El locutorio del Carmelo olía a madera y a silencio guardado. Una reja de madera oscura dividía el espacio en dos: de un lado, la Hermana María de la Resurrección, con su hábito color tierra y una sonrisa que no necesitaba filtros. Del otro, P. Lorenzo en su silla, Litu tieso como siempre, Ovi con la gorra al costado por respeto, y tres Custodios Reguetoneros que no sabían bien dónde poner las manos.
Bit estaba atado afuera. En el mismo lugar de siempre.
* * *
La conversación había empezado bien. P. Lorenzo había pedido a la Hermana que les contara cómo había sido el salto — de los reels a la celda.
—La gente piensa que fue un drama —dijo ella, con calma—. No fue un drama. Fue que un día me di cuenta de que yo gestionaba personas. No las amaba. Las gestionaba. Las métricas me decían cuánto valía lo que decía. Y el día que publiqué algo y no llegó a las mil interacciones, lloré. Eso me asustó más que cualquier otra cosa.
Ovi asintió despacio. Lucas miraba el suelo.
—Igual yo a veces publico y espero —murmuró Lucas, casi para sí.
—Todos esperamos —dijo Ovi—. La pregunta es qué estamos esperando.
* * *
Fue entonces que Manuel —al que todos llamaban Teclado porque escribía con los dos pulgares a velocidad inhumana— sacó el celular. Técnicamente los celulares no estaban permitidos en el locutorio, pero P. Lorenzo hizo como que no vio.
—Hermana, ¿vio esto?
Le mostró la pantalla a través de la reja. Una imagen generada por inteligencia artificial: Donald Trump vestido como Cristo, imponiendo las manos sobre un enfermo. La había publicado él mismo en Truth Social.
La Hermana la miró un segundo. No dijo nada.
Litu fue el primero en hablar.
—Es una blasfemia. Punto. No hay mucho que analizar.
—No es tan simple —dijo Ovi.
Litu se giró hacia él.
—¿Cómo que no es simple? Está usando la imagen de Cristo para legitimarse políticamente. Eso tiene nombre.
—Tiene varios nombres —respondió Ovi, sin alterarse—. Pero si lo llamamos blasfemia y cerramos el análisis, nos quedamos sin entender por qué funciona. Y funciona, Litu. Millones de personas lo ven y les parece bien. Eso no se resuelve con indignación.
—¿Y se resuelve con comprensión sociológica?
—Se resuelve entendiendo qué necesidad está tocando.
Litu cruzó los brazos. Ovi apoyó los codos en las rodillas.
P. Lorenzo los dejó estar.
* * *
La Hermana habló sin levantar la voz.
—Cuando yo era influencer, aprendí una cosa: la imagen no miente sobre lo que la gente quiere. Miente sobre lo que es. Esa imagen de Trump-Cristo le dice a mucha gente que el poder puede ser sagrado, que hay alguien que los salva, que el mundo tiene sentido porque hay un elegido. Eso no es nuevo. Es viejo como el mundo.
—Es idolatría —dijo Litu.
—Es hambre —dijo Ovi.
—Las dos cosas —dijo la Hermana.
Silencio.
Lucas seguía mirando el suelo.
* * *
—Lo que me llama la atención —dijo P. Lorenzo, por primera vez desde que había empezado la tensión— no es la imagen en sí. Es la velocidad. Esa imagen la vieron cincuenta millones de personas en doce horas. La respuesta del Papa León XIV —que salió a las pocas horas, en español, desde Roma— la vieron cincuenta veces menos.
La Hermana miró a Manuel. Habló a través de la reja, despacio:
—Manuel.
Él levantó la vista. Era la primera vez en toda la tarde que alguien lo llamaba por su nombre — no por el apodo.
—El algoritmo no es neutral —dijo él, sin levantar los ojos del piso al principio, como si lo hubiera pensado desde hacía rato—. El algoritmo premia lo que genera reacción. La indignación genera reacción. La esperanza, menos. El escándalo viaja más rápido que la verdad. No porque la gente sea mala. Sino porque así está diseñado.
Litu lo miró fijo.
—¿Y entonces? ¿Nos rendimos?
—No —dijo Manuel—. Pero tampoco podemos hacer como si las reglas fueran iguales para todos.
* * *
Ovi se recostó en la silla y miró la reja como si mirara más allá.
—León XIV es el primer papa latinoamericano y americano después de Francisco. Habla español. Sale a responder en pocas horas. Eso también es un hecho digital, ¿no? También viajó por las redes.
—Pero no llegó igual —dijo Litu, esta vez sin dureza. Solo constatando.
—No llegó igual —confirmó Ovi.
La Hermana juntó las manos sobre la reja.
—Por eso estamos acá —dijo, mirando a los Custodios—. No para ganar el algoritmo. Para ser presencia donde el algoritmo no alcanza. En los mensajes privados. En la conversación de después. En el que vio la imagen de Trump-Cristo y sintió algo raro pero no supo qué nombre ponerle.
* * *
P. Lorenzo se puso de pie. Señal de que la visita terminaba.
—Me llevan una pregunta —dijo, con esa calma que tenía para decir las cosas importantes como si fueran ordinarias—. No se la respondo yo. Ustedes tienen que pensarla.
Los miró a todos, pero sobre todo a los Custodios.
—Si tuvieras que publicar algo mañana que le hable a alguien que vio esa imagen y le gustó… ¿qué publicarías? ¿Cómo lo harías? ¿Desde dónde?
Nadie respondió.
Esa era la idea.
P. Lorenzo recogió su silla en silencio. Y pensó, casi sin querer: «Me parece que acabo de ver a Schrödinger…»
* * *
Salieron en silencio al patio. Bit los recibió moviéndose igual que siempre, sin saber nada de Trump ni de León XIV ni de algoritmos.
Litu lo miró un momento.
—Él tiene razón en algo —dijo.
—¿Quién, P. Lorenzo? —preguntó Ovi.
—Bit —dijo Litu.
Ovi sonrió.
—Bit siempre tiene razón.




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