
JORNADA 10
FRANCISCO, ALTER CHRISTUS
Coronación del recorrido
“He hecho lo que era mío hacer. Que Cristo os enseñe lo que es vuestro.”
Últimas palabras de Francisco de Asís · 3 de octubre de 1226
Oración de la Sandalia
Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.
Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.
Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.
Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.
Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.
¡Paz y bien!
La Sandalia
Era el 17 de septiembre de 1224. Francisco llevaba cuarenta días en ayuno y oración en el Monte de la Verna, un peñasco solitario en los Apeninos toscanos. Estaba enfermo, casi ciego, exhausto. Había pasado la vida entera tratando de seguir a Cristo — de amarlo como Cristo amó, de servir como Cristo sirvió, de hacerse pobre como Cristo se hizo pobre.
Y en ese amanecer del Monte de la Verna, algo ocurrió que no tiene explicación racional y que la Iglesia reconoció como milagro: Francisco recibió los estigmas. Las cinco llagas de Cristo — en las manos, en los pies, en el costado — aparecieron en su cuerpo.
No las buscó. No las pidió. Las recibió. Y las ocultó. Durante los dos años que le quedaban de vida, Francisco cubrió sus manos con las mangas del hábito y nunca habló de lo que había recibido. No era un trofeo. Era un misterio.
Los estigmas de Francisco no son ante todo un prodigio físico. Son el signo visible de lo que había sido su vida entera: una vida tan identificada con Cristo que el cuerpo empezó a parecerse al cuerpo del Crucificado.
Alter Christus — otro Cristo. No porque Francisco fuera Dios. Sino porque se dejó moldear tan profundamente por el amor de Cristo que quien lo miraba a él veía algo de Cristo. Eso es la santidad: no la perfección moral, sino la transparencia — dejar que la luz de Cristo brille a través de uno.
Francisco murió el 3 de octubre de 1226, en la Porciúncula, sobre la tierra desnuda, cantando el Salmo 141. Tenía cuarenta y cuatro años. Sus últimas palabras fueron una bienvenida a la hermana muerte y una despedida a sus hermanos:
“He hecho lo que era mío hacer. Que Cristo os enseñe lo que es vuestro.”
La Palabra
Estoy crucificado con Cristo. Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí.
Gálatas 2, 19-20 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos
Hemos recorrido nueve jornadas. Hemos caminado con Francisco por la vocación y la pobreza, por la fraternidad y la creación, por la reconciliación y la devoción, por la juventud y la Iglesia y el Evangelio.
Hoy llegamos al fondo. Al centro de todo. El bien común no se construye con técnicas ni con leyes ni con instituciones solamente. Se construye con personas que se dejan transformar por el amor de Cristo hasta volverse transparentes — hasta que su vida sea un signo de que otro mundo es posible.
Esa fidelidad tiene un nombre que nos pertenece a todos desde el día del bautismo: vocación. Todos fuimos llamados. Todos recibimos en el bautismo la misma dignidad, el mismo Espíritu, el mismo envío. La vocación bautismal no es privilegio de unos pocos — es la herencia común de todos los hijos de Dios.
Pero esa vocación común se concreta de manera única en cada vida. La de Francisco se concretó en la pobreza, en los leprosos, en el Cántico, en las llagas. La tuya se concreta en tu nombre, en tu historia, en tu tierra, en las personas que te rodean.
Nadie puede vivir tu vocación por ti. Nadie puede reparar la casa que te toca a ti. Esa es tu sandalia. Única. Irrepetible. Tuya.
La Reflexión
Al final del novenario, Francisco nos hace una sola pregunta. No diez — una.
¿Me amas?
Esa es la pregunta que está detrás de todo. Detrás de la vocación y de la pobreza, de la fraternidad y de la creación, de la reconciliación y de la devoción, de la misión y del servicio.
Francisco respondió que sí con su vida entera. No con palabras — con piedras cargadas en San Damián. Con brazos abiertos al leproso. Con un cántico compuesto en la oscuridad de la ceguera. Con cinco llagas recibidas en un monte solitario. Con un cuerpo puesto sobre la tierra desnuda al morir.
Y ahora nos la hace a nosotros. Pero Francisco añadiría lo que sus últimas palabras ya contienen: Que Cristo os enseñe lo que es vuestro. No lo que fue de Francisco. Lo tuyo.
Porque la vocación bautismal es una — todos somos hijos de Dios, todos somos discípulos de Cristo, todos somos enviados. Pero se concreta de manera única en cada vida. En cada nombre. En cada historia. En cada tierra.
En Paraguay, hoy, hay una casa que reparar. Hay leprosos que abrazar. Hay un Cántico que cantar en medio del dolor. Hay jóvenes que esperan que alguien crea en ellos. Hay pobres que esperan ser tratados como protagonistas. Hay una Iglesia que necesita ser más sinodal. Hay una creación que necesita custodios fieles.
Esa es nuestra misión histórica. Esa es la vocación bautismal concretada en este tiempo, en esta tierra, en este pueblo.
Francisco nos dice: no esperes a ser santo para empezar. Yo empecé siendo un joven confundido. Empecé con una capilla en ruinas y unas piedras en las manos. Empecé con miedo ante el leproso.
Empieza donde estás. Con lo que tienes. Con quien tienes al lado. Las huellas ya están marcadas. Solo hay que seguirlas.
El Silencio
Un momento de silencio — más largo que los otros días. Dejamos que todo lo que hemos recorrido repose. Y escuchamos la pregunta que Francisco nos deja: ¿Qué es lo vuestro?
(Silencio de dos minutos.)
La Oración
Señor Jesús, tú que te hiciste pobre para enriquecernos, tú que te hiciste siervo para liberarnos, tú que te hiciste herida para sanarnos. Gracias por Francisco — por ese hombre de Asís que te tomó en serio, que creyó que el Evangelio era posible, que demostró con su vida que otro mundo es posible. Gracias por estos días de camino. Por cada escena de su vida que nos interpeló. Por cada pregunta sobre el bien común que todavía nos incomoda — porque la incomodidad es señal de que algo se está moviendo por dentro. Haznos, Señor, lo que fuimos llamados a ser desde el día de nuestro bautismo: no copias de Francisco, sino originales tuyos. Cada uno con su nombre, su historia, su sandalia. Que reparemos la casa que nos toca. Que abracemos al leproso de nuestro tiempo. Que cantemos el Cántico en medio del dolor. Que caminemos descalzos hacia lo que amamos. Y que al final podamos decir: He hecho lo que era mío hacer. Como Francisco, queremos decirte:
Pueblo: Señor Jesús, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amamos.
El Cierre
| Gesto del día: No es un gesto para hoy solamente. Es una decisión. Toma la sandalia jubilar — o imagínala si no la tienes — y ponla frente a ti. Mírala. Y pregúntate: ¿qué casa me toca reparar a mí? ¿Qué leproso me toca abrazar? ¿Qué parte del Cántico me toca cantar? Esa respuesta es tu vocación. Esa es tu sandalia. |
Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.
(Cántico del Hermano Sol — completo, con la estrofa de la reconciliación y la estrofa de la hermana muerte.)
| Aclamación final — solo en la Jornada 10: Laudato si’, mi Signore. Alabado seas, Señor. Pueblo: ¡Paz y bien! |


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