Una fábula costumbrista del siglo XXI: de identidades buscadas y superioridades disfrazadas.
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Encarnación, 22 de febrero de 2026
I. La Noticia
Fue un martes por la mañana, entre el café y las noticias del tránsito, cuando apareció en las redes la historia de un hombre que había solicitado cambiar su nombre por un número.
No pedía ser un superhéroe ni declaraba una religión nueva. Decía, con una calma que irritaba más que un insulto, que llevaba cuarenta años siendo tratado como una cifra en el padrón electoral, un dato en la planilla del seguro médico, un dígito en la base de clientes del banco y un porcentaje en las encuestas de satisfacción. Que había decidido, simplemente, ser honesto al respecto. Que quería llamarse Siete.
En veinte minutos, su foto tenía treinta mil comentarios.
«Esto es el fin de la civilización.»
«Que lo internen.»
«Yo también me siento un número, pero no me vuelvo loco por eso.»
«Dale, el próximo se va a identificar como una fracción.»
Nadie preguntó su historia. Nadie preguntó por qué.
* * *
II. El Foro
Esa misma semana, el programa Diálogo Abierto —que se anunciaba como «el espacio donde la sociedad se piensa a sí misma»— convocó un panel de urgencia. Las sillas del estudio eran de cuero negro. Las luces, cálidas y estudiadas para proyectar seriedad. Ale, el conductor, con su corbata azul marino y su voz de frecuencia calibrada, presentó a los invitados con la solemnidad de quien introduce a los médicos antes de una operación.
A la derecha, el Doctor Weber, catedrático de Psicología Social, autor de tres libros y colaborador habitual de la prensa de referencia.
A su lado, Doña Purísima, referente moral de una comunidad de fieles con presencia en diecisiete países y dos millones de seguidores en redes.
Frente a ellos, los candidatos: Ramiro «Toro» Ximenes, que había llegado sin corbata y con las mangas arremangadas como quien viene a trabajar, y la Mag. Lic. Abigail De los Cedros Lopes Lopes, cuyo traje gris perla hacía juego con el tono de su voz.
Siete no estaba en el panel. Nadie lo había invitado aún.
* * *
III. El Intelectual
El Doctor Weber esperó a que Doña Purísima terminara su primera frase para aclararse la garganta con una delicadeza que era, en sí misma, una declaración de superioridad.
—Lo que estamos observando —dijo, juntando las yemas de los dedos— es un fenómeno sintomático. No hay que alarmarse, pero tampoco trivializarlo. La identificación con una categoría abstracta, en este caso numérica, responde a una disociación del yo narrativo que ya Ricoeur anticipó, y que en el contexto de la hipermodernidad líquida —Bauman lo desarrolló con precisión— adquiere formas que antes eran impensables. No estamos ante un caso de locura. Estamos ante un espejo de nuestra época.
Hizo una pausa para dejar que la cámara lo encontrara.
—La pregunta no es si este hombre está bien o mal. La pregunta es qué nos dice sobre nosotros.
Ale asintió con la reverencia discreta de quien no entiende del todo pero reconoce el peso de las palabras. En casa, miles de espectadores sintieron que acababan de aprender algo.
Esa noche, de regreso a su apartamento, el doctor Weber dejó el maletín sobre la mesa, se sirvió un vaso de agua y encendió su segundo ordenador, el que no tenía su nombre en ningún lado. Sus dedos, largos y cuidados, los mismos que habían gesticulado frente a la cámara horas antes, navegaron hacia territorios donde las personas no tienen nombre, no tienen historia, no tienen rostro. Solo tienen un precio. Solo son, también ellas, un número.
* * *
IV. La Moralista
Doña Purísima no necesitó aclararse la garganta. Tenía años de práctica en ocupar el aire. Mientras hablaba, sus dedos buscaban sin querer el borde de la pulsera de oro que llevaba en la muñeca derecha, un tic que sus fieles interpretaban como señal de recogimiento interior.
—Miren, con todo respeto al doctor —dijo, y la expresión con todo respeto sonó como una llave que cierra una puerta—, esto no es un fenómeno sociológico. Esto es una herida espiritual. Dios nos creó a su imagen y semejanza, nos dio un nombre, nos dio una identidad sagrada, y hay fuerzas —y aquí bajó la voz con el tono de quien sabe de lo que habla— fuerzas que trabajan para que el ser humano se despoje de esa dignidad. Para que se rebaje. Para que se pierda.
En el estudio, alguien tosió.
—Yo no condeno a esta persona —continuó, con una sonrisa que irradiaba compasión—. La compadezco. Y la llamo a volver. Pero también digo, con toda claridad, que quienes celebran esto o lo normalizan están abriendo una puerta que no saben lo que tiene adentro. Esto no es inocente. El enemigo actúa, y actúa con disfraces.
Esa noche, su comunidad digital recibió un mensaje: Oren por los perdidos que renuncian a su nombre. El enemigo actúa. Los comentarios se llenaron de emojis de manos en oración intercalados con otros que no eran exactamente rezos.
Doña Purísima respondió a algunos, eligiendo los más devotos. Luego cerró la aplicación, anotó en su agenda la reunión del jueves con el abogado para revisar el contrato de la nueva sede —el inmueble costaba lo que tres años de diezmos— y se fue a dormir.
* * *
V. El Político del Garrote
Ramiro «Toro» Ximenes esperó su turno con la paciencia de alguien que sabe que lo mejor llega al final. Mientras los otros hablaban, él tamborileaba despacio con un dedo sobre la mesa, sin ritmo, como quien mide el tiempo de otra manera.
—Yo voy a ser directo, porque para eso me eligieron —dijo, apoyando los codos sobre la mesa con una familiaridad que el estudio no había visto antes—. La gente está harta. Está harta de que le expliquen sus problemas con palabras de diccionario. Está harta de que le digan que lo raro es normal y que lo normal es una enfermedad. ¿Un hombre que quiere llamarse Siete? Yo respeto a las personas. Pero tenemos hospitales sin medicamentos, escuelas con el techo caído, familias que no llegan a fin de mes. Y los medios nos traen esto.
Golpeó la mesa suavemente, lo justo para hacer ruido sin romper nada.
—Yo vengo a limpiar la casa. A poner orden. A devolver el sentido común a la gente normal, que es la mayoría, que trabaja, que cría a sus hijos, que no necesita un filósofo para saber quién es.
Los aplausos del público llegaron antes de que terminara la frase.
Después del programa, en el pasillo, su jefe de campaña le mostró el teléfono con las métricas. Ese fragmento de cuarenta segundos ya tenía doscientas mil reproducciones. Habían ganado catorce mil seguidores nuevos.
—¿Cuánto nos falta en la zona norte? —preguntó Toro, sin soltar el teléfono.
—Unos ocho mil votos.
Se detuvo frente al espejo del pasillo y se arremangó de nuevo la camisa. Las mangas siempre le quedaban bien puestas, pero había aprendido que el efecto era mejor si parecían recién subidas.
—Bien —dijo—. Sigamos.
* * *
VI. La Política del Guante Blanco
La Mag. Lic. Abigail De los Cedros Lopes Lopes esperó el momento de mayor tensión para intervenir, como quien entra en una habitación cuando ya todos están cansados. Mientras Toro golpeaba la mesa, ella anotó algo en su libreta con letra pequeña y ordenada. Nadie vio que no era una idea, sino un recordatorio: llamar al contador.
—Quiero decir algo distinto —comenzó, con una voz que sonaba a reconciliación—. Más allá de si estamos de acuerdo o no con las elecciones de esta persona, lo que no podemos permitir es que nadie, absolutamente nadie, quede reducido a una cifra. Cada persona importa. Cada historia importa. Y en mi gobierno —hizo una pausa breve pero visible— ningún ciudadano va a ser un número en una planilla. Vamos a construir una sociedad donde todos tienen un lugar, un nombre, una dignidad.
Ale asintió. Doña Purísima la miró con una sonrisa que podría haber sido aprobación o cortesía. El doctor Weber tomó nota mental de la cita para usarla en su próxima columna, atribuyéndola al pensamiento de algún filósofo europeo.
Esa noche, el equipo analizó los resultados del panel. Su fragmento de cuarenta y cinco segundos había generado una respuesta positiva del sesenta y tres por ciento entre el segmento de votantes urbanos con estudios universitarios. Le recomendaron repetir el mensaje en los próximos actos. Sin variaciones. Exactamente esas palabras.
* * *
VII. El Programa Termina
Ale cerró el foro con una frase redonda sobre la necesidad del diálogo en las sociedades democráticas. Luego, cuando las cámaras se apagaron, pidió a su productora Lilu los números del rating.
Habían superado el promedio de la franja. El segmento más visto era el de Doña Purísima, seguido por el de Toro Ximenes.
—El tema da más —dijo Ale, aflojándose la corbata—. Busquemos al hombre. Que venga la semana que viene.
* * *
VIII. Siete en Pantalla
Siete llegó al estudio con su ropa de siempre. Lilu le indicó dónde sentarse y le pidió que no mirara a cámara hasta que Ale le diera la señal. Bajo las luces, su cara parecía más pequeña que en los memes.
Ale le hizo cuatro preguntas. Las mismas cuatro que le había hecho la semana anterior a un exministro y que la semana siguiente le haría a un futbolista retirado. Siete respondió despacio, buscando las palabras. El micrófono de solapa captaba todo excepto lo que él quería decir.
Vino la semana siguiente. Y la otra. El doctor Weber publicó una columna citándolo como caso de estudio. Doña Purísima dedicó tres sermones a advertir sobre su influencia. Toro Ximenes lo mencionó en dos actos de campaña. La Mag. Lic. Abigail De los Cedros Lopes Lopes lo incluyó en su plataforma de derechos ciudadanos.
Luego, como siempre ocurre, la atención empezó a flojear. Los segmentos se acortaron. Las preguntas se repitieron. El rating bajó dos puntos un miércoles sin razón aparente, y Lilu lo anotó en su planilla sin comentario.
* * *
IX. El Desplazamiento
Esa misma semana, durante el clásico del domingo, las barras se enfrentaron en la platea sur del estadio. Había once heridos, tres graves, y un hombre de cuarenta y dos años que no había llegado al hospital con vida. Había ido al partido con su hijo.
Lilu entró al despacho de Ale con el teléfono en la mano.
—Esto es más grande —dijo, sin más explicación necesaria.
Al día siguiente, Ale abrió el noticiero con el rostro compuesto para la gravedad. Describió los hechos con precisión quirúrgica: los nombres, los colores de las camisetas, el recuento de heridos, la declaración del ministro de seguridad. La cámara lenta de las imágenes del estadio. La voz en off sobre los cuerpos en la platea.
Luego hizo una pausa de un segundo exacto —el tiempo justo para que la emoción se asentara en el televidente— y con el mismo tono, sin bajar ni subir la voz, dijo:
—Y ahora, un mensaje de nuestros patrocinadores. ¿Ya adquiriste el nuevo smartphone X? Más velocidad, más memoria, más vida.
Siete dejó de ser tendencia ese jueves por la tarde.
* * *
X. La Caída
Lo que no llegó a los titulares fue el resto.
Que su empleador, incomodado por «la imagen de la empresa», prescindió de sus servicios. Que su pareja, agotada por el escarnio público, se fue. Que sus amigos, uno a uno, fueron espaciando las llamadas hasta que dejaron de sonar.
Una mañana, vaciando el último bolsillo de un abrigo que ya no abrigaba bien, encontró monedas suficientes para una chipa. Se la comió despacio, de pie en la vereda, guardando el último pedazo más de lo necesario. No por falta de hambre, sino porque sabía que después de ese mendrugo no había nada previsto.
Lo tragó. Siguió caminando.
* * *
XI. La Chipa y la Niña
Una mañana de invierno, en la vereda de una avenida que no aparece en las fotos de la ciudad, Siete estaba sentado contra la pared con el hambre encima.
Pasó una niña de la mano de su abuela. Llevaba una chipa en la otra mano, todavía caliente, recién comprada en el puesto de la esquina.
La niña se detuvo.
Su abuela tiró suavemente de su mano. Ella no se movió.
Miró a Siete con esa atención sin filtro que tienen los niños antes de que el mundo les enseñe a mirar hacia otro lado. Luego partió la chipa por la mitad y se la ofreció.
Él la tomó. No dijo nada. Ella tampoco.
Caminaron un poco más, la niña y su abuela, antes de que la niña hablara.
—Abuela, ese señor tiene hambre. Y no tiene familia ni amigos. ¿Eso está bien o está mal?
—¿Qué decís vos? —preguntó la abuela, como preguntan las abuelas cuando saben que la respuesta ya está ahí.
—Yo creo que está mal —dijo la niña—. Tiene cara. Tiene historia. Tiene vida. No sé si está bien o mal que quiera llamarse Siete. Pero eso no importa tanto como que tiene hambre.
Siguieron caminando.
Después de un momento, la niña buscó algo en el bolsillo de su campera y sacó una tarjetita plastificada que su maestra les había dado al comenzar el año para que aprendieran a reconocer su documento.
—Yo también soy un número, abuela —dijo, mostrándosela—. Soy el 7.555.342. Así me llaman en el hospital, en la escuela, en todos lados.
Lo dijo sin drama. Como una observación.
—¿Y vos, abuela? ¿Cuál es tu número?
La abuela no respondió enseguida. Caminó media cuadra con esa pregunta, que era pequeña y enorme al mismo tiempo.
* * *
La parábola no tiene moraleja escrita. La tiene el que lee, si se anima a buscarla donde corresponde: no en el panel de televisión, no en el púlpito, no en el discurso de campaña.
Sino en el número que figura en su propio documento, guardado en el bolsillo.
«El que tenga oídos, que oiga.»
Fin



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