Hay una pregunta que recorre toda la Biblia de principio a fin, casi sin que nos demos cuenta. No es una pregunta filosófica. Es una pregunta de carne y hueso. Y es esta: ¿quién sostuvo al mundo cuando el mundo no podía sostenerse solo?
La respuesta, una y otra vez, tiene rostro de madre.
I. Las madres del principio
No hablo de un ideal. No hablo de una figura decorativa para una fecha del calendario. Hablo de mujeres concretas, con nombres propios y con heridas propias, que en los momentos más oscuros de la historia de la salvación hicieron lo único que podían hacer:
no soltaron.
Eva, madre de Caín, Abel y Set — cargó el peso más difícil que puede cargar una madre: ser el origen de todo, incluído el error. Y sin embargo, su nombre significa vida. Porque Dios no llama a las cosas por lo que fallaron sino por lo que están llamadas a ser. El pecado no tuvo la última palabra sobre ella. La última palabra fue su nombre: madre de todos los vivientes.
Sara, madre de Isaac — esperó lo imposible. Tenía el cuerpo cansado y la promesa intacta. Y cuando Dios cumplió lo que parecía una burla, ella rió — no de incredulidad sino de asombro. Hay una fe que no grita. Que simplemente espera. Y esa espera silenciosa sostiene generaciones enteras.
Agar, madre de Ismael — una extranjera, una descartada, una sin nombre en boca de quienes la usaban. Y fue precisamente ella, desde el desierto, desde la expulsión, desde el dolor más desnudo, la única en toda la Escritura que se atrevió a ponerle nombre a Dios: El Roi — el Dios que me ve. Lo que nos dice que Dios no se deja encontrar solo en los templos y en los altares. Se deja encontrar también en el desierto de los que nadie mira.
Rebeca, madre de Jacob y Esaú — consultó a Dios antes de actuar, cuando sentía que dos mundos luchaban dentro de ella — y los dos mundos eran sus hijos.
Raquel, madre de José y Benjamín — esperó con dolor y persistencia hasta que el amor se volvió fecundo.
Lea, madre de Judá y Leví — la menos amada, bendecida en silencio por el único que nunca mide el amor con los ojos de los hombres.
Miriam, hermana y custodia de Moisés y Aarón — tomó el pandero y cantó la liberación cuando todos todavía estaban temblando a la orilla del mar. Fue la primera voz femenina que celebró la libertad de un pueblo entero.
Débora, madre de Israel — se levántó cuando nadie más se levantaba. Ella misma lo dijo con una sencillez que estremece:
“Mе levanté como madre en Israel.” No como generala. No como jueza. Como madre. Porque hay una maternidad que no es biológica sino histórica — la de quien sostiene a un pueblo cuando el pueblo ha olvidado que puede sostenerse.
Noemí, madre adoptiva de Rut — acompañó en la desolación sin tener nada que dar excepto su presencia. Y esa presencia fue suficiente para que Rut, su nuera moabita, cruzara todas las fronteras — de raza, de religión, de pueblo — por amor a ella: “Donde tú vayas, yo iré. Tu pueblo será mi pueblo. Tu Dios será mi Dios.” El hesed — ese amor fiel que no calcula — es la raíz más profunda del bien común.
Ana, madre de Samuel — oró lo imposible, recibió al hijo, y lo entregó. Ese gesto de dar a Dios lo que más se ama es quizás la forma más radical de maternidad que existe.
Ester — dijo “si perezco, que perezca” y entró donde no debía entrar para salvar a quienes nadie más iba a salvar.
Judit — hizo lo mismo desde la debilidad, y el Señor venció por mano de mujer.
Elisabet, madre de Juan el Bautista — fue la primera en reconocer, antes que nadie, que algo radicalmente nuevo había entrado al mundo.
“¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” La humildad profética que reconoce lo sagrado donde otros no lo ven todavía.
II. La cumbre — María
Y todas estas mujeres, con sus virtudes y sus heridas, con su fe y su perseverancia, con su coraje y su ternura, convergen en una sola. En la que las recapitula a todas. En
María. María tiene la fe de Sara. El dolor de Raquel. El coraje de Débora. La fidelidad de Rut. La oblación de Ana. La intercesión de Ester. Y más — infinitamente más: el fiat que hace posible que Dios entre en la historia.
“He aquí la sierva del Señor. Hágase conmigo conforme a tu palabra.”
Esa frase no duró un momento. Duró toda una vida. Duró hasta el pie de la Cruz, donde recibió al discípulo amado como hijo — y con él, a toda la humanidad.
“Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre.”
En ese momento, la maternidad de María se volvió universal. Ya no es solo madre de Jesús. Es madre de todos los que viven en Él.
III. Las madres que siguieron
Pero la historia no termina en el Calvario. Termina — si es que termina — hoy. Aquí. En esta Misa.
Porque después de María vinieron otras. Muchas otras.
María Salomé, madre de Santiago y Juan — fue al sepulcro cuando todos habían huido, y recibió el primer anuncio de la resurrección. Su amor comenzó siendo ambicioso — quería los primeros puestos para sus hijos — y terminó siendo puro, al pie de la Cruz, sin pedir nada.
María de Cleofás — simplemente estuvo. Sin discursos. Sin gestos heroicos. Estuvo. Y a veces la presencia silenciosa es el acto de amor más difícil de todos.
En el siglo III, en Cartago, dos jóvenes madres fueron arrestadas.
Perpetua — amamantaba a su hijo en prisión.
Felicidad — dio a luz días antes de morir. Las dos eligieron lo mismo: ser fieles. Y su mayor acto de amor materno no fue proteger a sus hijos del peligro — fue darles el ejemplo de morir con dignidad. Porque hay cosas que una madre puede transmitir que van más allá de la leche y el techo y el abrazo.
Helena, madre del emperador Constantino — convirtió su posición privilegiada no en palacio sino en peregrinación. Fue a Tierra Santa siendo anciana, lavó los pies de los pobres y construyó iglesias donde otros construirían monumentos a sí mismos.
Mónica, madre de Agustín de Hipona — siguió a su hijo durante décadas sin que él la quisiera cerca. Lloró tanto que un obispo le dijo:
“es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas.” Esas lágrimas no eran debilidad. Eran oración en estado puro. Y esa oración alcanzó a un hombre que huía — y lo devolvió a Dios, y con él, a todos los que siguen leyendo las Confesiones veinte siglos después.
Emelia de Cesarea, madre de Basilio el Grande, Gregorio de Nisa, Macrina la Menor y Pedro de Sebaste — cuatro hijos, cuatro santos canonizados. Les enseñó las Escrituras como quien enseña a respirar — como algo necesario para vivir, no como una obligación.
Margarita de Escocia, madre de David I de Escocia — gobernó un reino y eligió lavar las heridas de los pobres.
Isabel de Hungría, madre de tres hijos — abandonó el palacio para fundar un hospital. A las dos las llamaron santas — pero ellas simplemente hicieron lo que les pareció obvio cuando miraron el Evangelio con ojos de madre.
Brígida de Suecia, madre de Catalina de Suecia — tuvo ocho hijos, enviudó, y entonces su vida interior — que ya era profunda — se volvió río. Profetizó a papas y a reyes desde la experiencia de quien ha parido, ha enterrado, ha amado y ha perdido.
Zélie Martin, madre de Teresa de Lisieux — trabajó toda su vida con hilo y aguja, tuvo nueve hijos, enfermdó de cáncer, y murió cuando la menor tenía cuatro años. No vio crecer a Teresita. No supo que sería Doctora de la Iglesia. Sembró sin ver la cosecha. Y eso — sembrar sin ver la cosecha — es quizás la forma más pura de fe que existe.
Gianna Beretta Molla, madre de Gianna Emanuela — enfrentó la elección más cruel que puede enfrentar una madre: su vida o la de su hija por nacer. Y dijo, sin dramatismo, como quien cumple lo que siempre supo que era:
“salven al bebé.” Murió una semana después de dar a luz. Su hija Gianna Emanuela está viva hoy.
IV. La madre que nadie nombra
Y hay una más. Una que no tiene nombre en los libros de hagiografía. Que no fue canonizada ni beatificada. Que no aparece en ningún martirologio.
Es la madre anónima. La que aparece en los evangelios sin que nadie le pregunte su nombre: la viuda de Naín que llora a su hijo único. La mujer sirofenícia que no acepta un no por respuesta cuando se trata de su hija. La que pierde una moneda y barre toda la casa hasta encontrarla.
Es la madre indígena que transmitió la fe en guaraní cuando no había templos. Es la madre migrante que cruza fronteras con un hijo en brazos. Es la madre que hoy está en esta Misa, con un hijo que no sabe que ella está rezando por él.
“¿Puede una madre olvidarse de su criatura, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.” — Is 49,15
Dios habla de sí mismo comparándose con una madre. Porque hay algo en la maternidad que revela a Dios de una manera que ninguna otra imagen alcanza: la capacidad de amar lo que todavía no puede corresponder. De dar sin calcular. De sostener sin pedir que le agradezcan.
V. La Iglesia Madre
Y al final de este largo recorrido — desde Eva hasta hoy, desde el Génesis hasta esta mañana — aparece Ella. La última y la más grande de todas las madres de la historia de la salvación.
No tiene fecha de nacimiento en el calendario. Nació en Pentecostés, cuando el Espíritu descendió sobre los que habían permanecido juntos — y entre ellos estaba María.
Es la Iglesia. Madre. No metáfora. Madre real.
“La Jerusalén de arriba es libre, y ésa es nuestra madre.” — Gal 4,26
La Iglesia no es un edificio. No es una institución. Es una madre que engendra en el bautismo, que alimenta en la Eucaristía, que acompaña en la enfermedad, que espera en la muerte, y que sigue diciendo lo que siempre ha dicho, desde el primer día hasta hoy:
“Ven. Hay lugar para ti. No importa de dónde vienes. No importa lo que hiciste. No importa si volviste tarde. Hay lugar.”
“El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!” — Ap 22,17
Conclusión
Hoy, en esta Misa, hay madres presentes. Algunas con sus hijos al lado. Algunas con sus hijos lejos. Algunas con hijos que regresan y otras con hijos que todavía no regresan. Algunas que están aquí sin que sus hijos sepan que están rezando por ellos.
A todas ellas — y a todos los que hoy recuerdan a una madre — la Iglesia les dice lo que siempre ha dicho, desde que el ángel le habló a la primera madre en la historia de la salvación:
No temas. Lo que llevas adentro tiene nombre. Y ese nombre es vida.
¿Qué tienen en común Eva y María, Débora y Mónica, Ana y Gianna, la viuda de Naín y la madre que hoy está en esta banca? Una sola cosa: en el momento en que el mundo les pidió soltar, no soltaron.
Y en ese no soltar — que no es terquedad sino amor — sostuvieron algo que va mucho más allá de sus familias. Sostuvieron la historia. Sostuvieron la transmisión de la fe. Sostuvieron, sin saberlo, a personas que todavía no habían nacido.
Así es como Dios trabaja. Así es como la salvación llega al mundo.
A través de una madre que no suelta.
“Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo, dice el Señor.” — Is 66,13
+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.
Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación
Encarnación, 15 de mayo de 2026


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