Al término de la Bienal Católica 2026
Diócesis de la Santísima Encarnación
Encarnación, 8 de mayo de 2026
Queridas familias, hermanas y hermanos:
Al término de la Bienal Católica 2026, les escribo con una imagen que no me abandona.
No fue la puerta de un programa, ni de un evento en el calendario. Fue la puerta que Jesús mismo nombra en el Evangelio del Buen Pastor: «Yo soy la puerta. El que entre por mí se salvará; entrará y saldrá y encontrará pastizales.» Esa es la puerta que la Iglesia de Itapúa intentó cruzar durante la Bienal, de los cuatro rincones de la diócesis al mismo tiempo, con una sola voz.
Y esa voz dijo cinco cosas.
En la era digital, dijo: la persona vale más que el algoritmo. Evangelizar en las redes no es tener presencia en ellas: es ser humanamente presente en un mundo en red.
En la vulnerabilidad y las crisis sociales, dijo: el que sufre no está solo. La Carpa de la Escucha extendida en todas las sedes fue la Iglesia con la oreja pegada al suelo: escuchando lo que duele antes de hablar de lo que sana.
En la salud integral, dijo: el cuerpo también es sagrado. La Iglesia que cuida el cuerpo anuncia que la Encarnación no fue metáfora.
En la familia, dijo: lo cotidiano es el lugar de Dios. El hogar no es la retaguardia de la misión: es su primer territorio.
En la casa común y la economía solidaria, dijo: hay una lógica distinta a la del mercado, y vale la pena ensayarla. La Bienal la ensayó.
Todo comenzó con una imagen que atravesó los cinco días: Simón de Cirene.
Simón no eligió cargar la cruz. Volvía del campo, y lo requirieron en el camino. Pero la cargó. Y la tradición cuenta que después ya no pudo soltarla. Así les sucede a los que ponen el hombro en serio: algo de esa cruz se les queda adherido, y ya no quieren deshacerse de ella.
La vocación cirenea no es un ideal lejano. La vimos en gestos concretos: en los voluntarios de la Universidad Católica que dibujaron trazados para que los niños los pintaran con tiza de colores; en las psicólogas que escucharon a adolescentes en las carpas; en los técnicos y productores que compartieron experiencias de agroecología; en los coros parroquiales que convirtieron la alabanza en oración comunitaria; en los que montaron sillas, transmitieron en vivo, coordinaron traslados y nunca aparecieron en los carteles.
A todos ellos: gracias. Pusieron el hombro. La cruz avanzó.
Recibimos también, en esos días, la presencia de San Francisco de Asís.
No un recuerdo ni un símbolo: la reliquia ex cineribus corporis —fragmento de su cuerpo— recorrió nuestras treinta y ocho parroquias, los cuatro decanatos. El cuerpo que abrazó al leproso, que durmió en el suelo de la Porciúncula, que subió descalzo al monte de La Verna, pasó por nuestras comunidades. Y dejó una pregunta que no se responde con palabras:
¿Reconoces la voz? ¿La oyes donde menos la esperas: en el que está al margen, en el que te incomoda, en el que huele distinto? ¿O solo la reconoces cuando suena como ya la conoces?
Francisco no nos pide que seamos pobres en abstracto. Nos pregunta algo más difícil: ¿tienes el coraje de cruzar el umbral? El de lo que te cuesta soltar. Para cada persona es distinto. Para una Iglesia también. Pero ese umbral tiene un nombre que Francisco conocía bien. Se llama esperanza.
No la esperanza como optimismo. No la esperanza como evasión. La esperanza como convicción de que del otro lado del umbral hay algo real: que el leproso puede ser abrazado, que la Iglesia puede ser reparada, que el mundo puede recibir la vida en abundancia que Cristo vino a traer.
La Bienal dejó también frutos que permanecen.
La Red de Colegios Católicos de Itapúa —RECCI— quedó formalmente constituida, con la convicción de que nadie educa solo. El Centro de Gestión del Conocimiento, creado junto a la Universidad Católica Campus Itapúa, se propone producir conocimiento local y aplicado al servicio de la pastoral, la educación y el desarrollo social. El observatorio «Voces del Sur» comenzará a escuchar, con rigor metodológico, a los jóvenes de las treinta y ocho parroquias del departamento.
Junto a la Universidad Católica, hemos confirmado una forma de presencia que quiero seguir profundizando: la Iglesia como termómetro que diagnostica la realidad, como faro que orienta desde la verdad, y como motor que impulsa transformaciones concretas. Fe y ciencia, pastoral y academia, no como aliados ocasionales sino como compañeros de misión.
La Bienal no clausuró. Salió.
Por la misma puerta por la que entró un niño llevando unas sandalias. Hacia el barrio, la familia, la escuela, el hospital, la chacra, la orilla del río, la plaza. Hacia los lugares donde la esperanza está esperando que alguien la abra.
Les pido que no guarden para sí lo que cosecharon en esos días. Que abran las manos cerradas, los muros que separan, los ojos cansados de mirar. Que sean Iglesia en salida: no la que espera que el mundo llame a su puerta, sino la que abre la puerta y camina hacia el mundo.
Hace ochocientos años, Francisco de Asís escuchó una voz en San Damián: «Ve y reconstruye mi casa, que se está cayendo.» No destruyó. No huyó. Tomó piedras, una por una, y reconstruyó. Con sus manos. En el lugar donde estaba.
Ese es también nuestro gesto: piedra a piedra, familia a familia, comunidad a comunidad.
Publicamos este mensaje en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya. No es nuestra patrona diocesana, pero su presencia hoy no es casual: ella es la Señora que tomó una causa perdida —una devoción olvidada, una capilla en ruinas, un laico sin recursos— y la transformó en una de las obras de misericordia más fecundas del siglo XIX. Bartolo Longo llegó a Pompeya sin nada. Ella hizo el resto.
Es exactamente lo que la Bienal intentó decir: la esperanza no nace de nuestros recursos, sino de nuestra disponibilidad. La Virgen de Pompeya nos recuerda que quien pone el hombro —aunque sea con las manos vacías— no trabaja solo.
Que ella, que sabe de umbrales cruzados y de casas reconstruidas, acompañe a nuestra diócesis en el camino que la Bienal comenzó.
Familia: ¡abramos las puertas a la esperanza!
Con afecto pastoral,
+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.
Obispo de la Santísima Encarnación
Gran Canciller de la Universidad Católica «Nuestra Señora de la Asunción»
Encarnación, 8 de mayo de 2026











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