Crónica de época
El vertuschen de nuestra época, las madres descalzas de Roma, y la pregunta que nadie quiere responder
Hay una palabra alemana que no tiene traducción exacta al español: vertuschen. Significa cubrir, disimular, tapar. Pero en alemán tiene una corporeidad que el español no captura del todo: implica activamente poner algo encima para que no se vea. No es simplemente callar. Es gesticular encima del hueco para que nadie lo note.
En marzo de 2026, Larry Fink, CEO de BlackRock —la gestora de activos más grande del planeta, que administra el ahorro de millones de personas en todo el mundo— apareció en Fox News y confirmó lo que muchos sospechaban: la empresa abandona los criterios ESG (criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza, es decir, la exigencia de que las empresas sean evaluadas no solo por su rentabilidad sino también por su impacto en el medio ambiente, en la sociedad y en sus prácticas de gobierno interno) y disuelve sus departamentos de diversidad e inclusión en uno llamado, más sobriamente, «Talento y Cultura». Business first. El negocio, primero.
Los titulares sensacionalistas hablaron de «confesión» y de fracaso ideológico. Esas etiquetas son inexactas. Lo que ocurrió no fue una conversión ni una derrota. Fue algo más revelador: el fin del vertuschen. Durante casi una década, el discurso de responsabilidad social corporativa funcionó como cobertura retórica de algo que siempre estuvo ahí —la lógica pura del capital, que no tiene patria, ni valores, ni rostro. La gramática profunda no cambió. Lo que cambió es que ya no se considera necesario disimularla.
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Sería cómodo detenerse aquí y convertir este artículo en una crítica al eje financiero anglosajón. Pero el vertuschen no es patrimonio de Wall Street. Es el mecanismo de época, y opera en todas las direcciones.
Opera en la Realpolitik —ese arte de gobernar desde los intereses reales, sin el adorno de los principios declarados— que hoy se practica sin pudor en múltiples escenarios simultáneos. En el Medio Oriente, donde las narrativas de ambos lados del conflicto tapan con relatos épicos o victimarios la pregunta más simple: ¿cuántas madres más van a enterrar a sus hijos? En Rusia, donde la invasión de un país soberano se viste con el ropaje de la defensa de la civilización. En China, que exporta infraestructura con deuda como instrumento geopolítico silencioso. En América Latina, donde los procesos que vuelven a girar en sentido horario —o pretenden hacerlo— suelen reproducir exactamente los mismos mecanismos de los que dicen querer liberarse: el caudillismo, el relato único, la persona real subordinada al proyecto.
Los discursos ideológicos —de derecha y de izquierda, religiosos y laicos, de mercado y de Estado— comparten una tendencia estructural: cuando la persona concreta les resulta incómoda, la tapan. Le ponen encima un concepto, una categoría, una causa. Y la persona desaparece debajo del vertuschen.
El que normalmente queda al margen no es un pueblo abstracto ni una clase social ni una civilización amenazada. Es una persona. La real. La que busca refugio, la que espera noticias de su hijo, la que no aparece en ningún balance ni en ningún manifiesto.
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El 24 de marzo de 2026, en las calles de Roma, ocurrió algo que los grandes titulares apenas registraron. Madres palestinas e israelíes del movimiento Mothers Call caminaron descalzas desde el Ara Pacis hasta la Piazza del Popolo. Al día siguiente, solemnidad de la Anunciación, se presentaron descalzas ante el Papa León XIV en la Plaza de San Pedro y le entregaron una declaración común. Las líderes del movimiento —Reem Al-Hajajreh, palestina, y Yael Admi, israelí, ambas candidatas al Nobel de la Paz— dijeron al unísono: «Queremos el fin inmediato y definitivo de la violencia y el inicio de negociaciones en las que las mujeres, las madres palestinas e israelíes, juntas, tengan un papel determinante.» También participaron más de cincuenta madres ucranianas.
Estas mujeres practicaron el gesto opuesto al vertuschen. No taparon nada. Mostraron el dolor sin el ropaje de la narrativa que les correspondería por pertenencia. Una madre israelí que perdió a su hijo el 7 de octubre y una madre palestina que perdió al suyo en la Segunda Intifada caminando de la mano, descalzas, en Roma. No es una imagen sentimental. Es un acto político de primer orden: la negativa a dejar que el sistema las use como argumento.
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En 2009, mientras el mundo procesaba el shock de la crisis financiera, Benedicto XVI publicó Caritas in Veritate. La recibieron con cortesía y cierta condescendencia: un papa alemán reflexionando sobre economía, un ejercicio estimable pero algo académico. Diecisiete años después, resuena de otro modo.
Benedicto no estaba criticando los excesos del sistema. Estaba diagnosticando su fractura interior: el mercado había expulsado la pregunta por el hombre de su propio mecanismo. No como accidente, sino como consecuencia lógica de una economía que se declara zona libre de valores para competir mejor. Y al hacer eso, señalaba, no se vuelve más fuerte: pierde el contrapeso que la humanizaba.
La frase del parágrafo 35 cobra hoy una precisión casi profética: sin verdad, la caridad degenera en sentimentalismo. El discurso de responsabilidad social corporativa, en esa lectura, habría sido exactamente eso: caridad sin verdad. Un gesto moral que no tocaba la gramática profunda del sistema. Y cuando el sentimentalismo resulta costoso, se descarta. No porque haya sido mentira del todo, sino porque nunca fue convicción: fue estrategia de imagen.
Hay una palabra para eso. Ya la conocemos.
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En 1209, un joven de Asís escuchó el evangelio de Mateo 10 y decidió vivirlo al pie de la letra. Francesco di Pietro di Bernardone no quería una regla. Quería el evangelio como regla. La tensión entre ese deseo y la institución que lo acogió —y que terminó encuadrando su carisma en dos versiones sucesivas de la regla franciscana, la Regula non bullata y la Regula bullata— es uno de los grandes dramas del espíritu en la historia occidental.
Lo extraordinario del poverello no es que haya resuelto esa tensión. Es que la habitó. Su santidad no está en haber encontrado la síntesis entre el evangelio puro y la forma institucional, sino en no haber traicionado ninguno de los dos polos. Romano Guardini llamaría a esto un Gegensatz —una hipótesis sobre el balance de los opuestos: la tensión entre dos realidades genuinas que no se resuelve suprimiendo una de ellas, sino sosteniéndolas juntas, aunque duela.
El poverello miró una iglesia en ruinas —la pequeña capilla de San Damián— y escuchó: reconstruye mi iglesia. Lo hizo con sus manos, piedra a piedra. Solo más tarde entendió que la orden era más amplia. Que había otra iglesia, también en ruinas. No de piedra, sino de carne. No por falta de recursos, sino por exceso de discurso. Una iglesia que a veces tapaba con solemnidad sus propias grietas, que confundía la institución con el evangelio que debía servir, que podía hablar con elocuencia de la dignidad de la persona y al mismo tiempo volverla invisible en sus propias estructuras.
Si el poverello mirara este momento —el cinismo de los mercados que se confiesan, las ideologías que tapan a la persona, las madres descalzas que nadie escucha— no señalaría solo hacia afuera. Reconstruye. También aquí. También nosotros. Una iglesia libre de sentimentalismos prestados, libre de ideologías que le calzan bien por temporada, libre del vertuschen que convierte a los pobres en argumento y a los márgenes en decorado. La iglesia concreta de la cruz, de los pies que tocan el barro, de las sandalias que no protegen del mundo sino que permiten caminarlo.
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El sistema se ha quitado la máscara. Eso, paradójicamente, puede ser una oportunidad: es más honesto dialogar con un interlocutor que muestra su rostro real que con uno que disimula detrás de una retórica prestada. Pero la oportunidad solo existe si también nosotros —Iglesia, sociedad civil, todo el que pretenda hablar en nombre de la dignidad humana— respondemos con la misma claridad. Sin el escudo del sentimentalismo. Sin la coartada de señalar siempre hacia otro lado.
Las madres de Roma caminaron descalzas. No porque fuera cómodo ni seguro. Sino porque tocar el suelo real con los pies descalzos es la única manera de caminar de verdad. La sandalia toca el barro. Los pies no le pertenecen. Pero tienen que pisar.
+Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.


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