Era tarde y Bit dormía enrollado sobre los pies de Ovi, como si fuera un saco de arena tibio con orejas.

Ovi tenía el teléfono en la mano y una expresión rara en la cara. No era de enojo. Era algo más parecido a lo que pone cuando ve un plato que no reconoce y no sabe si es comida o decoración.

—Litu —dijo—, escuchá esto.

Litu levantó los ojos del libro.

—¿Qué?

—Una pastora. En la Casa Blanca. Delante de cien líderes religiosos. En Pascua. —Hizo una pausa dramática.— Dijo que Trump es como Jesús porque los dos fueron traicionados, arrestados y falsamente acusados. Y que como Jesús resucitó, Trump se levantó.

Litu lo miró.

—¿El primero de abril?

—El primero de abril.

Bit abrió un ojo, evaluó la situación, y lo cerró de nuevo.

—¿Y la gente aplaudió? —preguntó Litu.

—Aplaudió.

Hubo un silencio.

—Bueno —dijo Litu—, hay que reconocerle algo: tiene audacia.

—Yo lo llamaría de otra manera.

—¿Cómo?

—Estupidez consciente. Porque no es que no sabe lo que está haciendo. Lo sabe perfectamente. Sabe qué teclas tocar. Sabe que Trump está sentado ahí, escuchando, y que ese hombre es un receptor perfectamente calibrado para ese tipo de espejo magnificante.

—Tiene un nombre clásico en la retórica política —dijo Litu—. Adulatio servilis.

Ovi bajó la mano y empezó a acariciar a Bit despacio.

—O sea… ¡chupamedias!

Bit cerró los ojos con expresión de quien acaba de escuchar la definición más satisfactoria de la tarde.

—Eso —confirmó Litu—. No es teología. Es mercadería con etiqueta religiosa.

—¿Y qué dice la gente? ¿Que es una blasfemia? —preguntó Ovi.

—Algunos, sí.

—Llamarlo blasfemia es demasiado honor —dijo Litu—. La blasfemia supone que hay una intención seria de confrontar lo sagrado. Aquí no hay nada de eso. —Cerró el libro—. ¿Vos sabés lo que le pasó a Martín de Tours?

Ovi lo miró con esa cara que ponía cuando Litu cambiaba de tema de manera aparentemente abrupta pero que en realidad no era abrupta para nada.

—Contame.

—Estaba en su celda. Se le apareció una figura brillante, vestida de púrpura, con diadema, resplandeciente. Y le dijo: “Martín, ¿por qué dudás? Estás viendo. Yo soy Cristo.”

—¿Y?

—Y Martín no discutió. No le preguntó el nombre ni le pidió documentos. Simplemente dijo: el Señor Jesús no anunció que vendría vestido de púrpura ni resplandeciente con diadema. Yo no voy a creer que Cristo vino si no trae las marcas de la cruz.

Ovi se quedó quieto un momento.

—¿Y la figura?

—Se desvaneció como humo. Y la celda quedó llena de hedor.

Bit se movió levemente, como si hubiera percibido algo, y volvió a acomodarse.

—El criterio de Martín —dijo Ovi— no era un argumento teológico. Era casi una pregunta práctica.

—Exacto. No le preguntó quién sos. Le preguntó dónde están las marcas.

Ovi miró el teléfono sobre la mesa.

—Entonces, aplicando el criterio de Martín a la pastora y a Trump…

—Le preguntarías lo mismo —dijo Litu—. No si fue traicionado. No si sufrió. No si los medios lo atacaron. Sino: ¿dónde están las marcas? ¿Las marcas de qué sacrificio, exactamente? ¿De qué entrega? ¿De qué vaciamiento?

—Y ahí —dijo Ovi lentamente— la figura se desvanecería.

—Dejando un hedor particular.

Se miraron. Ovi sonrió primero. Litu después.

—El problema —dijo Litu, ya más serio— no es que sea ridículo. Es que funciona. Porque hay gente que no aplica el criterio de Martín. Que escucha “traicionado, arrestado, falsamente acusado” y en lugar de preguntar ¿dónde están las marcas?, pregunta ¿cuándo es la próxima cruzada?

—Y eso ya no da risa.

—No. Eso da otra cosa.

Bit eligió ese momento para levantarse, sacudir todo el cuerpo con la solemnidad propia de los perros que acaban de despertar, y caminar hacia la cocina con paso de quien tiene asuntos pendientes.

Los dos lo siguieron con la mirada.

—Bit no pregunta quién sos —dijo Ovi.

—No —confirmó Litu—. Pero siempre huele si algo anda mal.

Posted in

Deja un comentario