• Reflexión para la Vigilia preparatoria para el encuentro del Papa León XIV en Madrid – Vigilia Internacional de Oración por la Paz

    La Universidad Católica de Murcia (UCAM), Torrejón de Ardoz, me hizo llegar un cordial pedido, de colaborar con un video de reflexión y testimonio, tomando como base el texto del Mensaje por la Paz del 1 de enero de 2026, del Papa León XIV. El texto que preparé para el video, es un poco más extenso que el video que envié, que debía durar un minuto. Comparto el texto y el enlace al video. En el video, este mensaje inicia en el minuto 4:40. El video incluye otros testimonios y reflexiones de cardenales, obispos, sacerdotes, laicos, religiosos.

    «El mundo no se salva afilando espadas», dijo León XIV.

    Pero hoy hay que preguntarse con honestidad: ¿con quién hacemos alianza?

    ¿Con el poder que deslumbra? ¿Con la victoria ideológica que enardece? ¿Con la eficiencia que seduce? ¿Con la demagogia que promete? ¿Con las utopías de ayer, recalentadas, que ya no alimentan?

    ¿Con las tecnologías al servicio del egoísmo y de la preservación de unos pocos privilegiados, en lugar de lo mejor de la humanidad para toda la humanidad —como nos recuerda la encíclica Magnifica Humanitas?

    ¿Con el miedo que segrega, que invoca el nacionalismo como promesa de seguridad?

    ¿Con las burbujas de bienestar excluyente, enfocadas en el éxito personal individualista?

    ¿Con la fantasía sentimental que añora la belleza, pero no se compromete con la bondad laboriosa?

    Todas estas alianzas arman las estructuras del egoísmo y de la confrontación.

    Hay muchos que se llenan el nombre de Cristo en la boca para bendecir sus agendas. Muchos que usan el Evangelio como aval del poder.

    Pero la paz verdadera tiene otro origen y otro camino. Hay otra Alianza.

    La Alianza con Cristo crucificado —que no ofrece poder, sino vida entregada. Que no promete victoria, sino cruz compartida. Que no cierra, sino que resucita libre.

    Una alianza verdadera, no una mentira, no una fachada que encubre segundas intenciones y vidas. La Alianza con Cristo que desnuda nuestras falsedades.

    Esta Alianza se fortalece al contemplar a Cristo: no al Cristo triunfante de los estadios, sino al Cristo de la Cruz. Ese Cristo que no negoció con el poder, que no firmó alianza con el miedo, que no compró con espadas lo que solo puede recibirse como don, que no claudicó ante la hipocresía, la negligencia y el oportunismo mediocre.

    Ante ese Cristo, las conciencias se desarman. Y solo las conciencias desarmadas pueden construir una paz que no sea tregua, ni propaganda, ni negocio.

    Esa Alianza desarma para la humanidad más espléndida: la de los hijos y hermanos. La que María cantó en el Magnificat.

    Desde Paraguay: ¡la paz esté con todos ustedes!

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, junio de 2026

  • Bertso para Mons. Ignacio Gogorza Izaguirre, S.C.I. di Béth.

    Obispo Emérito de la Santísima Encarnación

    En el día de sus 28 años de ordenación episcopal

    Encarnación, 7 de junio de 2026

    I.

    De noble madera vasca,

    nogal que sonríe en Javier;

    dispuso Dios que allí nazca

    la cuna que te vio nacer.

    Tierra de Ignacio, Loyola,

    cielo de Francisco Javier;

    tu casa la fe enarbola

    al Cristo que honra tu ser.

    II.

    La Virgen del avellano,

    la Madre del Bello Ramo;

    a su Asunción te ha llevado

    y a Caacupé consagrado.

    José te nombró maestro,

    Miguel confió en tu celo;

    para educar fuiste diestro

    de líderes de este suelo.

    III.

    Cedro y Tajy en ti han madurado,

    en Oviedo con Enrique de Ossó;

    y hacia el Este muy pronto encaminó

    el Padre y Pastor que fue moldeado.

    Para calmar aguas, pues paz no había,

    y la Iglesia con su pueblo sufría;

    allí con María de Encarnación

    fue la corona de tu larga misión.

    IV.

    Semper maius, ignaciano,

    maxis de tierra azkoitiarra;

    más, Señor, más, javeriano,

    siempre adelante te agarra.

    Ecce venio, te delata,

    Dios Todo, para ti nada;

    y el Fiat a tus noventa,

    ¡fresco como la alborada!

    V.

    Siervo fiel de nuestro Señor,

    multiplicas tus talentos;

    nada se guarda por temor,

    no es tiempo de lamentos.

    Sabio y prudente gestor,

    incansable educador;

    humildes son tus consejos,

    luz de jóvenes y viejos.

    VI.

    Aquel día de San Roque González,

    no fue el final, fue un nuevo inicio;

    partir de nuevo, tras nuevos umbrales,

    seguir al Señor no es sacrificio.

    Que aún contemplo cual Francisco Javier

    las huellas con la marca de tu oficio,

    y que inspira a muchos tu solsticio,

    Cristo surge, Ignacio, al decrecer.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Santísima Encarnación

    Encarnación, 7 de junio de 2026

  • Litu y Ovi: De Principio a Zeta — Almuerzo en la Curia

    Por Francisco Javier Pistilli Scorzara — 2 de junio de 2026

    Hay almuerzos que son simplemente almuerzos, y hay almuerzos que son otra cosa. El de ese mediodía de junio en el comedor de la Curia de Encarnación pertenecía claramente a la segunda categoría, aunque nadie lo hubiera planeado así. La ocasión era la visita de Rocío y Rubén, matrimonio de toda la vida de la diócesis, que habían vuelto hacía dos días de Buenos Aires con sus hijos Lili y Toño —16 y 15 años respectivamente— después de haber asistido al evento del Padre Guilherme Peixoto en la plaza. El Obispo los había invitado a almorzar con naturalidad, como quien dice pasá por casa, y la mesa terminó siendo lo que suele ser la mesa de la Curia cuando hay visitas: un acontecimiento.

    El comedor huele a barniz viejo y a algo que promete. Doña Juana ha puesto mantel blanco —el que reserva para las visitas— y tres claveles rosados en el florero del centro, como siempre, sin que nadie se lo pida. Son las doce y media. El Obispo preside la cabecera. A su derecha, Litu, con ese aire de quien lleva siglos almorzando en sitios parecidos a este. A su izquierda, el Padre Lorenzo, que ya tiene el pan en la mano antes de que se siente el último. Ovi ocupa el lugar de enfrente al Obispo, junto al Padre Kevin, que revisa el teléfono con el disimulo de quien cree que nadie lo nota. La Hermana Crucifixa está recta como un libro bien encuadernado, con un cuaderno pequeño al lado del plato —por si acaso. Fray Wilson tiene auriculares colgados al cuello y una sonrisa que parece siempre a punto de convertirse en canción. Rocío y Rubén están uno frente al otro, con esa comodidad de los matrimonios que ya no necesitan mirarse para entenderse. Lili y Toño se sientan juntos pero lo más lejos posible el uno del otro, con esa técnica adolescente de la distancia sin abandono. Bit duerme bajo la silla del Obispo, ajeno a toda consideración teológica.

    * * *

    Doña Juana entró desde la cocina con la fuente principal y la autoridad de quien sabe exactamente lo que hace. La depositó en el centro de la mesa y anunció:

    —El menú de hoy es un plato de nicho. Arroz con pollo de campo, reducción de caldo casero con hierbas del patio, acompañado de una brunoise de verduras de estación, con toque final de pimentón ahumado. Maridaje recomendado: agua fresca o el jugo de naranja que exprimí yo esta mañana.

    Hubo una pausa de medio segundo, y luego la mesa entera se rió. Doña Juana esperó el final de la risa con la dignidad de quien no hace chistes, simplemente describe la realidad con precisión.

    —Gracias, doña Juana —dijo el Obispo, todavía sonriendo—. Bendigamos.

    Se hizo el silencio. El Obispo juntó las manos.

    —Señor, gracias por este encuentro, por estas personas, por quienes prepararon este almuerzo con tanto cuidado. Que el pan compartido nos sostenga, que la conversación nos ilumine, y que esta experiencia sensorial —la de la mesa, la del encuentro, la de estar juntos— nos dé fuerzas para el servicio. Amén.

    El Padre Kevin levantó apenas una ceja. La Hermana Crucifixa abrió el cuaderno y anotó algo. Ovi miró a Litu con una sonrisa. Litu miró hacia otro lado, aunque también sonreía.

    * * *

    —Qué bueno tenerlos por acá —dijo el Obispo, mirando a Rocío y a Rubén—. ¿Y cómo quedaron después de Buenos Aires?

    Rubén abrió la boca, pero Toño llegó primero.

    —Fue una locura, Monseñor. Había miles. La música te entraba por todos lados. Yo no sé cómo explicarlo, pero algo pasó ahí.

    Lili levantó los ojos del plato con una expresión que llevaba dos días perfeccionando.

    —Lo que pasó es que había un señor con auriculares tocando música de discoteca enfrente de una iglesia —dijo.

    —Era una plaza —corrigió Toño.

    —Era un show —dijo Lili.

    —Era las dos cosas —dijo Fray Wilson, con la naturalidad de quien no busca pelea pero tampoco la evita.

    El Padre Lorenzo untó manteca en el pan y no dijo nada. Eso también es una posición.

    —¿Y ustedes qué sintieron? —preguntó el Obispo, mirando a los dos.

    Toño no dudó.

    —Yo sentí que Dios estaba ahí. En serio. No lo puedo explicar mejor.

    —Yo sentí que había mucha gente con ganas de sentir algo —dijo Lili—. Que no es lo mismo.

    Silencio breve. El tipo de silencio que doña Juana conoce bien: el que precede a algo interesante. Siguió sirviendo sin apurarse.

    * * *

    —La chica tiene razón en la distinción —dijo la Hermana Crucifixa, con ese tono suyo que no condena ni absuelve, solo precisa—. El deseo de sentir y el encuentro con Dios no son la misma cosa. Aunque tampoco son incompatibles.

    —Claro que no son incompatibles —dijo Ovi—. Siempre se ha sentido algo en los momentos religiosos. Por algo se construyeron catedrales con esa acústica, con esa luz. La emoción no es el enemigo de la fe.

    —La emoción tampoco es la fe —dijo Litu, sin levantar la vista del plato.

    —Nadie dijo que lo era —respondió Ovi.

    —Lo dan a entender —dijo Litu.

    Litu y Ovi llevan siglos discutiendo de esta manera. No es hostilidad. Es método.

    El Padre Kevin, que había dejado el teléfono boca abajo con un esfuerzo visible, intervino:

    —Lo que me parece interesante es que estos chicos fueron. Nadie los mandó, nadie los obligó. Fueron porque quisieron. Eso ya dice algo. Y yo creo que la clave está en capitalizar eso. Crear una plataforma pastoral digital, un onboarding espiritual, algo que capture el engagement justo después del evento, cuando la emoción todavía está fresca. Un funnel de discipulado, básicamente.

    Silencio. El tipo de silencio diferente al anterior. Lili miró a Toño. Toño miró a Lili. El Padre Lorenzo no levantó la vista. La Hermana Crucifixa cerró el cuaderno despacio.

    —Gracias, Padre Kevin —dijo el Obispo con total serenidad—. Lo vamos a pensar en el Consejo Pastoral.

    El Padre Kevin asintió con entusiasmo, sin terminar de registrar que esa frase, en boca del Obispo, tiene al menos cuatro significados posibles.

    —Nosotros cuando éramos jóvenes íbamos a los campamentos de la diócesis —dijo Rubén, retomando el hilo—. También pasaban cosas que no sabíamos explicar. No había techno, pero había guitarras y fogones y alguno lloraba sin saber por qué. ¿Eso era diferente?

    —En el fondo, no —dijo el Padre Lorenzo—. La forma cambia. El hambre es el mismo.

    Todos lo miraron un momento. El Padre Lorenzo volvió a su plato con la serenidad de quien ya dijo lo que tenía que decir.

    * * *

    —Hay un dato que no me sale de la cabeza —dijo la Hermana Crucifixa, abriendo el cuaderno esta vez sí—. Después de la confirmación, la mayoría de los jóvenes desaparece. No se van enojados, no se van por una crisis de fe. Se van sin hacer ruido, como quien deja de ir al gimnasio. Y sin embargo, esa misma generación llenó una plaza en Buenos Aires un sábado a la noche. Eso no cuadra con el relato de la indiferencia religiosa. Algo falta en el análisis.

    —Los números lo confirman —dijo Litu—. En varios países anglosajones los varones jóvenes están volviendo a las iglesias. No en masa, pero el movimiento existe y es real. La generación que supuestamente iba a ser la primera completamente secular está haciendo preguntas que sus padres habían dejado de hacer.

    —Sí, coincido —dijo Ovi—. Pero hay que mirar bien qué están buscando. Porque el menú religioso hoy es muy variado. Hay quien vuelve a la liturgia tradicional, quien va a un retiro de silencio, quien baila en una plaza, quien medita con una app. No todos están buscando lo mismo ni van a terminar en el mismo lugar. La pluralidad no es solo un síntoma de crisis. También es una forma de vitalidad.

    Lili había estado escuchando con atención creciente. Dejó el tenedor sobre el plato.

    —No se van por el programa —dijo—. Se van porque el programa no los trata como personas. Los trata como proyectos.

    Rocío miró a su hija con esa expresión de los padres que descubren de golpe que sus hijos crecieron.

    —Eso está muy bien dicho —dijo el Obispo.

    —Es lo que siento yo también —dijo Toño, mirando a su hermana con algo parecido al respeto, que entre hermanos adolescentes es una moneda rara.

    —Eso es exactamente el problema —dijo Litu—. Que no hay manera de controlar eso.

    —O exactamente la gracia —dijo Ovi.

    * * *

    Fue entonces cuando el Padre Lorenzo carraspeó levemente, dejó el tenedor sobre el plato y dijo, con esa calma suya que anuncia algo:

    —El otro día, tarde, pasé cerca de la capilla. Había luz. Escuché voces. Alguien cantaba. Una melodía que me sonó familiar, de cuando era joven. —Hizo una pausa—. Era una canción sobre el amor que está en todas partes. Pero la letra hablaba de otra cosa. O de lo mismo, pero desde otro lugar.

    Miró tranquilamente hacia el extremo de la mesa donde estaban sentados Litu y Ovi.

    —No sé quiénes eran —agregó, con total inocencia—. Estaba oscuro.

    Litu tomó un sorbo de agua con demasiada concentración. Ovi se llevó la servilleta a la boca justo en ese momento. Hubo un carraspeo doble, casi sincronizado. La mesa entera se rió, incluido el Padre Lorenzo, que es de los que se ríen sin que se les mueva la cara.

    —Qué bueno que hay gente que reza de tantas maneras —dijo el Obispo, con esa neutralidad que puede ser todo.

    * * *

    Doña Juana trajo el postre sin anunciarlo: budín de pan con salsa de caramelo.

    Hay momentos en que el budín de pan es un argumento teológico. Este era uno de ellos.

    —God is in the air —dijo Fray Wilson, casi para sí, mirando el techo.

    —¿Cómo? —preguntó el Padre Kevin.

    —Una canción. Bueno, una idea. Que Dios está en el aire. En todas partes. También en una plaza de Buenos Aires con un cura con auriculares.

    —También en este comedor —dijo doña Juana, sin levantar la vista de la jarra de agua que estaba rellenando.

    Nadie supo si lo dijo en serio o de paso. Probablemente las dos cosas. Con doña Juana nunca se sabe, y eso forma parte de su teología.

    El Obispo tomó una cucharada de budín y miró a Toño.

    —¿Y vos qué vas a hacer con lo que sentiste en Buenos Aires?

    Toño pensó un momento.

    —No sé todavía. Pero no lo quiero perder.

    —Eso es suficiente por ahora —dijo el Obispo.

    Litu miró a Ovi. Ovi miró a Litu. Ninguno de los dos dijo nada, que también es una forma de estar de acuerdo.

    * * *

    La sobremesa duró lo que duran las buenas sobremesas: más de lo planeado y menos de lo que uno quisiera. Cuando todos se fueron, el comedor quedó con el mantel un poco arrugado, los claveles rosados todavía en pie, y ese silencio particular que dejan las conversaciones que valieron la pena.

    El Obispo fue a su cuarto. Cerró la puerta. Abrió el cajón del escritorio, sacó sus auriculares, los colocó sobre las orejas, buscó la canción en el equipo de música y le dio al play. Entonces se dio cuenta de que había olvidado conectar los auriculares. La canción salió a todo volumen por los parlantes —ese disco australiano de 1977, esa melodía que no envejece— y se escuchó perfectamente desde la calle.

    Afuera, Litu y Ovi iban caminando hacia el portón. Se detuvieron. Se miraron. Y sin ponerse de acuerdo, sin que nadie lo pidiera, comenzaron a tararear la misma melodía. Bit, que los había seguido hasta la salida, agitó la cola con una convicción que no admitía interpretaciones.

    El viento movía las hojas del patio.

    God is all around, God is in the air.

    Encarnación, 2 de junio de 2026

  • Algo está cambiando en la religión, y no es exactamente lo que los profetas del fin de la fe anunciaron.

    Por Francisco Javier Pistilli Scorzara, Obispo — 2 de junio de 2026

    En 1882, Friedrich Nietzsche puso en boca de un hombre loco la noticia más perturbadora de la modernidad: Gott ist tot. Dios ha muerto. Un siglo después, cuando estudiaba teología en Münster entre 1990 y 1996, el eco de esa proclama seguía resonando en los pasillos académicos: la Gott-ist-tot-Theologie —Vahanian, Hamilton, Altizer, Sölle— había dejado una estela que la teología europea todavía digería, entre la fascinación y el desconcierto. El diagnóstico parecía inapelable: la cultura secular moderna había vaciado a Dios de contenido real, y lo que quedaba era una cáscara institucional en proceso de disolución. Treinta años después, algo no cuadra con ese pronóstico. Los jóvenes vuelven a las iglesias, los escenarios invocan lo sagrado sin que nadie los obligue, y una generación que creció sin catecismo sale a buscar trascendencia con la misma urgencia con que sus abuelos la recibían de herencia. Parece que Dios es bastante más resiliente de lo que ciertos teólogos predijeron: más duro de matar que Bruce Willis y más difícil de encasillar en una época o cultura determinada. God is all around. El aire cambió, pero el aliento sigue.

    * * *

    Lo que los datos muestran no es el fin de la experiencia religiosa sino el fin de su monopolio institucional. La gente se alejó de los altares, pero no de la sed. Abandonó los horarios fijos de la misa dominical, pero no la búsqueda de algo que la misa intentaba dar. Y curiosamente, ese alejamiento de la forma no produjo un paisaje de formas vacías: produjo una explosión de formas nuevas —y también un inesperado regreso a formas muy antiguas. Porque junto al joven que medita en silencio o baila en una plaza al ritmo de un sacerdote con auriculares, está el otro que descubre la liturgia tridentina como si fuera un producto artesanal de nicho, una experiencia gourmet de lo sagrado en un mundo de espiritualidad en serie. El apetito de Dios, lejos de haberse extinguido, se comporta hoy como el mapa gastronómico de una ciudad cosmopolita: hay quien busca el social dining espiritual —la experiencia religiosa como evento compartido, con producción, con atmósfera y con gente—; quien elige la cocina de especialidad, el rito de autor, la comunidad pequeña con historia e identidad propias; quien consume el snack inteligente de la meditación mindful como capital cultural y señal de estatus; quien se sumerge en experiencias inmersivas donde el cuerpo entero entra en la celebración; quien practica un biohacking del alma, optimizando el sentido como variable de longevidad consciente; y quien abraza la imperfección divertida de una fe que no exige perfección sino presencia. Diverso, plural, fragmentado, sorprendente. God is all around —pero ya no viene en un solo sabor.

    * * *

    Todo esto genera reacciones encontradas, y eso mismo es parte del fenómeno. Rosalía incorpora vírgenes y procesiones en sus escenarios y unos aplauden la recuperación estética de lo sagrado mientras otros denuncian la apropiación vacía. Hakuna construye experiencias con una gramática claramente litúrgica —música, comunidad, emoción colectiva, relato de sentido— y hay quien ve ahí una evangelización genuinamente contemporánea y quien detecta un sentimentalismo religioso bien empaquetado, con gancho emocional pero poca sustancia doctrinal. El Padre Guilherme mezcla alzacuellos y auriculares, y la pregunta se reparte en dos bandos casi simétricos: ¿está llevando la fe donde está la gente, o está sustituyendo el anuncio por el espectáculo? Ninguna de estas preguntas tiene respuesta fácil. Y quizás eso sea precisamente el dato más interesante: que generen debate. Porque lo que no convoca, no incomoda. Lo que no tiene densidad real, no provoca reacción. El hecho de que estos fenómenos muevan tanto a la crítica como a la adhesión sugiere que algo verdadero está en juego, aunque nadie termine de ponerse de acuerdo sobre qué exactamente. Y no es solo en los escenarios. En todos los grandes debates de este tiempo —la guerra, la vida, la muerte, la familia, el poder, la justicia, la inteligencia artificial— hay voces religiosas en ambos lados de la trinchera, cada una convencida de tener la bendición del cielo. La religión no abandonó la plaza pública. Se multiplicó en ella. God is all around —incluso, y quizás especialmente, donde se discute si Dios debería estar.

    * * *

    Hay una canción que lleva casi sesenta años sonando en bodas, en películas, en radios de todo el mundo, sin que casi nadie sepa de dónde viene realmente. Love Is All Around, escrita por Reg Presley de The Troggs en 1967, nació en diez minutos de inspiración frente al televisor, mientras veía actuar a los Joy Strings, la banda del Ejército de Salvación, interpretando una canción llamada Love That’s All Around. Presley tomó la melodía, la estructura, la sensación —y cambió una sola cosa: quitó a Dios y puso el amor. El mundo la cantó. Veintisiete años después, en 1994, Wet Wet Wet la versionó para la banda sonora de Four Weddings and a Funeral y se quedó quince semanas consecutivas en el número uno en el Reino Unido. Una generación entera la escuchó como si fuera nueva, sin saber que era una cover, sin saber que la cover era una secularización, sin saber que debajo del amor romántico había una canción religiosa esperando. God is all around se había convertido en Love is all around. Y ahora, treinta años más tarde, algo en la cultura parece estar invirtiendo el proceso. No es que la canción secular vuelva a ser religiosa. Es que la búsqueda de trascendencia vuelve a filtrarse por todas las grietas de la experiencia humana, incluidas las que parecían definitivamente selladas.

    La Generación Z —esa que creció con el algoritmo como catecismo y la pantalla como confesionario— resulta ser, paradójicamente, la que más activamente busca experiencia trascendente. No necesariamente en los templos, no necesariamente con los nombres tradicionales, no necesariamente siguiendo el manual. Pero busca. Y lo hace con la misma lógica con que elige todo lo demás: con criterio propio, con estética deliberada, con desconfianza hacia lo institucional y hambre de lo auténtico. Para algunos esa búsqueda toma la forma del retorno —la liturgia antigua como objeto de deseo, el rito preciso y solemne como antídoto contra la liquidez de todo, la forma bella como garantía de que hay algo real dentro. Para otros toma la forma de la experiencia inmersiva, el evento que conmueve, la comunidad elegida que sostiene. Para otros más, la espiritualidad es un ejercicio interior sin nombre confesional, una práctica de sentido en un mundo que fabrica sinsentido en serie.

    Lo que todas estas búsquedas tienen en común es que no encajan en el pronóstico de la Gott-ist-tot-Theologie, ni tampoco en el de quienes esperaban que la religión institucional simplemente aguantara el temporal y volviera a ser lo que fue. Ni muerte ni restauración. Algo más complejo, más vivo, más difícil de cartografiar. God is all around —escrito en el viento, presente en los dedos y en los pies, en el escenario de Rosalía y en la plaza de Buenos Aires, en el retiro de silencio y en el beat del Padre Guilherme. En todas partes. Como siempre estuvo. Solo que ahora la gente volvió a notarlo.

    * * *

    I feel it in my fingers, I feel it in my toes. La pregunta ante el Padre Guilherme —y ante Hakuna, y ante Rosalía, y ante todos los fenómenos que pueblan este paisaje— no es la pregunta de la ortopraxis. No es si está bien o está mal, si es legítimo o ilegítimo, si la Iglesia debería avalar o corregir. Esa pregunta tiene su lugar, pero no es la primera. La primera es otra: ¿qué está pasando aquí? Y lo que está pasando es hambre. Sed. Una generación que hace scrolling divino sin llamarlo así, que busca una atmósfera donde algo verdadero pueda sentirse, un contenido que valga la pena compartir, una experiencia que deje huella más allá de la pantalla. El Padre Guilherme no está haciendo una misa techno ni proponiendo una inculturación litúrgica. Está sembrando en terreno que espera porque busca. Y eso tiene su propio valor, independientemente de lo que ocurra después.

    El error vendría después, y es un error conocido: el de los padres que creen saber lo que quieren sus hijos adolescentes y se apresuran a institucionalizar la experiencia. A programarla, replicarla, convertirla en formato. En cuanto eso ocurre, los adolescentes —con ese instinto infalible para detectar la autenticidad— se alejan. No porque la propuesta sea mala, sino porque dejó de ser viva. No es nuevo. Ya ocurrió con las misas rock, con las misas de guitarra, con cada intento generoso pero ansioso de capturar en estructura lo que solo existe como acontecimiento. La misa barroca y la misa con batería comparten el mismo riesgo y la misma dignidad: la estética puede abrir o puede cerrar, puede ayudar o puede entorpecer. Pero la misa es misa —tiene su propia lógica, su propio centro, su propio peso— y no necesita disfrazarse de otra cosa para ser lo que es. Lo que el Padre Guilherme hace no es misa, y él mismo lo dice. Es otra cosa. Una antesala, quizás. Una semilla en el viento. Y el viento, ya lo sabemos, sopla donde quiere.

    * * *

    God is in the air. La frase parafrasea una canción —John Paul Young, 1977, disco australiano concebido para pistas de baile europeas— y no pretende ser teología sistemática. No para todos será sabiduría. Habrá quien la encuentre demasiado ligera, demasiado cultural, demasiado poco rigurosa. Puede ser. Pero hay cosas que se saben antes de poder demostrarlas, y esta es una de ellas: cuando miro a los ojos de quienes orientan sus pasos hacia este Dios —que perciben sin conocerlo todavía, que buscan sin haberlo encontrado del todo, que intuyen en el aire, en los susurros quietos, en la experiencia compartida, en el bullicio cultural de las nuevas generaciones— algo en ese mirar convence más que cualquier argumento.

    El siguiente paso no tiene por qué ser un asiento reservado en un templo, aunque el templo también puede ser casa. No tiene un comienzo marcado en el calendario ni un final previsto. No viene con manual ni con garantía institucional. Pero vive —y esa es la palabra exacta, vive— en la promesa de un amor en el que se puede confiar. Un amor que, según parece, lleva mucho tiempo estando en todas partes, esperando que alguien lo note.

    God is all around.

    Encarnación, 2 de junio de 2026

  • ✦

    Gracias a cada uno,

    donde Dios sembró un recuerdo,

    de conocernos de paso

    y seguir este camino

    andando juntos y sin descanso.

    26 de mayo de 1965 — 26 de mayo de 2026 · 61 años

    ✦

    I

    Una caricia es un instante,

    atrapado en la memoria,

    es un momento insignificante,

    que construye una historia.

    II

    Un saludo es un segundo,

    que cautiva la atención,

    es habitar en tu mundo,

    y articular juntos una relación.

    III

    Una palabra, un breve mensaje,

    que transmite al corazón,

    es armar el andamiaje,

    del vínculo que se hace canción.

    IV

    Un abrazo, contacto que fenece,

    es argamasa que sostiene,

    todo ser que un día perece,

    en la cultura que solo el amor retiene.

    V

    Una mirada es un simple deseo,

    de uno que al otro busca,

    es la chispa de ese «te veo»

    que de mirarlo se cansa nunca.

    VI

    Un beso es un heraldo fugaz del cielo

    que irrumpe en este suelo bendito

    para sembrar la semilla del evangelio,

    que arraiga el alma en el tiempo infinito.

    VII

    Un te quiero es firmar la alianza

    que el azar con un fin eterno,

    compone cual divina alabanza

    donde uno y uno son más que dos por cierto.

    VIII

    Una oración es un suspiro,

    es un mensaje y un sentido,

    un nudo del telar que en Dios admiro,

    donde nadie queda en el olvido.

    ✦

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Santísima Encarnación

    Encarnación, 26 de mayo de 2026

  • Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    ❆ Introducción ❆

    Antes que el tiempo fuera, había amor,

    con rostro de madre, de Dios corazón,

    que sufre el momento de parir el don,

    expectante vigilia de ese dolor,

    del grito naciente, hora divina,

    que a todo hombre su faz ilumina.

    PARTE I — Del principio al umbral

    I.

    Llamó a Eva viviente, el Dios creador,

    aunque dar la vida le cause dolor.

    Sara, la anciana, esperó con paciencia,

    Dios la bendijo con su descendencia.

    II.

    Agar, desolada, a Dios nombre dio:

    Es cierto, “Tú eres el Dios que me ve”,

    la lucha en su vientre a Rebeca movió,

    en su desconcierto fue alivio su fe.

    III.

    Raquel fue la madre de aquel que salvó,

    las tribus que Lea por don concibió.

    Y Miriam, que al mismo Moisés protegió,

    cruzó a pie enjuto y el pandero tocó.

    IV.

    Fue Débora, jueza, madre en Israel,

    su canto en batalla libró al pueblo fiel.

    Rut a su suegra Noe mí rescató,

    amó a su pueblo y su Dios escogió.

    V.

    Ana en el templo a Dios le suplicó,

    su canto es el hijo que a Dios consagró.

    Un astro brillante fue la Reina Ester,

    no temió a la muerte, valiente, mujer.

    VI.

    Judit, una frágil mujer, enfrentó,

    al poder engreído y lo humilló.

    La vejez de Isabel fue la frontera,

    que Dios en su hijo mudó en bandera.

    VII.

    ¿Puede olvidar la madre a su criatura?

    Su llanto es la música verdadera,

    notas celestes, sacra partitura.

    No puede, dice Dios, aunque pudiera.

    ❆ Corona — María ❆

    Hágase, dijo, y se hizo escritura,

    el Verbo divino que se hizo presente,

    guardó la espada que le abrió la vida,

    Mujer, tu hijo, en Cruz, la voz herida,

    Ahí tu madre, nos entregó consciente,

    ese vientre que lo amó con premura.

    ❆ Antífona ❆

    Canta en nosotros, Espíritu de amor,

    el salmo materno del seno de Dios.

    PARTE II — De los Apóstoles hasta hoy

    I.

    Por los zebedeos, Salomé, pidió,

    pero fue ella quien primero bebió.

    La de Cleofás a la grey anunció,

    que Cristo está vivo, que resucitó.

    II.

    Perpetua en prisión dio el pecho a su infante,

    Felicidad allí a su hijo alumbró,

    en la cárcel se oyó un himno vibrante,

    martirio materno, la vida triunfó.

    III.

    Fue Helena quien encontró la santa cruz,

    mujer augusta, peregrina en su luz.

    Mónica lloró su cruz con coraje,

    su hijo converso es hoy su homenaje.

    IV.

    Emelia les dio el pan de la Escritura,

    a sus cuatro hijos, hoy santos, sin duda.

    Margarita lavó pies con ternura,

    reyes, mendigos, bendicen su ayuda.

    V.

    De gris franciscano bajó al hospital,

    Isabel, la reina, que llagas lavó.

    Penitente y fiel, profeta al final,

    Brígida muy firme al papado clamó.

    VI.

    Zélie sembró lo que Luís cosechó,

    Historia de un alma en Lisieux brotó.

    Gianna, a su Pietro muy firme indicó,

    primero mi hija, y su vida salvó.

    VII.

    Ellas crían, hijos que nadie trunca,

    las que oran solas, cuando nadie escucha,

    ninguna suelta su hijo en la lucha,

    pasan sus nombres, mas su voto nunca.

    ❆ Corona — La Iglesia Madre ❆

    Madre es la Iglesia, esposa divina,

    engendra en agua, nutre en pan partido,

    de su pecho, cual pelícano herido,

    da su sangre vida eterna y genuina.

    ¡Ven! Llama la gracia de Jerusalén,

    bajo sus alas cada madre es Belén.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, mayo de 2026

  • Hay una pregunta que recorre toda la Biblia de principio a fin, casi sin que nos demos cuenta. No es una pregunta filosófica. Es una pregunta de carne y hueso. Y es esta: ¿quién sostuvo al mundo cuando el mundo no podía sostenerse solo?

    La respuesta, una y otra vez, tiene rostro de madre.

    I. Las madres del principio

    No hablo de un ideal. No hablo de una figura decorativa para una fecha del calendario. Hablo de mujeres concretas, con nombres propios y con heridas propias, que en los momentos más oscuros de la historia de la salvación hicieron lo único que podían hacer:

    no soltaron.

    Eva, madre de Caín, Abel y Set — cargó el peso más difícil que puede cargar una madre: ser el origen de todo, incluído el error. Y sin embargo, su nombre significa vida. Porque Dios no llama a las cosas por lo que fallaron sino por lo que están llamadas a ser. El pecado no tuvo la última palabra sobre ella. La última palabra fue su nombre: madre de todos los vivientes.

    Sara, madre de Isaac — esperó lo imposible. Tenía el cuerpo cansado y la promesa intacta. Y cuando Dios cumplió lo que parecía una burla, ella rió — no de incredulidad sino de asombro. Hay una fe que no grita. Que simplemente espera. Y esa espera silenciosa sostiene generaciones enteras.

    Agar, madre de Ismael — una extranjera, una descartada, una sin nombre en boca de quienes la usaban. Y fue precisamente ella, desde el desierto, desde la expulsión, desde el dolor más desnudo, la única en toda la Escritura que se atrevió a ponerle nombre a Dios: El Roi — el Dios que me ve. Lo que nos dice que Dios no se deja encontrar solo en los templos y en los altares. Se deja encontrar también en el desierto de los que nadie mira.

    Rebeca, madre de Jacob y Esaú — consultó a Dios antes de actuar, cuando sentía que dos mundos luchaban dentro de ella — y los dos mundos eran sus hijos.

    Raquel, madre de José y Benjamín — esperó con dolor y persistencia hasta que el amor se volvió fecundo.

    Lea, madre de Judá y Leví — la menos amada, bendecida en silencio por el único que nunca mide el amor con los ojos de los hombres.

    Miriam, hermana y custodia de Moisés y Aarón — tomó el pandero y cantó la liberación cuando todos todavía estaban temblando a la orilla del mar. Fue la primera voz femenina que celebró la libertad de un pueblo entero.

    Débora, madre de Israel — se levántó cuando nadie más se levantaba. Ella misma lo dijo con una sencillez que estremece:

    “Mе levanté como madre en Israel.” No como generala. No como jueza. Como madre. Porque hay una maternidad que no es biológica sino histórica — la de quien sostiene a un pueblo cuando el pueblo ha olvidado que puede sostenerse.

    Noemí, madre adoptiva de Rut — acompañó en la desolación sin tener nada que dar excepto su presencia. Y esa presencia fue suficiente para que Rut, su nuera moabita, cruzara todas las fronteras — de raza, de religión, de pueblo — por amor a ella: “Donde tú vayas, yo iré. Tu pueblo será mi pueblo. Tu Dios será mi Dios.” El hesed — ese amor fiel que no calcula — es la raíz más profunda del bien común.

    Ana, madre de Samuel — oró lo imposible, recibió al hijo, y lo entregó. Ese gesto de dar a Dios lo que más se ama es quizás la forma más radical de maternidad que existe.

    Ester — dijo “si perezco, que perezca” y entró donde no debía entrar para salvar a quienes nadie más iba a salvar.

    Judit — hizo lo mismo desde la debilidad, y el Señor venció por mano de mujer.

    Elisabet, madre de Juan el Bautista — fue la primera en reconocer, antes que nadie, que algo radicalmente nuevo había entrado al mundo.

    “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” La humildad profética que reconoce lo sagrado donde otros no lo ven todavía.

    II. La cumbre — María

    Y todas estas mujeres, con sus virtudes y sus heridas, con su fe y su perseverancia, con su coraje y su ternura, convergen en una sola. En la que las recapitula a todas. En

    María. María tiene la fe de Sara. El dolor de Raquel. El coraje de Débora. La fidelidad de Rut. La oblación de Ana. La intercesión de Ester. Y más — infinitamente más: el fiat que hace posible que Dios entre en la historia.

    “He aquí la sierva del Señor. Hágase conmigo conforme a tu palabra.”

    Esa frase no duró un momento. Duró toda una vida. Duró hasta el pie de la Cruz, donde recibió al discípulo amado como hijo — y con él, a toda la humanidad.

    “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre.”

    En ese momento, la maternidad de María se volvió universal. Ya no es solo madre de Jesús. Es madre de todos los que viven en Él.

    III. Las madres que siguieron

    Pero la historia no termina en el Calvario. Termina — si es que termina — hoy. Aquí. En esta Misa.

    Porque después de María vinieron otras. Muchas otras.

    María Salomé, madre de Santiago y Juan — fue al sepulcro cuando todos habían huido, y recibió el primer anuncio de la resurrección. Su amor comenzó siendo ambicioso — quería los primeros puestos para sus hijos — y terminó siendo puro, al pie de la Cruz, sin pedir nada.

    María de Cleofás — simplemente estuvo. Sin discursos. Sin gestos heroicos. Estuvo. Y a veces la presencia silenciosa es el acto de amor más difícil de todos.

    En el siglo III, en Cartago, dos jóvenes madres fueron arrestadas.

    Perpetua — amamantaba a su hijo en prisión.

    Felicidad — dio a luz días antes de morir. Las dos eligieron lo mismo: ser fieles. Y su mayor acto de amor materno no fue proteger a sus hijos del peligro — fue darles el ejemplo de morir con dignidad. Porque hay cosas que una madre puede transmitir que van más allá de la leche y el techo y el abrazo.

    Helena, madre del emperador Constantino — convirtió su posición privilegiada no en palacio sino en peregrinación. Fue a Tierra Santa siendo anciana, lavó los pies de los pobres y construyó iglesias donde otros construirían monumentos a sí mismos.

    Mónica, madre de Agustín de Hipona — siguió a su hijo durante décadas sin que él la quisiera cerca. Lloró tanto que un obispo le dijo:

    “es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas.” Esas lágrimas no eran debilidad. Eran oración en estado puro. Y esa oración alcanzó a un hombre que huía — y lo devolvió a Dios, y con él, a todos los que siguen leyendo las Confesiones veinte siglos después.

    Emelia de Cesarea, madre de Basilio el Grande, Gregorio de Nisa, Macrina la Menor y Pedro de Sebaste — cuatro hijos, cuatro santos canonizados. Les enseñó las Escrituras como quien enseña a respirar — como algo necesario para vivir, no como una obligación.

    Margarita de Escocia, madre de David I de Escocia — gobernó un reino y eligió lavar las heridas de los pobres.

    Isabel de Hungría, madre de tres hijos — abandonó el palacio para fundar un hospital. A las dos las llamaron santas — pero ellas simplemente hicieron lo que les pareció obvio cuando miraron el Evangelio con ojos de madre.

    Brígida de Suecia, madre de Catalina de Suecia — tuvo ocho hijos, enviudó, y entonces su vida interior — que ya era profunda — se volvió río. Profetizó a papas y a reyes desde la experiencia de quien ha parido, ha enterrado, ha amado y ha perdido.

    Zélie Martin, madre de Teresa de Lisieux — trabajó toda su vida con hilo y aguja, tuvo nueve hijos, enfermdó de cáncer, y murió cuando la menor tenía cuatro años. No vio crecer a Teresita. No supo que sería Doctora de la Iglesia. Sembró sin ver la cosecha. Y eso — sembrar sin ver la cosecha — es quizás la forma más pura de fe que existe.

    Gianna Beretta Molla, madre de Gianna Emanuela — enfrentó la elección más cruel que puede enfrentar una madre: su vida o la de su hija por nacer. Y dijo, sin dramatismo, como quien cumple lo que siempre supo que era:

    “salven al bebé.” Murió una semana después de dar a luz. Su hija Gianna Emanuela está viva hoy.

    IV. La madre que nadie nombra

    Y hay una más. Una que no tiene nombre en los libros de hagiografía. Que no fue canonizada ni beatificada. Que no aparece en ningún martirologio.

    Es la madre anónima. La que aparece en los evangelios sin que nadie le pregunte su nombre: la viuda de Naín que llora a su hijo único. La mujer sirofenícia que no acepta un no por respuesta cuando se trata de su hija. La que pierde una moneda y barre toda la casa hasta encontrarla.

    Es la madre indígena que transmitió la fe en guaraní cuando no había templos. Es la madre migrante que cruza fronteras con un hijo en brazos. Es la madre que hoy está en esta Misa, con un hijo que no sabe que ella está rezando por él.

    “¿Puede una madre olvidarse de su criatura, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.” — Is 49,15

    Dios habla de sí mismo comparándose con una madre. Porque hay algo en la maternidad que revela a Dios de una manera que ninguna otra imagen alcanza: la capacidad de amar lo que todavía no puede corresponder. De dar sin calcular. De sostener sin pedir que le agradezcan.

    V. La Iglesia Madre

    Y al final de este largo recorrido — desde Eva hasta hoy, desde el Génesis hasta esta mañana — aparece Ella. La última y la más grande de todas las madres de la historia de la salvación.

    No tiene fecha de nacimiento en el calendario. Nació en Pentecostés, cuando el Espíritu descendió sobre los que habían permanecido juntos — y entre ellos estaba María.

    Es la Iglesia. Madre. No metáfora. Madre real.

    “La Jerusalén de arriba es libre, y ésa es nuestra madre.” — Gal 4,26

    La Iglesia no es un edificio. No es una institución. Es una madre que engendra en el bautismo, que alimenta en la Eucaristía, que acompaña en la enfermedad, que espera en la muerte, y que sigue diciendo lo que siempre ha dicho, desde el primer día hasta hoy:

    “Ven. Hay lugar para ti. No importa de dónde vienes. No importa lo que hiciste. No importa si volviste tarde. Hay lugar.”

    “El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!” — Ap 22,17

    Conclusión

    Hoy, en esta Misa, hay madres presentes. Algunas con sus hijos al lado. Algunas con sus hijos lejos. Algunas con hijos que regresan y otras con hijos que todavía no regresan. Algunas que están aquí sin que sus hijos sepan que están rezando por ellos.

    A todas ellas — y a todos los que hoy recuerdan a una madre — la Iglesia les dice lo que siempre ha dicho, desde que el ángel le habló a la primera madre en la historia de la salvación:

    No temas. Lo que llevas adentro tiene nombre. Y ese nombre es vida.

    ¿Qué tienen en común Eva y María, Débora y Mónica, Ana y Gianna, la viuda de Naín y la madre que hoy está en esta banca? Una sola cosa: en el momento en que el mundo les pidió soltar, no soltaron.

    Y en ese no soltar — que no es terquedad sino amor — sostuvieron algo que va mucho más allá de sus familias. Sostuvieron la historia. Sostuvieron la transmisión de la fe. Sostuvieron, sin saberlo, a personas que todavía no habían nacido.

    Así es como Dios trabaja. Así es como la salvación llega al mundo.

    A través de una madre que no suelta.

    “Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo, dice el Señor.” — Is 66,13

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, 15 de mayo de 2026

  • 215° Aniversario de la Independencia del Paraguay

    Día de la Madre Paraguaya

    Encarnación, 15 de mayo de 2026

    APERTURA

    Solemos pensar que el amor a la Patria pasa de una generación a otra como se pasa una antorcha —igual de encendida, igual de caliente, igual de luminosa. Que los hijos deben amar a Paraguay exactamente como lo amaron sus padres. Con las mismas palabras, los mismos gestos, las mismas emociones.

    Y entonces nos sorprendemos —o nos preocupamos— cuando los jóvenes no aman igual.

    Pero Jesús nos advirtió algo que aplicamos poco a la vida de los pueblos: el vino nuevo no cabe en odres viejos. No porque el vino viejo sea malo —tiene su nobleza, su profundidad, su historia. No porque el vino nuevo sea mejor —tiene su fuerza, pero también su fragilidad. El problema no es el vino. Lo que revienta es el odre equivocado.

    El corazón de un joven paraguayo de hoy no es el mismo corazón que el de su abuelo. Tiene otra forma, otra elasticidad, otros miedos, otras pasiones. Y sin embargo, puede amar a esta tierra con una intensidad que sus mayores no imaginan —si le damos espacio para amar a su manera.

    Una misma Patria. Amada de maneras diferentes.

    No es traición. Es fidelidad viva. Es el milagro del vino que sigue siendo vino —aunque el odre haya cambiado.

    I. ¿QUÉ VALORES ATESORAR?

    Entonces, ¿qué pasa de generación en generación? ¿Qué es ese vino que ningún odre debe perder, sea viejo o nuevo?

    Hay cosas que no cambian con el tiempo. No porque sean rígidas —sino porque son raíces. Y las raíces no se ven, pero sostienen.

    El Paraguay que llegó hasta aquí lo hizo cargando algunas convicciones que no nacieron en ningún libro ni en ningún decreto. Nacieron en la casa. En la cocina. En el campo. En la oración silenciosa de una madre antes de que amaneciera.

    La fe. No como institución solamente —sino como manera de pararse frente a la vida. La certeza honda de que no estamos solos. Que hay un Dios que camina con su pueblo, que conoce su nombre, que no abandona. Esa fe atravesó guerras, epidemias, dictaduras, sequías. Y siguió de pie. No porque fuera fácil —sino porque era verdadera.

    La solidaridad. El jopói guaraní —la mano abierta que da y recibe sin llevar la cuenta. El vecino que aparece sin que lo llamen. La comunidad que se hace cargo de lo que ninguna institución resuelve. Eso no es folklore —es teología vivida. Es el Evangelio antes de que llegue el catecismo.

    El amor a esta tierra. No el amor abstracto de los discursos —sino el amor concreto al río, al monte, al barro, al calor, al idioma que suena distinto y dice más. El guaraní no es solo lengua —es una manera de sentir el mundo que ninguna traducción captura del todo.

    Y la familia. Primera escuela, primer refugio, primer laboratorio de humanidad. Donde se aprende a ceder, a perdonar, a esperar, a volver. Donde el bien común no es un concepto —es el desayuno compartido, el enfermo acompañado, el viejo respetado.

    Ese es el vino que no se tira. Ese es el vino que las nuevas generaciones necesitan beber —no para quedarse quietas en él, sino para tener desde dónde moverse.

    Porque nadie construye el futuro desde la nada. Solo se construye desde algún lugar. Y ese lugar, para nosotros, tiene nombre y tiene historia.

    II. ¿QUÉ VALORES DESARROLLAR?

    Pero beber del pasado no es quedarse en él.

    El vino que se recibe fermenta. Eso es lo propio del vino vivo —no se congela, no se archiva, no se exhibe en una vitrina. Fermenta. Presiona. Busca espacio. Y si el odre no tiene elasticidad suficiente, revienta.

    Los jóvenes paraguayos de hoy no son una amenaza para los valores que recibieron. Son su fermentación natural. Y esa fermentación está produciendo algo que necesitamos aprender a reconocer —y a valorar.

    Una nueva manera de entender la solidaridad. El jopói guaraní siempre fue presencial —el vecino, el barrio, la comunidad visible. Los jóvenes de hoy están descubriendo que la mano abierta puede extenderse más allá del barrio, más allá de la frontera, más allá de lo que los ojos ven. La solidaridad en red no reemplaza a la solidaridad cara a cara —la multiplica. Cuando funciona bien, es el mismo vino en un odre más grande.

    Una nueva sensibilidad hacia la vida. Esta generación creció viendo lo que las anteriores prefirieron no ver —la tierra que se agota, el río que retrocede, el monte que desaparece. Y no lo viven como dato estadístico sino como herida personal. Esa sensibilidad ecológica no es moda —es una forma nueva de amar la tierra que sus abuelos amaron de otra manera. El mismo amor. Otro odre.

    Una nueva exigencia de verdad. Los jóvenes de hoy tienen poca tolerancia a la doble vida, al discurso que no coincide con la conducta, a la institución que predica lo que no practica. Eso a veces incomoda. Pero es una gracia —aunque duela. Es el Evangelio reclamando coherencia desde adentro de la cultura.

    Una nueva forma de engendrar vida. Tener hijos, en este tiempo, es un acto de audacia. Es apostar por el futuro cuando el futuro no está garantizado. Es decir que vale la pena —que este mundo, con todo lo que tiene de roto, merece ser habitado por alguien más. Los jóvenes paraguayos que eligen ser padres y madres están haciendo una declaración teológica sin saberlo: creen en la vida más que en el miedo.

    Y esa misma lógica —dar vida, compartirla, entregarla— se derrama sobre todo lo que hacen. El maestro que apasiona. El líder que acompaña. El amigo que sostiene cuando nadie mira. El voluntario que aparece sin que lo llamen. Son la misma cosa: gente apasionada de compartir la vida, no de consumirla.

    Una nueva manera de hacer patria. No desde el bronce de las estatuas sino desde la calle, desde la red, desde el arte, desde el deporte, desde el emprendimiento, desde el servicio. Patria no como herencia pasiva que se custodia —sino como proyecto activo que se construye todos los días, con las manos y con el corazón.

    III. NUEVOS MAPAS, NUEVAS MADRES

    Diseñar nuevos mapas. León XIV usó esa imagen para hablar de educación. Pero hoy, en esta fiesta de la Patria y de las madres, la imagen nos alcanza más lejos.

    Un mapa no inventa el territorio. Lo lee. Lo interpreta. Lo hace navegable. Un buen mapa no borra los ríos que siempre estuvieron —los nombra mejor, traza rutas que antes no se veían, abre caminos donde antes solo había monte cerrado.

    El Paraguay necesita nuevos mapas.

    Necesitamos nuevos mapas para las instituciones. Estructuras que sirvan a las personas y no al revés. Que sean elásticas sin ser frágiles. Que puedan contener la energía de una generación nueva sin asfixiarla con procedimientos que nacieron para otro tiempo. Una institución que no puede cambiar no es sólida —es rígida. Y lo rígido, cuando llega la presión, no dobla. Quiebra.

    Necesitamos nuevos mapas para la política. No como carrera de poder sino como vocación de bien común. Dirigentes capaces de acompañar sin controlar, de decidir sin imponer, de escuchar antes de hablar. La política que solo administra el presente sin imaginar el futuro no es gobierno —es mantenimiento. Y un país de doscientos quince años no puede conformarse con el mantenimiento.

    Necesitamos nuevos mapas para la economía. Una economía que incluya al último, que no concentre en pocas manos lo que es fruto del esfuerzo de todos. Que vea en el joven emprendedor no una amenaza sino una promesa. Que entienda que invertir en educación, en salud, en cultura no es gasto —es siembra.

    Necesitamos nuevos mapas para el ecosistema social. Barrios que sean comunidad, no solo vecindad. Redes digitales que conecten personas, no solo opiniones. Una cultura del cuidado que se oponga a la cultura del descarte —que cuide al anciano, al niño, al enfermo, al que no produce, al que no rinde, al que simplemente es.

    Pero hay algo que ningún mapa institucional puede hacer solo.

    Los mapas los dibujan personas. Y las personas se forman en un lugar antes que en cualquier otro: la familia. Y en la familia, hay una figura que en Paraguay tiene un peso que las palabras apenas alcanzan.

    La madre paraguaya.

    No la madre del bronce y del discurso —la madre real. La que se levanta antes que todos. La que sabe cuándo su hijo miente y cuándo su hijo tiene miedo, y distingue una cosa de la otra. La que guarda la fe cuando la fe de todos los demás se tambalea. La que atesora el vino viejo —la memoria, la identidad, el idioma, la oración— y al mismo tiempo, tiene la elasticidad suficiente para no asfixiar el vino nuevo que fermenta en sus hijos.

    Ella es, al mismo tiempo, odre viejo y odre nuevo.

    Odre viejo —en el mejor sentido: curtida por la experiencia, capaz de contener lo que otros derraman, con la profundidad que solo da el tiempo vivido y el dolor asumido.

    Odre nuevo —porque cada hijo que engendra la renueva. Porque cada generación que acompaña le exige una elasticidad que no tenía antes. Porque la madre que acompaña a un hijo de este tiempo tiene que aprender a amar de maneras que su propia madre no conoció —y lo hace, sin manual, sin garantías, con el mismo amor de siempre en un corazón que se dilata.

    Y no solo la madre biológica. Toda mujer que engendra vida —la maestra, la catequista, la vecina, la abuela, la hermana mayor— lleva en sí esa misma capacidad: atesorar sin acumular, transmitir sin imponer, soltar sin abandonar.

    Hoy les decimos gracias. No con la gratitud cómoda del que reconoce desde lejos. Sino con la gratitud del que sabe que sin ellas, el vino se hubiera derramado hace mucho.

    Y hay algo más que los hijos le hacen a sus padres —algo que ningún manual de paternidad anticipa.

    Los rejuvenecen.

    El padre que ama de verdad a su hijo no solo le transmite el vino de su generación —él mismo se renueva en ese amor. Su corazón, curtido por los años, por las decepciones, por el peso de lo que no salió como esperaba, de pronto descubre que tiene una elasticidad que creía perdida. Que puede sorprenderse. Que puede aprender. Que puede amar de una manera que no conocía antes.

    El vino viejo sigue siendo vino viejo —con toda su nobleza, con todo su sedimento. Pero el odre que lo contiene se hace nuevo. Lo ensancha el amor a ese hijo. Lo ensancha el amor a esa madre que dio a luz.

    Porque la madre también renueva al padre. Le recuerda que la vida no se administra —se engendra. Que el futuro no se controla —se acompaña. Que el amor verdadero siempre tiene algo de odre nuevo: capaz de contener más de lo que creía posible.

    IV. CIERRE

    Doscientos quince años no son poca cosa.

    Son muchas generaciones que se levantaron sin saber lo que venía, que cargaron lo que no eligieron cargar, que amaron a este país de la única manera que podían —con el corazón que tenían, en el tiempo que les tocó.

    Y aquí estamos. Con ese vino adentro. Con esa historia en la sangre.

    Pero no estamos aquí solo para recordar. Estamos aquí para preguntarnos, con honestidad y con esperanza, qué clase de odres somos. Si tenemos la elasticidad que este momento exige. Si somos capaces de contener el vino nuevo que fermenta en nuestros jóvenes sin que nos reviente el corazón de miedo.

    Nehemías le dijo a su pueblo, frente a las murallas en ruinas: vengan, reconstruyamos. No dijo: lamentémonos. No dijo: recordemos cómo era antes. Dijo: cada uno en su tramo. Cada uno con sus manos. Hoy.

    Eso mismo nos toca a nosotros.

    A los que gobiernan —diseñar instituciones con la elasticidad suficiente para contener un país que crece y cambia. A los que educan —ser, como nos pidió León XIV, no refugios nostálgicos sino laboratorios de discernimiento, innovación y testimonio profético. A los padres y las madres —dejarse renovar por los hijos que engendraron, ensanchar el corazón hasta donde el amor lo pida. A los jóvenes —no tener miedo de su propio vino. De su fuerza, de su fermentación, de su manera nueva de amar esta tierra.

    Y a todos —aprender de nuevo lo que significa compartir la vida. No administrarla. No acumularla. Compartirla.

    Porque al final, eso es lo que Dios reveló en Jesús.

    Dios es odre y vino al mismo tiempo. Es el único que puede contener toda la humanidad —con su historia, sus heridas, sus glorias, sus miedos, su vino viejo y su vino nuevo— sin romperse. Y es el mismo que se derrama, que se entrega, que no se guarda. Que se hizo vino de fiesta en Caná, pan partido en el camino, sangre ofrecida en la cruz.

    Odre que no revienta. Vino que no se acaba.

    Ese es el misterio que celebramos. Y desde ese misterio miramos hoy a nuestra Patria, a nuestras madres, a nuestros jóvenes —con la certeza de que si Dios cabe en un odre humano, también cabe en nosotros. También cabe en este país. También cabe en este tiempo.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo

    Encarnación, 15 de mayo de 2026

  • Mensaje del Obispo diocesano

    ✦ LECTURA BÍBLICA ✦

    Juan 20, 19-21

    Al anochecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos por miedo, llegó Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, yo también los envío a ustedes.»

    Palabra de Dios.

    ✦ MENSAJE ✦

    La paz esté con ustedes.

    Con estas palabras, el Resucitado no ofrece un deseo amable. Ofrece una realidad que él mismo trae consigo, ganada a través de la cruz. Una paz que tiene marcas: las heridas en las manos y en el costado. Una paz que no ignora el dolor, sino que lo atraviesa y lo transforma.

    Hoy, al conmemorar el nacimiento de nuestra patria y al honrar a nuestras madres, recibimos ese mismo saludo. Y como aquellos discípulos encerrados por el miedo, estamos invitados a abrir las puertas.

    Paraguay cumple 215 años de vida independiente. Es tiempo de gratitud, sí. Pero también de lucidez. Los obispos paraguayos, en la Carta del Bien Común, nos recuerdan que la patria no se hereda pasivamente: se construye cada día en la justicia, en la solidaridad, en la honestidad de quienes tienen responsabilidades públicas y en la dignidad de quienes trabajan, crían hijos y sostienen la vida cotidiana. El bien común no es una abstracción. Es el pan en la mesa, la educación que abre futuros, la salud que protege a los más frágiles, la institucionalidad que hace posible la convivencia.

    El Papa León XIV, desde el inicio de su pontificado, nos llama a diseñar nuevos mapas de esperanza. No mapas que copien los trazados del miedo o del poder acumulado, sino mapas trazados desde las periferias, desde los que cargan con lo que otros no quieren cargar. Hay una figura evangélica que nos ilumina este año como Iglesia diocesana: el Cireneo. Simón de Cirene no eligió cargar la cruz. Lo sacaron del camino, lo pusieron ahí. Y sin embargo, ese gesto —cargar el peso de otro— lo inscribió para siempre en el corazón del Evangelio. En este año celebramos también los 800 años de Francisco de Asís, que nos convoca a esa lógica diferente del hombro puesto: la del que no huye del momento difícil, sino que lo asume como lugar de encuentro con el Señor, que lleva paz, perdón, reconciliación, servicio, presencia, amistad, solidaridad donde se necesita.

    Esa es la responsabilidad del momento presente: no como carga que aplasta, sino como fundamento de la esperanza. El Paraguay que queremos no vendrá de las alturas del poder ni de las ilusiones del escapismo. Vendrá de los que se quedan, de los que trabajan, de los que educan, de los que sirven, de los que —como tantas madres— sostienen la vida sin pedir reconocimiento.

    Que el Señor Resucitado, que trae la paz con las marcas de su entrega, nos fortalezca en ese camino.

    ✦ ORACIÓN ✦

    Señor Jesús, Resucitado y vivo,

    te presentamos esta mañana a nuestra patria, Paraguay.

    Gracias por los hombres y mujeres que dieron su vida para que pudiéramos ser un pueblo libre.

    Bendice a quienes hoy tienen en sus manos la responsabilidad de gobernar, de legislar, de administrar justicia: que el bien común sea siempre su norte.

    Bendice a las fuerzas que cuidan el orden y la paz, a las instituciones educativas que forman las nuevas generaciones, a todos los servidores públicos que trabajan con honestidad.

    Hoy, especialmente, te pedimos por nuestras madres.

    Por las que crían con amor y con poco.

    Por las que lloran en silencio la ausencia de un hijo.

    Por las que ya no están, pero cuya ternura nos sigue sosteniendo.

    Por las madres jóvenes que cargan una vida nueva con valentía.

    Dales fortaleza, consuelo y la certeza de que su amor no se pierde: toca la eternidad.

    Que la paz que tú traes —la paz que tiene marcas y que transforma— sea el horizonte de nuestro Paraguay.

    Amén.

    ✦ BENDICIÓN ✦

    Inclinen sus cabezas ante el Señor.

    El Dios de la vida, que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, bendiga a nuestra juventud: que crezcan libres, valientes y arraigados en lo verdadero.

    Bendiga a nuestras familias: que sean hogares donde se aprende a amar, a perdonar y a esperar.

    Bendiga a esta patria querida, Paraguay: que seamos un pueblo capaz de cargar juntos lo que ninguno puede cargar solo.

    Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo ✝ y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

    Amén.

    Encarnación, 15 de mayo de 2026.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

  • Al término de la Bienal Católica 2026
    Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, 8 de mayo de 2026

    Queridas familias, hermanas y hermanos:

    Al término de la Bienal Católica 2026, les escribo con una imagen que no me abandona.

    No fue la puerta de un programa, ni de un evento en el calendario. Fue la puerta que Jesús mismo nombra en el Evangelio del Buen Pastor: «Yo soy la puerta. El que entre por mí se salvará; entrará y saldrá y encontrará pastizales.» Esa es la puerta que la Iglesia de Itapúa intentó cruzar durante la Bienal, de los cuatro rincones de la diócesis al mismo tiempo, con una sola voz.

    Y esa voz dijo cinco cosas.

    En la era digital, dijo: la persona vale más que el algoritmo. Evangelizar en las redes no es tener presencia en ellas: es ser humanamente presente en un mundo en red.

    En la vulnerabilidad y las crisis sociales, dijo: el que sufre no está solo. La Carpa de la Escucha extendida en todas las sedes fue la Iglesia con la oreja pegada al suelo: escuchando lo que duele antes de hablar de lo que sana.

    En la salud integral, dijo: el cuerpo también es sagrado. La Iglesia que cuida el cuerpo anuncia que la Encarnación no fue metáfora.

    En la familia, dijo: lo cotidiano es el lugar de Dios. El hogar no es la retaguardia de la misión: es su primer territorio.

    En la casa común y la economía solidaria, dijo: hay una lógica distinta a la del mercado, y vale la pena ensayarla. La Bienal la ensayó.

    Todo comenzó con una imagen que atravesó los cinco días: Simón de Cirene.

    Simón no eligió cargar la cruz. Volvía del campo, y lo requirieron en el camino. Pero la cargó. Y la tradición cuenta que después ya no pudo soltarla. Así les sucede a los que ponen el hombro en serio: algo de esa cruz se les queda adherido, y ya no quieren deshacerse de ella.

    La vocación cirenea no es un ideal lejano. La vimos en gestos concretos: en los voluntarios de la Universidad Católica que dibujaron trazados para que los niños los pintaran con tiza de colores; en las psicólogas que escucharon a adolescentes en las carpas; en los técnicos y productores que compartieron experiencias de agroecología; en los coros parroquiales que convirtieron la alabanza en oración comunitaria; en los que montaron sillas, transmitieron en vivo, coordinaron traslados y nunca aparecieron en los carteles.

    A todos ellos: gracias. Pusieron el hombro. La cruz avanzó.

    Recibimos también, en esos días, la presencia de San Francisco de Asís.

    No un recuerdo ni un símbolo: la reliquia ex cineribus corporis —fragmento de su cuerpo— recorrió nuestras treinta y ocho parroquias, los cuatro decanatos. El cuerpo que abrazó al leproso, que durmió en el suelo de la Porciúncula, que subió descalzo al monte de La Verna, pasó por nuestras comunidades. Y dejó una pregunta que no se responde con palabras:

    ¿Reconoces la voz? ¿La oyes donde menos la esperas: en el que está al margen, en el que te incomoda, en el que huele distinto? ¿O solo la reconoces cuando suena como ya la conoces?

    Francisco no nos pide que seamos pobres en abstracto. Nos pregunta algo más difícil: ¿tienes el coraje de cruzar el umbral? El de lo que te cuesta soltar. Para cada persona es distinto. Para una Iglesia también. Pero ese umbral tiene un nombre que Francisco conocía bien. Se llama esperanza.

    No la esperanza como optimismo. No la esperanza como evasión. La esperanza como convicción de que del otro lado del umbral hay algo real: que el leproso puede ser abrazado, que la Iglesia puede ser reparada, que el mundo puede recibir la vida en abundancia que Cristo vino a traer.

    La Bienal dejó también frutos que permanecen.

    La Red de Colegios Católicos de Itapúa —RECCI— quedó formalmente constituida, con la convicción de que nadie educa solo. El Centro de Gestión del Conocimiento, creado junto a la Universidad Católica Campus Itapúa, se propone producir conocimiento local y aplicado al servicio de la pastoral, la educación y el desarrollo social. El observatorio «Voces del Sur» comenzará a escuchar, con rigor metodológico, a los jóvenes de las treinta y ocho parroquias del departamento.

    Junto a la Universidad Católica, hemos confirmado una forma de presencia que quiero seguir profundizando: la Iglesia como termómetro que diagnostica la realidad, como faro que orienta desde la verdad, y como motor que impulsa transformaciones concretas. Fe y ciencia, pastoral y academia, no como aliados ocasionales sino como compañeros de misión.

    La Bienal no clausuró. Salió.

    Por la misma puerta por la que entró un niño llevando unas sandalias. Hacia el barrio, la familia, la escuela, el hospital, la chacra, la orilla del río, la plaza. Hacia los lugares donde la esperanza está esperando que alguien la abra.

    Les pido que no guarden para sí lo que cosecharon en esos días. Que abran las manos cerradas, los muros que separan, los ojos cansados de mirar. Que sean Iglesia en salida: no la que espera que el mundo llame a su puerta, sino la que abre la puerta y camina hacia el mundo.

    Hace ochocientos años, Francisco de Asís escuchó una voz en San Damián: «Ve y reconstruye mi casa, que se está cayendo.» No destruyó. No huyó. Tomó piedras, una por una, y reconstruyó. Con sus manos. En el lugar donde estaba.

    Ese es también nuestro gesto: piedra a piedra, familia a familia, comunidad a comunidad.

    Publicamos este mensaje en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya. No es nuestra patrona diocesana, pero su presencia hoy no es casual: ella es la Señora que tomó una causa perdida —una devoción olvidada, una capilla en ruinas, un laico sin recursos— y la transformó en una de las obras de misericordia más fecundas del siglo XIX. Bartolo Longo llegó a Pompeya sin nada. Ella hizo el resto.

    Es exactamente lo que la Bienal intentó decir: la esperanza no nace de nuestros recursos, sino de nuestra disponibilidad. La Virgen de Pompeya nos recuerda que quien pone el hombro —aunque sea con las manos vacías— no trabaja solo.

    Que ella, que sabe de umbrales cruzados y de casas reconstruidas, acompañe a nuestra diócesis en el camino que la Bienal comenzó.

    Familia: ¡abramos las puertas a la esperanza!

    Con afecto pastoral,

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Santísima Encarnación

    Gran Canciller de la Universidad Católica «Nuestra Señora de la Asunción»

    Encarnación, 8 de mayo de 2026