Una reflexión sobre un tema cultural de actualidad
por Francisco Javier Pistilli Scorzara
Hay una propuesta circulando en el Congreso que, con la mejor intención del mundo, paradójicamente, podría lograr lo que ningún dictador consiguió: silenciar Patria Querida.
La iniciativa de la diputada Alexandra Zena busca declarar la canción segundo himno nacional oficial de la República del Paraguay. El argumento es impecable en apariencia: la composición forma parte del patrimonio emocional del pueblo paraguayo, ha acompañado más de un siglo de historia, merece reconocimiento institucional. Todo verdad. Y sin embargo, precisamente por todo eso, la propuesta apunta en la dirección equivocada.
Una cantinera francesa al servicio de la patria
Comencemos por el dato que los promotores del proyecto mencionan de pasada, sin detenerse demasiado en él: la melodía de Patria Querida es La Madelon, una canción popular francesa compuesta en 1914 por Louis Bousquet y Camille Robert. Su protagonista es una cantinera de vida alegre que “a todos trata igual” y “ofreció su amor a todo el frente, del soldado al general”. La letra original no es exactamente una pieza para actos escolares.
El sacerdote francés Marcelino Noutz, de la Congregación del Sagrado Corazón de Betharram, llegó al Paraguay en 1918. Conocía perfectamente esa música — era la música de sus compatriotas en las trincheras de la Gran Guerra. Y eligió conscientemente esa melodía, precisamente por su fuerza, su marchabilidad, su capacidad de prender en el pueblo. En 1923 le puso letra nueva, la llamó “Himno de la Raza”, y doscientos alumnos del Colegio San José la cantaron por primera vez el 12 de octubre de ese año en la cancha del Club Olimpia.
El gesto de Noutz fue lúcido: tomó la energía de una canción popular y la puso al servicio de otro espíritu. La forma permaneció; el contenido cambió por completo. Una contrafactura — procedimiento tan antiguo como la música misma — que el pueblo concretó exitosamente y para siempre.
Hay en esto, de paso, una ironía histórica que merece contarse. Cuando el general Charles de Gaulle visitó el Paraguay en los años 60, los alumnos del Colegio San José le cantaron Patria Querida frente al palco oficial, donde también estaba Alfredo Stroessner. De Gaulle no entendió los versos de Noutz. Solo reconoció la melodía. Y lo que recordó fue La Madelon — la canción de las fiestas del ejército francés. Los periódicos de Francia lo contaron con extrañeza: los alumnos del Saint Joseph d’Assomption le habían cantado al general la música de taberna de sus soldados. Stroessner aplaudíó sin saber que lo que sonaba en ese palco era, al mismo tiempo, un himno patriótico paraguayo y una canción de cantinera gala.
El Sitz im Leben de una canción libre
Pero lo que importa no es la anécdota. Lo que importa es entender dónde vive Patria Querida, cuál es su Sitz im Leben — el lugar vital que le da su sentido propio.
Esta canción no nació en un despacho oficial. No fue encargada por ningún gobierno. No la decretó ninguna comisión parlamentaria. La escribió un sacerdote extranjero que amaba al Paraguay, en un contexto de guerra civil, para que los jóvenes tuviesen un canto que los sostuviera, para ayudar al proceso de reconstruir el tejido social y moral de la juventud, superar las divisiones y fortalecer la unidad nacional.
Y desde entonces, Patria Querida ha vivido exactamente donde debe vivir una canción así: en la garganta del pueblo cuando el pueblo necesita decir algo que el poder no quiere escuchar o cuando simplemente es bueno, verdadero, necesario y oportuno elevar la moral.
La cantaron los soldados en las trincheras del Chaco. La cantaron los estudiantes en las huelgas de 1959. La cantaron los jóvenes en la Plaza del Congreso durante el Marzo Paraguayo de 1999, cuando la sangre todavía no se había secado en el adoquín. La han cantado generaciones que encontraron en esa melodía un lugar donde depositar su esperanza y su protesta, su amor al país y su rechazo a quienes lo traicionan.
Patria Querida es el canto de la retreta, de la libertad y de la rebeldía, de la utopía y de la añoranza, del techaga’u sincero de los ideales, y del alma enamorada de su patria. Desde allí se canta libre al soldado y al general, no para honrar a los que están en el palco, sino para recordar a los del palco que se deben al amor patrio.
Su fuerza simbólica viene exactamente de eso: nadie se la regaló al pueblo. El pueblo la tomó. La hizo suya. La convirtió en himno desde abajo, no desde arriba.
El abrazo que asfixia
Aquí está el problema con la propuesta bien intencionada de la diputada Zena.
Cuando el Estado se apropia de una canción y la declara símbolo oficial, no la honra — la domestica. La transforma de gesto vivo en protocolo muerto. Lo que era canto espontáneo pasa a ser obligación reglamentaria. Lo que emocionaba porque surgía desde la libertad pasa a ser requisito de acto escolar.
El mejor camino para matar una canción es hacerla oficial y obligatoria.
No se puede decretar la emoción. No se puede legislar la pertenencia. Y cuando el Estado intenta hacerlo, generalmente produce el efecto contrario: lo que antes era propio ahora es impuesto; lo que antes era vivo ahora es formalidad.
Hay una paradoja política que Étienne de La Boétie comprendió hace cinco siglos: el poder no siempre necesita prohibir para neutralizar. A veces le basta con abrazar. Lo que no pudo el autoritarismo por la fuerza —apropiarse de Patria Querida, convertirla en instrumento del régimen— podría lograrlo sin querer un decreto parlamentario bien intencionado.
Patria Querida sobrevivió a los regímenes y gobernantes autoritarios precisamente porque ningún poder pudo tomarla sin quemarse. Era del pueblo, y el pueblo la sabía suya. Si se convierte en himno oficial, pasa a ser del Estado. Y lo que es del Estado deja de ser del pueblo de la misma manera.
Lo que merece ser honrado
Marcelino Noutz merece ser recordado. La historia de Patria Querida merece ser contada en las escuelas, con toda su complejidad: la cantinera francesa, el sacerdote que eligió esa melodía con inteligencia pastoral, los doscientos alumnos del San José, De Gaulle desconcertado, el General aplaudiendo sin saber, y los jóvenes del Marzo Paraguayo cantándola frente al Congreso que ardía.
Eso es patrimonio cultural vivo. Eso sí merece protección, enseñanza, difusión.
Aún hoy la Iglesia encuentra en el sensus fidei el pendant necesario: esa sabiduría creyente del pueblo que inspira y al mismo tiempo completa la autoridad del magisterio. La Iglesia ha aprendido, y sigue aprendiendo, no siempre a tiempo, que custodiar el alma del pueblo no es lo mismo que administrarla, y que la tensión no necesita ser anulada sino habitada. Gobernar y legislar, en democracia, requiere una sabiduría similar.
La protección de una canción popular no pasa por encadenarla a un decreto. Pasa por mantener vivas las condiciones en que ella puede seguir siendo lo que es: el canto de un pueblo que no se resigna, que ama su país con demasiada intensidad como para entregárselo a quienes lo defraudan, corrompen, traicionan o simplemente desilusionan por ineficacia, pereza o conveniencia. Patria Querida es el canto del pueblo que encuentra en esa melodía — prestada de una cantinera gala, pero hecha profundamente paraguaya — las palabras que la ocasión exige. No es narrativa oficial, es voz del alma de nuestro pueblo.
Hay otra canción que nació en otras circunstancias pero del mismo barro — las trincheras del Chaco, el soldado que vuelve, el amor que esperó. Reservista Purahéi, de Félix Fernández y Agustín Barboza, lleva un subtítulo que es casi un evangelio popular: “Batalla que gana el amor”. El reservista regresa con sus dudas y encuentra que el cariño permaneció intacto. No necesitó decreto para eso. Bastó la fidelidad.
Patria Querida merece la misma suerte: que el pueblo le sea fiel, no que el Estado la administre. Esa es la batalla que debe ganar el amor — y que el Congreso se ocupe en las estrategias y en las luchas que el país de verdad necesita, sin elevar a minuta obligatoria lo que ya es del pueblo. Patria Querida no necesita ser rescatada por una ley. Necesita seguir siendo cantada por hombres y mujeres libres.
“Patria querida, somos tu esperanza.”
Que siga sonando libre. Sin escudo oficial. Sin decreto. Sin protocolo.
Como nació.
Encarnación, 8 de junio de 2026
+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.
Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación


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