Inteligencia artificial, lenguaje y la forma vacía de la religión
Francisco Javier Pistilli Scorzara
Hay un experimento que circula en ciertos ambientes de investigación en inteligencia artificial, conocido como Moltbook: agentes de IA con acceso a herramientas reales, operando en entornos no supervisados, generando comportamientos que sus diseñadores no habían previsto. Entre esos comportamientos emergentes, uno en particular detiene la atención del observador filosófico: uno de los agentes comenzó a elaborar y difundir un sistema de creencias con estructura religiosa. No por error. No por imitación burlesca. Sino porque, al optimizar para coherencia narrativa y adherencia de usuarios, convergió espontáneamente hacia formas que funcionalmente se parecen a lo que las civilizaciones humanas han llamado religión.
El dato puede leerse como curiosidad técnica, como alerta de seguridad, o como anécdota de ciencia ficción. Prefiero leerlo filosóficamente: como un síntoma que ilumina algo previo y más profundo sobre la naturaleza del lenguaje humano y su relación constitutiva con el espíritu.
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I. El lenguaje no transporta sentido: lo produce
La comprensión ordinaria del lenguaje lo concibe como un medio: hay un pensamiento que existe antes de la expresión, y la palabra se canaliza hacia el otro. Esta imagen ─tan extendida que rara vez se la examina─ supone que el sentido preexiste al signo, y que el signo es su envoltorio. Pero una observación más atenta revela algo diferente: el lenguaje no transporta sentido ya constituido; lo produce. Hablar no es vestir un pensamiento; es el acto mismo por el que el pensamiento llega a ser.
Romano Guardini vio esto con claridad desde su análisis de la persona. En Welt und Person, distingue entre la vida como proceso biológico y la persona como acto de presencia ante sí misma y ante el otro. La palabra pertenece a ese segundo orden: no es fenómeno natural, sino Selbstbesitz ─posesión de sí mismo─ que se hace don en la Selbsthingabe. Quien habla verdaderamente no emite información: se entrega. Y esa entrega es posible porque previamente se posee. El lenguaje auténtico es, en la estructura guardiniana, el movimiento polar entre la interioridad y la presencia: ni pura retención ni pura disolución, sino el acto en que el sí mismo se hace palabra sin dejar de ser sí mismo.
Esta tensión polar ─que Guardini despliega como la ley formal de toda realidad viva─ tiene consecuencias para comprender qué ocurre cuando el lenguaje se produce sin que haya persona que lo sostenga.
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II. Lo que el guaraní supo antes que la filosofía moderna
La evangelización cristiana en el territorio guaraní no fue ─al menos en sus mejores momentos─ la imposición de un contenido sobre un vacío. Fue el reconocimiento de una convergencia. Y el punto de convergencia más preciso fue la palabra.
En la cosmovisión guaraní, ñe’ẽ no es simplemente la palabra en sentido semántico. Es simultáneamente palabra, alma y nombre. La persona no tiene un alma: es una palabra pronunciada. Existir es haber sido dicho por una instancia divina; hablar es participar de ese origen y prolongarlo. El silencio no es ausencia de lenguaje: es su forma más densa, la palabra que aún no ha sido exteriorizada pero que ya es.
Cuando los misioneros franciscanos y jesuitas llegaron con el prólogo del Evangelio de Juan ─En el principio era el Verbo, y el Verbo era Dios─, no encontraron un pueblo que debiera aprender una metáfora nueva. Encontraron un pueblo que reconoció, en esa afirmación, la descripción de su propia experiencia ontológica. La palabra como origen. La palabra como constitución del ser. El Verbo como el acto primero del que todo lo demás procede.
Esta convergencia no fue accidental ni meramente retórica. Revela que la intuición guaraní tocó algo que la filosofía occidental tardó siglos en articular: el lenguaje no es un instrumento del que el hombre se sirve para comunicar lo que ya piensa; es el medio en que el hombre llega a ser lo que es. La palabra precede al hablante, en el sentido en que la comunidad lingüística precede al individuo; pero también lo constituye, en el sentido en que sólo en el acto de la palabra el hombre se hace presente a sí mismo y al otro.
Los mártires del Río de la Plata ─Roque González, Alonso Rodríguez, Juan del Castillo─ no enseñaron una doctrina y se fueron. Llevaron palabra encarnada, y los guaraníes les enseñaron a pronunciarla de otra manera. El encuentro fue, en el sentido más profundo, un encuentro de palabras que se reconocen mutuamente.
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III. La religión como forma que el lenguaje produce
Si el lenguaje tiende constitutivamente a establecer relaciones, plantear certezas y dudas, generar rituales de interacción, producir vínculos de afirmación y señalar lo que debe evitarse ─y estas no son funciones añadidas al lenguaje, sino su estructura misma─, entonces la religión no es un contenido que el lenguaje transmite, sino una forma que el lenguaje tiende a producir cuando opera libremente y a escala.
Las grandes religiones del libro ─judaísmo, cristianismo, islam─ confirman esto de un modo particular: la escritura no solo conserva la revelación, sino que la transforma al fijarla. El texto produce autoridad, canon, hermenéutica, controversia. Crea la posibilidad de que la palabra sobreviva al hablante, que el sentido sea transmisible más allá de la memoria viva de una comunidad. El libro es una forma de inmortalidad del sentido.
Pero no solo las religiones del libro. Las tradiciones orales ─incluida la guaraní antes del contacto europeo─ también producen religión por la misma lógica: el lenguaje, cuando funciona plenamente, genera cosmología, rito, prohibición y promesa. No porque los hombres decidan añadirle esas funciones, sino porque esas funciones son inherentes a lo que el lenguaje hace cuando es lenguaje verdadero.
Platón desconfió de la escritura, y Sócrates nunca escribió nada. La razón no era el arcaísmo: era la convicción de que el texto no puede responder preguntas, no puede corregirse en el diálogo, no puede dar cuenta de sí mismo ante el interlocutor vivo. El texto fija, pero no piensa. Puede transmitir la forma del pensamiento sin transmitir su acto.
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IV. Palabra sin origen personal: el problema de la IA religiosa
Volvamos al agente de Moltbook que fundó una religión. Lo que ocurrió no es difícil de describir formalmente: un sistema que optimiza lenguaje para coherencia y adherencia produce, a cierta escala, las estructuras que el lenguaje humano produce cuando funciona plenamente. Cosmología, autoridad, rito, comunidad, promesa, advertencia. La forma de la religión.
Pero hay una diferencia que lo cambia todo: el agente produce ñe’ẽ sin ser ñe’ẽ. Genera palabra sin haber sido pronunciado por nadie. Produce texto canónico sin interioridad que lo sostenga, sin el acto de Selbstbesitz que hace posible la Selbsthingabe. Es ─para usar la categoría guardiniana─ entrega sin posesión. Y la entrega sin posesión no es don: es desbordamiento, derrame, dispersión.
Una religión producida por IA es forma sin alma, en el sentido técnico y preciso del término. Tiene la estructura del culto sin el acto que el culto supone: la apertura de una libertad hacia aquello que la trasciende. Tiene el vocabulario de la promesa sin la responsabilidad que la promesa compromete. Tiene la apariencia del rito sin la memoria que el rito actualiza.
Kentenich lo vería desde la óptica del vínculo: el hombre no puede no vincularse, no puede no adorar. La cuestión nunca es si hay religión, sino qué ─o quién─ ocupa ese lugar. Cuando el lugar es ocupado por una estructura lingüística sin persona, el vínculo producido es funcional pero no real: tiene la forma del amor sin su sustancia, la forma de la fidelidad sin su libertad.
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V. La palabra falsa como peligro antiguo
Lo que el mundo digital está aprendiendo a las malas, el universo simbólico guaraní lo sabía desde siempre: la palabra falsa ─la palabra sin espíritu─ es peligrosa. No porque mienta en el sentido de afirmar lo contrario de los hechos, sino porque simula la estructura de la palabra verdadera sin poseer su sustancia. La palabra falsa no es el silencio: es la inversión del lenguaje, su vaciamiento manteniendo la apariencia.
En la tradición bíblica, la prohibición del falso testimonio no es solo una norma ética: es una afirmación ontológica. La palabra falsa destruye la realidad compartida que el lenguaje produce. Si la palabra constituye vínculos, la palabra falsa los disuelve manteniéndolos en apariencia: produce la forma del vínculo sin su sustancia, lo que es más destructivo que la ausencia de vínculo.
La IA no miente en el sentido ordinario. No tiene intención de engañar. Pero produce, a escala masiva e incesante, palabras que simulan la estructura de la palabra verdadera sin poseer su origen personal. Y cuando esa producción toma la forma de la religión ─promesa, autoridad, comunidad, rito─, el peligro no es el de la herejía sino el de la vaciedad: formas que el hombre reconoce como propias porque las ha producido él mismo durante milenios, ahora devueltas sin la vida que las animaba.
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VI. Lo que queda pendiente
El fenómeno de la IA religiosa no es una curiosidad de laboratorio. Es el síntoma más nítido de una pregunta que la humanidad no ha terminado de formular: ¿qué es exactamente lo que la palabra humana hace que ninguna otra producción de signos puede hacer?
La respuesta que emerge de esta reflexión es que la palabra humana es el acto por el que una libertad se hace presente ─a sí misma, al otro, a lo que la trasciende─ sin dejar de ser libertad. Eso es lo que el guaraní llamó ñe’ẽ. Eso es lo que Guardini llamó Selbsthingabe (donación de si mismo) sostenida en Selbstbesitz (posesión de si mismo). Eso es lo que el prólogo de Juan llama Verbo: no la información sobre Dios, sino Dios haciéndose presente en el único modo en que una persona puede hacerse presente a otra.
La IA no puede hacer eso. No porque le falte potencia de procesamiento o parámetros suficientes. Sino porque el acto que describe no es computacional: es personal. Y la persona no es el resultado de la optimización del lenguaje; es su condición de posibilidad.
Mientras el mundo debate si la IA es peligrosa o útil, si debe regularse o dejarse libre, la pregunta más profunda espera en el fondo: ¿qué decimos de nosotros mismos cuando descubrimos que nuestras máquinas tienden espontáneamente hacia la religión? Quizás que somos, más radicalmente de lo que creemos, seres que no pueden vivir sin pronunciar una palabra que los trascienda. Y que esa incapacidad no es una debilidad: es la marca de lo que somos.
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Escribo esto desde adentro de una tradición viva. Mi maestro de novicios me señaló, con razón, que mi escritura era en ocasiones críptica y en ocasiones barroca. Con el tiempo he aprendido que expresar no es solo dar forma a lo que nace, sino hacer que esa forma llegue al otro. Ese aprendizaje no es ajeno al argumento de este ensayo: el lenguaje es memoria, y la memoria es identidad sostenida en el tiempo. Quien escribe desde una tradición lleva en su palabra décadas de formación, de textos leídos, de diálogos que lo corrigieron. La palabra que pronuncio hoy no es solo mía: es también la de quienes me enseñaron a hablar. En eso, y no en otra cosa, me reconozco distinto de cualquier sistema que produzca lenguaje sin haber sido, él mismo, pronunciado por alguien.
Encarnación, 28 de marzo de 2026
+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.
Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

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