JORNADA 7

DE LA JUVENTUD DE CRISTO

Francisco tenía veinticinco años cuando lo dejó todo. No era un anciano que miraba atrás y hacía balance. Era un joven en la plenitud de su energía.

Los jóvenes paraguayos

Oración de la Sandalia

Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

¡Paz y bien!

La Sandalia

Francisco tenía veinticinco años cuando lo dejó todo.

No era un anciano que miraba atrás y hacía balance. Era un joven en la plenitud de su energía, con el mundo por delante y todas las puertas abiertas. Tenía dinero, tenía amigos, tenía sueños. Y los soltó — no porque la vida lo hubiera derrotado, sino porque encontró algo que valía más.

Pero antes de llegar a ese momento, Francisco fue lo que son muchos jóvenes: inquieto, buscador, algo perdido. Festejaba hasta el amanecer. Soñaba con la gloria militar. Buscaba en el ruido lo que el ruido no podía darle.

Y cuando empezó a encontrar — en el silencio, en la oración, en el rostro de los pobres — fue radical. Como solo los jóvenes saben ser radicales. Sin medias tintas. Sin calcular demasiado. Con esa capacidad de apostarlo todo que se va perdiendo con los años.

Francisco no fue un joven que esperó a ser adulto para vivir el Evangelio. Lo vivió siendo joven. Con la urgencia, el entusiasmo y la valentía que solo tiene quien todavía no aprendió a tener miedo.

Ese fuego no se apagó. Sigue ardiendo. Arde en cada joven que busca con honestidad, que se indigna ante la injusticia, que no se conforma con lo que le ofrecen.

La Palabra

Cuando Jesús iba a ponerse en camino, llegó corriendo un hombre y, arrodillándose ante él, le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para tener la vida eterna?” Jesús le dijo: “Ya sabes los mandamientos.” El hombre respondió: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud.” Jesús lo miró con amor y le dijo: “Una sola cosa te falta: ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.” Pero él, ante estas palabras, se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes.

Marcos 10, 17-22 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

Paraguay es un país joven. Más de la mitad de su población tiene menos de treinta años. Eso es una riqueza enorme — y una responsabilidad enorme también.

Cada joven es una promesa que quiere hacerse realidad. Trae consigo una energía, una creatividad, una capacidad de indignación ante la injusticia que los mayores vamos perdiendo con los años. No son el futuro — son el presente. Y el presente les pertenece también a ellos.

Cuidar el bien común es pensar con los jóvenes, no solamente para ellos. Es confiarles responsabilidades reales antes de que demuestren que las merecen — porque la confianza no es el premio al final del camino, es el combustible para recorrerlo.

Una juventud que se pierde — por falta de cuidado, por falta de oportunidades — es una herida en el bien común. Nuestras instituciones tienen que invertir más: más en valores, más en recursos, más en oportunidades. No como gasto — como siembra.

Jóvenes sanos es sociedad sana. Y una sociedad sana empieza por creer que cada joven que tiene enfrente es una promesa que vale la pena cuidar.

La Reflexión

El joven rico del Evangelio es uno de los personajes más honestos de todo el Nuevo Testamento. No mintió. No pretendió. Preguntó de verdad: ¿qué me falta? Y cuando Jesús le respondió, tuvo la honestidad de irse triste — sin fingir que aceptaba lo que no podía aceptar.

Jesús lo miró con amor. No con decepción, no con juicio — con amor. Esa es la primera lección: antes de pedirle algo a un joven, hay que mirarlo. Verlo. Tomarlo en serio.

Francisco fue ese joven que, cuando Jesús le dijo una sola cosa te falta, no se fue triste. Se quedó. Y lo apostó todo. No porque fuera más valiente que el joven rico — sino porque alguien lo había mirado con amor primero, y esa mirada lo había cambiado por dentro.

Los jóvenes paraguayos de hoy merecen esa misma mirada. Pensar con ellos significa generar condiciones para que se arraiguen: en la cultura guaraní y cristiana que los precede, en el trabajo que les da dignidad, en la comunidad que los sostiene.

Porque un joven que se arraiga construye. Y un país donde los jóvenes quieren quedarse es un país que tiene futuro.

El Silencio

Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.

(Silencio de un minuto.)

La Oración

Señor Jesús, tú miraste al joven rico con amor antes de pedirle que lo soltara todo. Gracias por los jóvenes de Paraguay — por su energía y su creatividad, por su indignación ante la injusticia, por su capacidad de apostar cuando los mayores ya calculamos demasiado. Perdónanos cuando los tratamos como problema en lugar de como solución. Perdónanos cuando les cerramos puertas en lugar de abrirlas. Dales el corazón de Francisco: joven, radical, libre, capaz de apostarlo todo por lo que de verdad vale. Y danos a nosotros la mirada de Jesús sobre ellos: la mirada que ve antes de pedir, que ama antes de exigir, que confía antes de juzgar. Como Francisco, queremos decirte:

Pueblo: Señor, renueva en nosotros el corazón joven.

El Cierre

Gesto del día: Si eres joven: pregúntate qué es lo que más te ata — y si hay algo que podrías soltar para ser más libre. Si no eres joven: piensa en un joven concreto de tu comunidad. ¿Qué puedes hacer hoy para abrirle una puerta, darle una responsabilidad, decirle que confías en él?

Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

(Cántico franciscano.)

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