Antes de continuar, una nota sobre Schrödinger.
Schrödinger era el gato de Litu. O quizás era el gato de nadie, que había decidido que la casa de Litu era un buen lugar para existir. Nadie recordaba con certeza cuándo había aparecido por primera vez. Litu decía que había entrado un martes por la ventana. Ovi decía que no, que había sido un jueves, y que además la ventana estaba cerrada. Ambos tenían razón, probablemente.
Era un gato gris con una mancha blanca irregular sobre el lomo que, según el ángulo desde el que se mirara, podía parecer un mapa, una nube, o nada en particular. Tenía la costumbre de instalarse en el centro exacto de cualquier superficie horizontal disponible —mesa, libro abierto, teclado, conversación— con la convicción silenciosa de quien sabe que el universo gira alrededor de un punto, y ese punto es él.
Lo habían llamado Schrödinger porque nunca se sabía si estaba o no estaba. Aparecía sin que nadie lo viera entrar. Desaparecía sin que nadie lo viera salir. Bit, el perro de Ovi, había llegado a una paz armada con él: no lo perseguía, no lo ignoraba, lo toleraba con la ecuanimidad de quien ha comprendido que hay misterios que no se resuelven con el hocico.
Los Custodios le tenían una mezcla de fascinación y respeto ligeramente supersticioso. Cuando Schrödinger se instalaba en medio de una conversación, algo en el aire cambiaba. No sabían explicarlo. Tampoco lo intentaban.
* * *
Los Custodios habían llegado como siempre: con ruido, con hambre, y con Schrödinger ya adentro sin que nadie supiera exactamente cuándo había entrado.
Bit los recibió desde su rincón con la dignidad contenida de quien sabe que va a perder protagonismo pero acepta el destino con filosofía estoica.
Eran cinco esa tarde. Mateo, el que siempre llegaba primero. Danilo y Rufino, que llegaban juntos porque vivían en el mismo barrio y se peleaban en el camino. La Yoli, que técnicamente no era Custodio pero nadie se lo había dicho todavía. Y Seba, el que casi nunca hablaba.
Schrödinger se instaló en el centro de la mesa como si hubiera convocado él la reunión.
* * *
Estaban mirando el teléfono de Mateo. Una noticia circulaba desde el mediodía: el gobierno había cambiado el discurso. Antes, récords de recaudación y crecimiento. Ahora, margen fiscal estrecho, desaceleración, “economía de guerra.”
DANILO — ¿En qué quedamos?
RUFINO — En nada. Como siempre.
MATEO — No. No es “como siempre.” Es que nos estuvieron contando la mitad. O mintiendo. Las dos cosas son un problema distinto, pero las dos son un problema.
(La Yoli asiente, sin decir nada.)
SEBA — (deja el teléfono sobre la mesa) Lo que yo me pregunto es por qué nadie dice la verdad antes. ¿Tan difícil es?
Silencio.
DANILO — Mi viejo dice que en este país siempre fue así. Que el que dice la verdad pierde.
RUFINO — ¿Y el que miente?
DANILO — Gana un rato. Después también pierde, pero ya cobró.
MATEO — (sin soltar el teléfono) Che, yo leí otra cosa hoy. Una nota del New Yorker. Dice que en Estados Unidos hay programas para hombres, retiros, donde te hacés el duro: te arrastrás por el barro, cavás tu propia tumba, cargás cosas pesadas. Y te cobran tres mil dólares. La promesa es que salís siendo un alfa.
LA YOLI — ¿Un qué?
MATEO — Un alfa. Un líder. Un tipo al que no le tiembla nada.
RUFINO — Tres mil dólares. Para arrastrarte por el barro.
DANILO — Aquí sale gratis. Salís a la calle cuando llueve y listo.
(Risa. Breve, pero real.)
SEBA — (sin reírse del todo) Pero algo deben estar buscando. No pagás tres mil dólares por nada.
LA YOLI — Yo vi algo parecido en TikTok. Uno de esos tipos que dice que los hombres tienen que volver a ser hombres. No sé qué significa eso exactamente. Supongo que él tampoco.
RUFINO — Significa que están perdidos y no saben cómo decirlo.
MATEO — O que nadie les enseñó. Fijate: programas así, Joe Rogan, Jordan Peterson… toda esa gente tiene millones de seguidores. Algo están tocando.
DANILO — Mi primo escucha a Peterson. Dice que le cambió la vida.
RUFINO — ¿En qué sentido?
DANILO — Y… empezó a ordenar su cuarto. (pausa) En serio. Eso fue lo primero. Ordenar el cuarto.
(Silencio. Nadie sabe si reírse o no.)
SEBA — No es una mala idea, igual. Pero mi abuela me enseñó eso, gratis.
LA YOLI — ¿Ordenar el cuarto?
SEBA — Empezar por algo concreto. Algo que podés controlar. Cuando todo lo demás está en caos. Mi abuela sabe. Podría ganar lo que gana ese canadiense…
Litu sirvió mate y lo pasó sin comentar. Ovi acomodó a Schrödinger un poco hacia el costado para poner la pava. Schrödinger no se movió. Ovi terminó acomodándose él.
RUFINO — El problema es que faltan líderes de verdad. En todos lados. En el gobierno, en las familias. Todo el mundo espera que alguien haga algo. Y nadie hace. O hacen, pero para ellos.
OVI — (sin levantar la vista de la pava) ¿Y qué sería un líder de verdad?
La pregunta cayó suave. Demasiado suave para ignorarla.
RUFINO — Alguien que… no sé. Que diga la verdad, supongo.
LA YOLI — Como lo que decía Seba antes. Que nadie dice la verdad antes de que explote.
SEBA — Sí, pero tampoco es solo decirla.
MATEO — Tiene que bancársela. Que te cueste algo decirla.
LITU — (por primera vez) ¿Bancársela cómo?
MATEO — Que pagués un precio. Que no te convenga y la digas igual.
Schrödinger parpadeó.
DANILO — (de repente) ¿Y no es eso lo que busca el tipo que paga los tres mil dólares? Aprender a bancársela.
SEBA — Sí, pero en simulacro. El barro es de entrenamiento.
OVI — ¿Y cuál es el barro de verdad?
(Silencio más largo.)
SEBA — (sin levantar la vista) El barro de verdad es cuando no podés pagar la cuenta. O cuando tu viejo se quedó sin trabajo y no sabés qué decirle. O cuando tenés que decirle algo a alguien que no quiere escucharlo, y te importa igual.
(Silencio total. Bit suspira desde su rincón.)
LITU — Ese barro no cuesta tres mil dólares.
SEBA — No. Sale más caro.
MATEO — (despacio) Y no te avisa cuándo llega.
LA YOLI — (en voz baja) Ni te da diploma al final.
Schrödinger saltó de la mesa sin aviso y desapareció detrás del sillón. Nadie sabía si seguía ahí o no. Probablemente las dos cosas.
DANILO — Ese gato me desconcierta cada vez más.
OVI — Es cuántico.
DANILO — ¿Eso qué significa?
OVI — Que existe en dos estados a la vez. Como Paraguay: creciendo y derrumbándose, según qué día le preguntes al gobierno.
(Risas. Más largas esta vez.)
MATEO — (sin reírse del todo) ¿Y nosotros? ¿También somos cuánticos?
LITU — (lo mira) ¿Vos qué creés?
MATEO — (piensa) Creo que sí. Que uno puede ser las dos cosas. Fuerte y roto. Seguro y perdido. (pausa) Y que quizás el líder no es el que ya resolvió eso. Es el que lo reconoce.
Nadie lo contradijo.
Afuera había empezado a llover.
Barro gratis, como había dicho Danilo.


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