
JORNADA 9
DEL AMOR AL EVANGELIO
Predica siempre el Evangelio. Si es necesario, usa también las palabras.
Atribuido a San Francisco de Asís · Palabra, oración, misión a los sencillos
Oración de la Sandalia
Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.
Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.
Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.
Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.
Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.
¡Paz y bien!
La Sandalia
Francisco no era teólogo. No había estudiado en las grandes universidades de su tiempo. No tenía títulos, ni bibliotecas, ni argumentos elaborados.
Tenía el Evangelio.
Lo escuchó un día en la misa — la instrucción de Jesús a los discípulos cuando los envió de misión: sin bolsa, sin alforja, sin sandalias. Y lo tomó al pie de la letra. Literalmente. Se quitó las sandalias, tiró el bastón, y salió a predicar descalzo, sin nada, tal como lo había escuchado.
Hay una historia que lo dice todo. Un día Francisco invitó a fray Maseo a predicar con él por el pueblo. Caminaron por las calles, saludaron a la gente, observaron, pasaron por las plazas y los callejones. Y volvieron al convento sin haber pronunciado un solo sermón.
Fray Maseo estaba desconcertado. Le preguntó: Hermano, ¿pero no habíamos salido a predicar?
Francisco respondió con serenidad: “Hemos predicado. Nuestra manera de caminar, de saludar, de mirar a las personas — eso es la predicación. Las palabras, si hace falta, vienen después.” Predica siempre el Evangelio. Si es necesario, usa también las palabras.
La Palabra
Después de esto, el Señor designó a otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos delante de él, a todos los pueblos y lugares a donde él mismo iba a ir. Y les dijo: la cosecha es abundante pero los trabajadores son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que mande trabajadores a su cosecha. ¡Vayan! Los estoy enviando como corderos en medio de lobos. Cuando entren en un pueblo y los reciban, coman lo que les sirvan, curen a los enfermos que haya allí y díganles: el Reino de Dios está cerca de ustedes.
Lucas 10, 1-3.8-9 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos
El Evangelio no es un texto privado. No es un tesoro para guardar — es una semilla para sembrar. Y las semillas no se guardan en el bolsillo: se tiran a la tierra, se mojan con la lluvia, se exponen al sol y al viento, y dan fruto multiplicado.
La Buena Noticia quiere rescatar nuestra humanidad — devolvernos la dignidad que el pecado, la injusticia y el olvido nos quitan. Quiere iluminar el sentido de nuestra vida — responder esa pregunta que todos llevamos adentro y que el ruido del mundo no puede callar. Y quiere encaminar nuestras relaciones — transformar la manera en que nos tratamos, nos miramos, nos servimos o nos ignoramos.
Por eso el Evangelio es eficaz cuando penetra en la tierra buena. No en la tierra dura del corazón cerrado. En la tierra buena de quien escucha, acoge y da fruto.
Paraguay es un pueblo profundamente religioso. Esa fe es una riqueza enorme. Pero el Evangelio que no se vive se apaga. La fe que no se comparte se encoge.
¿Hay alguien cerca de nosotros que espera escuchar la Buena Noticia en un lenguaje que pueda entender?
La Reflexión
Francisco tenía una convicción que lo distinguía de muchos predicadores de su tiempo: el Evangelio no necesita ser defendido — necesita ser vivido. No necesita guardianes — necesita testigos.
Esa distinción es fundamental. El guardián cuida el tesoro para que no se pierda. El testigo lo comparte para que se multiplique. El guardián tiene miedo. El testigo tiene gozo.
Francisco predicaba con gozo. No con amenazas, no con argumentos, no con la autoridad de los títulos. Predicaba con su vida — con su pobreza, con su alegría, con su libertad. Y la gente lo escuchaba porque veía en él algo que no encontraba en otro lado: un hombre que creía de verdad lo que decía, y que vivía de verdad lo que creía.
En Paraguay, la cosecha es abundante. Hay una sed espiritual real — en los barrios, en el campo, en las periferias, en los jóvenes que buscan sin saber qué buscan. Hay personas que esperan escuchar el Evangelio en guaraní, en el lenguaje de su vida cotidiana, en palabras que no suenen a fórmula sino a verdad viva.
Las palabras que no se viven son ruido. El mejor sermón es una vida.
El Silencio
Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.
(Silencio de un minuto.)
La Oración
Señor Jesús, tú nos enviaste como corderos entre lobos y prometiste que no estaríamos solos. Gracias por el Evangelio — esa Buena Noticia que no envejece, que siempre es nueva, que siempre encuentra su camino hacia el corazón que la espera. Perdónanos cuando lo guardamos en lugar de sembrarlo. Perdónanos cuando hablamos de ti sin vivir lo que decimos. Danos el fuego de Francisco: que leyó el Evangelio de rodillas, que lo creyó sin matices, que lo predicó con su vida antes que con su boca, que llevó la Buena Noticia a los sencillos en el lenguaje de los sencillos. Haznos testigos, no guardianes. Haznos sembradores, no acaparadores. Haznos misioneros que salen con las manos vacías y el corazón lleno. Como Francisco, queremos decirte:
Pueblo: Señor, aquí estamos. Envíanos.
El Cierre
| Gesto del día: Hoy, comparte el Evangelio con alguien — no con un discurso, sino con un gesto. Un acto de bondad gratuita, una palabra de aliento, una presencia que no pide nada a cambio. Eso es predicar sin palabras, como Francisco. |
Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.
(Cántico franciscano.)


Deja un comentario