Lo que compartimos, lo que nos distingue, y por qué
PRIMERA SERIE: Algunas corrientes del evangelicalismo contemporáneo
+ Francisco Javier Pistilli Scorzara
Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación
TIEMPO DE LECTURA: 12 minutos
Después de recorrer la historia (art. 1) y las corrientes más politizadas de la familia evangélica (arts. 2-7), conviene detenernos en algo más básico: el vocabulario doctrinal y el estilo religioso que explican buena parte de lo que vemos en la predicación y en la vida cotidiana de nuestros hermanos evangélicos, más allá de cualquier corriente particular. Conocerlo nos permite dialogar con respeto y, al mismo tiempo, explicar con claridad en qué y por qué la fe católica sostiene algo distinto.
Antes de entrar en cada clave particular, conviene dar al lector un hilo conductor que las atraviesa a todas: las llamadas cinco solas de la Reforma. No fueron formuladas por Lutero como una lista cerrada y simultánea —son una sistematización posterior, de uso extendido desde el siglo XIX, de principios presentes ya en sus escritos y en los de otros reformadores—, pero siguen siendo la mejor síntesis breve de lo que distingue a la familia evangélica en su raíz:
- Sola Scriptura — la Escritura como única autoridad normativa (clave I).
- Sola fide — la justificación por la sola fe, sin mérito de las obras (clave III).
- Sola gratia — la salvación como don enteramente gratuito de Dios, sin ningún mérito humano previo que la provoque; de aquí nace, en su versión más radical, la predestinación calvinista (clave II).
- Solus Christus — Cristo como único mediador entre Dios y los hombres, sin necesidad de intercesión de la Virgen, los santos, ni de un sacerdocio ministerial distinto del de todo creyente; de aquí nace el rechazo del sacerdocio ordenado y de la mediación sacramental tal como la entendemos nosotros (clave IX, nueva).
- Soli Deo gloria — toda la vida, no solo el culto, ordenada a la gloria de Dios; de aquí nace el impulso misionero y activista que describimos en el artículo 1, y que aquí nombramos como clave propia (clave VIII, nueva).
Con este marco de fondo, las claves que siguen —algunas ya vistas, otras nuevas— se entienden no como una lista dispersa, sino como el desarrollo lógico de esos cinco principios.
I. Sola Scriptura
La Escritura como única autoridad normativa, sin Tradición viva ni Magisterio que la interprete con autoridad. La Iglesia católica sostiene, en cambio, que la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen «un solo depósito sagrado de la palabra de Dios», y que el Magisterio, que no está sobre ella sino que la sirve, tiene el oficio de interpretarla auténticamente: los tres están «entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro» (Dei Verbum 10).
II. Predestinación
Especialmente en su forma calvinista clásica (y, con matices, presente en buena parte de la tradición reformada y bautista): Dios habría determinado desde la eternidad, sin condición alguna de parte del hombre, quiénes se salvan y quiénes no. La doctrina católica, sin negar el primado absoluto de la gracia, sostiene la síntesis agustiniano-tomista de gracia y libertad: Dios quiere la salvación de todos (1 Tim 2,4) y la libertad humana, sostenida por la gracia, coopera real aunque no meritoriamente en su propia respuesta de fe.
III. Justificación por la sola fe (sola fide)
La justificación se entiende como una declaración de Dios: por la fe, y no por las obras, Dios declara justo al pecador y le atribuye la justicia de Cristo, cubriendo sus pecados; la transformación interior (la santificación) viene después, como fruto. La doctrina católica, definida en el Concilio de Trento, sostiene que la justificación es gratuita —nadie puede merecer la gracia primera (Catecismo 2010)— y que no es solo perdón sino también «santificación y renovación del interior del hombre» (Catecismo 1989): Dios no solo declara justo, sino que hace justo, mediante la gracia, a quien responde con una fe que obra por la caridad. Esta diferencia no es solo académica, y algunos ministerios evangélicos la formulan en términos de exclusión: uno de ellos, dedicado a formar a autoridades civiles, ha sostenido que el catolicismo es «una de las religiones falsas primarias del mundo» a partir de lo definido en Trento sobre la justificación, aclarando que habla de lo que definió Trento y no de la fe ni de la salvación de los católicos individuales. No todos los evangélicos lo expresan así, y la Iglesia ha respondido con el camino del diálogo: en la Declaración Conjunta de 1999, la Iglesia católica y la Federación Luterana Mundial confesaron juntos que somos aceptados por Dios solo por gracia, por la fe en la obra salvadora de Cristo y no por mérito nuestro, y reconocieron un consenso en verdades básicas sobre la justificación.
IV. Los sacramentos como «ordenanzas»
De los siete sacramentos católicos, la mayoría de las iglesias evangélicas de nuestro contexto, de tradición bautista y pentecostal, conservan solo dos —bautismo y cena del Señor—, a los que llaman «ordenanzas»: ritos que Cristo mandó cumplir, entendidos como memorial y testimonio de fe y obediencia más que como causa de gracia. La Iglesia católica enseña, en cambio, que los sacramentos son «signos eficaces de la gracia» (Catecismo 1131) y que en la Eucaristía Cristo está presente «verdadera, real y substancialmente» (Catecismo 1374). En general no se tienen por sacramentos la confesión con absolución, la confirmación, la unción de los enfermos, el orden sacerdotal ni el matrimonio; y sin el sacramento del orden, la Iglesia católica no reconoce en esas comunidades la plenitud del misterio eucarístico (Unitatis redintegratio 22). Con todo, hay terreno común: la Iglesia católica reconoce el bautismo conferido en otras comunidades cristianas cuando se administró con agua y con la fórmula trinitaria (can. 869 §2), y reconoce también como válido y sacramental el matrimonio de dos bautizados que no son católicos (cann. 1055 §2 y 1117).
V. Moralismo y puritanismo
El fuerte énfasis en la conducta visible —sobriedad, disciplina personal, códigos de comportamiento estrictos— como fruto y, a veces, como prueba de la elección divina, hereda la sensibilidad puritana inglesa del siglo XVII. Bien entendido, expresa un sano deseo de coherencia de vida; llevado al extremo, puede derivar en legalismo, en juicio severo sobre quienes no cumplen esos códigos, o en una espiritualidad centrada en el desempeño moral antes que en la gracia recibida gratuitamente.
VI. Expiación penal sustitutiva
La teoría predominante en el mundo evangélico sobre el sentido de la muerte de Cristo: Dios Padre descarga sobre el Hijo el castigo penal que los pecadores merecían, satisfaciendo así su justicia. La tradición católica no rechaza este elemento satisfactorio (presente ya en San Anselmo), pero lo integra dentro de una comprensión más amplia y rica de la cruz, que incluye también su dimensión de victoria sobre el pecado y la muerte (Cristo Christus Victor), de solidaridad amorosa con la condición humana, y de ejemplo supremo de entrega (la vía «ejemplarista» de Abelardo), sin reducir el misterio pascual a una sola clave explicativa.
VII. El conversionismo: nacer de nuevo
Más que cualquier doctrina particular, lo que distingue a un evangélico de un católico o de un protestante histórico «de cuna» es la exigencia de una experiencia personal, consciente y fechable de conversión: un momento identificable en que la persona «acepta a Jesús como su Señor y Salvador personal», entendido como el verdadero inicio de la vida cristiana, más allá de cualquier Bautismo recibido antes. El historiador David Bebbington, en su estudio clásico sobre el evangelicalismo británico, identificó este «conversionismo» como una de las cuatro marcas que definen a lo evangélico como categoría histórica, junto al biblicismo, el crucicentrismo (clave VI) y el activismo (clave VIII). De este conversionismo se deriva una consecuencia eclesial visible: el bautismo del creyente, reservado a quien ya puede profesar personalmente esa conversión, frente al Bautismo católico de los niños, recibido por la fe de la Iglesia y de los padres, antes de todo acto personal de fe del bautizado.
VIII. El activismo: el Evangelio se demuestra actuando
La convicción —ligada al soli Deo gloria— de que la fe auténtica se prueba necesariamente en la acción: la evangelización personal directa, el testimonio público explícito, el ardor misionero. No es una opción entre otras dentro de la vida evangélica, sino, para esta tradición, la prueba misma de que la conversión fue real. Este activismo explica el enorme dinamismo misionero que documentamos en el artículo 1 —de los colportores de 1856 a las iglesias pentecostales de hoy— y es, junto al conversionismo, la marca que más distingue en la práctica cotidiana a un evangélico de un católico o de un protestante histórico más institucional.
IX. El sacerdocio universal de los creyentes y la autonomía congregacional
Ligada al solus Christus: si Cristo es el único mediador, no hace falta un sacerdocio ministerial distinto del sacerdocio común de todos los bautizados. De aquí que las iglesias evangélicas no tengan «sacerdotes» en sentido católico —con poder de consagrar y de perdonar sacramentalmente—, sino «pastores» con función de liderazgo, predicación y gobierno, pero sin mediación sacerdotal strictu sensu. De aquí también la autonomía congregacional: cada comunidad local se gobierna a sí misma como asamblea de creyentes, sin una estructura episcopal jerárquica que la una orgánicamente a otras iglesias —a diferencia de la eclesiología católica de comunión jerárquica en torno al obispo y, en definitiva, al sucesor de Pedro—. Esta es, junto a la reducción sacramental (clave IV), la diferencia eclesiológica más visible para cualquier católico que participe de un culto evangélico.
Tres rasgos de estilo, no de doctrina: sensacionalismo, sanidad milagrosa y tono apocalíptico
Hay tres elementos transversales, presentes con distinta intensidad en casi todas las corrientes que hemos visto, que por su impacto pastoral directo en nuestros fieles merecen mención propia:
- El sensacionalismo religioso: una predicación y una liturgia construidas deliberadamente para producir experiencias emocionales intensas —euforia, llanto, éxtasis colectivo—, muchas veces amplificadas por una puesta en escena de tipo mediático (luces, música, cámaras) que puede llegar a desplazar el contenido doctrinal a un segundo plano. No toda emoción en la fe es sospechosa —la religiosidad católica popular también es afectiva y gozosa—, pero cuando la experiencia emocional se convierte en el criterio mismo de verificación de la presencia de Dios, se corre el riesgo de confundir sentimiento con fe.
- Las sanidades milagrosas como espectáculo: la práctica, extendida sobre todo en ambientes pentecostales y neopentecostales, de «campañas de sanidad» públicas y masivas, presentadas como evidencia inmediata y verificable del poder de Dios actuando a través de un predicador en particular. La Iglesia católica cree en la curación milagrosa —la acompaña desde Lourdes hasta cada proceso serio de canonización, con protocolos médicos rigurosos de verificación— pero rechaza su uso como espectáculo público de validación personal de un predicador, y es extremadamente cauta antes de declarar milagroso cualquier hecho, precisamente para proteger tanto la fe del pueblo como la verdad de los hechos.
- El tono apocalíptico permanente: la insistencia recurrente en la inminencia del fin de los tiempos, en la identificación de acontecimientos actuales (guerras, catástrofes, decisiones políticas) con señales proféticas directas del fin, y en calendarios o cuentas regresivas hacia el Arrebatamiento o el regreso de Cristo, muchos de los cuales ya han fallado reiteradamente a lo largo del siglo XX y XXI sin que eso disminuya el atractivo del género. La Iglesia católica sostiene, con Jesús mismo, que «en cuanto a ese día y esa hora, nadie los conoce» (Mt 24,36), y cultiva una espera escatológica serena y activa —vivir cada día como si Cristo viniera hoy, sin necesidad de fecha ni de señal— en lugar de una ansiedad apocalíptica alimentada por la actualidad noticiosa.
Conclusión
Estas nueve claves doctrinales, junto a estos tres rasgos de estilo, no agotan la riqueza ni la diversidad interna del mundo evangélico —que incluye, no lo olvidemos, a muchísimos hermanos de fe sobria, bíblicamente formada y genuinamente cercana a la nuestra en lo esencial del Credo—. Pero sí ofrecen a nuestros fieles un mapa básico para reconocer, detrás de la predicación que escuchan en la radio, la televisión o el barrio, qué tradición doctrinal específica están encontrando, y para poder explicar, con caridad y sin caricatura, por qué la Iglesia católica, reconociendo mucho de lo bueno que hay en esa tradición, sigue un camino propio.
Para profundizar
- Federación Luterana Mundial e Iglesia Católica, Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación (1999) — texto oficial.
- George M. Marsden, Fundamentalism and American Culture, 3ª ed. (Nueva York: Oxford University Press, 2022) — historia de referencia sobre el moralismo y el puritanismo evangélico estadounidense.
- Alister McGrath, Christian Theology: An Introduction — manual estándar para la comparación doctrinal entre tradiciones.
- Concilio de Trento, Decreto sobre la Justificación (1547); Dei Verbum (1965), n. 10.
- David W. Bebbington, Evangelicalism in Modern Britain: A History from the 1730s to the 1980s (Londres: Unwin Hyman, 1989) — fuente del «cuadrilátero de Bebbington» (biblicismo, crucicentrismo, conversionismo, activismo), marco académico estándar para definir lo evangélico.
- Martín Lutero, A la nobleza cristiana de la nación alemana (1520) — fuente clásica del sacerdocio universal de los creyentes.
- Capitol Ministries, «Capitol Ministries Responds to Fake News from The L.A. Times and Others» (capmin.org, 14 de septiembre de 2017).



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