Queridos hermanos y hermanas:
Hoy nos convoca una alegría doble. Celebramos la fiesta patronal de nuestra comunidad bajo la advocación del Niño Jesús, y lo hacemos en la fecha que recuerda la fundación de esta antigua reducción jesuítica. Este lugar no nació por azar; nació como un proyecto de fe, como un «Nazaret» en medio de estas tierras, donde el Nombre de Jesús debía ser el centro de toda vida común. Al mirar las imponentes ruinas de nuestra misión, recordamos que somos herederos de una historia que buscaba refugio, dignidad y crecimiento espiritual para cada familia.
El Evangelio de hoy nos muestra que la Sagrada Familia no fue una familia estática, de cuadro o de estatua. Fue una familia «en camino», que se fue construyendo día a día bajo la guía de la Providencia. José tuvo que levantarse de noche, huir a Egipto, esperar, confiar y luego volver para establecerse en Nazaret. Nada fue inmediato. Su santidad no consistió en no tener problemas, sino en construir la voluntad de Dios en medio de la incertidumbre.
La familia como obra en construcción
Así como esta reducción de Jesús de Tavarangüe quedó inconclusa en sus muros de piedra, a veces sentimos que nuestra propia familia está «incompleta» o «en obras». Quizás hay sillas vacías, heridas que no cierran o proyectos que no se concretan. Pero hoy la Palabra de Dios nos trae una certeza: En la Providencia de Dios, nada de lo que se hace con amor y en Su nombre queda imperfecto. A los ojos del mundo, una iglesia sin techo está inacabada; a los ojos de Dios, es un templo abierto al cielo. Tu familia, con sus límites y sus procesos, es la obra que Dios está labrando hoy. No te desesperes si el «techo» aún no está puesto; confía en que Dios es el arquitecto y que todo se va haciendo a su tiempo.
Arreglar los detalles cotidianos
Construir una familia no es solo levantar grandes paredes; es cuidar los detalles del día a día, como nos pedía San Pablo. Construir es:
• Pedir «permiso» antes de entrar en el espacio del otro.
• Decir «gracias» por el plato de comida o el esfuerzo del trabajo.
• Tener la humildad de pedir «perdón» cuando nos gana el mal genio.
• Es la paciencia de escuchar al abuelo que cuenta la misma historia, como dice el Eclesiástico, siendo indulgentes con él aunque pierda la lucidez.
Esos son los ladrillos de amor que mantienen en pie el hogar cuando llegan las tormentas de la vida.
El valor del Nombre
Finalmente, recordemos el sentido de esta fiesta: el Nombre de Jesús. En aquel tiempo, el nombre indicaba la misión de la persona. Nuestra parroquia lleva el nombre más alto, el que nos salva. Pero cada uno de ustedes también lleva un nombre: el apellido de su familia.
Cuidar el «buen nombre» de la familia no es aparentar perfección ante los vecinos. Cuidar el nombre es vivir de tal manera que nuestros hijos se sientan orgullosos de quiénes somos; es que nuestra palabra sea valiosa, que nuestra honestidad sea conocida y que nuestra caridad sea real. Honramos nuestro nombre cuando, como dice el Salmo, «tememos al Señor y seguimos sus caminos». Al cuidar el nombre de Jesús en nuestras vidas, estamos protegiendo el nombre de nuestra propia casa.
Conclusión
Hermanos, no se desanimen si sienten que su familia es una «obra en construcción». Dejen que el consejo de San Pablo sea el cimiento de su hogar a partir de mañana: “Revístanse de sentimientos de profunda compasión, de benevolencia, humildad, dulzura y paciencia”.
Que el Niño Jesús de Tavarangüe, que conoció el exilio y el trabajo sencillo en el taller de José, bendiga cada piedra de sus hogares y haga del amor el vínculo de su perfección.
Fin de la homilía


Deja un comentario