JORNADA 8

DEL AMOR A LA IGLESIA

Frailes Menores. Los menores. Los últimos. Los que no mandan, no gobiernan, no presiden. Los que sirven.

Minoridad, sinodalidad, encuentro

Oración de la Sandalia

Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

¡Paz y bien!

La Sandalia

Francisco amó a la Iglesia con una intensidad que desconcertaba — y que sigue desconcertando.

La amó cuando era joven y la Iglesia estaba llena de clérigos corruptos, de obispos que acumulaban riquezas, de una institución que había olvidado a los pobres. No la abandonó. No la atacó. La reparó — como había reparado San Damián, piedra por piedra, desde adentro.

Inventó para su fraternidad un nombre que lo decía todo: Frailes Menores. Los menores. Los últimos. Los que no mandan, no gobiernan, no presiden. Los que sirven. En una Iglesia tentada por el poder, Francisco eligió la minoridad. En una institución que miraba desde arriba, él eligió mirar desde abajo.

Y desde abajo vio lo que no se ve desde arriba. Vio a los leprosos. Vio a los pobres. Vio al sultán. Vio a Clara. Vio la creación entera como un himno de alabanza.

La minoridad no es debilidad. Es una posición. Una manera de estar en el mundo y en la Iglesia que permite ver lo que el poder oculta.

La Palabra

Entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera ser grande entre ustedes, deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, deberá ser su esclavo. De la misma manera, el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

Mateo 20, 26-28 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

La Iglesia puede ser seducida. Por el poder, por la ambición, por el prestigio, por la posición. No es una tentación solo de los de arriba — es una tentación que recorre todos los niveles.

En las esferas de autoridad, se manifiesta cuando se gobierna sin escuchar, cuando se decide sin consultar. Pero también entre todos nosotros: en el pa’i ma heí — el que habla en nombre del sacerdote y cierra puertas que no le corresponde cerrar. En el catequista que se apropia de su grupo. En la sacristana que decide quién puede y quién no puede. En el capillismo que convierte una comunidad de fe en un club de los de siempre.

El antídoto que Francisco nos ofrece es la minoridad. Y el antídoto que el Papa Francisco nos propone hoy es la sinodalidad — caminar juntos, escucharse mutuamente, reconocer que el Espíritu habla a través de todos los bautizados.

En una capilla, en una parroquia, en una diócesis: todos deben ser escuchados. Todas las vocaciones, todos los carismas, todos los bautizados, son animados por el mismo Espíritu. Ninguna función en la Iglesia da más Espíritu que otra — da más responsabilidad, más servicio, más rendición de cuentas.

¿Hay en nuestra comunidad alguien que no es escuchado y debería serlo?

La Reflexión

Hay una escena de la vida de Francisco que pocas veces se cuenta. Cuando los primeros frailes eran apenas doce y fueron a Roma a pedir al Papa Inocencio III la aprobación de su regla, el Papa los miró con desconfianza. Eran pobres, descalzos, sin estudios, sin recursos.

Esa noche, el Papa tuvo un sueño: veía a la Basílica de Letrán — la catedral de Roma, la madre de todas las iglesias — inclinarse peligrosamente, a punto de caer. Y un pequeño fraile descalzo la sostenía con sus hombros. Inocencio entendió. Los aprobó.

Francisco no salvó a la Iglesia con poder. La salvó con minoridad. Con pobreza. Con autenticidad. Pero hay algo más en esa historia: el Papa escuchó. Escuchó a esos doce pobres que venían del fondo de Italia sin nada más que su convicción. Y lo que escuchó le cambió la visión. Eso es la sinodalidad antes de que tuviera ese nombre.

En Paraguay, la Iglesia tiene una historia larga de servicio heroico y también una historia de clericalismo real. Los dos son verdad. Los dos necesitan ser nombrados. Porque solo lo que se nombra puede cambiar.

El Silencio

Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.

(Silencio de un minuto.)

La Oración

Señor Jesús, tú que siendo Dios te hiciste siervo, tú que siendo el primero elegiste ser el último, tú que pudiendo mandar decidiste lavar los pies. Perdónanos el clericalismo — el de los que tienen autoridad y no escuchan, y el de todos nosotros cuando usamos nuestra pequeña posición para cerrarnos en lugar de abrirnos. Perdónanos el capillismo que convierte la comunidad en club, la fe en territorio, el servicio en poder. Danos el Espíritu de Francisco: que amó a la Iglesia siendo menor en ella. Haznos una Iglesia sinodal — que camina junta, que escucha a todos, que reconoce el Espíritu en cada bautizado, en cada vocación, en cada carisma. Como Francisco, queremos decirte:

Pueblo: Señor, haznos servidores de tu Iglesia.

El Cierre

Gesto del día: Hoy, en tu comunidad, identifica a alguien que nunca es escuchado — alguien que tiene algo que decir y nadie le pregunta. Hazle una pregunta genuina y escucha su respuesta. Ese es el primer gesto sinodal.

Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

(Cántico franciscano.)

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