Los grandes encuentros eclesiales como loci pastorales
La plaza estaba llena. Los cánticos, las banderas, el fervor. Cibeles con su fuente convertida en altar improvisado de una fe que no cabe en los templos. El Bernabéu con su acústica de estadio devuelta a algo más antiguo que el fútbol. O la Bienal Católica que vivimos en Encarnación hace apenas unos meses: distinta en escala, idéntica en estructura. Las cámaras captaban todo —o casi todo— y el mundo que presta atención a estas cosas supo que algo grande había pasado. O parecido.
No es cinismo decirlo así. Es honestidad. Porque los grandes encuentros eclesiales —las visitas papales, las Jornadas Mundiales de la Juventud, los encuentros masivos de cualquier tipo— tienen una doble naturaleza que conviene mirar de frente: son reales y son frágiles al mismo tiempo. Son Tabor y Domingo de Ramos en la misma plaza, en el mismo instante.
El Tabor es real: allí algo se revela que normalmente permanece invisible. Que la Iglesia es más grande de lo que parece desde el barrio, que la fe tiene rostros de todos los continentes, que el cántico en común produce algo que ningún cántico solitario puede producir. Eso no es ilusión. Es epifanía legítima.
El Domingo de Ramos también es real: la multitud aclama y el lunes viene, y el lunes tiene su propia lógica, y el que entró en Jerusalén sabía que los hosannas no duran. No entró a pesar de eso. Entró a través de eso, hacia algo que la multitud no podía acompañar.
Los medios hacen lo que los medios saben hacer: encuadran, iluminan, excluyen. Lo que queda fuera del encuadre no desaparece. Las guerras siguen. El hambre sigue. El desplazado sigue caminando mientras la pantalla muestra la plaza llena. No es mala voluntad del periodista. Es la gramática del zoom: para mostrar algo hay que dejar de mostrar todo lo demás.
Y sin embargo algo pasa en esa plaza que no pasa en ningún otro lugar. Y eso merece ser pensado con cuidado, sin romantizarlo y sin descartarlo.
El ratón que juntaba luz
Hay un cuento de Leo Lionni que se llama Frederick. Un ratón que, mientras los demás de su familia juntan nueces y granos para el invierno, parece no hacer nada. Está quieto, mirando. Cuando le preguntan, dice que está juntando colores, palabras, rayos de sol. Los otros no entienden bien, pero lo dejan.
Llega el invierno. Las reservas de comida se agotan. El frío y el gris se instalan. Y entonces Frederick abre la boca y empieza a hablar: describe el verano, los colores del campo, la calidez del sol. Y los ratones, que ya no tienen nada que comer, sienten calor. Lo que Frederick juntó —invisible, intangible, aparentemente inútil— resulta ser lo único que calienta cuando ya no queda nada más.
Los grandes encuentros eclesiales son el momento Frederick de la Iglesia.
No producen conversión medible. No generan estructura pastoral inmediata. No resuelven los problemas que esperan en casa. Desde una mirada puramente pragmática, son un derroche: energía, recursos, tiempo, expectativas. Un ratón quieto mirando el sol mientras los demás trabajan.
Pero juntan algo que no se puede juntar de otra manera. Una imagen que dice algo sin decirlo. La experiencia de haber cantado con personas de todas partes. Una palabra escuchada en medio de la multitud que se aloja en algún lugar hondo y no sale más. La percepción —fugaz, real— de que esto es más grande que yo y que, sin embargo, me incluye.
Eso es reserva para el invierno. No se sabe cuándo va a hacer falta. Pero hace falta.
Seis preguntas para un pastor
La pregunta pastoral de fondo no es cuánta gente fue a la plaza. Es qué pasa con esa gente cuando vuelve. Y para saberlo, el pastor necesita una cartografía del sujeto que ningún evento puede proveer por sí solo. Una cartografía de seis entradas —seis loci, lugares de vida, espacios reales donde la fe se juega o se pierde— cada una con dos dimensiones: el dónde —concreto, físico, localizable— y el cuándo —consciente, emocional, el instante en que algo aterriza de verdad.
Dime dónde te arrodillas: el lugar físico del culto —la capilla, el estadio, la orilla del río— y el instante en que algo dentro cede y reconoce algo mayor. Los dos son necesarios. El lugar sin el instante es rutina. El instante sin lugar es fantasma.
Dime dónde aplaudes: el espacio concreto de la pertenencia —Cibeles, el Bernabéu, la costanera en la Bie-Cat— y el momento en que el sujeto deja de ser individuo y se descubre parte de algo. Breve. Real. Irrepetible en esa forma exacta.
Dime dónde habitas: no el lugar del evento sino el lugar del transcurso. La cocina, el escritorio, el colectivo. Y el cuándo más difícil: el momento en que la vida ordinaria pesa y no hay multitud que sostenga.
Dime dónde sufres y mueres: el lugar más concreto y más íntimo —una cama, una sala de hospital, un silencio que no termina— y el momento en que ya no hay energía para sostener ninguna máscara. El altar que nadie elige y que más purifica.
Dime dónde amas: no el locus del sentimiento sino el de la entrega sostenida. Una persona, una tarea, una comunidad. Aquí se juega lo más exigente de la fe vivida. Y es el más revelador: se puede aplaudir en Cibeles y no amar en casa. Se puede arrodillar en la capilla y no amar al de al lado. El dónde amas desmascara todo lo demás.
Dime cuándo crees: y aquí el cambio de preposición es preciso. No dónde sino cuándo. Porque la fe no es un estado permanente que se habita —es un acto que ocurre, que a veces ocurre y a veces no, que tiene sus momentos de claridad y sus noches. El cuándo honra la discontinuidad real de la fe vivida: no la fe como posesión sino como evento que irrumpe, en la plaza, sí, pero también en el dolor, en el amor, en el momento inesperado de un lunes cualquiera.
Los primeros cuatro son loci del ser. Los dos últimos son loci del acontecer. La fe y el amor no se tienen: suceden. Y el pastor que no sabe leer esos seis registros en la persona concreta que tiene delante trabaja en la superficie, aunque llene de actividades el calendario.
La memoria es ubicua
Hay algo que el evento deja que no se ve en las fotos. La presencia en Cibeles —o en la plaza de la Bie-Cat— fue un momento: tuvo fecha, tuvo hora, terminó. Pero la memoria de ese momento no tiene horario. Aparece en el lunes sin nombre, en la noche difícil, en el instante en que nadie más está. La presencia es discontinua —puntual, fechable, irrepetible. La memoria es ubicua.
Y esa ubicuidad es lo que convierte el evento en locus pastoral verdadero: no lo que pasó allí, sino lo que sigue pasando desde allí, en silencio, en los lugares y momentos que ninguna cámara alcanza. Frederick no es útil en el verano. Es útil en el invierno. Y el invierno llega para todos, con o sin plaza llena.
León XIV estuvo en Madrid. La plaza estaba llena. Fue Tabor y fue Domingo de Ramos y fue, también, un ratón quieto juntando luz.
La pregunta no es si valió la pena. Valió. La pregunta es quién recoge lo que quedó. Qué Iglesia local espera a la persona cuando vuelve del evento. Qué pastor está disponible para el locus opaco, el que no tiene fotografía digna, el que no llena plazas.
El Evangelio no promete veranos eternos. Promete algo que calienta cuando el invierno llega. Entre la plaza y ese invierno, alguien tiene que hacer lo que hace Frederick: quedarse quieto, juntar luz, guardar palabras y colores para cuando hagan falta.
La plaza es necesaria. El lunes también. Y los seis dimes son el mapa del camino entre los dos.
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+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.
Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación
Encarnación, 10 de junio de 2026






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