Primera parte. Lo que ninguna moneda del poder puede acuñar

SEGUNDA SERIE: La Moneda del Poder. Corrientes y poder, poder y apariencia cristiana: el discernimiento que le toca a la Iglesia

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara

Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

TIEMPO DE LECTURA: 12 minutos

I. La imagen que pertenece a Dios

El artículo 8 terminó con una pregunta: ¿qué clase de soberanía es la que no se defiende ni se conquista, y sin embargo no desaparece? Las dos caras de la moneda del poder ya las describimos, y no volvemos sobre ellas. La moneda del artículo 2 tenía, en el relato evangélico, una figura que era del César: lo acuñado en el tiempo. Aquí miramos lo que no se acuña en ninguna moneda: la imagen de Dios, grabada en cada hijo e hija de Dios, que es lo que le pertenece a Él. La soberanía de Cristo es su paz, y la imagen de Dios es el lugar donde se ejerce.

Hay una lectura antigua de la escena del denario. Tertuliano, en su polémica contra Marción, entiende que lo que es de Dios es el ser humano, plasmado a su imagen y semejanza, y que hay que devolverlo al Creador como se devuelve al César su denario (cf. Adversus Marcionem IV, 38, 3). San Agustín la retoma: si el César reclama su imagen esculpida en la moneda, Dios reclama la suya grabada en el hombre (cf. Enarrationes in Psalmos 94, 2), y concluye que «Moneda de Cristo es el hombre» (Sermón 90, 10; versiones españolas de augustinus.it). La moneda lleva la imagen del César, y por eso se le devuelve al César; el ser humano lleva la imagen de Dios (cf. Gn 1,27), y por eso pertenece a Dios. A nuestro juicio, ahí está el centro de la soberanía que propone el Evangelio. No se ejerce sobre territorios ni sobre sistemas, sino sobre personas que son imagen de Dios y que no se agotan en ningún proyecto, ni de nación, ni de partido, ni de plataforma.

II. «Ya no soy yo, sino Cristo que vive en mí»

Pablo lleva esa imagen a su plenitud: «y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20). A nuestro juicio, la soberanía de Cristo no suprime a la persona ni la absorbe: la configura. En Cristo nos asemejamos al Hijo, y esa semejanza es la forma en que su soberanía se vuelve concreta, y no la de un trono lejano.

De aquí se sigue algo que cambia la pregunta por el poder. Si el que vive en mí es Cristo, mi vida no es un recurso para ningún proyecto, ni siquiera para uno bien intencionado. Mi vida pertenece a quien me hizo a su imagen y me hizo suyo.

III. «Todos son uno en Cristo»

Esa pertenencia relativiza las demás. Pablo lo dice así: «ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús» (Gal 3,28). El Catecismo lo recoge al comenzar la vida del cristiano con unas palabras de san León Magno: reconoce tu dignidad, y recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro (cf. CEC 1691, que cita a san León Magno, Sermo 21, 3).

El arzobispo Alexander Sample, de Portland, en un video publicado por la USCCB el 27 de octubre de 2026, lo formula así: «We’re Catholics first, disciples of Jesus first, Americans second, citizens of this great country second». Y agrega, según los subtítulos del mismo video: «And if you’re going to belong to a political party, that is third» (en español: «y si vas a pertenecer a un partido político, eso es lo tercero»; traducción nuestra) (USCCB, «How Do I Put Faith Before Politics? | Archbishop Alexander Sample», 27 de octubre de 2026, https://www.usccb.org/resources/how-do-i-put-faith-politics-archbishop-alexander-sample). A nuestro juicio, esa frase ordena las lealtades y no desprecia la ciudadanía: quien pone a Cristo primero puede servir mejor a su país, justamente porque no le debe la parte de sí que pertenece a Dios.

Ciudadanos del cielo. «En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo» (Flp 3,20). El Catecismo recoge esa pertenencia con un texto de los primeros siglos: los cristianos «pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo» (Carta a Diogneto 5, 8-9; CEC 2796). Y el mismo texto aclara que esa ciudadanía no es una huida: «cumplen todos sus deberes de ciudadanos», y «tan noble es el puesto que Dios les ha asignado, que no les está permitido desertar» (Carta a Diogneto 5, 5.10; 6, 10; CEC 2240). A nuestro juicio, la interpretación de Sample es correcta, y se puede expresar en tres pasos (cf. CEC 912 y 2239).

Primero, por la gracia del bautismo somos hijos e hijas de Dios, hermanos en la Iglesia y morada del Espíritu Santo, y nuestro primer nombre es el nombre cristiano. Asumimos la gracia y nos acogemos a la misericordia divina, e igualmente asumimos la ley divina como camino de vida.

Segundo, esta realidad no es una excusa para desatender los vínculos y responsabilidades humanos y terrenales. Al contrario: se nos manda amar al Señor «con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas» (Mc 12,30), y por eso nuestra vocación es amar a la familia, al prójimo, al suelo donde habitamos y a la comunidad a la que pertenecemos. Podemos también asociarnos a otras formas políticas, gremiales, deportivas y semejantes, siempre que no contradigan la fe cristiana, colaboren con el bien y no se opongan a la moral cristiana.

Tercero, la defensa de la fe y de la moral cristianas se realiza de muchas formas: el testimonio, la coherencia, la participación en las instituciones civiles, administrativas y políticas, el anuncio de la verdad cristiana, la excelencia de la caridad incluso con los que se nos oponen y, si es necesario, el martirio, que conlleva ser señalado, perseguido y rechazado, y puede llegar hasta la ofrenda de la propia vida.

No hay una nación, un bando ni una plataforma a la que el cristiano pertenezca antes que a Cristo.

IV. La paz de Cristo

La soberanía de Cristo es paz: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!» (Jn 14,27). El Resucitado la trae en su primer saludo (cf. Jn 20,19-21). Pablo dice más: Cristo es nuestra paz, derribó el muro de enemistad entre los dos pueblos y por la cruz reconcilia todas las cosas (cf. Ef 2,14; Col 1,20). Esta paz nace de la confianza recíproca y no del equilibrio de las armas (cf. Pacem in terris, 113; Gaudium et spes, 82), y Francisco lo repite al hablar de la disuasión: la paz no puede basarse en una falsa sensación de seguridad ni en el simple mantenimiento de un equilibrio de poder (cf. Fratelli tutti, 262, que cita su mensaje a la conferencia de la ONU sobre armas nucleares, 2017). León XIV, en su primer saludo (8 de mayo de 2025), nos llama a vivir en «la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante».

Verdad y caridad. Juan XXIII cerró Pacem in terris diciendo que la paz será palabra vacía mientras no se funde en un orden basado en la verdad, la justicia, la caridad y la libertad (cf. Pacem in terris, 167). Esa paz se sostiene sobre dos columnas que no se separan: la verdad y la caridad (cf. Ef 4,15; Jn 1,14). Benedicto XVI lo expresa en Caritas in veritate: sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo, y defender la verdad con humildad y convicción es una forma exigente de caridad (cf. CV 1 y 3). La verdad sin caridad se endurece, y la caridad sin verdad se ablanda. La paz de Cristo no es ni lo uno ni lo otro.

Una relación fraterna con todos. Bajo esa paz caben vínculos que el poder tiende a separar. Con los cristianos de otras comuniones, la unidad por la que Jesús pidió (cf. Jn 17,21). Con los no cristianos, el reconocimiento de lo verdadero y santo que hay en otras religiones y la invitación al diálogo (cf. Nostra aetate, 2). Con los amigos, la fraternidad cotidiana. Y con los enemigos, el amor y la oración: «Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores» (Mt 5,44). Agustín une esa invitación con la imagen de Dios: en el mismo pasaje en que lee la moneda del César, dice que Cristo nos invita a esta semejanza y nos manda amar a los enemigos (cf. Enarrationes in Psalmos 94, 2), junto con el consejo de Pablo de vivir en paz con todos y vencer el mal con el bien (cf. Rm 12,18 y 21). Francisco habló de esa fraternidad como «amistad social que no excluye a nadie» (cf. Fratelli tutti, 94) y advirtió que el diálogo no pide esconder las convicciones propias: cuanto más sólida es una identidad, más tiene para enriquecer a los otros (cf. Fratelli tutti, 282). Esto no relativiza la verdad ni borra las diferencias. Es el modo de sostenerlas sin romper a la persona que las lleva.

Paz y justicia. Pablo VI dio a esta paz una fórmula que el tiempo no ha gastado. En su mensaje para la V Jornada de la Paz (1 de enero de 1972, fechado el 8 de diciembre de 1971) advierte que la paz no coincide con la fuerza y cuán falsa sería la paz impuesta con la sola superioridad del poder, y propone «una fórmula más incisiva y dinámica»: «si quieres la Paz, trabaja por la Justicia». El mensaje termina con la certeza de que Cristo es nuestra Paz (cf. Ef 2,14). A nuestro juicio, eso descarta dos atajos: gestionar las amenazas con tecnología suficiente, o conquistar las instituciones con guerreros espirituales suficientes. La paz nace de relaciones justas entre personas que se reconocen como personas, y no como perfiles de riesgo que un sistema clasifica, votantes que una campaña moviliza o enemigos que una cruzada debe derrotar. El mismo mensaje dice de la persona que es «un ser inviolable, igual a sus semejantes, libre y responsable; digámoslo también, un ser sagrado», y ahí vuelve la imagen de Dios de la sección I.

En la segunda parte miramos cómo reina esa paz: no como los jefes de las naciones, sino sirviendo.

Preguntas abiertas

Tomista: el arzobispo Sample ordena las lealtades: católicos primero, discípulos de Jesús primero, ciudadanos después, y el partido político en tercer lugar. Santo Tomás enseña que la fe en Cristo no destruye el orden de la justicia, sino que lo confirma, y por eso los fieles no quedan exentos de obedecer a las autoridades seculares; pero se les debe obediencia en tanto lo exija el orden de la justicia, y no a quien manda cosas injustas (cf. Suma teológica II-II, q. 104, a. 6, resp. y ad 3). ¿Qué le debo hoy a la autoridad legítima, y qué le debo solo a Dios? ¿Dónde pongo el límite entre ambos?

Evangélica: Jesús llamó a los suyos y les dijo: «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos» (Mc 10,42-44). Y da la razón: «el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» (Mc 10,45). ¿Elijo la soberanía del servicio?

Ver, juzgar, actuar: la conciencia es el lugar donde la soberanía del Evangelio se hace decisión. El Catecismo da reglas aplicables en todos los casos: «Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien», la «regla de oro» (cf. Mt 7,12) y una caridad que respeta al prójimo y a su conciencia, sin ser para el hermano ocasión de caída (cf. CEC 1789; sobre la conciencia moral, 1776-1802). Ver: ¿dónde se me pide que mi conciencia obedezca a un bando antes que a la verdad? Juzgar: ¿lo que pienso hacer pasa por esas reglas? Actuar: ¿qué decisión tomo esta semana, respetando también la conciencia del otro? ¿Y con quién me cuesta más vivir la paz de Cristo: con un amigo, con un hermano de otra fe o con un enemigo?

Para profundizar

  • La Palabra de Dios (LPD): Gn 1,27; Gal 2,20; Gal 3,28; Mt 5,43-48; Mc 10,42-45; Mc 12,30; Jn 1,14; Jn 14,27; Jn 17,21; Jn 20,19-21; Rm 12,14-21; Ef 2,14-16; Ef 4,15; Flp 3,20; Col 1,20.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, 912, 1691, 1789 (sobre la conciencia moral, 1776-1802), 2239-2240 y 2796. Carta a Diogneto, 5-6 (citada en CEC 2240 y 2796). Concilio Vaticano II: Nostra aetate (2), Gaudium et spes (82). Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, q. 104, a. 6 (https://hjg.com.ar/sumat/c/c104.html).
  • Juan XXIII, Pacem in terris (113; 167). Pablo VI, mensaje para la celebración de la V Jornada de la Paz, «Si quieres la paz, trabaja por la justicia» (1 de enero de 1972; Vatican.va). Benedicto XVI, carta encíclica Caritas in veritate (29 de junio de 2009), nn. 1, 3 y 4. Francisco, carta encíclica Fratelli tutti (3 de octubre de 2020), nn. 94, 262 y 282. León XIV, primer saludo «Urbi et Orbi» (8 de mayo de 2025).
  • Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB), campaña «Faith Before Politics», video del arzobispo Alexander Sample (27 de octubre de 2026) (https://www.usccb.org/resources/how-do-i-put-faith-politics-archbishop-alexander-sample).
  • Tertuliano, Adversus Marcionem, IV, 38, 3 (texto latino en The Latin Library, https://www.thelatinlibrary.com/tertullian/tertullian.marcionem4.shtml); Agustín, Enarrationes in Psalmos 94, 2 (https://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/index2.htm) y Sermón 90, 10, trad. Pío de Luis Vizcaíno, OSA (https://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/index2.htm).
Lo del César al César + Lo de Dios a Dios
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