Reflexiones sobre una etiqueta que dice más de quien la pone que de quien la recibe

+FJPS

Encarnación, 12 de marzo de 2026

— — —

Fui bautizado y realicé toda mi iniciación cristiana con los guanellianos — los “ultracaritativos”. Hice mis estudios escolares y medios con los jesuitas — los “ultradisciplinados”, los “ultraconfrontadores”. Y a los 23 años elegí el Movimiento de Schoenstatt y me consagré Padre de Schoenstatt — los “ultramarianos”.

Pero mi opción por Schoenstatt estuvo lejos de ser una opción “ultracatólica”, al menos en el sentido que hoy se le da al término. Lo que me movió fue un texto del Padre Kentenich conocido como el Acta de Prefundación: la imagen de un hombre libre, de convicciones firmes, lanzado al apostolado en un mundo que no puede volver atrás. Un mundo moderno, secular, desafiante — que no asusta a la Iglesia, sino que la interpela.

Hoy, 38 años después, leo que el recientemente electo presidente de Chile es descrito, en varios medios internacionales tanto confesionales como no confesionales, como miembro del “movimiento ultracatólico Schoenstatt”. Y me encuentro sonriendo con cierta ironía ante la pregunta: ¿es una ofensa o un elogio?

Me puse a pensar. En la historia de la Iglesia un día surgieron los franciscanos — un escándalo: los “ultrapobres”. Antes que ellos, los benedictinos, los “ultralitúrgicos”. En plena Contrarreforma, en medio de una modernidad que se desprendía de lo medieval, los jesuitas: los “ultrafieles” a Roma. Y así los ejemplos se multiplicaron casi solos: las carmelitas de Teresa, las “ultrareformadas”; los dominicos, los “ultratomistas”; los trapenses, los “ultraascéticos”; los salesianos, los “ultrapedagógicos”; y por qué no, las Hijas de la Caridad de Teresa de Calcuta, las “ultramisericordiosas”.

Pero entonces, en una especie de cortocircuito de humor neuronal, me salió también: los teólogos de la liberación — los “ultrasociales”.

Y me volví a preguntar, esta vez con ironía más afilada: ¿debo rasgarme las vestiduras o sentir halago?

¿Qué puedo decir? En el fondo los comprendo. Comprendo la necesidad de opinar, de mostrar cierta superioridad moral haciendo ver al otro como menos, como raro, como peligroso, como anticuado. Comprendo el aguijón que incita al debate. ¿A quién no le atrae un poco de pimienta en el foro público?

Pero la pregunta sigue en pie: ¿es malo ser “ultra”? El sufijo, adherido al universo católico, parece adquirir siempre una connotación crítica — en medios eclesiales, como un prurito alérgico; en los no eclesiales, como recurso para etiquetar y descalificar. Lo curioso es que quienes etiquetan no se perciben a sí mismos como “ultraprogresistas” ni “ultrapaganos”, sino más bien como moderados, racionales, equilibrados. Aunque a veces la moderación es otra palabra para la conveniencia, y el equilibrio, otra para la indiferencia. En el fondo, etiquetados y etiquetantes pueden compartir un denominador común: ser igualmente ultraideológicos.

Sin duda alguna, al menos en mi estado actual de conciencia, percibo que es casi una regla evangélica ser al mismo tiempo radical e intransigente, y misericordioso y pastoralmente paciente. Lo no evangélico sería, más bien, ser “ultraobcecado” o “ultrarracional” — tanto como ser “ultracomplaciente”. Los dos extremos se parecen más de lo que admiten.

De otro modo me costaría entender que en el giro más sorprendente del Sermón de la Montaña — ese capítulo 5 de Mateo donde las Bienaventuranzas invierten todas las expectativas antes de que Jesús muerda la letra de la ley con el espíritu — el Señor diga simplemente: “Cuando ustedes digan ‘sí’, que sea sí; y cuando digan ‘no’, que sea no” (Mt 5, 37).

Y agrega, por cierto, que todo lo demás no viene de Dios. Sino de su contrario. Que suele creerse ultra.

Finalmente, ¿debo sentirme ofendido o elogiado? ¿Rasgarme públicamente la sotana — ultragastada, por cierto — o sentir halago?

Y de pronto me nace del alma un poco de caridad guanelliana, un poco de discernimiento ignaciano, un poco de providencia schoenstattiana. Tres carismas que me empujan a no tener ningún grado de semi, mini, nano, infra, supra, extra, archi, mega o ultra indiferencia — sino una quizá santa — para buscar, más allá de la confrontación, lo que de verdad hace a la identidad de fe, a la conducta moral y a la orientación ética del cristiano en la realidad.

En un mundo, por cierto, ultracelerado y ultraconfundido, que pide a gritos vínculos — y hasta hipervínculos —, porque paradójicamente, las etiquetas de identidad no generan arraigo sino soledad, y a veces, simplemente vacío.

¿Y usted, es ultra en algo?

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

Encarnación, marzo de 2026

Posted in

Deja un comentario