JORNADA 5

DE LA RECONCILIACIÓN SOCIAL

Alabado seas, mi Señor, por los que perdonan por tu amor, y soportan enfermedad y tribulación. Bienaventurados los que las sufren en paz, pues por ti, Altísimo, serán coronados.

Estrofa de la reconciliación · Cántico del Hermano Sol

Oración de la Sandalia

Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

¡Paz y bien!

La Sandalia

Era el verano de 1225. Francisco estaba enfermo, casi ciego, recluido en San Damián. Acababa de componer el Cántico del Hermano Sol — ese himno luminoso nacido en el fondo del dolor.

Pero en Asís había una sombra que lo inquietaba. El obispo Guido y el «podestá» — el gobernador civil de la ciudad — estaban enfrentados. Un conflicto de poder, de jurisdicción, de orgullo herido. Se habían excomulgado mutuamente. La ciudad entera se había dividido en dos bandos. Y mientras los dos jefes se peleaban, la ciudad que los dos debían servir se deterioraba.

Francisco no podía caminar. No podía ver bien. Pero mandó llamar a los dos.

Y cuando estuvieron reunidos, hizo cantar ante ellos una nueva estrofa del Cántico — que había compuesto especialmente para ese momento:

Alabado seas, mi Señor, por los que perdonan por tu amor, y soportan enfermedad y tribulación. Bienaventurados los que las sufren en paz, pues por ti, Altísimo, serán coronados.

El obispo y el «podestá» escucharon en silencio. Y algo se rompió por dentro — en los dos. El gobernador se arrodilló ante el obispo. El obispo lo levantó y lo abrazó.

Francisco no los convenció con argumentos. Los conmovió con belleza. Y les hizo ver que su pelea personal estaba destruyendo la Casa Común — la ciudad que los dos tenían la obligación de servir.

Darse la mano es reconciliarse. Y la reconciliación empieza cuando uno decide que la Casa Común importa más que tener razón.

La Palabra

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Por eso, si cuando vas a presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a presentar tu ofrenda.

Mateo 5, 9.23-24 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

El obispo y el «podestá» se peleaban entre ellos. Pero mientras se peleaban, la ciudad sufría. Los que pagaban el precio de su orgullo no eran ellos — eran los ciudadanos de Asís, que vivían en una comunidad dividida, sin liderazgo, sin paz.

La política no es un ring donde se gana o se pierde. Es un servicio. Y los que sirven tienen la obligación de mirar más allá de sus diferencias personales e ideológicas, y ver la Casa Común que todos comparten y que todos necesitan.

La reconciliación social no pide que todos piensen igual. Pide que todos miren en la misma dirección: hacia la casa que habitamos juntos, que necesita las manos de todos para sostenerse. Darse la mano es el primer gesto de esa construcción común.

¿Hay en nuestra comunidad, en nuestra diócesis, en nuestro país, un obispo y un «podestá» que necesitan escuchar el Cántico de Francisco?

La Reflexión

Francisco no convocó al obispo y al «podestá» para arbitrar entre ellos. No tomó partido. Hizo algo mucho más inteligente y mucho más profundo: les mostró belleza. Les cantó la creación. Les recordó que antes de ser obispo y gobernador, antes de tener jurisdicciones y orgullos heridos, los dos eran hombres creados por el mismo Dios, llamados a servir a la misma ciudad, destinados al mismo fin.

Jesús lo dijo con una imagen que descoloca: antes de presentar tu ofrenda en el altar, ve a reconciliarte con tu hermano. Primero el puente, después el culto. Primero la mano tendida, después la oración.

En Paraguay, los conflictos sin resolver son muchos y profundos. Entre personas, entre comunidades, entre instituciones, entre partidos. Hay heridas que tienen décadas. Hay rencores que se heredan de padres a hijos.

Francisco nos recuerda que ninguna división es eterna. Que siempre hay un momento en que alguien puede hacer cantar el Cántico. Que reconciliarse no es rendirse — es reconocer que la Casa Común importa más que ganar la pelea.

El Silencio

Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.

(Silencio de un minuto.)

La Oración

Señor Jesús, tú eres nuestra paz. Tú derribaste el muro que nos separaba y lo hiciste con tu propio cuerpo. Gracias porque nos mostraste que la reconciliación es posible — que el adversario puede convertirse en hermano, que dos manos que se tienden pueden construir lo que dos puños cerrados destruyen. Perdónanos cuando preferimos tener razón a tener paz. Perdónanos cuando usamos el poder para dividir en lugar de para servir. Perdónanos cuando olvidamos que la Casa Común necesita las manos de todos. Danos el corazón de Francisco: que no tomó partido sino que mostró belleza, que supo que darse la mano es el primer gesto de toda construcción. Como Francisco, queremos decirte:

Pueblo: Señor, haznos instrumentos de tu paz.

El Cierre

Gesto del día: Hoy, piensa en una división que existe en tu comunidad. Solo pregúntate: ¿qué Casa Común estamos destruyendo mientras nos peleamos? ¿Y qué pequeño gesto podría ser el primer paso hacia la paz?

Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

(Cántico franciscano — si es posible, la estrofa de la reconciliación del Cántico del Hermano Sol.)

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