215° Aniversario de la Independencia del Paraguay

Día de la Madre Paraguaya

Encarnación, 15 de mayo de 2026

APERTURA

Solemos pensar que el amor a la Patria pasa de una generación a otra como se pasa una antorcha —igual de encendida, igual de caliente, igual de luminosa. Que los hijos deben amar a Paraguay exactamente como lo amaron sus padres. Con las mismas palabras, los mismos gestos, las mismas emociones.

Y entonces nos sorprendemos —o nos preocupamos— cuando los jóvenes no aman igual.

Pero Jesús nos advirtió algo que aplicamos poco a la vida de los pueblos: el vino nuevo no cabe en odres viejos. No porque el vino viejo sea malo —tiene su nobleza, su profundidad, su historia. No porque el vino nuevo sea mejor —tiene su fuerza, pero también su fragilidad. El problema no es el vino. Lo que revienta es el odre equivocado.

El corazón de un joven paraguayo de hoy no es el mismo corazón que el de su abuelo. Tiene otra forma, otra elasticidad, otros miedos, otras pasiones. Y sin embargo, puede amar a esta tierra con una intensidad que sus mayores no imaginan —si le damos espacio para amar a su manera.

Una misma Patria. Amada de maneras diferentes.

No es traición. Es fidelidad viva. Es el milagro del vino que sigue siendo vino —aunque el odre haya cambiado.

I. ¿QUÉ VALORES ATESORAR?

Entonces, ¿qué pasa de generación en generación? ¿Qué es ese vino que ningún odre debe perder, sea viejo o nuevo?

Hay cosas que no cambian con el tiempo. No porque sean rígidas —sino porque son raíces. Y las raíces no se ven, pero sostienen.

El Paraguay que llegó hasta aquí lo hizo cargando algunas convicciones que no nacieron en ningún libro ni en ningún decreto. Nacieron en la casa. En la cocina. En el campo. En la oración silenciosa de una madre antes de que amaneciera.

La fe. No como institución solamente —sino como manera de pararse frente a la vida. La certeza honda de que no estamos solos. Que hay un Dios que camina con su pueblo, que conoce su nombre, que no abandona. Esa fe atravesó guerras, epidemias, dictaduras, sequías. Y siguió de pie. No porque fuera fácil —sino porque era verdadera.

La solidaridad. El jopói guaraní —la mano abierta que da y recibe sin llevar la cuenta. El vecino que aparece sin que lo llamen. La comunidad que se hace cargo de lo que ninguna institución resuelve. Eso no es folklore —es teología vivida. Es el Evangelio antes de que llegue el catecismo.

El amor a esta tierra. No el amor abstracto de los discursos —sino el amor concreto al río, al monte, al barro, al calor, al idioma que suena distinto y dice más. El guaraní no es solo lengua —es una manera de sentir el mundo que ninguna traducción captura del todo.

Y la familia. Primera escuela, primer refugio, primer laboratorio de humanidad. Donde se aprende a ceder, a perdonar, a esperar, a volver. Donde el bien común no es un concepto —es el desayuno compartido, el enfermo acompañado, el viejo respetado.

Ese es el vino que no se tira. Ese es el vino que las nuevas generaciones necesitan beber —no para quedarse quietas en él, sino para tener desde dónde moverse.

Porque nadie construye el futuro desde la nada. Solo se construye desde algún lugar. Y ese lugar, para nosotros, tiene nombre y tiene historia.

II. ¿QUÉ VALORES DESARROLLAR?

Pero beber del pasado no es quedarse en él.

El vino que se recibe fermenta. Eso es lo propio del vino vivo —no se congela, no se archiva, no se exhibe en una vitrina. Fermenta. Presiona. Busca espacio. Y si el odre no tiene elasticidad suficiente, revienta.

Los jóvenes paraguayos de hoy no son una amenaza para los valores que recibieron. Son su fermentación natural. Y esa fermentación está produciendo algo que necesitamos aprender a reconocer —y a valorar.

Una nueva manera de entender la solidaridad. El jopói guaraní siempre fue presencial —el vecino, el barrio, la comunidad visible. Los jóvenes de hoy están descubriendo que la mano abierta puede extenderse más allá del barrio, más allá de la frontera, más allá de lo que los ojos ven. La solidaridad en red no reemplaza a la solidaridad cara a cara —la multiplica. Cuando funciona bien, es el mismo vino en un odre más grande.

Una nueva sensibilidad hacia la vida. Esta generación creció viendo lo que las anteriores prefirieron no ver —la tierra que se agota, el río que retrocede, el monte que desaparece. Y no lo viven como dato estadístico sino como herida personal. Esa sensibilidad ecológica no es moda —es una forma nueva de amar la tierra que sus abuelos amaron de otra manera. El mismo amor. Otro odre.

Una nueva exigencia de verdad. Los jóvenes de hoy tienen poca tolerancia a la doble vida, al discurso que no coincide con la conducta, a la institución que predica lo que no practica. Eso a veces incomoda. Pero es una gracia —aunque duela. Es el Evangelio reclamando coherencia desde adentro de la cultura.

Una nueva forma de engendrar vida. Tener hijos, en este tiempo, es un acto de audacia. Es apostar por el futuro cuando el futuro no está garantizado. Es decir que vale la pena —que este mundo, con todo lo que tiene de roto, merece ser habitado por alguien más. Los jóvenes paraguayos que eligen ser padres y madres están haciendo una declaración teológica sin saberlo: creen en la vida más que en el miedo.

Y esa misma lógica —dar vida, compartirla, entregarla— se derrama sobre todo lo que hacen. El maestro que apasiona. El líder que acompaña. El amigo que sostiene cuando nadie mira. El voluntario que aparece sin que lo llamen. Son la misma cosa: gente apasionada de compartir la vida, no de consumirla.

Una nueva manera de hacer patria. No desde el bronce de las estatuas sino desde la calle, desde la red, desde el arte, desde el deporte, desde el emprendimiento, desde el servicio. Patria no como herencia pasiva que se custodia —sino como proyecto activo que se construye todos los días, con las manos y con el corazón.

III. NUEVOS MAPAS, NUEVAS MADRES

Diseñar nuevos mapas. León XIV usó esa imagen para hablar de educación. Pero hoy, en esta fiesta de la Patria y de las madres, la imagen nos alcanza más lejos.

Un mapa no inventa el territorio. Lo lee. Lo interpreta. Lo hace navegable. Un buen mapa no borra los ríos que siempre estuvieron —los nombra mejor, traza rutas que antes no se veían, abre caminos donde antes solo había monte cerrado.

El Paraguay necesita nuevos mapas.

Necesitamos nuevos mapas para las instituciones. Estructuras que sirvan a las personas y no al revés. Que sean elásticas sin ser frágiles. Que puedan contener la energía de una generación nueva sin asfixiarla con procedimientos que nacieron para otro tiempo. Una institución que no puede cambiar no es sólida —es rígida. Y lo rígido, cuando llega la presión, no dobla. Quiebra.

Necesitamos nuevos mapas para la política. No como carrera de poder sino como vocación de bien común. Dirigentes capaces de acompañar sin controlar, de decidir sin imponer, de escuchar antes de hablar. La política que solo administra el presente sin imaginar el futuro no es gobierno —es mantenimiento. Y un país de doscientos quince años no puede conformarse con el mantenimiento.

Necesitamos nuevos mapas para la economía. Una economía que incluya al último, que no concentre en pocas manos lo que es fruto del esfuerzo de todos. Que vea en el joven emprendedor no una amenaza sino una promesa. Que entienda que invertir en educación, en salud, en cultura no es gasto —es siembra.

Necesitamos nuevos mapas para el ecosistema social. Barrios que sean comunidad, no solo vecindad. Redes digitales que conecten personas, no solo opiniones. Una cultura del cuidado que se oponga a la cultura del descarte —que cuide al anciano, al niño, al enfermo, al que no produce, al que no rinde, al que simplemente es.

Pero hay algo que ningún mapa institucional puede hacer solo.

Los mapas los dibujan personas. Y las personas se forman en un lugar antes que en cualquier otro: la familia. Y en la familia, hay una figura que en Paraguay tiene un peso que las palabras apenas alcanzan.

La madre paraguaya.

No la madre del bronce y del discurso —la madre real. La que se levanta antes que todos. La que sabe cuándo su hijo miente y cuándo su hijo tiene miedo, y distingue una cosa de la otra. La que guarda la fe cuando la fe de todos los demás se tambalea. La que atesora el vino viejo —la memoria, la identidad, el idioma, la oración— y al mismo tiempo, tiene la elasticidad suficiente para no asfixiar el vino nuevo que fermenta en sus hijos.

Ella es, al mismo tiempo, odre viejo y odre nuevo.

Odre viejo —en el mejor sentido: curtida por la experiencia, capaz de contener lo que otros derraman, con la profundidad que solo da el tiempo vivido y el dolor asumido.

Odre nuevo —porque cada hijo que engendra la renueva. Porque cada generación que acompaña le exige una elasticidad que no tenía antes. Porque la madre que acompaña a un hijo de este tiempo tiene que aprender a amar de maneras que su propia madre no conoció —y lo hace, sin manual, sin garantías, con el mismo amor de siempre en un corazón que se dilata.

Y no solo la madre biológica. Toda mujer que engendra vida —la maestra, la catequista, la vecina, la abuela, la hermana mayor— lleva en sí esa misma capacidad: atesorar sin acumular, transmitir sin imponer, soltar sin abandonar.

Hoy les decimos gracias. No con la gratitud cómoda del que reconoce desde lejos. Sino con la gratitud del que sabe que sin ellas, el vino se hubiera derramado hace mucho.

Y hay algo más que los hijos le hacen a sus padres —algo que ningún manual de paternidad anticipa.

Los rejuvenecen.

El padre que ama de verdad a su hijo no solo le transmite el vino de su generación —él mismo se renueva en ese amor. Su corazón, curtido por los años, por las decepciones, por el peso de lo que no salió como esperaba, de pronto descubre que tiene una elasticidad que creía perdida. Que puede sorprenderse. Que puede aprender. Que puede amar de una manera que no conocía antes.

El vino viejo sigue siendo vino viejo —con toda su nobleza, con todo su sedimento. Pero el odre que lo contiene se hace nuevo. Lo ensancha el amor a ese hijo. Lo ensancha el amor a esa madre que dio a luz.

Porque la madre también renueva al padre. Le recuerda que la vida no se administra —se engendra. Que el futuro no se controla —se acompaña. Que el amor verdadero siempre tiene algo de odre nuevo: capaz de contener más de lo que creía posible.

IV. CIERRE

Doscientos quince años no son poca cosa.

Son muchas generaciones que se levantaron sin saber lo que venía, que cargaron lo que no eligieron cargar, que amaron a este país de la única manera que podían —con el corazón que tenían, en el tiempo que les tocó.

Y aquí estamos. Con ese vino adentro. Con esa historia en la sangre.

Pero no estamos aquí solo para recordar. Estamos aquí para preguntarnos, con honestidad y con esperanza, qué clase de odres somos. Si tenemos la elasticidad que este momento exige. Si somos capaces de contener el vino nuevo que fermenta en nuestros jóvenes sin que nos reviente el corazón de miedo.

Nehemías le dijo a su pueblo, frente a las murallas en ruinas: vengan, reconstruyamos. No dijo: lamentémonos. No dijo: recordemos cómo era antes. Dijo: cada uno en su tramo. Cada uno con sus manos. Hoy.

Eso mismo nos toca a nosotros.

A los que gobiernan —diseñar instituciones con la elasticidad suficiente para contener un país que crece y cambia. A los que educan —ser, como nos pidió León XIV, no refugios nostálgicos sino laboratorios de discernimiento, innovación y testimonio profético. A los padres y las madres —dejarse renovar por los hijos que engendraron, ensanchar el corazón hasta donde el amor lo pida. A los jóvenes —no tener miedo de su propio vino. De su fuerza, de su fermentación, de su manera nueva de amar esta tierra.

Y a todos —aprender de nuevo lo que significa compartir la vida. No administrarla. No acumularla. Compartirla.

Porque al final, eso es lo que Dios reveló en Jesús.

Dios es odre y vino al mismo tiempo. Es el único que puede contener toda la humanidad —con su historia, sus heridas, sus glorias, sus miedos, su vino viejo y su vino nuevo— sin romperse. Y es el mismo que se derrama, que se entrega, que no se guarda. Que se hizo vino de fiesta en Caná, pan partido en el camino, sangre ofrecida en la cruz.

Odre que no revienta. Vino que no se acaba.

Ese es el misterio que celebramos. Y desde ese misterio miramos hoy a nuestra Patria, a nuestras madres, a nuestros jóvenes —con la certeza de que si Dios cabe en un odre humano, también cabe en nosotros. También cabe en este país. También cabe en este tiempo.

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

Obispo

Encarnación, 15 de mayo de 2026

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