
JORNADA 4
DEL AMOR A LA CREACIÓN
Laudato si’, mi Signore, cum tucte le tue creature. — Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas.
Cántico del Hermano Sol · Francisco de Asís
Oración de la Sandalia
Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.
Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.
Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.
Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.
Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.
¡Paz y bien!
La Sandalia
Era el otoño de 1225. Francisco estaba ciego, enfermo, casi al final de su vida. Vivía en una choza de cañas en el jardín del convento de San Damián. No podía ver la luz del sol. Los médicos le habían cauterizado las sienes con hierro al rojo vivo para intentar curarle los ojos. El dolor era constante.
Y en ese momento — en el fondo de la enfermedad, en la oscuridad de la ceguera, en la pobreza más radical — Francisco compuso el cántico más luminoso de la literatura italiana medieval.
Laudato si’, mi Signore, cum tucte le tue creature. Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas.
Hermano Sol. Hermana Luna. Hermano Viento. Hermana Agua — útil, humilde, preciosa, casta. Hermano Fuego. Hermana Tierra nuestra madre, que nos sustenta y gobierna.
Francisco no cantó la creación desde la comodidad. La cantó desde el dolor. No la alabó porque le fuera bien. La alabó porque la conocía. Porque se había detenido a mirarla, a escucharla, a comprenderla. Porque había aprendido a ver — con los ojos del corazón — que todo viene de Dios y todo habla de Dios.
Quien conoce algo de verdad, lo ama. Quien lo ama, lo cuida. Quien lo cuida, lo entrega.
La Palabra
El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara.
Génesis 2, 15
Miren los pájaros del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros, y sin embargo el Padre celestial los alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellos?
Mateo 6, 26 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos
Amar la creación presupone conocerla. Comprender cómo funciona la tierra, qué necesita el agua para seguir siendo agua limpia, qué le pasa al suelo cuando se lo sobreexplota sin descanso. No se puede cuidar lo que no se conoce. Y no se puede respetar lo que no se valora.
El hombre fue puesto en el jardín para cultivarlo y cuidarlo — no para destruirlo. Es custodio, no dueño. El custodio no explota lo que le fue confiado — lo administra con responsabilidad, pensando no solo en hoy sino en mañana. En los hijos. En los hijos de los hijos.
En Paraguay, la creación está herida. El Chaco pierde bosques a un ritmo que asusta. Los ríos están contaminados. Las comunidades indígenas ven destruidos los territorios que habitaron por siglos. El suelo se agota bajo el peso de los monocultivos.
Amar la creación es amar a todos los que la habitamos — todos los seres vivos, y en particular el hombre, llamado a ser su custodio, para que esa tierra produzca para hoy y para mañana.
¿Estamos siendo buenos custodios de la creación que se nos confió?
La Reflexión
Francisco amó la creación porque la conoció. Porque se detenía. Porque no pasaba corriendo por el mundo como si fuera un escenario de fondo.
Hay una escena de su vida que lo dice todo: caminando por el campo, Francisco veía volar a los pájaros y se detenía a predicarles. Para Francisco, los pájaros no necesitaban que les predicara la fe. Ya la vivían. Volaban libres, cantaban, no acumulaban, no se angustiaban por el mañana. Eran, sin saberlo, el Evangelio hecho plumas y viento.
Nosotros hemos aprendido a mirar la creación de otra manera: como recurso. Como mercancía. Como cosa que se usa y se descarta. Y esa mirada nos ha costado caro.
Pero hay algo más grave aún que la destrucción material: es la pérdida del asombro. Cuando uno deja de asombrarse ante el amanecer, ante el río, ante el árbol que florece, ha perdido algo esencial de su humanidad. Ha dejado de ser custodio para convertirse en explotador.
Francisco nos propone una conversión de la mirada. Conocer antes de usar. Respetar antes de tomar. Cuidar para poder entregar. Ver en la tierra no a la esclava sino a la madre que nos sustenta.
El Silencio
Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.
(Silencio de un minuto.)
La Oración
Señor Jesús, tú miraste los pájaros del cielo y los lirios del campo y viste en ellos la mano de tu Padre. Gracias por la tierra que nos sustenta, por el agua que nos da vida, por el aire que respiramos, por la riqueza de esta tierra paraguaya que nos fue dada en herencia y en custodia. Perdónanos cuando la explotamos sin conocerla. Perdónanos cuando olvidamos que la tierra no es nuestra — es de los que vienen. Danos los ojos de Francisco: que conoció la creación antes de cantarla, que la respetó antes de usarla, que la amó como se ama a una madre. Como Francisco, queremos decirte:
Pueblo: Señor, haznos custodios fieles de tu creación.
El Cierre
| Gesto del día: Hoy, detente un momento ante algo de la creación — el cielo, un árbol, el agua. Míralo. Conócelo un poco más. Y pregúntate: ¿estoy cuidando lo que se me confió, para que siga produciendo vida mañana? |
Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.
(Cántico franciscano — si es posible, una estrofa del Cántico del Hermano Sol.)


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