Algo está cambiando en la religión, y no es exactamente lo que los profetas del fin de la fe anunciaron.

Por Francisco Javier Pistilli Scorzara, Obispo — 2 de junio de 2026

En 1882, Friedrich Nietzsche puso en boca de un hombre loco la noticia más perturbadora de la modernidad: Gott ist tot. Dios ha muerto. Un siglo después, cuando estudiaba teología en Münster entre 1990 y 1996, el eco de esa proclama seguía resonando en los pasillos académicos: la Gott-ist-tot-Theologie —Vahanian, Hamilton, Altizer, Sölle— había dejado una estela que la teología europea todavía digería, entre la fascinación y el desconcierto. El diagnóstico parecía inapelable: la cultura secular moderna había vaciado a Dios de contenido real, y lo que quedaba era una cáscara institucional en proceso de disolución. Treinta años después, algo no cuadra con ese pronóstico. Los jóvenes vuelven a las iglesias, los escenarios invocan lo sagrado sin que nadie los obligue, y una generación que creció sin catecismo sale a buscar trascendencia con la misma urgencia con que sus abuelos la recibían de herencia. Parece que Dios es bastante más resiliente de lo que ciertos teólogos predijeron: más duro de matar que Bruce Willis y más difícil de encasillar en una época o cultura determinada. God is all around. El aire cambió, pero el aliento sigue.

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Lo que los datos muestran no es el fin de la experiencia religiosa sino el fin de su monopolio institucional. La gente se alejó de los altares, pero no de la sed. Abandonó los horarios fijos de la misa dominical, pero no la búsqueda de algo que la misa intentaba dar. Y curiosamente, ese alejamiento de la forma no produjo un paisaje de formas vacías: produjo una explosión de formas nuevas —y también un inesperado regreso a formas muy antiguas. Porque junto al joven que medita en silencio o baila en una plaza al ritmo de un sacerdote con auriculares, está el otro que descubre la liturgia tridentina como si fuera un producto artesanal de nicho, una experiencia gourmet de lo sagrado en un mundo de espiritualidad en serie. El apetito de Dios, lejos de haberse extinguido, se comporta hoy como el mapa gastronómico de una ciudad cosmopolita: hay quien busca el social dining espiritual —la experiencia religiosa como evento compartido, con producción, con atmósfera y con gente—; quien elige la cocina de especialidad, el rito de autor, la comunidad pequeña con historia e identidad propias; quien consume el snack inteligente de la meditación mindful como capital cultural y señal de estatus; quien se sumerge en experiencias inmersivas donde el cuerpo entero entra en la celebración; quien practica un biohacking del alma, optimizando el sentido como variable de longevidad consciente; y quien abraza la imperfección divertida de una fe que no exige perfección sino presencia. Diverso, plural, fragmentado, sorprendente. God is all around —pero ya no viene en un solo sabor.

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Todo esto genera reacciones encontradas, y eso mismo es parte del fenómeno. Rosalía incorpora vírgenes y procesiones en sus escenarios y unos aplauden la recuperación estética de lo sagrado mientras otros denuncian la apropiación vacía. Hakuna construye experiencias con una gramática claramente litúrgica —música, comunidad, emoción colectiva, relato de sentido— y hay quien ve ahí una evangelización genuinamente contemporánea y quien detecta un sentimentalismo religioso bien empaquetado, con gancho emocional pero poca sustancia doctrinal. El Padre Guilherme mezcla alzacuellos y auriculares, y la pregunta se reparte en dos bandos casi simétricos: ¿está llevando la fe donde está la gente, o está sustituyendo el anuncio por el espectáculo? Ninguna de estas preguntas tiene respuesta fácil. Y quizás eso sea precisamente el dato más interesante: que generen debate. Porque lo que no convoca, no incomoda. Lo que no tiene densidad real, no provoca reacción. El hecho de que estos fenómenos muevan tanto a la crítica como a la adhesión sugiere que algo verdadero está en juego, aunque nadie termine de ponerse de acuerdo sobre qué exactamente. Y no es solo en los escenarios. En todos los grandes debates de este tiempo —la guerra, la vida, la muerte, la familia, el poder, la justicia, la inteligencia artificial— hay voces religiosas en ambos lados de la trinchera, cada una convencida de tener la bendición del cielo. La religión no abandonó la plaza pública. Se multiplicó en ella. God is all around —incluso, y quizás especialmente, donde se discute si Dios debería estar.

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Hay una canción que lleva casi sesenta años sonando en bodas, en películas, en radios de todo el mundo, sin que casi nadie sepa de dónde viene realmente. Love Is All Around, escrita por Reg Presley de The Troggs en 1967, nació en diez minutos de inspiración frente al televisor, mientras veía actuar a los Joy Strings, la banda del Ejército de Salvación, interpretando una canción llamada Love That’s All Around. Presley tomó la melodía, la estructura, la sensación —y cambió una sola cosa: quitó a Dios y puso el amor. El mundo la cantó. Veintisiete años después, en 1994, Wet Wet Wet la versionó para la banda sonora de Four Weddings and a Funeral y se quedó quince semanas consecutivas en el número uno en el Reino Unido. Una generación entera la escuchó como si fuera nueva, sin saber que era una cover, sin saber que la cover era una secularización, sin saber que debajo del amor romántico había una canción religiosa esperando. God is all around se había convertido en Love is all around. Y ahora, treinta años más tarde, algo en la cultura parece estar invirtiendo el proceso. No es que la canción secular vuelva a ser religiosa. Es que la búsqueda de trascendencia vuelve a filtrarse por todas las grietas de la experiencia humana, incluidas las que parecían definitivamente selladas.

La Generación Z —esa que creció con el algoritmo como catecismo y la pantalla como confesionario— resulta ser, paradójicamente, la que más activamente busca experiencia trascendente. No necesariamente en los templos, no necesariamente con los nombres tradicionales, no necesariamente siguiendo el manual. Pero busca. Y lo hace con la misma lógica con que elige todo lo demás: con criterio propio, con estética deliberada, con desconfianza hacia lo institucional y hambre de lo auténtico. Para algunos esa búsqueda toma la forma del retorno —la liturgia antigua como objeto de deseo, el rito preciso y solemne como antídoto contra la liquidez de todo, la forma bella como garantía de que hay algo real dentro. Para otros toma la forma de la experiencia inmersiva, el evento que conmueve, la comunidad elegida que sostiene. Para otros más, la espiritualidad es un ejercicio interior sin nombre confesional, una práctica de sentido en un mundo que fabrica sinsentido en serie.

Lo que todas estas búsquedas tienen en común es que no encajan en el pronóstico de la Gott-ist-tot-Theologie, ni tampoco en el de quienes esperaban que la religión institucional simplemente aguantara el temporal y volviera a ser lo que fue. Ni muerte ni restauración. Algo más complejo, más vivo, más difícil de cartografiar. God is all around —escrito en el viento, presente en los dedos y en los pies, en el escenario de Rosalía y en la plaza de Buenos Aires, en el retiro de silencio y en el beat del Padre Guilherme. En todas partes. Como siempre estuvo. Solo que ahora la gente volvió a notarlo.

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I feel it in my fingers, I feel it in my toes. La pregunta ante el Padre Guilherme —y ante Hakuna, y ante Rosalía, y ante todos los fenómenos que pueblan este paisaje— no es la pregunta de la ortopraxis. No es si está bien o está mal, si es legítimo o ilegítimo, si la Iglesia debería avalar o corregir. Esa pregunta tiene su lugar, pero no es la primera. La primera es otra: ¿qué está pasando aquí? Y lo que está pasando es hambre. Sed. Una generación que hace scrolling divino sin llamarlo así, que busca una atmósfera donde algo verdadero pueda sentirse, un contenido que valga la pena compartir, una experiencia que deje huella más allá de la pantalla. El Padre Guilherme no está haciendo una misa techno ni proponiendo una inculturación litúrgica. Está sembrando en terreno que espera porque busca. Y eso tiene su propio valor, independientemente de lo que ocurra después.

El error vendría después, y es un error conocido: el de los padres que creen saber lo que quieren sus hijos adolescentes y se apresuran a institucionalizar la experiencia. A programarla, replicarla, convertirla en formato. En cuanto eso ocurre, los adolescentes —con ese instinto infalible para detectar la autenticidad— se alejan. No porque la propuesta sea mala, sino porque dejó de ser viva. No es nuevo. Ya ocurrió con las misas rock, con las misas de guitarra, con cada intento generoso pero ansioso de capturar en estructura lo que solo existe como acontecimiento. La misa barroca y la misa con batería comparten el mismo riesgo y la misma dignidad: la estética puede abrir o puede cerrar, puede ayudar o puede entorpecer. Pero la misa es misa —tiene su propia lógica, su propio centro, su propio peso— y no necesita disfrazarse de otra cosa para ser lo que es. Lo que el Padre Guilherme hace no es misa, y él mismo lo dice. Es otra cosa. Una antesala, quizás. Una semilla en el viento. Y el viento, ya lo sabemos, sopla donde quiere.

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God is in the air. La frase parafrasea una canción —John Paul Young, 1977, disco australiano concebido para pistas de baile europeas— y no pretende ser teología sistemática. No para todos será sabiduría. Habrá quien la encuentre demasiado ligera, demasiado cultural, demasiado poco rigurosa. Puede ser. Pero hay cosas que se saben antes de poder demostrarlas, y esta es una de ellas: cuando miro a los ojos de quienes orientan sus pasos hacia este Dios —que perciben sin conocerlo todavía, que buscan sin haberlo encontrado del todo, que intuyen en el aire, en los susurros quietos, en la experiencia compartida, en el bullicio cultural de las nuevas generaciones— algo en ese mirar convence más que cualquier argumento.

El siguiente paso no tiene por qué ser un asiento reservado en un templo, aunque el templo también puede ser casa. No tiene un comienzo marcado en el calendario ni un final previsto. No viene con manual ni con garantía institucional. Pero vive —y esa es la palabra exacta, vive— en la promesa de un amor en el que se puede confiar. Un amor que, según parece, lleva mucho tiempo estando en todas partes, esperando que alguien lo note.

God is all around.

Encarnación, 2 de junio de 2026

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