
JORNADA 3
DE LA FRATERNIDAD Y AMISTAD SOCIAL
Fratelli tutti — Hermanos todos.
San Francisco de Asís
Oración de la Sandalia
Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.
Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.
Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.
Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.
Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.
¡Paz y bien!
La Sandalia
Francisco llamaba a todos “hermano” y “hermana”. No era un modo de hablar. Era una convicción profunda que lo atravesaba entero.
Hermano sol. Hermana luna. Hermano viento. Hermana agua. Hermano fuego. Hermana tierra nuestra madre. Hermana muerte corporal.
Pero sobre todo: hermano hombre. Hermana mujer. Sin distinción de clase, de raza, de religión, de condición. El leproso era su hermano. El ladrón que lo asaltó en el camino era su hermano. Y el sultán Melek-el-Kamel — el enemigo musulmán al que fue a visitar en medio de las Cruzadas, cruzando las líneas de guerra sin armas y sin miedo — era su hermano también.
Cuando Francisco llegó al campamento del sultán, todos esperaban que fuera a predicarle y a convertirlo. Pero Francisco fue a encontrarlo. A escucharlo. A descubrir en él a un hombre que también buscaba a Dios a su manera.
El sultán no se convirtió. Pero trató a Francisco con respeto y admiración, y lo dejó partir en paz. Dos hombres de mundos opuestos, sentados frente a frente, descubriendo que la humanidad que los unía era más grande que todo lo que los separaba.
Eso es la fraternidad según Francisco. No un sentimiento. Una decisión. Y antes que una decisión, un descubrimiento.
La Palabra
Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto reconocerán todos que son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros.
Juan 13, 34-35 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos
A los hermanos no se los elige. Te los dan. Nadie elige la familia en la que nace, el barrio donde crece, el pueblo al que pertenece. Los hermanos llegan sin que uno los pida — y eso es exactamente lo que los hace hermanos.
La fraternidad es un don. Y como todo don, pide ser recibido. Pide reconocer en el otro — aunque sea diferente, aunque incomode, aunque tenga razón cuando uno no quiere dársela — a alguien que viene del mismo origen y camina hacia el mismo destino.
Eso es el remedio más poderoso contra el individualismo — esa lógica que dice: yo primero, yo solo, yo me basto. La fraternidad obliga a pensar en plural. Obliga a decir nosotros. Obliga a trabajar codo a codo, en horizontal, con otros que son iguales aunque sean diferentes.
El Papa Francisco tomó las palabras de su hermano de Asís — Fratelli tutti, hermanos todos — y las convirtió en un llamado urgente: no hay bien común sin fraternidad. No hay Casa Común si cada uno construye solo su cuarto y cierra la puerta con llave.
¿Con quién nos cuesta trabajar codo a codo en el Paraguay de hoy?
La Reflexión
Hay una palabra que Francisco usaba para su comunidad: fraternidad. No organización. No institución. No equipo. Fraternidad — un grupo de hermanos que no se eligieron pero que decidieron caminar juntos.
Esa palabra cambia todo. Cuando trabajo con un colega, puedo despedirlo si no rinde. Cuando trabajo con un hermano, tengo que cargar con él aunque cueste. El vínculo no se rompe por decreto.
Jesús no eligió a sus discípulos por méritos. Los llamó siendo lo que eran: pescadores sin estudios, recaudadores de impuestos despreciados, cobardes que huirían en el momento de la verdad. Los llamó hermanos antes de que lo merecieran.
En Paraguay, la fraternidad es un desafío concreto. Las divisiones políticas separan familias. El miedo al diferente construye muros invisibles pero sólidos. El individualismo convence a cada uno de que puede arreglárselas solo.
Francisco nos dice que no. Que solos no podemos. Que la plenitud de la vida humana solo se alcanza en comunión. La Casa Común no la construye uno solo. La construimos juntos, codo a codo, o no se construye.
El Silencio
Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.
(Silencio de un minuto.)
La Oración
Señor Jesús, tú nos llamaste hermanos antes de que lo fuéramos. Tú viste en nosotros una familia cuando nosotros solo veíamos diferencias. Gracias por los hermanos que nos diste — los que elegimos y los que no elegimos, los que nos alegran y los que nos cuestan. Perdónanos el individualismo que nos hace creer que podemos solos. Perdónanos los muros que construimos con palabras, con silencios, con indiferencia. Enséñanos a trabajar codo a codo, a pensar en plural, a decir nosotros antes que yo. Como Francisco, queremos decirte:
Pueblo: Señor, haznos constructores de fraternidad.
El Cierre
| Gesto del día: Hoy, haz algo que no puedas hacer solo — busca a alguien para hacerlo junto. Puede ser pequeño: una visita, una tarea, una conversación pendiente. Lo importante es el codo a codo. |
Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.
(Cántico franciscano.)


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