Litu y Ovi: De Principio a Zeta — Almuerzo en la Curia

Por Francisco Javier Pistilli Scorzara — 2 de junio de 2026

Hay almuerzos que son simplemente almuerzos, y hay almuerzos que son otra cosa. El de ese mediodía de junio en el comedor de la Curia de Encarnación pertenecía claramente a la segunda categoría, aunque nadie lo hubiera planeado así. La ocasión era la visita de Rocío y Rubén, matrimonio de toda la vida de la diócesis, que habían vuelto hacía dos días de Buenos Aires con sus hijos Lili y Toño —16 y 15 años respectivamente— después de haber asistido al evento del Padre Guilherme Peixoto en la plaza. El Obispo los había invitado a almorzar con naturalidad, como quien dice pasá por casa, y la mesa terminó siendo lo que suele ser la mesa de la Curia cuando hay visitas: un acontecimiento.

El comedor huele a barniz viejo y a algo que promete. Doña Juana ha puesto mantel blanco —el que reserva para las visitas— y tres claveles rosados en el florero del centro, como siempre, sin que nadie se lo pida. Son las doce y media. El Obispo preside la cabecera. A su derecha, Litu, con ese aire de quien lleva siglos almorzando en sitios parecidos a este. A su izquierda, el Padre Lorenzo, que ya tiene el pan en la mano antes de que se siente el último. Ovi ocupa el lugar de enfrente al Obispo, junto al Padre Kevin, que revisa el teléfono con el disimulo de quien cree que nadie lo nota. La Hermana Crucifixa está recta como un libro bien encuadernado, con un cuaderno pequeño al lado del plato —por si acaso. Fray Wilson tiene auriculares colgados al cuello y una sonrisa que parece siempre a punto de convertirse en canción. Rocío y Rubén están uno frente al otro, con esa comodidad de los matrimonios que ya no necesitan mirarse para entenderse. Lili y Toño se sientan juntos pero lo más lejos posible el uno del otro, con esa técnica adolescente de la distancia sin abandono. Bit duerme bajo la silla del Obispo, ajeno a toda consideración teológica.

* * *

Doña Juana entró desde la cocina con la fuente principal y la autoridad de quien sabe exactamente lo que hace. La depositó en el centro de la mesa y anunció:

—El menú de hoy es un plato de nicho. Arroz con pollo de campo, reducción de caldo casero con hierbas del patio, acompañado de una brunoise de verduras de estación, con toque final de pimentón ahumado. Maridaje recomendado: agua fresca o el jugo de naranja que exprimí yo esta mañana.

Hubo una pausa de medio segundo, y luego la mesa entera se rió. Doña Juana esperó el final de la risa con la dignidad de quien no hace chistes, simplemente describe la realidad con precisión.

—Gracias, doña Juana —dijo el Obispo, todavía sonriendo—. Bendigamos.

Se hizo el silencio. El Obispo juntó las manos.

—Señor, gracias por este encuentro, por estas personas, por quienes prepararon este almuerzo con tanto cuidado. Que el pan compartido nos sostenga, que la conversación nos ilumine, y que esta experiencia sensorial —la de la mesa, la del encuentro, la de estar juntos— nos dé fuerzas para el servicio. Amén.

El Padre Kevin levantó apenas una ceja. La Hermana Crucifixa abrió el cuaderno y anotó algo. Ovi miró a Litu con una sonrisa. Litu miró hacia otro lado, aunque también sonreía.

* * *

—Qué bueno tenerlos por acá —dijo el Obispo, mirando a Rocío y a Rubén—. ¿Y cómo quedaron después de Buenos Aires?

Rubén abrió la boca, pero Toño llegó primero.

—Fue una locura, Monseñor. Había miles. La música te entraba por todos lados. Yo no sé cómo explicarlo, pero algo pasó ahí.

Lili levantó los ojos del plato con una expresión que llevaba dos días perfeccionando.

—Lo que pasó es que había un señor con auriculares tocando música de discoteca enfrente de una iglesia —dijo.

—Era una plaza —corrigió Toño.

—Era un show —dijo Lili.

—Era las dos cosas —dijo Fray Wilson, con la naturalidad de quien no busca pelea pero tampoco la evita.

El Padre Lorenzo untó manteca en el pan y no dijo nada. Eso también es una posición.

—¿Y ustedes qué sintieron? —preguntó el Obispo, mirando a los dos.

Toño no dudó.

—Yo sentí que Dios estaba ahí. En serio. No lo puedo explicar mejor.

—Yo sentí que había mucha gente con ganas de sentir algo —dijo Lili—. Que no es lo mismo.

Silencio breve. El tipo de silencio que doña Juana conoce bien: el que precede a algo interesante. Siguió sirviendo sin apurarse.

* * *

—La chica tiene razón en la distinción —dijo la Hermana Crucifixa, con ese tono suyo que no condena ni absuelve, solo precisa—. El deseo de sentir y el encuentro con Dios no son la misma cosa. Aunque tampoco son incompatibles.

—Claro que no son incompatibles —dijo Ovi—. Siempre se ha sentido algo en los momentos religiosos. Por algo se construyeron catedrales con esa acústica, con esa luz. La emoción no es el enemigo de la fe.

—La emoción tampoco es la fe —dijo Litu, sin levantar la vista del plato.

—Nadie dijo que lo era —respondió Ovi.

—Lo dan a entender —dijo Litu.

Litu y Ovi llevan siglos discutiendo de esta manera. No es hostilidad. Es método.

El Padre Kevin, que había dejado el teléfono boca abajo con un esfuerzo visible, intervino:

—Lo que me parece interesante es que estos chicos fueron. Nadie los mandó, nadie los obligó. Fueron porque quisieron. Eso ya dice algo. Y yo creo que la clave está en capitalizar eso. Crear una plataforma pastoral digital, un onboarding espiritual, algo que capture el engagement justo después del evento, cuando la emoción todavía está fresca. Un funnel de discipulado, básicamente.

Silencio. El tipo de silencio diferente al anterior. Lili miró a Toño. Toño miró a Lili. El Padre Lorenzo no levantó la vista. La Hermana Crucifixa cerró el cuaderno despacio.

—Gracias, Padre Kevin —dijo el Obispo con total serenidad—. Lo vamos a pensar en el Consejo Pastoral.

El Padre Kevin asintió con entusiasmo, sin terminar de registrar que esa frase, en boca del Obispo, tiene al menos cuatro significados posibles.

—Nosotros cuando éramos jóvenes íbamos a los campamentos de la diócesis —dijo Rubén, retomando el hilo—. También pasaban cosas que no sabíamos explicar. No había techno, pero había guitarras y fogones y alguno lloraba sin saber por qué. ¿Eso era diferente?

—En el fondo, no —dijo el Padre Lorenzo—. La forma cambia. El hambre es el mismo.

Todos lo miraron un momento. El Padre Lorenzo volvió a su plato con la serenidad de quien ya dijo lo que tenía que decir.

* * *

—Hay un dato que no me sale de la cabeza —dijo la Hermana Crucifixa, abriendo el cuaderno esta vez sí—. Después de la confirmación, la mayoría de los jóvenes desaparece. No se van enojados, no se van por una crisis de fe. Se van sin hacer ruido, como quien deja de ir al gimnasio. Y sin embargo, esa misma generación llenó una plaza en Buenos Aires un sábado a la noche. Eso no cuadra con el relato de la indiferencia religiosa. Algo falta en el análisis.

—Los números lo confirman —dijo Litu—. En varios países anglosajones los varones jóvenes están volviendo a las iglesias. No en masa, pero el movimiento existe y es real. La generación que supuestamente iba a ser la primera completamente secular está haciendo preguntas que sus padres habían dejado de hacer.

—Sí, coincido —dijo Ovi—. Pero hay que mirar bien qué están buscando. Porque el menú religioso hoy es muy variado. Hay quien vuelve a la liturgia tradicional, quien va a un retiro de silencio, quien baila en una plaza, quien medita con una app. No todos están buscando lo mismo ni van a terminar en el mismo lugar. La pluralidad no es solo un síntoma de crisis. También es una forma de vitalidad.

Lili había estado escuchando con atención creciente. Dejó el tenedor sobre el plato.

—No se van por el programa —dijo—. Se van porque el programa no los trata como personas. Los trata como proyectos.

Rocío miró a su hija con esa expresión de los padres que descubren de golpe que sus hijos crecieron.

—Eso está muy bien dicho —dijo el Obispo.

—Es lo que siento yo también —dijo Toño, mirando a su hermana con algo parecido al respeto, que entre hermanos adolescentes es una moneda rara.

—Eso es exactamente el problema —dijo Litu—. Que no hay manera de controlar eso.

—O exactamente la gracia —dijo Ovi.

* * *

Fue entonces cuando el Padre Lorenzo carraspeó levemente, dejó el tenedor sobre el plato y dijo, con esa calma suya que anuncia algo:

—El otro día, tarde, pasé cerca de la capilla. Había luz. Escuché voces. Alguien cantaba. Una melodía que me sonó familiar, de cuando era joven. —Hizo una pausa—. Era una canción sobre el amor que está en todas partes. Pero la letra hablaba de otra cosa. O de lo mismo, pero desde otro lugar.

Miró tranquilamente hacia el extremo de la mesa donde estaban sentados Litu y Ovi.

—No sé quiénes eran —agregó, con total inocencia—. Estaba oscuro.

Litu tomó un sorbo de agua con demasiada concentración. Ovi se llevó la servilleta a la boca justo en ese momento. Hubo un carraspeo doble, casi sincronizado. La mesa entera se rió, incluido el Padre Lorenzo, que es de los que se ríen sin que se les mueva la cara.

—Qué bueno que hay gente que reza de tantas maneras —dijo el Obispo, con esa neutralidad que puede ser todo.

* * *

Doña Juana trajo el postre sin anunciarlo: budín de pan con salsa de caramelo.

Hay momentos en que el budín de pan es un argumento teológico. Este era uno de ellos.

—God is in the air —dijo Fray Wilson, casi para sí, mirando el techo.

—¿Cómo? —preguntó el Padre Kevin.

—Una canción. Bueno, una idea. Que Dios está en el aire. En todas partes. También en una plaza de Buenos Aires con un cura con auriculares.

—También en este comedor —dijo doña Juana, sin levantar la vista de la jarra de agua que estaba rellenando.

Nadie supo si lo dijo en serio o de paso. Probablemente las dos cosas. Con doña Juana nunca se sabe, y eso forma parte de su teología.

El Obispo tomó una cucharada de budín y miró a Toño.

—¿Y vos qué vas a hacer con lo que sentiste en Buenos Aires?

Toño pensó un momento.

—No sé todavía. Pero no lo quiero perder.

—Eso es suficiente por ahora —dijo el Obispo.

Litu miró a Ovi. Ovi miró a Litu. Ninguno de los dos dijo nada, que también es una forma de estar de acuerdo.

* * *

La sobremesa duró lo que duran las buenas sobremesas: más de lo planeado y menos de lo que uno quisiera. Cuando todos se fueron, el comedor quedó con el mantel un poco arrugado, los claveles rosados todavía en pie, y ese silencio particular que dejan las conversaciones que valieron la pena.

El Obispo fue a su cuarto. Cerró la puerta. Abrió el cajón del escritorio, sacó sus auriculares, los colocó sobre las orejas, buscó la canción en el equipo de música y le dio al play. Entonces se dio cuenta de que había olvidado conectar los auriculares. La canción salió a todo volumen por los parlantes —ese disco australiano de 1977, esa melodía que no envejece— y se escuchó perfectamente desde la calle.

Afuera, Litu y Ovi iban caminando hacia el portón. Se detuvieron. Se miraron. Y sin ponerse de acuerdo, sin que nadie lo pidiera, comenzaron a tararear la misma melodía. Bit, que los había seguido hasta la salida, agitó la cola con una convicción que no admitía interpretaciones.

El viento movía las hojas del patio.

God is all around, God is in the air.

Encarnación, 2 de junio de 2026

Posted in

Deja un comentario