EPÍLOGO

Las sandalias quedan en el suelo

Para leer al terminar la última jornada, o en la celebración de cierre del novenario

Francisco murió sobre la tierra desnuda.

Pidió que lo bajaran de la cama y lo pusieran en el suelo — para morir como había vivido, en contacto con la realidad, cerca de los pobres, lejos del privilegio. Y sus hermanos lo hicieron. Lo pusieron sobre la tierra de la Porciúncula, la capilla pequeña que había reparado con sus manos, el lugar que más amaba en el mundo.

Allí murió cantando.

Nosotros terminamos este novenario de pie, no en el suelo. Pero llevamos algo de esa tierra en los pies — algo de ese polvo del camino que Francisco pisó descalzo durante veinte años.

Hemos caminado con él por diez jornadas. Hemos mirado su vida y hemos mirado la nuestra. Hemos escuchado el Evangelio y hemos mirado nuestra tierra paraguaya. Hemos rezado, hemos guardado silencio, hemos hecho pequeños gestos concretos que quizás parecían poca cosa pero que — si los hicimos de verdad — ya cambiaron algo por dentro.

Eso es lo que hace un novenario. No resuelve todo. No transforma la sociedad de un día para otro. Pero mueve algo. Siembra algo. Abre una pregunta que no teníamos antes, o agudiza una que ya teníamos y habíamos aprendido a ignorar.

Las sandalias de Francisco quedaron solas en la Porciúncula cuando él murió. Sus hermanos las miraron con reverencia — esas sandalias desgastadas que habían pisado los caminos de Umbría, que habían entrado en las casas de los leprosos, que se habían detenido ante los pájaros, que habían cruzado las líneas de guerra hacia el sultán.

Esas sandalias cuentan una vida. Cada marca, cada surco, cada desgaste en el cuero es una historia — una historia de amor concreto, de servicio real, de fidelidad cotidiana al llamado recibido.

Ahora nos toca a nosotros.

Nuestras sandalias están aquí. Con el desgaste de nuestra vida — de nuestros caminos ya recorridos, de nuestros cansancios y nuestras alegrías, de los lugares donde hemos estado y de los que todavía no hemos llegado.

La pregunta con la que terminamos el novenario es la misma con la que lo empezamos — pero ahora pesa diferente:

¿Qué historia contarán nuestras sandalias?

No la historia de la perfección. No la historia del héroe sin defectos. La historia de alguien que fue llamado, que tuvo miedo, que empezó con lo que tenía, que cargó las piedras que le tocaron, que abrazó al leproso de su tiempo, que cantó el Cántico en medio del dolor, que dijo sí — no perfectamente, pero fielmente.

Esa historia la estamos escribiendo. Con cada paso. Con cada gesto. Con cada sandalia que ponemos en el suelo de nuestra vida cotidiana.

Francisco nos dejó sus huellas marcadas.

Sigámoslas.

Laudato si’, mi Signore.

Pueblo: ¡Paz y bien!

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