
JORNADA 2
DE LA IGLESIA QUE AMA A LOS POBRES
“Cuando vi a los leprosos, su vista me causaba amargura. Pero el Señor mismo me condujo entre ellos, y yo puse en práctica la misericordia con ellos.”
Testamento de Francisco de Asís
Oración de la Sandalia
Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.
Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.
Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.
Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.
Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.
¡Paz y bien!
La Sandalia
Antes de que Francisco cambiara el mundo, un leproso lo cambió a él.
En su Testamento — escrito poco antes de morir, cuando ya sólo le quedaban palabras y tiempo escaso — Francisco identifica ese momento como el origen de todo:
“Cuando estaba en pecados, me parecía muy amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y puse en práctica la misericordia con ellos. Y al apartarme de ellos, lo que me había parecido amargo se me transformó en dulzura del alma y del cuerpo.”
No fue una conversión teórica. Fue un encuentro. Francisco no decidió un día amar a los pobres porque leyó un tratado de teología. Se encontró con un leproso en el camino, y algo por dentro no le dejó seguir de largo.
Los leprosos eran los excluidos definitivos de la sociedad medieval. Se los obligaba a vivir fuera de las ciudades, a llevar campanillas para avisar de su presencia, a no tocar a nadie ni que nadie los tocase. Eran la imagen del descarte absoluto.
Francisco los abrazó. No simbólicamente — físicamente. Y descubrió lo que el Evangelio promete y la experiencia confirma: que en el rostro del más pobre está el rostro de Cristo. No como metáfora. Como realidad.
Francisco no los salvó. Ellos lo salvaron a él.
La Palabra
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres. Me ha enviado a proclamar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor.”
Lucas 4, 18 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos
Cuando Francisco salió a abrazar al leproso, la Iglesia de su tiempo tenía iglesias llenas y pobres ignorados. La fe se había convertido en un asunto privado de salvación personal. Los pobres quedaban afuera.
Francisco le recordó a la Iglesia que los pobres no son un problema social que resolver ni un objeto de caridad que tranquiliza la conciencia. Son personas. Son sujetos. Tienen dignidad. Y en su rostro se esconde el rostro de Cristo.
El bien común no es la suma de los bienes privados. Es el conjunto de condiciones que permiten a todos — especialmente a los más vulnerables — desarrollar su vida con dignidad. No es generosidad. Es justicia.
Una Iglesia que ama a los pobres no distribuye limosna — reclama derechos. No calma conciencias — interpela estructuras. No espera que los pobres vengan — sale a buscarlos.
¿Cómo está nuestra Iglesia local ante los más vulnerables de nuestra comunidad?
La Reflexión
Francisco no se hizo pobre porque la pobreza le parecía una virtud abstracta. Se hizo pobre porque vio al pobre. El encuentro precede a la decisión.
Hay una diferencia fundamental entre ver a los pobres y mirarlos. Ver es registrarlos en el campo visual. Mirar es detenerse, reconocer, recibir el impacto de su presencia. Francisco miró al leproso. Y el leproso lo miró a él. Y ese intercambio de miradas lo cambió por dentro.
El Papa Francisco lo ha dicho con una imagen que no deja salida: “una Iglesia pobre para los pobres”. No es una opción ideológica — es una consecuencia de tomarse en serio el Evangelio. Jesús no visitó a los pobres desde arriba. Se hizo pobre. Nació en un establo. Murió en una cruz entre ladrones.
La Iglesia que sale — que no espera que la realidad entre por la puerta de la sacristía — es la única que puede ser signo de esperanza en un mundo que produce más excluidos que nunca.
El Silencio
Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.
(Silencio de un minuto.)
La Oración
Señor Jesús, tú que ungíste a Francisco para anunciar la Buena Noticia a los pobres. Gracias por los pobres que nos enseñan lo que no se aprende en ningún otro lado: que la vida es un don, que la dignidad no se compra, que el amor es lo único que no se acaba. Perdónanos cuando los tratamos como problema y no como personas. Perdónanos cuando nuestra caridad calma nuestra conciencia pero no cambia su vida. Enseñanos a mirar como Francisco miró: a detenernos, a tocar, a dejarnos cambiar por el encuentro. Como Francisco, queremos decirte:
Pueblo: Señor, enséñanos a ver lo que tú ves.
El Cierre
| Gesto del día: ¿Hay alguien cerca de mí que vive en pobreza y al que yo trato como objeto de caridad? Hoy, hazle una visita — no para llevarle algo, sino para escucharle. Deja que su vida te cambie algo por dentro. |
Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.
(Cántico franciscano.)


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