¿Quién es el César de esa moneda?

SEGUNDA SERIE: La Moneda del Poder. Corrientes y poder, poder y apariencia cristiana: el discernimiento que le toca a la Iglesia

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara

Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

TIEMPO DE LECTURA: 14 minutos

I. ¿Quién es el César de esa moneda?

Jesús pidió una moneda y preguntó por su figura y su inscripción. Una moneda se lee también por lo que la respalda y por quién la acepta. De ahí la pregunta: ¿quién es el César de esa moneda? Aunque las dos caras que hemos mirado invoquen a Dios, el criterio no es la invocación sino el culto: a quién se rinde lo que se paga, qué se está dispuesto a sacrificar y ante quién responde ese poder. No juzgamos conciencias. Preguntamos por la función que Dios cumple en cada sistema, si la de garante o la de adorno.

La cara popular paga con pertenencia y emoción: convocatoria masiva, identidad compartida, promesa de una victoria cultural tangible. Su poder es horizontal y visible. A quien se suma le ofrece comunidad, sentido y la sensación de que el poder «piensa como nosotros». Son necesidades legítimas, y quienes las buscan son, en su mayoría, personas sinceras. Lo que no está claro es si esa cercanía se traduce en influencia real sobre las decisiones, o solo en la validación de haberlas apoyado.

La cara de élite paga con infraestructura y eficacia: contratos, bases de datos y sistemas que deciden, en silencio, a quién se vigila, qué se autoriza y qué se hace posible. Su poder es vertical y discreto. A quien se suma le ofrece orden y capacidad de gestión frente a un mundo percibido como caótico, otra necesidad real. Lo que hay que preguntar es quién controla esa capacidad, y ante quién responde.

II. Convergencia, riesgos y uso mutuo

No hace falta imaginar una conspiración. Una cara moviliza la base y construye la legitimidad de «pueblo» que todo proyecto político necesita; la otra construye las herramientas con las que un poder, una vez obtenido, se ejerce y se conserva. Pueden funcionar juntas sin que nadie lo haya planeado. Es una hipótesis de lectura, no una afirmación probada: no hay elementos para afirmar una coordinación. Lo que sí se observa es una convergencia. En 2025, en el mismo gobierno de Estados Unidos, se creó por decreto la Oficina de la Fe de la Casa Blanca (7 de febrero) y se informó de un contrato de treinta millones de dólares para construir ImmigrationOS, un sistema que ayuda al servicio de inmigración (ICE) a elegir a quién deportar (Wired y SiliconANGLE, abril). Pueden leerse como parte de una misma lógica, o como dos hechos distintos. El discernimiento consiste en no afirmar de más.

No atribuimos intenciones a nadie. Señalamos dos riesgos que la convergencia hace posibles. El primero es que la fe se vuelva escenografía del poder: bendición, símbolos y lenguaje piadoso que acompañan decisiones ya tomadas, sin condicionarlas. El segundo es que la deliberación pública pase a depender de sistemas opacos: cuando las decisiones migran del voto y del debate hacia plataformas que casi nadie puede auditar, la democracia sigue en pie, pero su centro de gravedad se desplaza. Ambos tienen una raíz común, la que señalaba Guardini: el poder se vuelve peligroso cuando ya no hay una voluntad a la que se pueda interpelar.

Ante toda alianza entre fe y poder conviene preguntarse: ¿quién usa a quién? Agustín distingue entre usar lo que es medio y gozar de lo que es fin (La doctrina cristiana, I, 3-5; véase el artículo 6). Cuando la fe se usa como medio para movilizar, y las personas, como datos o votos, el orden del amor se invierte. Vale para quien usa y para quien se deja usar: una comunidad que recibe a cambio la sensación de estar cerca del poder puede estar pagando con su libertad.

En ese cuadro se ven dos conductas. Una es la de quien se abandera y hace proselitismo, poniendo la fe al servicio de una causa. La otra es la de quien se refugia en la neutralidad, que es también una forma de complicidad: al no interpelar, deja que otros decidan. Queda una tercera, la de una fe que crea historia junto a Dios. Para verla hay que mirar el respaldo último de cada moneda.

III. Escatología e historia

Toda moneda se respalda, al final, en una promesa. Aquí, a nuestro juicio, la promesa de fondo es una escatología. La cara popular promete un Reino que se conquista con votos, congregaciones y leyes. La cara de élite promete una seguridad que se asegura con datos y poder duro, y en su relato el desenlace lo decide una tecnología, no Cristo (artículo 6). Cambia el agente, el conquistador o el ingeniero, pero las dos colocan dentro de la historia lo que el cristiano espera de Cristo. El Catecismo advierte que la impostura final aparece esbozada «cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico» (CEC 676). La moneda del Evangelio se respalda en una realeza que, según Jesús ante Pilato, no es de este mundo (Jn 18,36).

El papa León XIV recuerda que Agustín describió la historia como lucha entre dos amores: «el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial». Y añade que el tiempo de la IA no escapa a esa regla: «la construcción de Babel o la de Jerusalén comienza en cada uno de nosotros» (Magnifica humanitas, 130; véase también 129).

Desde la mirada kentenichiana, esa frase se traduce en una pregunta personal: ¿de qué lado de la historia asumo? Las tres conductas descritas tienen nombre en la Oktoberbrief de 1949, donde Kentenich distingue tres posturas ante la historia. El activismo diseña el futuro a su propia imagen, con propaganda y medios técnicos, sin leer la historia como obra de Dios. El pasivismo se deja llevar por las olas y rehúye una respuesta clara y comprometida. La concepción teísta y creadora entiende la historia como un río cuyo origen y desembocadura están en el corazón de Dios, y llama a todos a colaborar «si no como arquitecto y constructor, al menos como peón» (pp. 16-23; traducción nuestra). A nuestro juicio, el proselitismo abanderado se acerca al activismo y la complicidad de la neutralidad, al pasivismo; y las dos caras se parecen al activismo, una con propaganda y la otra con medios técnicos. Una fe que crea historia con Dios, sin excluir, reemplazar ni suavizar el Evangelio, se sostiene en una imagen de Dios, del hombre y de la sociedad que no nacen del miedo; para Kentenich, esas tres imágenes se condicionan entre sí (p. 82).

IV. El culto del miedo y la búsqueda de amparo

Kentenich dejó un diagnóstico que hoy resulta actual: el sentimiento vital del hombre moderno refiere al miedo, ante la necesidad de amparo y seguridad en Dios (1951). En 1955 escribió que las dos concepciones que «hacían historia mundial», la cristiana y la bolchevique, prometían cada una liberar de la inseguridad y el miedo de la época. Ni los ejércitos ni el progreso técnico la dan: tras la seguridad aparente hay «expectación angustiada» (1940). Y reconocía, hablando de su propia obra, que los excesos de la conciencia de misión eran con frecuencia expresión de inseguridad interior (1948). La advertencia vale también para casa.

Aquí vuelve la pregunta del César. Cuando el miedo manda, quien ofrece amparo recibe lo que se le debe a Dios: confianza última, obediencia, sacrificio. Es el culto que nace del miedo, y se paga con libertad. A nuestro juicio, las dos caras lo cobran de maneras distintas: una con pertenencia y victoria, la otra con eficacia y orden. Y el argumento religioso de ambas puede leerse, como una lectura más que ofrecemos como tal, como reacción a un momento secular en que Dios parece ajeno: lo recuperan desdibujando su imagen, unas veces como garante de una victoria cultural, otras como adorno de una eficacia.

La respuesta de Kentenich era mostrar a Dios como Padre (1951): un amparo que no se compra ni se impone. En lo humano, la falta que él leía se llama hoy crisis de autoridad y de sentido. Citaba a Friedrich Heer: Europa se ha quedado sin padre, es decir, sin una autoridad que ampare, y la inseguridad de sus órdenes políticos y sociales está ligada a esa falta (1952). Y resumía lo que se pierde en términos semejantes: tiempos sin Dios, sin costumbres, pobres de ánimo y de carácter (1955). Podríamos plantear que no solamente Europa adolece de figuras de autoridad paternas y maternas, o simplemente que escasean autoridades que comprendan el poder como servicio. La autoridad que ampara no manda por su posición ni decide por el otro sin dejarlo crecer: da origen y amparo, reconoce antes de exigir y sostiene un límite que no humilla. El Evangelio la mide con el servicio, no con el mando (Mc 10,42-45). A nuestro juicio, es también una autoridad que se sabe bajo Otro. Por eso la pregunta no es si falta un hombre fuerte, sino qué clase de autoridad ampara y cuál solo domina.

V. Tres rumbos

Kentenich, ante el cambio de época, indica que la respuesta no es volver atrás ni romper con todo. Hablaba de dos orillas: la vieja, que hay que dejar, y una nueva, época por venir cuyo rostro nadie conoce todavía (1950, 1952). En 1949 decía que aún no habíamos desembarcado en ella. Advertía que quien quiere ir a la orilla nueva no debe pasar por alto la tradición (1950), y criticaba tanto a quienes se aferran con crispación a la vieja (1949) como a la resignación permisiva, que esconde impotencia para ganar la nueva (1950).

Volvió sobre esta imagen al terminar el Concilio. Cuando la imagen de la Iglesia como roca se exprimió hasta petrificarla, observaba en 1966, era comprensible que otra ola prefiriera la del barco; pero el péndulo de las corrientes culturales corre al extremo contrario y amenaza «una movilidad que ya no conoce núcleo». Su respuesta no fue elegir un lado: la Iglesia sigue siendo roca, pero «una roca que se deja mover», y «siempre et-et, nunca aut-aut». Y dijo qué no se negocia en la orilla nueva: ni masificación ni horda, porque «la familia no conoce la horda, conoce individuos» (1965).

Hay, entonces, al menos tres rumbos. El primero es volver a la orilla conocida, la tentación de quien, por miedo, se aferra a lo seguro. El segundo es quedarnos en la misma orilla cambiando de capitán, y uno que no conocemos: a nuestro juicio, es lo que proponen las dos caras, con otro nombre cada una. Cambia el César, no la moneda. El tercero es arriesgar poblar una orilla nueva sin perder el origen, como proponía Kentenich: sin pasar por alto la tradición, con personas libres, fuertes y capaces de influir bien en su entorno. Ninguna de las dos caras parece formar ese tipo de personas.

VI. Lo que ninguna moneda paga

Volvemos a la pregunta inicial: ¿quién es el César de esa moneda? Cada cara obtiene lo que busca, y por eso no necesita responder la pregunta de fondo: ¿ante quién responde este poder? Una la resuelve con un Evangelio a su medida; la otra, quitándole la función de límite. Ninguna moneda paga, en cambio, aquello que solo el Evangelio puede dar: una voz que le diga al poder que no todo lo posible es lícito.

Queda una pregunta que la segunda cara dejó planteada: el subtítulo del libro de sus autores habla de «poder duro» y de «creencia blanda». ¿Es verdad que el Evangelio es lo blando de la ecuación? A eso dedicamos el próximo artículo.

VII. Seis preguntas abiertas

Como en los artículos anteriores, dejamos algunas preguntas sin cerrar.

Tomista: ¿puede un bien, como la fe, usarse como medio para un fin que le es ajeno sin dañarse a sí mismo? ¿Qué le debe una comunidad creyente a quien gobierna, y qué no?

Ignaciana: ¿qué bandera ofrece cada moneda, y a qué elección nos invita? Si la meditación de las Dos Banderas pide elegir bajo qué estandarte vivir, ¿qué estandarte se levanta detrás de cada pago?

Evangélica: la madre de los hijos de Zebedeo se acerca a Jesús con sus hijos y se postra ante él para pedirle que se sienten en su Reino, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús responde: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?». Y a los demás, indignados, les dice que los jefes de las naciones dominan, pero «entre ustedes no debe suceder así» (Mt 20,20-28; cf. Mc 10,35-45). ¿Qué piden hoy a Jesús quienes buscan cercanía al poder, y qué responde él? ¿Qué paga el Evangelio, y quién lo recibe?

Agustiniana: Agustín enseña que la Iglesia «se sirve de todos los descarriados para su provecho» y que la divina Providencia «se vale de todo género de hombres y de ejemplos para la salud de las almas y la formación del pueblo espiritual» (La verdadera religión, 6,10-11). Sin llamar herejes ni instrumentalizar a nadie, la lógica vale para nosotros: lo que se aparta de la verdad nos obliga a probar la propia doctrina. Ante el culto que cada moneda nos pide: ¿a quién se adora de verdad, con qué sacrificio y ante quién se responde? ¿Cuál es el culto verdadero (cf. Jn 4,23-24)?

Kentenichiana: desde una mirada providente de la historia, ¿qué quiere Dios de nosotros? ¿Volver a un pasado seguro e ideal; avanzar hacia un futuro mejor, pero desconocido y en manos de desconocidos; o caminar el presente con esperanza hacia un mañana nuevo, sin perder nuestra historia ni nuestra identidad?

Ver, juzgar y actuar: ¿qué ocurre con la libertad de una comunidad creyente que recibe cercanía al poder? De la Iglesia enseña el Concilio que «no pone […] su esperanza en privilegios dados por el poder civil; más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio» (Gaudium et spes, 76). ¿Qué renunciaría hoy una comunidad creyente para que su testimonio no se empañe?

Para profundizar

Biblia

  • Jn 18,36; Mc 10,42-45; Mt 20,20-28 (cf. Mc 10,35-45); Jn 4,23-24, en Libro del Pueblo de Dios.

Hechos y fuentes

  • Orden Ejecutiva 14205, «Establishment of the White House Faith Office» (7 de febrero de 2025), texto en The American Presidency Project (presidency.ucsb.edu).
  • Palantir e ICE: Wired, sobre el contrato de ImmigrationOS; M. Deutscher, SiliconANGLE (21 de abril de 2025).

Autores y magisterio

  • Agustín de Hipona, La doctrina cristiana (De doctrina christiana), I, 3-5; La ciudad de Dios, XIV, 28 (los dos amores, citado en Magnifica humanitas, 130); La verdadera religión (De vera religione), 6,10-11 (la Iglesia se sirve de los descarriados; la Providencia se vale de todo género de hombres), texto latino y castellano aportados por el autor.
  • Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), 676.
  • Kentenich, Joseph; Biblioteca digital de textos kentenichianos de P. Joachim Schmiedl:
    • Oktoberbrief 1949 (nº 1949\1007ob), pp. 16-23 (activismo, pasivismo y concepción creadora de la historia) y 82 (imagen de Dios, del hombre y de la comunidad).
    • Textos por clave de archivo y año: 1912 (11cha-04, ideal de caracteres libres, fuertes y sacerdotales; hombres masa y rebaño); 1940 (07apkh11) y 1948 (1114brar): seguridad aparente e inseguridad interior; 1949 (0710ep3a), 1950 (07pt-e) y 1952 (0223bt25): la orilla nueva; 1951 (1002pt-o) y 1955 (09cnem15): el miedo como afecto de fondo y los tiempos sin padre; 1952 (0601ls2n): cita de F. Heer, «Die Wiedergeburt des Vaters», Stimmen der Zeit 148 (1950/51), 321 ss.; postconciliares: 1962 (1118pred, imagen del hombre cristiana frente a colectivista); 1965 (1229jb-1, orilla más nueva; 1204romv, patriarcalismo y mandar que sirve; 1231vosc, ni masificación ni horda); 1966 (1104ex08, roca que se deja mover, et-et, fraternidad y paternidad; 1211ex-h, reacción al Concilio). Traducciones del alemán nuestras, por cotejar con las ediciones.
  • Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes, 76.
  • León XIV, carta encíclica Magnifica humanitas (15 de mayo de 2026), 129-130.
Lo del César al César + Lo de Dios a Dios

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