Segunda parte. Lo que ninguna moneda del poder puede acuñar

SEGUNDA SERIE: La Moneda del Poder. Corrientes y poder, poder y apariencia cristiana: el discernimiento que le toca a la Iglesia

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara

Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

TIEMPO DE LECTURA: 15 minutos

En la primera parte vimos que la soberanía de Cristo se ejerce sobre personas que son imagen de Dios, y que su forma es la paz. Aquí miramos cómo reina esa paz y qué le pide a la Iglesia.

I. Reinar de otra manera

La paz de Cristo tiene una forma de ejercerse. Ya vimos en el artículo 8 su respuesta ante Pilato: «Mi realeza no es de este mundo» (Jn 18,36), y Juan completa la escena: Jesús es rey para dar testimonio de la verdad (cf. Jn 18,37). Reina de otra manera: no como los jefes de las naciones, sino sirviendo (cf. Mc 10,42-45, ya visto en el artículo 7; Lc 22,26-27). En el lavatorio de los pies lo hace visible: «Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros» (Jn 13,14). Su exaltación llega por la entrega (cf. Flp 2,9-11), por la cruz desarma los poderes (cf. Col 2,15), es Cabeza de la Iglesia (cf. Ef 1,22-23), y el desenlace final es suyo, de modo que no nos toca adelantarlo ni retenerlo (cf. 1 Co 15,24-28).

El «Reinado de Cristo». Hoy muchos católicos invocan el «Reinado de Cristo», y con razón: es una verdad de fe. Pío XI instituyó la fiesta de Cristo Rey con la encíclica Quas Primas (11 de diciembre de 1925), y lo hizo con una intención que nos interesa: exhortaba a buscar «la paz de Cristo en el reino de Cristo» (QP 1) y sostenía que el imperio de Cristo abarca también a las naciones (cf. QP 16). Pero el mismo texto dice que ese reino es «principalmente espiritual», que Cristo se abstuvo de ejercer su poder sobre las cosas temporales mientras vivió en la tierra, y lo presenta como el Rey que no vino a que le sirviesen, sino a servir (cf. QP 14, 15 y 19). A nuestro juicio, ahí está la clave que Quas Primas misma ofrece: la pregunta no es solo si Cristo reina, sino cómo.

Después del Vaticano II, Pablo VI, con el motu proprio Mysterii paschalis (14 de febrero de 1969), aprobó las Normas universales del año litúrgico y del calendario, que fijan en el último domingo ordinario la solemnidad de Jesucristo, rey del Universo (n. 6, d). El comentario de la edición típica del Calendarium Romanum (1969), que el propio volumen declara no oficial, explica que esa solemnidad sustituye a la fiesta instituida por Pío XI en 1925 para el último domingo de octubre, y que así se pone en mejor luz el momento escatológico de este domingo (cf. Calendarium Romanum, Commentarius, p. 63; traducción nuestra del latín). Más allá de cómo se lea ese cambio, el Catecismo enseña que el Pueblo de Dios participa de la función regia de Cristo, y que para el cristiano «servir a Cristo es reinar» (CEC 786, que cita Lumen gentium, 36). Un reinado que se identifique con un programa de poder, con un partido o con una plataforma dejaría de parecerse al de Jesús.

La memoria cristera. La invocación de Cristo Rey tiene también una historia concreta. Durante la persecución religiosa en México (1926-1929), muchos fieles murieron con el grito «¡Viva Cristo Rey!». La crisis se agravó cuando los obispos mexicanos suspendieron el culto público el 31 de julio de 1926, y el levantamiento armado se generalizó desde enero de 1927 (cf. Jean Meyer, La Cristiada, I). Pío XI, en Firmissimam constantiam (28 de marzo de 1937, Domingo de Pascua), reconoce que es natural que los ciudadanos católicos no se resignen pasivamente cuando se atacan las libertades religiosas y civiles más elementales, pero pone un orden: la acción de los católicos no debe dejar de lado la formación de las conciencias, la defensa violenta no es tarea del clero ni de la Acción Católica como tal, y la salvación de México está ante todo en la doctrina evangélica y en la sincera práctica de la moral cristiana (cf. nn. 15, 25, 26 y 28; traducción nuestra de la versión inglesa de vatican.va). Cierra con el deseo de «la Paz de Cristo en el Reino de Cristo» (n. 38), la misma fórmula de Quas Primas. Antes, en junio de 1929, esa prudencia había tenido su expresión más visible en el modus vivendi negociado por los obispos Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz con el presidente Portes Gil: se suspendieron las hostilidades y los cristeros fueron licenciados en agosto, aunque no habían sido consultados, y muchos sintieron esa decisión como una traición (cf. Meyer, La Cristiada, I, pp. 323-324 y 329-334; cotejar paginación de la edición). Entre quienes murieron con el grito «¡Viva Cristo Rey!» estuvo José Sánchez del Río, nacido en Sahuayo (Michoacán) en 1913, abanderado de las tropas cristeras, apresado en febrero de 1928 y ejecutado a los catorce años por negarse a retractarse de su fe. En la carta que escribió a su madre desde la cárcel de Cotija le decía: «Resígnate a la voluntad de Dios, yo muero muy contento, porque muero en la raya al lado de Nuestro Señor». Fue beatificado en 2005 y canonizado por Francisco el 16 de octubre de 2016 (cf. Dicasterio para las Causas de los Santos, ficha «José Sánchez del Río (1913-1928)», https://www.causesanti.va/it/santi-e-beati/jose-sanchez-del-rio.html; Fidel González Fernández, «San José Sánchez del Río», Diccionario de Historia Cultural de la Iglesia en América Latina, Consejo Pontificio de Cultura, Basílica de Guadalupe, 10/2/2021). La Iglesia lo venera como mártir, y nosotros también: murió por su fe. Su caso es además el de un niño en medio de una guerra, y no se reduce a una sola lectura. Pero, a nuestro juicio, conviene distinguir entre venerar a un mártir y usar su memoria para justificar una lucha de otra naturaleza. Hoy circulan asociaciones y mensajes, difíciles de catalogar por su variedad, que comparan aquella guerra con la actual «batalla cultural» en temas morales. A nuestro juicio, ese traslado hace pasar un conflicto de ideas al plano devocional, donde se vuelve difícil de discutir: quien dialoga parece traicionar a los mártires. Muchas veces se popularizan consignas sin enseñar el diálogo, y se alimenta un temor: que el Reinado de Cristo se pierda si no hacemos nada.

Ese temor, a nuestro juicio, no es el del Evangelio. El Reinado de Cristo no depende de que nosotros lo ganemos: el desenlace es de Él (1 Co 15,24-28), y a los suyos les dice «no temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino» (Lc 12,32, ya visto en el artículo 8). Eso no es pasividad. Los cristianos no dejamos de actuar, pero actuamos desde la confianza y no desde el miedo, con el método y el límite de los que ya hablamos.

El Cireneo. Hay una figura que muestra el lugar del hombre en ese reinado: Simón de Cirene. No eligió cargar la cruz. No era un héroe ni tenía un proyecto mesiánico. Pasaba por allí y lo obligaron a llevar la cruz detrás de Jesús (cf. Mc 15,21; Lc 23,26). A nuestro juicio, la soberanía no está en el Cireneo, sino en aquel cuya cruz carga. Lo que él muestra es cómo se sirve a ese rey: no conquista, no gestiona, no profetiza, no procesa ningún dato. Pone el hombro. Su carga empieza como algo impuesto y se parece a lo que Jesús pide a quien quiere seguirlo: renunciar a sí mismo, cargar con su cruz y seguirlo (cf. Mc 8,34), con una diferencia: él no lo eligió, y nos recuerda que la entrega puede empezar antes de que entendamos qué se nos pide. El mundo tiene más hambre de cireneos que de katechones. Y en la hora en que el peso es demasiado, nadie busca al ejecutivo de una plataforma de datos ni al apóstol de las siete montañas. Se busca a alguien que ponga el hombro.

II. Una Iglesia que sirve, y que se convierte

Esta forma de entender la soberanía tiene un rastro en el Vaticano II, que la Serie 3 desarrollará con más amplitud. Aquí apuntamos cuatro rasgos (Dignitatis humanae queda para la Serie 3):

  • Una Iglesia al servicio de todos los pueblos, y no al servicio de una nación o una cultura: el pueblo de Dios es, «para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación» (Lumen gentium, 9), y comparte los gozos y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres (cf. Gaudium et spes, 1-2).
  • El desafío de una verdadera inculturación, que reconoce los modos propios de cada pueblo sin imponer una forma de ser ajena: las Iglesias jóvenes toman las riquezas de las naciones para expresar la gloria del Creador, los cristianos descubren con gozo y respeto las semillas de la Palabra que laten en cada pueblo, y el método excluye todo sincretismo y falso particularismo (cf. Ad gentes, 11 y 22).
  • La colaboración en el bien común con todas las personas de buena voluntad: la Iglesia ofrece su sincera colaboración para lograr la fraternidad universal, y no puede dar mayor prueba de solidaridad que dialogar con la familia humana (cf. Gaudium et spes, 3), con una caridad que se extiende a todos sin distinción de raza, condición social o religión (cf. Ad gentes, 12).
  • Una Iglesia humilde y servidora, con preferencia por los más vulnerables: no fue instituida para buscar la gloria terrena, sino para proclamar la humildad y la abnegación, y reconoce en los pobres la imagen de su Fundador pobre y paciente (cf. Lumen gentium, 8). Francisco quiere «una Iglesia pobre para los pobres» (Evangelii gaudium, 198), y León XIV, en Dilexi te, advierte que «los pobres son quienes nos evangelizan» y que una comunidad que no se ocupa de que vivan con dignidad termina sumida en la mundanidad espiritual (cf. Dilexi te, 109 y 113, que cita Evangelii gaudium, 207).

Y una Iglesia en proceso de conversión de sus propios errores en materia de poder. El Concilio reconoce que no siempre sus miembros, clérigos o laicos, fueron fieles al espíritu de Dios, que es mucha la distancia entre el mensaje que anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros, y exhorta a sus hijos «a la purificación y a la renovación para que brille con mayor claridad la señal de Cristo en el rostro de la Iglesia» (Gaudium et spes, 43). En la Jornada del Perdón del Año Santo (12 de marzo de 2000), Juan Pablo II habló de la «purificación de la memoria» y pidió perdón por las infidelidades al Evangelio de algunos hijos de la Iglesia, entre ellas el uso de la violencia al servicio de la verdad y las actitudes de desconfianza y hostilidad hacia los seguidores de otras religiones (cf. Homilía, 12/3/2000, nn. 3-4). Ese camino de purificación continúa, en una Iglesia que reconoce abusos de poder, abusos sexuales y de conciencia, y que con firmeza denuncia y juzga los delitos, sale al encuentro de las víctimas y con determinación instala protocolos de prevención y de acción (cf. Francisco, motu proprio Vos estis lux mundi; Carta al Pueblo de Dios; Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile).

Dos frases del Concilio dicen, además, cómo debe situarse la Iglesia ante el poder. La primera: la Iglesia «no pretende mezclarse de ninguna forma en el régimen de la comunidad terrena» y no reivindica para sí otra autoridad que la de servir (cf. Ad gentes, 12); su misión no es de orden político, económico o social, ni está ligada a ningún sistema político (cf. Gaudium et spes, 42). La segunda toca a los católicos entre sí: cuando dos fieles, con igual sinceridad, juzgan de manera distinta un asunto opinable, a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva para su parecer la autoridad de la Iglesia, y han de hacerse luz mutuamente con un diálogo sincero (cf. Gaudium et spes, 43). A nuestro juicio, esas dos frases bastan para distinguir a la Iglesia que sirve de la que quiere conquistar: la primera no se mezcla en el régimen de la ciudad terrena, y los católicos de la segunda no hacen pasar su opinión política por la voz de la Iglesia.

III. Una Iglesia fiel al Evangelio

Hablar así no es hablar de una Iglesia débil. El artículo 8 mostró que la cruz no es blanda, y que el Evangelio no se acobarda. Tampoco es una Iglesia que se mida con las etiquetas de la política. A nuestro juicio, la fidelidad al Evangelio no se deja ordenar en izquierda o derecha, ni en progresista o tradicionalista, aunque cada una de esas miradas pueda aportar algo. Esa discusión la retomamos en la Serie 3, en el capítulo «Más allá de las etiquetas». Aquí basta decir que la pregunta es otra: ¿esta Iglesia se parece al que lavó los pies?

Esa es la soberanía que ninguna moneda del poder puede acuñar: no se conquista, no se gestiona, no se defiende con los medios del mundo, y sin embargo no desaparece, porque no es nuestra, sino de Cristo, que es nuestra paz.

El próximo artículo nos invita a mirar una moneda distinta.

Preguntas abiertas

Ignaciana: en la meditación de las Dos Banderas (Ejercicios espirituales, 136-147; texto autógrafo), san Ignacio contrapone el campo de «Hierusalén», donde Cristo llama, y el de «Babilonia», donde Lucifer manda «echar redes y cadenas». El enemigo conduce por la riqueza, el honor y la soberbia (n. 142); Cristo, por la pobreza, el oprobio y la humildad (n. 146). ¿Qué bandera escojo? ¿Cuál de esos tres escalones me tienta cuando quiero influir en los demás?

Kentenichiana: el padre José Kentenich escribió en Dachau la Misa del Instrumento (terminada en marzo de 1945; Schönstatt-Lexikon, entrada «Himmelwärts»). En ella se pide: «Alegremente venga a nosotros tu Reino, que asemeja la tierra al cielo; siempre rijan en él verdad, amor y justicia», y «Que solo tu voluntad sea la norma que plasme nuestra vida» (Hacia el Padre, 120-121). Años después llamó a ese campo «tumba de la libertad exterior», donde quería formar «niños de la verdadera libertad de los hijos de Dios» («Krise um Regierungsformen», 1961, en Autorität und Freiheit in schöpferischer Spannung, ed. Herta Schlosser, Vallendar 1993, p. 66; traducción nuestra). ¿Es posible vivir en libertad en momentos de opresión y persecución? A nuestro juicio, la soberanía del hombre libre cristiano radica en su identificación con Cristo. Si pidiera de verdad que solo su voluntad fuera la norma de mi vida, ¿qué tendría que soltar?

Para profundizar

  • La Palabra de Dios (LPD): Mc 8,34; Mc 10,42-45; Mc 12,30; Mc 15,21; Lc 12,32; Lc 22,25-27; Lc 23,26; Jn 13,12-15; Jn 18,36-37; Ef 1,22-23; Flp 2,9-11; Col 2,15; 1 Co 15,24-28.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, 786. Concilio Vaticano II: Lumen gentium (8, 9, 36), Gaudium et spes (1-3, 42-43), Ad gentes (11, 12, 22); Dignitatis humanae queda para la Serie 3. San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales (texto autógrafo), nn. 136-147. José Kentenich, Hacia el Padre, Misa del Instrumento, nn. 120-121; traducción de Joaquín Alliende Luco, Santiago de Chile, Editorial Nueva Patris (primera edición española, 1976, con reediciones posteriores); original alemán: Himmelwärts (1945).
  • Pío XI, carta encíclica Quas Primas (11 de diciembre de 1925), nn. 1, 14-19. Pablo VI, carta apostólica Mysterii paschalis (14 de febrero de 1969), Normas universales, n. 6; Calendarium Romanum ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instauratum auctoritate Pauli PP. VI promulgatum, editio typica, Typis Polyglottis Vaticanis, 1969 (Commentarius, pp. 63 y 67).
  • Francisco, Evangelii gaudium (198; 207, citada en Dilexi te, 113); Vos estis lux mundi (motu proprio, texto actualizado, 25 de marzo de 2023) (https://www.vatican.va/content/francesco/es/motu_proprio/documents/20230325-motu-proprio-vos-estis-lux-mundi-aggiornato.html); Carta al Pueblo de Dios (20 de agosto de 2018) (https://www.vatican.va/content/francesco/es/letters/2018/documents/papa-francesco_20180820_lettera-popolo-didio.html); Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 de mayo de 2018) (https://www.vatican.va/content/francesco/es/letters/2018/documents/papa-francesco_20180531_lettera-popolodidio-cile.html). León XIV, exhortación apostólica Dilexi te (9 de octubre de 2025), nn. 109 y 113. Juan Pablo II, homilía de la Jornada del Perdón (12 de marzo de 2000), nn. 3-4.
  • Pío XI, carta encíclica Firmissimam constantiam (28 de marzo de 1937), nn. 15, 25-28 y 38 (vatican.va; versión inglesa). Jean Meyer, La Cristiada, I: La guerra de los cristeros (1985), pp. 323-334 aprox. Dicasterio para las Causas de los Santos, ficha «José Sánchez del Río» (https://www.causesanti.va/it/santi-e-beati/jose-sanchez-del-rio.html); Fidel González Fernández, «San José Sánchez del Río», Diccionario de Historia Cultural de la Iglesia en América Latina (Consejo Pontificio de Cultura), 10/2/2021; Francisco, homilía de canonización (16 de octubre de 2016).
Lo del César al César + Lo de Dios a Dios

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