Homilía en la Misa de recepción de la reliquia de San Francisco de Asís

Catedral Metropolitana de la Santísima Asunción

Asunción, 6 de abril de 2026


(Introducción improvisada en el momento. Saludo, sorpresa y gratitud por la presencia de obispos, sacerdotes, diáconos, familia franciscana, consagrados y consagradas, fieles laicos. Signo de los frailes mayor y menor que portaron la urna de la reliquia: Francisco habla a todas las edades. Francisco que se hizo chiquito para llegar a Paraguay, nos dice que Dios engrandece a los pequeños, como Canta María en el Magnificat).

Hay algo que no es casualidad esta noche. Estamos en la octava de Pascua. Las lecturas que acabamos de escuchar nos traen a Pedro anunciando ante la multitud que Jesús no fue abandonado a la muerte —y a las mujeres corriendo desde el sepulcro vacío con temor y gran alegría, para dar la noticia a los discípulos. Y en ese mismo clima de Pascua, de vida que irrumpe, de muerte vencida, recibimos esta reliquia: un fragmento del cuerpo de Francisco de Asís. Un hombre que vivió la Pascua en el cuerpo.

Francisco nació dos veces. La primera vez en Asís, hijo de Pietro di Bernardone. La segunda vez, en San Damián, cuando un crucificado le habló. Desde ese día, toda su vida fue un itinerario pascual: descenso al leproso, a la pobreza, a la minoridad —y desde allí, resurrección. Las llagas que recibió en La Verna (monte Alverna) no eran el fin del camino: eran la confirmación de que había caminado bien. Francisco llevó en su cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifestara en él. Eso es la Pascua vivida en carne. Por eso esta reliquia llega en semana de Pascua: no podría llegar en otro momento.

I. Un pueblo que ya conoce a Francisco

Hermanos, Francisco no viene por primera vez a Paraguay. Ya estuvo aquí. Llegó antes que muchos. Cuando los franciscanos entraron en estas tierras —antes que ninguna otra orden religiosa con presencia estable— trajeron consigo el Evangelio y la fraternidad. Caazapá fue la cuna de esa evangelización. Desde allí, el espíritu de Francisco se extendió por gran parte del territorio nacional, forjando una forma de ser cristiano que todavía reconocemos como nuestra.

Dos nombres merecen ser pronunciados con gratitud esta noche. Fray Luis Bolaños, que aprendió el guaraní y lo convirtió en lengua del anuncio: él redujo la lengua a gramática, tradujo el catecismo, hizo que el Evangelio sonara en la boca del pueblo en su propia lengua. Y Fray Juan Bernardo, cuya sangre derramada da testimonio de que la misión no fue sólo empresa cultural sino entrega total. Una tradición de obispos franciscanos jalonó después la historia eclesial de este país. Y cuando los jesuitas fueron expulsados, fueron los franciscanos quienes continuaron la presencia y la caridad. Esta Iglesia tiene raíces franciscanas profundas.

Pero hay algo todavía más hondo. Francisco vive en el alma del pueblo paraguayo, aunque el pueblo no siempre lo sepa nombrar. Está en la solidaridad que aparece cuando alguien necesita ayuda y los vecinos acuden sin que nadie los convoque. Está en la hospitalidad que ofrece lo poco sin calcular. Está en la fraternidad que se teje en los bordes, entre los que el mundo considera pequeños. Está en el pesebre que cada familia arma con devoción en diciembre, y en las procesiones de Semana Santa donde el pueblo lleva a cuestas la Pasión con una seriedad que ningún decreto produce. Francisco es parte de nuestra forma de creer.

Y hay un elemento que no podemos pasar por alto, porque la Iglesia lo está redescubriendo con urgencia: la minoridad. Francisco quiso que su fraternidad fuera de menores —minores—, no de poderosos. Esa es también la lógica de la sinodalidad que el Espíritu nos está pidiendo hoy: una Iglesia que escucha a los pequeños, que decide desde los bordes, que no confunde autoridad con dominio. Francisco no fundó una institución de gestión: fundó una fraternidad de servicio. Tenemos mucho que aprender de esa forma.

II. Reconstruye mi Iglesia — reconstruye mi pueblo

El mandato que Francisco escuchó en San Damián fue concreto: “Francisco, ve y repara mi Iglesia, que como ves, está en ruinas.” Él lo entendió primero literalmente: fue a buscar piedras. Sólo después comprendió que el Señor le hablaba de algo más vasto. Y sin embargo, la literalidad tenía su verdad: la reconstrucción siempre empieza en lo concreto, en lo pequeño, en lo que está a mano.

Este año el Paraguay celebra el Jubileo franciscano en el Año del Bien Común. No es un accidente de calendario: es una invitación a leer juntas las dos convocatorias. El bien común no es una suma de intereses privados bien administrados. Es la condición en la que cada persona puede alcanzar su plena dignidad. Francisco lo sabía en el cuerpo, antes que en los libros: cuando abrazó al leproso, reconstruyó algo, reconstruyó el bien común. Cuando el obispo Guido y el Podestá de Asís se reconciliaron a instancias suyas, reconstruyó el bien común. Cuando fue a visitar al Sultán en medio de la cruzada, reconstruyó el bien común. Cuando se presentó descalzo y en harapos ante el Papa Inocencio III y le pidió que aprobara su forma de vida, reconstruyó el bien común.

El Jubileo franciscano no nos convoca a celebrar el pasado. Nos convoca a preguntarnos qué hay que reconstruir ahora. En nuestra Iglesia. En nuestro pueblo. En nuestra familia, en la vida de cada uno. El mandato de San Damián sigue vigente.

III. Paraguay, la paz y el Pax et Bonum

Miramos también hacia afuera. El mundo está roto. Hay guerras que acumulan muertos con una indiferencia que espanta. Hay tensiones que no encuentran mediación. Hay voces que claman por la paz y no son escuchadas. El Papa León XIV ha renovado el llamado urgente a la reconciliación y a la cultura de la paz. Y Francisco de Asís, con su saludo eterno —Pax et Bonum—, tiene algo que decirle a este momento.

Paraguay sabe lo que cuesta una guerra. No hace falta extendernos: en nuestra historia hay una herida que todavía no ha terminado de cicatrizar. Un pueblo que perdió casi todo y sobrevivió, principalmente desde las mujeres y los niños que quedaron, tiene una memoria de la devastación que no es abstracta. Esa memoria, cuando está bien procesada, no genera resentimiento: genera sabiduría. Genera la capacidad de decirle al mundo que la guerra no reconstruye nada.

El Paraguay tiene vocación de paz. ¿El Paraguay tiene vocación de paz? No miremos solamente la violencia de ayer, miremos la de hoy. La violencia verbal, la violencia del desprecio, la violencia de la indiferencia, la violencia de la división. Francisco, a su paso, quiere que hagamos nuestra su paz, la paz del amor. Porque solamente en el amor y en la paz, se construye el bien común. La memoria de ayer, la historia, nos permite hablar con humildad y con verdad de lo que la violencia destruye. Pero para que esa voz tenga peso en el concierto de las naciones, necesitamos trabajar la autoridad moral que la respalde. No alcanza con la declaración: hace falta la coherencia. Paz afuera exige reconstrucción adentro. Fraternidad internacional exige que practiquemos fraternidad en casa: en la política, en la justicia, en la convivencia cotidiana.

Francisco de Asís fue a visitar al Sultán cuando todos le decían que era una locura. No fue a ganar una batalla: fue a tener una conversación. Ese gesto sigue siendo profético. La Iglesia en Paraguay, inspirada en su carisma, puede ofrecer al mundo no sólo palabras sino un estilo: el estilo de quien se acerca al diferente sin miedo, sin armas, con la sola fuerza del Evangelio.

IV. Las sandalias que regresan

Esta reliquia que recibimos esta noche no es un objeto de museo. (No es un artefacto religioso, como nos dijo Fray Rogério). Es una presencia. Francisco quiere volver a caminar en Paraguay, en las sandalias de sus hijos e hijas que hoy recorren este suelo. La reliquia peregrina porque él peregrinó. Se mueve porque su espíritu no se queda quieto. Llega a Caazapá, a donde llegaron Bolaños y Bernardo, a la cuna de la evangelización franciscana de este país, no como turista sino como quien vuelve a casa.

Pedro le dijo a la multitud en Pentecostés: “Pues bien, a este Jesús Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos.” Francisco fue testigo de ese Jesús con toda su vida. Las mujeres del Evangelio corrieron a dar la noticia. Francisco corrió al leproso. Nosotros, esta noche, ¿a dónde corremos?

La reliquia nos pregunta. No nos responde: nos pregunta. ¿Qué hay que reconstruir en nuestra Iglesia? ¿Qué hay que reconstruir en nuestro pueblo? ¿En tu familia, en tu vida? ¿Estamos dispuestos a ser menores para ser verdaderamente fraternos? ¿Somos capaces de ofrecer al mundo el Pax et Bonum no sólo como saludo sino como programa?

San Francisco de Asís dijo al hermano León que el gozo perfecto no estaba en los milagros ni en el saber, sino en soportar con paciencia y amor las dificultades del camino. Eso también es una lección para el Paraguay de hoy. No necesitamos milagros espectaculares. Necesitamos la paciencia y el amor para reconstruir. Piedra sobre piedra. Hermano junto a hermano. Como hicieron ellos. Como lo hizo Francisco, con sus hermanos que se sumaron a su santa locura, la locura de vivir el evangelio.

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

Posted in

Deja un comentario