+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch. – 31 de marzo de 2026

Hay una oración que no sale en los noticieros. No se pronuncia ante micrófonos ni se fotografía con líderes religiosos alrededor. No tiene audiencia ni función política. Es la oración de la madre que no sabe si su hijo vuelve. Del padre que escucha las explosiones desde lejos y no puede hacer nada. Del niño que aprendió a dormir con el ruido de los aviones. De la anciana bajo los escombros que mueve los labios sin que nadie lo vea. De la viuda. Del huérfano. Del soldado que en la oscuridad del frente, solo, golpea su pecho sin palabras.

¿Quién escucha esa oración?

Esa es la pregunta que el ruido mediático de esta semana enterró bajo titulares de choque institucional. Porque lo que ocurrió entre el Domingo de Ramos y el lunes siguiente no fue realmente un enfrentamiento entre el Vaticano y Washington. Fue algo más revelador: dos discursos que hablan de la oración sin hablar de lo mismo, mientras los que más oran permanecen en silencio.

* * *

Un alma noble, ¿por qué reza?

La portavoz de la Casa Blanca usó una palabra que merece atención. Defender la oración de los líderes militares y de las tropas le parece, dijo, «un acto muy noble». La palabra es justa. Pero la nobleza del acto depende enteramente de por qué se reza, ante quién se reza, y qué se le pide a Dios.

Un alma noble reza porque reconoce su límite. Porque sabe que hay algo más grande que ella, que el resultado no está en sus manos, que la vida del otro —incluso del enemigo— no le pertenece. La oración auténtica es un acto de desposesión: suelto el control, reconozco mi fragilidad, me pongo ante Dios tal como soy.

Esa oración es posible en la guerra. El soldado que en la trinchera pide protección para él y para los suyos, que se debate en silencio entre el deber que el Estado le impuso y la conciencia que el Evangelio le formó, que pide volver a ver a sus hijos —ese soldado reza con el alma. Nadie puede objetar eso. León XIV no lo objeta. Isaías tampoco.

Pero hay otra oración que usa el mismo vocabulario y tiene una estructura completamente distinta. El secretario de Defensa oró en el Pentágono pidiendo que «cada bala dé en el blanco contra los enemigos de la justicia y de nuestra gran nación». Ahí la oración ya no es desposesión: es investidura. Dios ya no es el que me trasciende; es el que me avala. La violencia recibe unción. El enemigo queda definido teológicamente. Es lo que la tradición conoce como bellum sacrum: guerra santa, independientemente del nombre con que cada civilización lo revista.

Y hay una tercera forma, que es la performance: el Presidente rodeado de pastores con las manos extendidas, la portavoz preguntando a los periodistas si se oía el amén desde adentro. No juzgo la fe personal de nadie. Pero hay una diferencia entre rezar y mostrar que se reza. Jesús fue bastante claro al respecto: los que ya recibieron su recompensa son los que oran en las esquinas para ser vistos.

* * *

El fariseo, el publicano y el Pentágono

Jesús contó una parábola que Lucas sitúa con precisión sociológica: «la dijo para algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás.» Dos hombres suben al Templo. El fariseo enumera sus méritos: ayuno, diezmo, distancia de los pecadores. El publicano no tiene argumentos. Golpea su pecho. Pide misericordia. Jesús dice que el publicano baja justificado. El fariseo, no.

La oración del secretario de Defensa en el Pentágono es estructuralmente la del fariseo. No habla a Dios; habla ante Dios para legitimarse. Convierte la súplica en autoproclamación: nosotros somos los justos, ellos los enemigos de la justicia. La gramática teológica es idéntica: yo no soy como los otros.

El soldado en el frente es el publicano. No tiene discurso. Tiene miedo. Su oración, si ora, es elemental. Ese es el que baja justificado.

Lo paradójico es que la portavoz de la Casa Blanca tiene razón en lo que defiende y se equivoca en lo que protege. Tiene razón: el soldado puede y debe poder rezar. Se equivoca: defender esa oración no responde en nada a lo que el Papa dijo.

* * *

Lo que León XIV dijo y lo que nadie escuchó

El Domingo de Ramos, León XIV citó al profeta Isaías desde la Plaza de San Pedro: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: las manos de ustedes están llenas de sangre» (Is 1,15). No era una tesis nueva ni una declaración política. Era la Palabra de Dios, pronunciada hace veintisiete siglos, que vuelve a ser escandalosa cada vez que el poder la necesita en silencio.

El Papa también dijo algo que el debate mediático ignoró por completo: «En su último grito dirigido al Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra.»

Ahí estaban. Las madres. Los hijos. Los huérfanos. Las víctimas. León XIV los nombró. El debate que siguió los borró.

* * *

¿Se oye el llanto?

La portavoz de la Casa Blanca comenzó su rueda de prensa preguntando a los periodistas: «¿Se oía nuestro amén ahí dentro?» Es una pregunta que, sin quererlo, abre el abismo. Porque la pregunta que la guerra formula cada día es otra: ¿se oye el llanto de los que no tienen micrófono?

La oración de la madre que espera no tiene amén colectivo ni cobertura mediática. La del niño que no entiende por qué su casa ya no existe no aparece en ninguna rueda de prensa. La del soldado que en la oscuridad golpea su pecho tampoco.

La fe cristiana dice que esa oración es escuchada. Que hay un Dios que no necesita micrófonos. Que el clamor del pobre llega antes que el discurso del poderoso. Que el publicano baja justificado.

Lo que la fe cristiana no puede sostener —y León XIV lo recordó con Isaías— es que ese mismo Dios avale la guerra, bendiga las balas y respalde a quien convierte su poder en plegaria.

Un alma noble reza. Pero sabe ante quién está. Y eso lo cambia todo.

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

Posted in

Deja un comentario