Del dominio por la ley al dominio por la influencia

PRIMERA SERIE: Algunas corrientes del evangelicalismo contemporáneo

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara

Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

TIEMPO DE LECTURA: 7 minutos

Si el reconstruccionismo de Rushdoony buscó el dominio por la vía jurídica —reemplazar el derecho civil por la ley bíblica—, la Nueva Reforma Apostólica (NAR) lo busca por la influencia: no propone codificar la ley mosaica en los tribunales, pero sí que los cristianos «tomen posesión» de las esferas clave de la sociedad para instaurar el Reino de Dios en la tierra, ya, antes del regreso visible de Cristo. Son corrientes distintas, de raíces diferentes, pero con una genealogía en común. Como la NAR es una red y no una organización con registro de miembros, no hay cifras fiables de su alcance; sí es una de las corrientes de matriz dominionista crecientemente visibles en la vida pública de América Latina.

I. Origen y figuras principales

La NAR no es una denominación ni una iglesia organizada, sino una red informal de ministerios, apóstoles y profetas autoproclamados que comenzó a tomar forma en Estados Unidos en los años noventa, en gran medida bajo el impulso del misionólogo C. Peter Wagner (1930-2016), quien le dio nombre y marco teológico. Wagner sostenía que Dios estaba restaurando en la Iglesia contemporánea los oficios de «apóstol» y «profeta» (junto a los ya aceptados de pastor, maestro y evangelista de Ef 4,11), con autoridad espiritual de gobierno sobre redes de iglesias, ciudades y naciones enteras. De ahí viene el nombre: una «nueva» reforma, porque restaura un gobierno apostólico que —según sus propios teóricos— se habría perdido tras los primeros siglos del cristianismo.

La NAR no surge de la nada: crece dentro del mundo pentecostal y carismático del siglo XX. Sus propios teóricos cuentan la historia como una «restauración» progresiva: la Reforma habría recuperado unas verdades; el pentecostalismo (Azusa Street, 1906), el bautismo del Espíritu y los dones; el movimiento de la «Lluvia Tardía» (Latter Rain), de la posguerra, la imposición de manos y la profecía; y desde fines de los años 80, los oficios de profeta (1988) y de apóstol (1998), con lo que habría comenzado una «Segunda Era Apostólica». Esta lectura no es la de todo el pentecostalismo: las Asambleas de Dios, por ejemplo, rechazan que hagan falta apóstoles hoy.

Un rasgo teológico decisivo es su escatología. A diferencia del dispensacionalismo clásico (art. 2), que espera el fin del mundo sin pretender reformarlo, la NAR sostiene lo que Wagner llamó una «escatología victoriosa»: el Reino crece antes del regreso de Cristo, y Cristo volverá cuando la Iglesia haya recuperado el dominio que, según este relato, Adán perdió ante Satanás. Según el análisis de Evan P. Pietsch, este relato se apoya en una concepción del futuro como abierto, incluso para Dios (el «teísmo abierto»), que Wagner abrazó expresamente desde 2001. El propio Wagner reconocía, además, una genealogía de su teología del dominio que pasa por Rushdoony y Kuyper hasta Calvino (art. 3).

II. El mandato de las siete montañas

El instrumento doctrinal más conocido de la NAR es el llamado mandato de las siete montañas (Seven Mountains Mandate), atribuido originalmente a una inspiración recibida por varios líderes evangélicos —entre ellos Loren Cunningham y Bill Bright— en 1975, y popularizado después dentro de la NAR. La idea central: la sociedad se organiza en siete esferas o «montañas» de influencia —religión, familia, educación, gobierno, medios de comunicación, artes y entretenimiento, y economía/negocios—, y los cristianos están llamados a conquistar posiciones de liderazgo en cada una de ellas, para que, al ocupar esas «montañas», el Reino de Dios se establezca de hecho sobre la sociedad entera, antes de que Cristo regrese.

A diferencia del reconstruccionismo, que hablaba de ley y de Estado, el lenguaje de la NAR es más cultural, más mediático y más orientado a la influencia que a la legislación directa: se trata de ocupar puestos clave —no necesariamente de cambiar códigos civiles— en el periodismo, el cine, la política electoral, la empresa y el sistema educativo. Esta diferencia de método explica por qué la NAR resulta, en la práctica, mucho más difícil de identificar que el reconstruccionismo clásico: no necesita un partido confesional ni una reforma del código penal; le basta con redes de personas afines ocupando posiciones de decisión, muchas veces sin invocar explícitamente el marco teológico que las anima.

III. Guerra espiritual territorial

Un elemento doctrinal distintivo de la NAR, sin equivalente claro en las corrientes anteriores, es la llamada guerra espiritual de nivel estratégico (strategic-level spiritual warfare): la creencia de que ciudades, regiones y naciones están bajo el dominio de «espíritus territoriales» específicos, que deben ser identificados mediante «cartografía espiritual» (spiritual mapping) y combatidos mediante oración de intercesión intensiva, ayunos y actos proféticos, como condición previa para que esa «montaña» o territorio pueda ser conquistado para Cristo. De aquí nacen fenómenos como las declaraciones de «ciudades para Dios» o «ciudades libres de brujería», que en nuestro propio país ya hemos visto intentarse —el caso de Carmen del Paraná en 2018, mencionado en nuestra primera comunicación sobre este tema, es un ejemplo local directo de esta lógica.

III bis. El nacionalismo cristiano: Estados Unidos como «nueva Israel» a restaurar

Dentro del ambiente dominionista de la NAR ha cobrado fuerza creciente una variante específica de la lógica de «tomar las montañas»: el nacionalismo cristiano, expresión clave para entender buena parte del activismo político religioso estadounidense actual. Esta corriente no se limita a pedir presencia cristiana en las siete esferas de la sociedad; sostiene, además, que Estados Unidos fue fundado como una nación cristiana en pacto especial con Dios —heredera directa de la imagen de la «ciudad sobre un monte» que el puritano John Winthrop predicó en 1630—, que ese pacto fundacional habría sido traicionado por la secularización del siglo XX, y que la tarea presente de los cristianos es restaurar a la nación a su identidad original, no fundar algo nuevo. Es, en el fondo, la misma estructura de «exilio y regreso» que atraviesa toda esta familia de corrientes (lo retomaremos en la síntesis final), aplicada esta vez no a un individuo ni a la Iglesia universal, sino a la nación misma como objeto de recuperación.

Conviene decir con precisión qué es y qué no es esta observación: no es un juicio sobre el patriotismo estadounidense en general, que es una virtud cívica legítima en cualquier nación, ni sobre los cristianos que, en Estados Unidos o en cualquier país, participan honestamente en la vida política de su patria. Es la identificación de un marco teológico específico —el de una nación con estatuto cuasi-bíblico de «pueblo elegido»— que mezcla la fe con la identidad nacional de un modo que la tradición católica no comparte, por la misma razón de fondo que ya dimos respecto del sionismo cristiano (art. 5): la promesa de Dios, enseña San Pablo, no se liga a ningún pueblo o nación en particular después de Cristo, sino que se universaliza para todo el que cree (Rom 4,13-16; Gal 3,28-29).

IV. Por qué la Iglesia católica no sigue este camino

A lo ya dicho sobre el reconstruccionismo (distinción de los dos reinos, sana laicidad, libertad religiosa) se añaden, frente a la NAR específicamente, otras dos razones doctrinales importantes:

1. La cuestión de la autoridad apostólica. La Iglesia católica sostiene, desde el Nuevo Testamento y la Tradición ininterrumpida, que el oficio apostólico se transmite por sucesión sacramental —la ordenación episcopal en comunión con el sucesor de Pedro— y no por autoproclamación carismática ni por reconocimiento de una red informal de pares. La pretensión de «apóstoles» y «profetas» contemporáneos con autoridad de gobierno espiritual sobre ciudades o naciones carece, para la fe católica, de todo fundamento sacramental y eclesiológico.

2. El modo en que el Reino de Dios crece. Jesús mismo advirtió que el Reino de Dios «no vendrá con signos espectaculares» ni se podrá señalar diciendo «helo aquí» o «helo allí», porque «el Reino de Dios está en medio de vosotros» (Lc 17,20-21), y lo comparó con la semilla de mostaza y la levadura: un crecimiento silencioso, interior, no una conquista estratégica de posiciones de poder. La pretensión de instaurar el Reino «tomando» las siete montañas invierte esta lógica evangélica: convierte un don que se recibe y se deja crecer en un objetivo que se planifica y se ejecuta.

V. Una nota de prudencia pastoral

Conviene distinguir con cuidado dos cosas que a veces se confunden. Que los cristianos —católicos incluidos— estén presentes y sean buenos profesionales en la política, la educación, los medios o la empresa, es no solo legítimo sino deseable: es la vocación laical ordinaria, que la propia doctrina social de la Iglesia promueve activamente (lo veremos en detalle en el artículo final de esta serie). Lo que la Iglesia no comparte no es la presencia cristiana en esos ámbitos, sino el marco teológico específico de la NAR: la idea de una conquista coordinada de posiciones de poder como estrategia para instaurar el Reino, sostenida por una autoridad apostólica autoproclamada y por la creencia en una guerra espiritual territorial. Confundir ambas cosas —la legítima presencia cristiana en la vida pública con el proyecto dominionista de las siete montañas— es precisamente el error que esta serie busca ayudar a evitar.

Para profundizar

Magisterio y fuentes bíblicas citadas:

  • Mt 16,24; Lc 17,20-21; Rom 4,13-16; Gal 3,28-29 (universalización de la promesa).
  • Concilio Vaticano II, Dignitatis Humanae (1965), nn. 1-2.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, sobre la sucesión apostólica (CEC 861-862, 880-887).

Fuentes primarias del movimiento:

  • C. Peter Wagner, Dominion! How Kingdom Action Can Change the World (Ventura, CA: Regal Books, 2008) — formulación propia del fundador sobre el mandato de dominio.

Análisis recientes de la NAR:

  • Frederick Clarkson y André Gagné, «A Reporter’s Guide to the New Apostolic Reformation», Religion Dispatches (23 de mayo de 2024, versión revisada para 2025) (texto) — guía de orientación, de una publicación de Political Research Associates.
  • Evan P. Pietsch, «The Framing of a Movement: Defining the New Apostolic Reformation», Modern Reformation (texto) — definición del movimiento desde la tradición evangélica reformada.

Estudios académicos de referencia:

  • Conrad Cherry (ed.), God’s New Israel: Religious Interpretations of American Destiny (Chapel Hill: University of North Carolina Press, ed. revisada 1998) — el estudio clásico sobre la idea de Estados Unidos como «nueva Israel», desde los puritanos hasta el siglo XX.
  • Sara Diamond, Spiritual Warfare: The Politics of the Christian Right (Boston: South End Press, 1989) — primer estudio sociológico extenso sobre la guerra espiritual territorial y su articulación política.
  • Andrew L. Whitehead y Samuel L. Perry, Taking America Back for God: Christian Nationalism in the United States (Nueva York: Oxford University Press, 2020) — estudio sociológico de referencia reciente sobre el nacionalismo cristiano contemporáneo.
  • Matthew D. Taylor, The Violent Take It by Force: The Christian Movement That Is Threatening Our Democracy (Minneapolis: Broadleaf Books, 2024) — estudio reciente centrado específicamente en la NAR y su vínculo con el activismo político estadounidense más reciente.
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