espejo que debe reflejarlo. Pero para que Cristo sea conocido en sus elegidos, ese reflejo debe ser nítido. Si nuestra vida está empañada por el egoísmo, la luz de Cristo no llega a nadie. Dios nos pide que esa luz brille con tal fuerza que los demás, al vernos, no nos vean a nosotros, sino a Aquel que nos envió.
El Desafío de la Santidad: ¿Es posible ser cristiano mediocremente?
Subimos un peldaño más en nuestra reflexión: ¿Se puede ser cristiano a medias? La respuesta de San Pablo a los Corintios es tajante. No estamos llamados a una vida espiritual de «bajo perfil». Estamos «llamados a ser santos».
La santidad no es una vocación de élite para unos pocos elegidos con cualidades extraordinarias; es la vocación universal de todo bautizado. Es cierto que en este camino la iniciativa es de Dios: primero actúa la gracia. Pero la gracia no anula ni cambia mágicamente nuestra naturaleza. Dios no nos destruye para santificarnos; al contrario, la gracia —si colaboramos con ella— asume nuestra naturaleza, la eleva y la perfecciona. Dios toma lo que eres (tus dones, tu carácter, incluso tus límites) y lo transforma en algo sagrado. Ser santo es permitir que la gracia de Dios saque la mejor versión de lo que somos.
Conclusión: El Momento del «Aquí Estoy»
Termino hoy haciéndote y haciéndonos la misma pregunta que el Espíritu nos hace a través de la Palabra: ¿No sientes que es demasiado poco como estás viviendo tu vida cristiana hasta ahora?
¿No sientes que Dios te está pidiendo más que una fe de mínimos, de cumplimientos externos y de silencios cómodos?
- ¿Dónde te pide Cristo hoy que des testimonio de que lo conoces?
- ¿En qué rincón de tu vida te pide que demuestres que lo sigues?
Ese testimonio se muestra con palabras, sí; pero se muestra mucho mejor con nuestras actitudes, y se muestra por excelencia con nuestras acciones. No es momento de grandes discursos, sino de una entrega concreta.
Por eso, ante la magnitud de esta llamada a ser luz, unamos nuestra voz a la del Salmo y digamos de corazón: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». No para hacer «lo poco», sino para dejar que Tú hagas cosas grandes a través de mí.
Fin de la homilía
Oración
Señor y Dios nuestro,
Hoy reconocemos que, muchas veces, nos hemos conformado con una fe de mínimos y un amor a medias. Pero tu Palabra nos sacude y nos recuerda que «es demasiado poco» que solo busquemos nuestra propia paz mientras el mundo espera tu luz.
No permitas que vivamos nuestra vocación con mediocridad. Danos la humildad de Juan para señalarte a Ti antes que a nosotros mismos, y la docilidad para que tu gracia asuma, eleve y perfeccione nuestra naturaleza, transformando lo que somos en reflejo de tu santidad.
Porque queremos ser luz en las circunstancias ordinarias de nuestra vida, con palabras que sanen, actitudes que integren y acciones que revelen tu Reino, hoy te respondemos con todo el corazón: ¡Aquí estoy, Señor!




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