PRIMERA SERIE: Algunas corrientes del evangelicalismo contemporáneo
+ Francisco Javier Pistilli Scorzara
Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación
TIEMPO DE LECTURA: 6 minutos
Antes de empezar: ¿qué es la teología protestante?
La teología protestante tiene cinco siglos y varias etapas, y conviene tenerlas presentes para no confundir una rama con el tronco. Partió de Lutero y Calvino, para quienes el centro era la justificación por la fe y la Escritura como norma. Siguió la llamada ortodoxia, hasta fines del siglo XVII, que sistematizó esa herencia en grandes confesiones (Augsburgo, Heidelberg, Dordrecht) y fomentó los estudios patrísticos y de historia eclesiástica. En su seno, Coccejo desarrolló la teología «federal» o del pacto, que lee la historia de la salvación como una sucesión de alianzas de Dios con los hombres. Vino después el pietismo (Spener, 1675), con su acento en la experiencia y en la lectura de la Biblia en sus lenguas originales, que impulsó la ciencia bíblica. Luego, la teología liberal de los siglos XVIII y XIX (Schleiermacher, Ritschl), que reinterpretó el cristianismo desde la razón y la experiencia, y el «despertar» religioso del siglo XIX, que reaccionó en defensa de la revelación sobrenatural. En el siglo XX, la teología dialéctica de Karl Barth volvió a poner la Palabra de Dios y a Cristo en el centro, en medio de un panorama muy variado (Bultmann, Tillich, Niebuhr).
Este recorrido importa porque el dispensacionalismo no está en ese tronco. Nació en el siglo XIX con Darby y se consolidó en el mundo fundamentalista y evangélico norteamericano, la reacción más fuerte contra el liberalismo teológico. Los luteranos, los anglicanos y la tradición reformada en general no lo comparten, y la teología del pacto, una de las líneas centrales del protestantismo reformado, sostiene una lectura opuesta en puntos clave. Lo mismo vale para lo que sigue en esta serie: el sionismo cristiano nace de esta misma matriz dispensacionalista; el reconstruccionismo surge dentro de la familia reformada-presbiteriana, pero como una derivación particular y discutida; y la Nueva Reforma Apostólica y la teología del éxito surgen en el siglo XX dentro del mundo pentecostal y carismático, heredero de los avivamientos protestantes, pero con un acento propio en la acción del Espíritu.
¿Qué es?
Antes de hablar de dominionismo y de teología del éxito, conviene conocer la matriz de la que se apartan, y de la que, en cambio, nace el sionismo cristiano. Durante buena parte del siglo XX, el evangelicalismo —sobre todo el de raíz dispensacionalista, es decir, el que lee la historia bíblica dividida en «dispensaciones» o etapas sucesivas del plan de Dios— sostuvo una actitud casi opuesta a la que vemos hoy en los movimientos más visibles: esperar el regreso inminente de Cristo sin depositar esperanza alguna en transformar las instituciones civiles. El mundo, en esta lectura, no se arregla por la acción política: se encamina hacia un desenlace que Dios ya decidió, y que ocurrirá pronto. La tarea del creyente es la conversión personal, la evangelización y la santidad de vida, no la conquista de espacios de poder.
Tres ideas sostienen este sistema. La primera es una lectura literal de las profecías: lo que el Antiguo Testamento promete a Israel debe cumplirse tal como está escrito. La segunda es la distinción entre Israel y la Iglesia, entendida esta última no como una institución visible sino como el conjunto de los creyentes en Cristo, judíos y gentiles, desde Pentecostés: en su versión clásica, dos pueblos de Dios con destinos distintos, uno terrenal y otro celestial; las versiones posteriores moderan ese dualismo, pero mantienen la distinción. La tercera, en la mayoría de sus expositores, es una expectativa precisa sobre el fin de los tiempos: un reino de mil años y un «rapto» de la Iglesia antes de una gran tribulación.
¿Quiénes la representan?
Su origen intelectual se remonta a John Nelson Darby, predicador británico del siglo XIX que sistematizó por primera vez esta lectura dispensacional de la Escritura, y se popularizó masivamente en el mundo de habla inglesa —y después en las misiones evangélicas de todo el continente— a través de la Biblia de Referencia Scofield (1909), una de las ediciones bíblicas más influyentes de la historia del protestantismo. No hace falta nombrar iglesias ni pastores concretos de nuestro país: esta sensibilidad —personal, piadosa, centrada en la salvación individual y distante de la política— formó durante décadas el tono de fondo de buena parte del evangelicalismo y el pentecostalismo latinoamericano, incluido el paraguayo, antes del giro político que las próximas entregas van a describir.
Con el tiempo el sistema se diversificó. Junto al dispensacionalismo clásico de Darby y Scofield hay una versión «revisada», surgida en el Seminario de Dallas (Ryrie), y otra «progresiva», más reciente. Ambas moderan el dualismo entre pueblo terrenal y pueblo celestial. Según un análisis evangélico reciente, la versión revisada es la más difundida en las iglesias latinoamericanas.
¿Qué comparte con la fe católica?
Mucho, y conviene decirlo sin rodeos: la convicción de que cada persona necesita una conversión real a Cristo, no solo una pertenencia nominal; el amor por la Escritura; un fuerte sentido de la familia y de la moral personal; y una desconfianza instintiva hacia la mundanidad, el dinero y el poder como fines en sí mismos. Un católico que escucha predicar a un pastor de esta sensibilidad reconoce, en el fondo, un lenguaje espiritual afín al propio.
¿Dónde se aparta?
La diferencia no está tanto en la piedad personal —que puede ser genuina y profunda— como en la relación con la historia y con la sociedad. La doctrina católica, sobre todo desde el Concilio Vaticano II, sostiene que el cristiano está llamado a comprometerse con el mundo y a contribuir a su bien, no a esperar pasivamente su final (Gaudium et spes, n. 43): la fe tiene una tarea cultural, social y política que cumplir, ejercida por los propios fieles laicos desde su responsabilidad. El dispensacionalismo clásico, en cambio, tiende a un pesimismo histórico que desalienta ese compromiso: si todo está por terminar pronto, construir instituciones, mejorar la educación o participar en política pierde sentido último. Es, además, una lectura relativamente reciente: como sistema completo, no aparece antes del siglo XIX —tiene menos de dos siglos—, aunque algunos de sus elementos, como el milenarismo literal, aparecen ya en Padres del siglo II como Papías, Justino e Ireneo, y la Iglesia no los adoptó (cf. Catecismo, 676).
Hay, sin embargo, una excepción que importa mucho: Israel. Para este sistema, «la Iglesia» no es una institución visible, sino el conjunto de los creyentes en Cristo, judíos y gentiles, desde Pentecostés. Y esa Iglesia no sustituye ni absorbe a Israel: Dios tendría con ella un plan, y con Israel otro distinto, que seguiría en pie y que se cumpliría al pie de la letra. Por eso el dispensacionalismo siempre miró con enorme atención lo que ocurre con el pueblo judío y con la tierra que, según su lectura, Dios le prometió. De ahí nace el sionismo cristiano, que veremos en el artículo 5: no es un abandono de esta matriz, sino su consecuencia política más visible. La fe católica ve las cosas de otro modo: no dos pueblos, sino uno, con Israel como raíz y don irrevocable (cf. Rom 11,17-24.29).
¿Por qué nos importa hoy?
Porque es el punto de referencia que permite medir todo lo que viene después. Casi todas las corrientes que vamos a presentar —el dominionismo en sus dos variantes, la teología del éxito— representan, cada una a su modo, un giro de 180 grados respecto de esta actitud original: de esperar el fin del mundo a querer gobernarlo. La excepción es el sionismo cristiano, que nace de esta misma matriz y que veremos como su prolongación política. Vale la pena que el lector católico lo tenga presente, porque significa que la politización que hoy asociamos con «los evangélicos» no es un rasgo original ni necesario del evangelicalismo (con la salvedad señalada de Israel): es una transformación reciente y todavía discutida puertas adentro, que no todos los hermanos evangélicos comparten ni aprueban.
Para profundizar
- Charles C. Ryrie, Dispensationalism, ed. revisada y ampliada (Chicago: Moody Press, 1995) — exposición propia de la corriente, de uno de sus principales sistematizadores.
- Daniel G. Hummel, The Rise and Fall of Dispensationalism: How the Evangelical Battle over the End Times Shaped a Nation (Grand Rapids: Eerdmans, 2023) — historia académica reciente y equilibrada de la corriente.
- Catecismo de la Iglesia Católica, 668-682 (escatología católica, para contraste).
- Carlos Astorga, «¿Qué es la teología dispensacional?», Coalición por el Evangelio — descripción de las tres corrientes dispensacionalistas (clásica, revisada y progresiva) desde dentro del mundo evangélico.
- Claudio Pierantoni, «El milenio en la patrística: ¿alternativa entre interpretación literal e interpretación alegórica?», Teología y Vida 44/3 (2003), pp. 184-195 (texto) — sobre el milenarismo en Papías, Justino e Ireneo.
- Raúl Gabás, «Protestantismo II. Teología protestante», Gran Enciclopedia Rialp (1991) (texto) — panorama de la teología protestante, de la ortodoxia al siglo XX.



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