Queridos hermanos y hermanas:

Hoy iniciamos este año 2026 celebrando la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y la LIX Jornada Mundial de la Paz. Nos encontramos en el umbral de un tiempo nuevo, y la liturgia nos ofrece una hoja de ruta centrada en la bendición, la filiación y la paz.

La Bendición: De la palabra al encuentro

La primera lectura nos ha recordado la antiquísima bendición sacerdotal: «Que el Señor te bendiga y te proteja; que haga brillar su rostro sobre ti». Esta bendición no es un mero formalismo; es una promesa de Dios que quiere iluminar nuestra realidad. Como nos recuerda el Papa León XIV en su mensaje para este día, «ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la oscuridad».
El saludo que hoy nos intercambiamos, «¡La paz esté con ustedes!», es la palabra de Jesús resucitado que no solo desea la paz, sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe. En este inicio de año, debemos comprender que la paz, antes de ser una meta, es una «presencia y un camino» que ya habita en nosotros y tiene el poder de iluminar nuestra inteligencia.

María y el Dios «Sin Defensas»

El Evangelio nos presenta a los pastores encontrando al Niño en el pesebre. En ese escenario de sencillez, descubrimos que «la bondad es desarmante». Dios ha elegido manifestarse en el pesebre de Belén como un «Dios sin defensas», a quien la humanidad solo puede amar cuidándolo.
María, por su parte, «conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón». Ella es el modelo de cómo custodiar la paz. El Papa nos advierte que la paz es como una «pequeña llama amenazada por la tormenta» que debemos cuidar sin olvidar a quienes han dado testimonio de ella. Al mirar al Niño, María nos enseña que la fragilidad humana tiene el poder de hacernos más lúcidos sobre lo que verdaderamente da vida.

Hijos, no Esclavos del Miedo

San Pablo nos ha dicho en la segunda lectura que Dios envió a su Hijo para que recibiéramos la filiación adoptiva. Al clamar «¡Abba!, ¡Padre!», se rompe toda cadena de esclavitud. Esta identidad de hijos nos llama a ir «más allá de los lazos de sangre o étnicos» y a rechazar cualquier fraternidad que solo reconozca al semejante.
Es doloroso constatar, como señala el Santo Padre, que hoy se intente «justificar religiosamente la violencia y la lucha armada». Los creyentes debemos desmentir con nuestra vida estas formas de «blasfemia que opacan el Santo Nombre de Dios». La paz verdadera no puede apoyarse en el miedo o en la «disuasión nuclear», que encarna la irracionalidad de las relaciones humanas, sino únicamente en la «confianza recíproca».

El Llamado de 2026: Desarmar el Corazón

Al comenzar este año, no podemos ignorar que los gastos militares a nivel mundial han seguido una tendencia ininterrumpida de aumento, alcanzando cifras escandalosas. Ante esta realidad, el llamado es urgente: necesitamos un «desarme de las conciencias».
Como cristianos, estamos llamados a ser testigos de una «paz desarmada», siguiendo el camino de Jesús que pidió a Pedro «envainar la espada». Que este año, marcado por el Jubileo de la Esperanza, nos impulse a redescubrirnos peregrinos y a comenzar en nosotros mismos ese «desarme del corazón». Hagamos vida la profecía de Isaías y trabajemos para que, con nuestras «espadas forjemos arados» y no nos adiestremos más para la guerra.

Gesto Final

Les invito ahora a que cerremos los ojos un momento. En este silencio, hagamos el propósito de desarmar nuestro corazón. Pidamos la gracia de que nuestras palabras en este 2026 no sean armas que hieran, sino bendiciones que sanen, para que seamos verdaderos artesanos de una paz desarmada y desarmante.

Fin de la homilía

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