• Camino de tierra a las afueras del pueblo. Media tarde. Tres sendas se juntan en un cruce con una cruz de madera gastada por el sol. Ovi llega con Bit atado a una correa y un papel arrugado en la mano. Litu viene detrás, con Schrödinger en los brazos, que va de pasajero y no opina.

    OVI – ¡Litu! Vamos a hacer un programa.

    LITU – Ya tenemos programa. Se llama «la semana».

    OVI – Un programa de formación. En tres series. Y con un nombre larguísimo: «La teología del poder y el poder de la teología».

    LITU – Repetí.

    OVI – La teología del poder y el poder de la teología.

    LITU – Es un trabalenguas con doctorado.

    OVI – Y tiene subtítulo: «El Evangelio en la encrucijada».

    LITU – ¿En la qué?

    OVI – En la encrucijada. Es donde se juntan los caminos.

    LITU – ¿Y por qué no dice «cruce» y listo?

    OVI – Buena pregunta. Seguro tiene una respuesta incómoda.

    Llegan al cruce. Schrödinger salta de los brazos de Litu y se va por la senda de la izquierda sin mirar atrás. Bit tira de la correa hacia la derecha. Ovi queda en el medio, estirado como una cuerda de guitarra.

    LITU – Mirá bien la palabra. Encrucijada. ¿Qué tiene adentro?

    OVI – «En» y… «cruz».

    LITU – Cruz. Una encrucijada es un lugar donde dos caminos se cruzan y, al cruzarse, dibujan una cruz. No es una bifurcación.

    OVI -¿Y qué diferencia hay?

    LITU – En una bifurcación, los dos caminos van más o menos al mismo lugar. Por la izquierda o por la derecha, igual llegás al pueblo. En una encrucijada no: lo que se cruza no va al mismo lugar, y para seguir tenés que saber quién sos y a dónde vas.

    OVI – ¿Y la cruz de madera, justo ahí en el medio?

    LITU – Fijate dónde la pusieron. No al costado del camino: en el cruce. Pasar por una encrucijada es pasar por la cruz.

    OVI – O sea que cada vez que el Evangelio llega a una encrucijada del poder…

    LITU – …llega a su cruz. Y ahí se decide si sigue siendo fiel a su forma, o se deja llevar por una lógica que no es la suya.

    OVI -Qué pesado para una tarde de calor.

    LITU – Por eso nos sentamos.

    · · ·

    Se sientan al pie de la cruz de madera. Bit, vencido por el cansancio o por el hambre, se echa también. Ovi despliega el papel.

    OVI – Mirá, la pregunta del programa es esta: «¿A quién servimos?». Y arranca con el Evangelio del tributo al César. «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

    LITU -¿Y vos qué entendés?

    OVI – Fácil. Mitad y mitad. Una parte para cada uno y todos contentos.

    LITU – ¿Y qué es del César?

    OVI – Eh… los impuestos.

    LITU – ¿Y qué es de Dios?

    OVI – Y… todo lo demás.

    LITU – Entonces el César se queda con casi nada.

    OVI – Cierto. Con los impuestos nomás.

    LITU – ¿Y eso no es mucho para el César?

    OVI – Depende de a quién le preguntes.

    Litu sonríe. Saca una moneda del bolsillo y la pone sobre la palma abierta.

    LITU – Cuando le tendieron la trampa, Jesús pidió una moneda. ¿Y qué preguntó?

    OVI – ¿De quién es esta imagen?

    LITU – Exacto. La moneda lleva grabada la imagen del César. Pero hay otra pregunta que casi nadie hace.

    OVI – ¿Cuál?

    LITU – Si la moneda lleva la imagen del César… ¿qué lleva grabado una persona?

    Silencio. Ovi mira la moneda, después a Bit, después a Litu.

    OVI – Me estás haciendo pensar y yo vine a hacer un programa.

    LITU – Entonces quizá la pregunta no sea cuánto le doy al César. Quizá sea a quién pertenezco.

    OVI – Y eso es «¿a quién servimos?».

    LITU – Dicho con otras palabras. Nunca resolvió la tensión con una fórmula fácil. La dejó abierta, como tarea. Para siempre.

    · · ·

    Ovi saca una libreta y empieza a escribir con aire de conspirador.

    LITU – ¿Qué hacés?

    OVI – La lista. De los malos.

    LITU – ¿Qué lista?

    OVI – Los que usan el nombre de Dios para sus intereses. Los poderosos que quieren una Iglesia a su medida. Los que gritan en las redes. Los que…

    LITU – Ovi.

    OVI – Dejame terminar, que tengo hasta los de mi propio sector.

    LITU – ¿Y tu lista de héroes?

    OVI – ¿Qué lista de héroes?

    LITU – La que todo el que arma una lista de villanos tiene guardada en el otro bolsillo.

    Ovi cierra la libreta despacio.

    OVI – …Tengo una lista de héroes.

    LITU – Ya lo sabía.

    OVI – Pero el programa no es sobre eso, ¿verdad?

    LITU – Dice, textualmente: «ni villanos ni héroes». No busca culpables ni salvadores. No cambia un villano por otro. El Evangelio juzga las obras, no las etiquetas.

    OVI – Entonces, ¿para qué sirve?

    LITU – Para examinar las alianzas. Empezando por las propias.

    OVI – Qué incómodo.

    LITU – Por eso se llama formación. Si fuera cómodo, se llamaría entretenimiento.

    · · ·

    Se oye una bicicleta que viene por el camino levantando polvo. Es Seba, uno de los Custodios, con la mochila a medio cerrar y la cara de quien trae algo adentro desde hace días.

    SEBA – ¡Los encontré! Me dijeron en la parroquia que andaban por acá.

    LITU – ¿Pasó algo?

    SEBA – No sé si pasó o si todavía está pasando.

    Se sienta en el suelo. Bit se acerca a olerle la mochila. Seba no lo nota.

    SEBA – En el grupo del colegio nos están pidiendo que elijamos. Que todos pongamos de qué lado estamos. Si no ponés nada, te dicen que sos cómplice. Si ponés algo, los del otro grupo te dicen que sos de los otros. Y si decís que no sabés…

    OVI – Te dicen tibio.

    SEBA – ¿Cómo sabés?

    OVI – Me lo dijeron a mí a tu edad. Y hace una semana.

    LITU – ¿Y vos qué pensás, Seba?

    SEBA – Que no sé. Que no tengo toda la información. Que lo que me mandaron lo armó alguien que quiere que yo piense de una manera. Pero no puedo decirlo, porque entonces quedo solo.

    LITU – ¿Quién te dijo que solo hay dos opciones?

    SEBA – Todos.

    LITU – ¿Todos quiénes?

    SEBA – Los que gritan.

    LITU – ¿Y los que no gritan?

    SEBA – …No sé qué piensan. No dicen nada.

    OVI – Eso también es una respuesta.

    LITU – Hay dilemas de verdad, Seba. Los que piden tiempo, información, conciencia. Esos no se resuelven con fórmulas. Y hay dilemas trampa, donde alguien te arma dos puertas para que no veas que hay una tercera.

    SEBA – ¿Y cuál es la tercera?

    LITU – No lo sé. Pero yo empezaría preguntando a quién le conviene que no la veas.

    SEBA – Eso no me lo enseñaron en el colegio.

    OVI – Tampoco a mí. Lo aprendí a los golpes.

    LITU – Y fijate otra cosa. Callar para no tomar partido es una opción. Alinearse con un bando es otra. Y dar un portazo en contra también. Las tres tienen algo en común.

    SEBA – ¿Qué?

    LITU – En las tres, alguien más decidió por vos de qué se trata.

    Seba se queda mirando el suelo. Después levanta la cabeza.

    SEBA – ¿Y entonces qué hago?

    LITU – No te lo voy a decir yo. Pero para eso vamos a hacer este programa. Para que nadie tenga que decidir a ciegas.

    · · ·

    Litu toma un palo del suelo y dibuja en la tierra tres líneas que salen del pie de la cruz. Ovi, sentado a su lado, anota en la libreta.

    LITU – Mirá. Primer camino: conocer. Hay corrientes de otros cristianos que piensan distinto. Con ellos compartimos el Evangelio, pero no siempre la manera de entenderlo. Antes de juzgarlos, hay que conocerlos bien.

    SEBA – ¿Para qué?

    LITU – Para no inventarles un disfraz de malos. Eso es lo que hacen los que gritan.

    Dibuja el segundo camino.

    LITU – Segundo camino: ver qué hace el poder con la fe. Y qué hace la fe cuando se deja usar por el poder. Ahí aparece la moneda: dos caras de la misma moneda, y una tercera cara distinta que casi nadie mira.

    SEBA – ¿Por qué una moneda?

    OVI – Porque el poder siempre quiere acuñar su imagen sobre algo. Y la fe puede ser ese algo si no tiene cuidado.

    Dibuja el tercero.

    LITU – Tercer camino: lo que nos toca a nosotros. Cómo se relaciona la Iglesia con el Estado, qué pasa con un caso concreto, y con quién hacemos alianza. Y cómo saber si una voz que me pide confianza se parece a la del Buen Pastor.

    SEBA – ¿Y cuál de los tres caminos es el correcto?

    LITU – Los tres. En orden. Es un solo recorrido, no una elección.

    SEBA – Entonces esto no es una bifurcación.

    OVI – Me lo explicó mejor que vos, Litu.

    LITU – Vos dijiste «una respuesta incómoda». Fue la mejor definición.

    · · ·

    Seba saca de la mochila una chipa envuelta en servilleta. Bit se levanta como si hubiera sonado una campana. En tres pasos está sentado en el centro exacto del cruce, mirando la chipa con una fe que ningún otro de los presentes ha mostrado jamás.

    OVI – Mirá a Bit.

    LITU – Ya lo vi.

    OVI – Él sí que no tiene duda a quién sirve.

    SEBA – A mí.

    OVI – A quien tenga la chipa.

    Seba reparte la chipa en cuatro. Schrödinger aparece de la nada, sentado también en medio del cruce, con aire de no haberse movido nunca.

    SEBA – ¿Y él, a quién sirve?

    LITU – Preguntale.

    SEBA – Schrödinger, ¿a quién servís?

    El gato lo mira con enorme dignidad. No dice nada. Se limpia una pata.

    OVI – Sirve a los dos y a ninguno, hasta que alguien lo mire.

    LITU – Es lo más honesto que escuché en todo el día.

    · · ·

    El sol baja. Las tres sendas tienen la misma sombra de la cruz de madera. Seba se levanta y se sacude las migas. Hay un silencio largo, de esos que Litu sabe dejar.

    LITU – Hay una frase del Evangelio que no se pasa de moda. «Nadie puede servir a dos señores. No pueden servir a Dios y al Dinero».

    OVI – Hoy los señores tienen otros nombres.

    LITU – Sí. El dinero. El poder político. La tecnología. La causa que nos parece justa. Cambian los nombres, pero la disyuntiva es la misma.

    SEBA – ¿Cuál?

    LITU – A quién le pertenece, en última instancia, nuestra lealtad.

    Nadie dice nada. Bit termina su pedazo de chipa y se echa en el centro del cruce. Schrödinger lo imita a medias.

    OVI -Entonces, ¿a quién servimos?

    LITU – Esa es la pregunta del programa. Y la del camino. Y no te la voy a contestar yo.

    SEBA – ¿Entonces quién?

    LITU – Vos. Después de recorrer los tres caminos. Y con los ojos abiertos.

    Los tres se levantan despacio. Ovi guarda el papel arrugado. Caminan juntos de vuelta al pueblo, sin apuro, con Bit y Schrödinger en el medio de la senda, que por primera vez van en la misma dirección.

    OVI – Caesaris Caesari.

    LITU – Dei Deo.

    SEBA – ¿Y eso qué es?

    OVI – Lo que dice la moneda. Después te explico.

    Atrás queda la cruz de madera, con las tres sendas dibujadas en la tierra.

  • Programa de formación – Introducción
    + Francisco Javier Pistilli Scorzara

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

    Introducción general al programa

    La teología del poder y el poder de la teología · El Evangelio en la encrucijada: ¿A quién servimos?

    Vivimos tiempos en que el poder —político, económico, tecnológico— busca con frecuencia revestirse de lenguaje religioso, y en que ciertas lecturas de la fe, a su vez, se dejan convocar para legitimar ese poder. Esta serie de formación nace de una pregunta que no es nueva, pero que hoy se plantea con urgencia renovada: ¿a quién servimos realmente cuando invocamos el nombre de Dios?

    No es una pregunta de laboratorio. La vemos en el tablero del poder geopolítico actual, donde posiciones de derecha y de izquierda —cada una a su modo— recurren a la Escritura, o a su propia interpretación de ella, para legitimarse, y al mismo tiempo cuestionan, cuando no les resulta cómoda, la autoridad del Papa y del magisterio en cuestiones de gobierno y de los asuntos temporales. La vemos en la crítica a la autoridad del Papa León XIV que surge en círculos de ciertas corrientes evangélicas y entre algunos referentes de Silicon Valley, incómodos con su palabra sobre la guerra o sobre el rumbo de la Inteligencia Artificial; y la vemos también, desde el otro extremo del tablero, en gobiernos que quisieran un magisterio aliado de sus propias banderas, y distante justo cuando la Iglesia toca las contradicciones propias. La vemos, incluso, dentro de la propia Iglesia, en círculos católicos que se polarizan del mismo modo entre posturas conservadoras y progresistas, no siempre distinguiendo bien entre discernir con la Iglesia y acomodar el magisterio a una postura ya decidida de antemano.

    Es la pregunta que Jesús mismo respondió cuando le tendieron la trampa del tributo al César: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21). Una respuesta que no resuelve la tensión con una fórmula fácil, sino que la deja abierta como tarea permanente de discernimiento.

    Conviene decir desde el comienzo lo que este programa no es: ni villanos ni héroes. No busca culpables ni salvadores, ni cambiar un villano por otro, ni reemplazar a quienes hoy se señalan por quienes hoy se aplauden. El Evangelio juzga las obras y no las etiquetas, sea cual sea el lugar que cada uno ocupa en las coordenadas políticas o eclesiales. Lo que sí podemos hacer es examinar nuestras alianzas, empezando por las propias.

    Por eso hablamos de una encrucijada. La palabra no es casual: viene de «en-» y el antiguo castellano «crucijada», y esta, a su vez, de la misma raíz que nos da «cruz» —el lugar donde los caminos se cruzan y, al cruzarse, dibujan una cruz. No es una simple bifurcación, un cálculo entre opciones equivalentes. Es un lugar donde el Evangelio se encuentra, otra vez, con su propio signo distintivo: la cruz como escándalo, como entrega, como forma de un poder que no se parece a ningún otro poder. Cada vez que el Evangelio llega a una encrucijada del poder, llega en realidad a su cruz: al punto donde se decide si sigue siendo fiel a su forma propia o si se deja capturar por una lógica ajena a ella.

    De ahí el título que da marco a todo el recorrido: la teología del poder —cómo ciertas corrientes religiosas piensan, buscan y ejercen el poder— y, en espejo, el poder de la teología —la fuerza propia, distinta, que tiene el Evangelio cuando no se deja instrumentalizar, sino que ilumina desde su verdad más honda la vida social, política y económica.

    Detrás de la pregunta hay, además, un dilema moral que no es abstracto. Frente a un mundo polarizado, parece que solo quedan tres salidas: alinearse con un bando, plegarse a la ruptura contraria, o callar para no tomar partido. Cada persona, y de modo especial los jóvenes, lo vive a diario, muchas veces frente a sus pares y con el costo social de pertenecer o de quedar aislado. Hay dilemas auténticos, que piden discernimiento y no fórmulas. Y hay dilemas trampa, que obligan a elegir entre opciones mal planteadas. Este programa quiere ofrecer criterios para distinguir unos de otros, y mostrar que el Evangelio abre un camino que no se reduce a ninguna de esas tres salidas: el de una alianza que se mide por la cruz y no por la etiqueta.

    El programa se despliega en tres series, ordenadas en un recorrido que va de lo más particular a lo más constructivo. Empezamos mirando algunas corrientes ajenas para conocerlas con justicia; seguimos preguntándonos qué hace el poder con la fe, y qué hace la fe cuando se deja capturar; y llegamos, por último, a lo que nos corresponde a nosotros como Iglesia.

    Abordamos en primer lugar algunos aspectos que surgen ante las nuevas tendencias del protestantismo o evangelicalismo y su cruce con la vida política. Con las iglesias protestantes compartimos el mismo Evangelio, pero no necesariamente la misma comprensión o interpretación de él. Por eso la primera serie, «Algunas corrientes del evangelicalismo contemporáneo», es una guía para reconocer dispensacionalismo, reconstruccionismo, la Nueva Reforma Apostólica, el sionismo cristiano y la teología del éxito; para apreciar lo que tienen de genuino impulso evangélico, y para entender, desde las claves doctrinales propias de la fe católica, por qué la Iglesia sigue un camino distinto.

    Conocidas las corrientes, la pregunta pasa de lo que creen a lo que el poder hace con la fe. La segunda serie, «La Moneda del Poder», muestra que el Evangelio cautivo de ciertos dominionismos y la religión difusa de la tecnocracia contemporánea son dos caras de la misma moneda: dos maneras de poner la fe —o su sustituto funcional— al servicio de un poder que quiere asegurarse a sí mismo. A estas dos caras se suma, hacia el final de la serie, una moneda distinta: la Masonería, con su propia manera —simbólica y fraterna, no confesional— de ofrecer pertenencia y legitimación. La serie cierra con un criterio común de discernimiento para las tres monedas: ¿dónde están, en cada una, las marcas de la cruz?

    Finalmente, la tercera serie, «Al César lo que es del César», vuelve a la pregunta fundacional del Evangelio con una propuesta constructiva: una comprensión de la relación Iglesia-Estado a la luz del magisterio, y una ética del compromiso con el bien común, con la conducción política y con la administración de las realidades temporales. La pone a prueba en un caso cercano, la iniciativa de reformar el Artículo 135 del Código Penal; examina las trincheras, las plataformas y las plazas desde las que hoy se disputa la vida pública, y los criterios para discernir a quién autorizamos a hablar en nuestro nombre; mira el poder dentro de la propia Iglesia, ante el abuso, el encubrimiento y el clericalismo y plantea, más allá de las etiquetas de derecha e izquierda, con quién hacemos alianza y bajo qué condiciones, para saber qué significa servir fielmente en esos ámbitos.

    La pregunta es tan antigua como el Evangelio que queremos vivir. Jesús ya la formuló sin rodeos: «Nadie puede servir a dos señores […]. No pueden servir a Dios y al Dinero» (Mt 6,24; cf. Lc 16,13). Cambian los nombres de los señores —el dinero, el poder político, la tecnología, la causa que nos parece justa—, pero la disyuntiva es la misma: a quién le pertenece, en última instancia, nuestra lealtad.

    Tres series, una sola pregunta de fondo, planteada otra vez en cada encrucijada: ¿a quién servimos?

    Para quién y dónde

    Este programa de formación está pensado para fieles laicos, personas consagradas y clero, y para toda persona interesada en pensar su fe en diálogo con la vida pública. Se publica de forma extensa, artículo por artículo, en la página FJPS: Entre lo humano y lo divino, y en versión abreviada en Facebook e Instagram, con un resumen de cada entrega que remite al texto completo.

    Mapa del recorrido

    Este es el plan previsto. Según avancemos, podrán surgir modificaciones, y las iremos señalando.

    Primera serie · Algunas corrientes del evangelicalismo contemporáneo

    • Introducción: conocer antes de juzgar
    • Raíces y ramas: un breve recorrido por la familia evangélica
    • El dispensacionalismo en el panorama de la teología protestante — ¿una corriente apolítica?
    • El reconstruccionismo y la teonomía
    • La Nueva Reforma Apostólica y el mandato de las siete montañas
    • El sionismo cristiano
    • La teología del éxito
    • De la doctrina a la práctica: afirmaciones y actividades que delatan las corrientes
    • Para entender a un hermano evangélico: nueve claves doctrinales
    • Síntesis: una Iglesia que distingue sin descalificar

    Segunda serie · La Moneda del Poder

    • Introducción: de conocer las corrientes a discernir el poder
    • La acuñación: una moneda con dos caras|
    • La cara popular: el Evangelio cautivo
    • La cara de élite: la República Tecnológica
    • El poder de pago distinto
    • ¿Es el Evangelio soft?
    • La soberanía que el Evangelio propone
    • Una moneda diferente: la Masonería
    • ¿Dónde están las marcas de la cruz?

    Tercera serie · Al César lo que es del César

    • Tres aperturas: la tentación antigua, el título de la serie, y el escándalo de la cruz y la victoria del Resucitado
    • Iglesia y poder: un recorrido histórico hacia la Iglesia pobre
    • La relación Iglesia-Estado según el magisterio: ni integrismo ni laicismo
    • Ecumenismo sincero y diálogo interreligioso
    • Una ética del compromiso con el bien común
    • La Santa Sede en la encrucijada geopolítica de este siglo
    • El caso del Artículo 135: ¿es esta la causa del Evangelio?
    • Trincheras, plataformas y plazas: ¿a quién autorizamos a hablar en nuestro nombre?
    • El poder en casa: ¿qué hacemos con el poder que se nos confió?
    • Más allá de las etiquetas: ¿con quién hacemos alianza?
    • Epílogo: El pan, la cruz y la moneda

    Anexo · ¿A quién servimos? Grilla de autoevaluación

    Lo del César al César + Lo de Dios a Dios

  • EPÍLOGO

    Las sandalias quedan en el suelo

    Para leer al terminar la última jornada, o en la celebración de cierre del novenario

    Francisco murió sobre la tierra desnuda.

    Pidió que lo bajaran de la cama y lo pusieran en el suelo — para morir como había vivido, en contacto con la realidad, cerca de los pobres, lejos del privilegio. Y sus hermanos lo hicieron. Lo pusieron sobre la tierra de la Porciúncula, la capilla pequeña que había reparado con sus manos, el lugar que más amaba en el mundo.

    Allí murió cantando.

    Nosotros terminamos este novenario de pie, no en el suelo. Pero llevamos algo de esa tierra en los pies — algo de ese polvo del camino que Francisco pisó descalzo durante veinte años.

    Hemos caminado con él por diez jornadas. Hemos mirado su vida y hemos mirado la nuestra. Hemos escuchado el Evangelio y hemos mirado nuestra tierra paraguaya. Hemos rezado, hemos guardado silencio, hemos hecho pequeños gestos concretos que quizás parecían poca cosa pero que — si los hicimos de verdad — ya cambiaron algo por dentro.

    Eso es lo que hace un novenario. No resuelve todo. No transforma la sociedad de un día para otro. Pero mueve algo. Siembra algo. Abre una pregunta que no teníamos antes, o agudiza una que ya teníamos y habíamos aprendido a ignorar.

    Las sandalias de Francisco quedaron solas en la Porciúncula cuando él murió. Sus hermanos las miraron con reverencia — esas sandalias desgastadas que habían pisado los caminos de Umbría, que habían entrado en las casas de los leprosos, que se habían detenido ante los pájaros, que habían cruzado las líneas de guerra hacia el sultán.

    Esas sandalias cuentan una vida. Cada marca, cada surco, cada desgaste en el cuero es una historia — una historia de amor concreto, de servicio real, de fidelidad cotidiana al llamado recibido.

    Ahora nos toca a nosotros.

    Nuestras sandalias están aquí. Con el desgaste de nuestra vida — de nuestros caminos ya recorridos, de nuestros cansancios y nuestras alegrías, de los lugares donde hemos estado y de los que todavía no hemos llegado.

    La pregunta con la que terminamos el novenario es la misma con la que lo empezamos — pero ahora pesa diferente:

    ¿Qué historia contarán nuestras sandalias?

    No la historia de la perfección. No la historia del héroe sin defectos. La historia de alguien que fue llamado, que tuvo miedo, que empezó con lo que tenía, que cargó las piedras que le tocaron, que abrazó al leproso de su tiempo, que cantó el Cántico en medio del dolor, que dijo sí — no perfectamente, pero fielmente.

    Esa historia la estamos escribiendo. Con cada paso. Con cada gesto. Con cada sandalia que ponemos en el suelo de nuestra vida cotidiana.

    Francisco nos dejó sus huellas marcadas.

    Sigámoslas.

    Laudato si’, mi Signore.

    Pueblo: ¡Paz y bien!

  • JORNADA 10

    FRANCISCO, ALTER CHRISTUS

    Coronación del recorrido

    “He hecho lo que era mío hacer. Que Cristo os enseñe lo que es vuestro.”

    Últimas palabras de Francisco de Asís · 3 de octubre de 1226

    Oración de la Sandalia

    Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

    Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

    Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

    Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

    Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

    ¡Paz y bien!

    La Sandalia

    Era el 17 de septiembre de 1224. Francisco llevaba cuarenta días en ayuno y oración en el Monte de la Verna, un peñasco solitario en los Apeninos toscanos. Estaba enfermo, casi ciego, exhausto. Había pasado la vida entera tratando de seguir a Cristo — de amarlo como Cristo amó, de servir como Cristo sirvió, de hacerse pobre como Cristo se hizo pobre.

    Y en ese amanecer del Monte de la Verna, algo ocurrió que no tiene explicación racional y que la Iglesia reconoció como milagro: Francisco recibió los estigmas. Las cinco llagas de Cristo — en las manos, en los pies, en el costado — aparecieron en su cuerpo.

    No las buscó. No las pidió. Las recibió. Y las ocultó. Durante los dos años que le quedaban de vida, Francisco cubrió sus manos con las mangas del hábito y nunca habló de lo que había recibido. No era un trofeo. Era un misterio.

    Los estigmas de Francisco no son ante todo un prodigio físico. Son el signo visible de lo que había sido su vida entera: una vida tan identificada con Cristo que el cuerpo empezó a parecerse al cuerpo del Crucificado.

    Alter Christus — otro Cristo. No porque Francisco fuera Dios. Sino porque se dejó moldear tan profundamente por el amor de Cristo que quien lo miraba a él veía algo de Cristo. Eso es la santidad: no la perfección moral, sino la transparencia — dejar que la luz de Cristo brille a través de uno.

    Francisco murió el 3 de octubre de 1226, en la Porciúncula, sobre la tierra desnuda, cantando el Salmo 141. Tenía cuarenta y cuatro años. Sus últimas palabras fueron una bienvenida a la hermana muerte y una despedida a sus hermanos:

    “He hecho lo que era mío hacer. Que Cristo os enseñe lo que es vuestro.”

    La Palabra

    Estoy crucificado con Cristo. Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí.

    Gálatas 2, 19-20 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

    El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

    Hemos recorrido nueve jornadas. Hemos caminado con Francisco por la vocación y la pobreza, por la fraternidad y la creación, por la reconciliación y la devoción, por la juventud y la Iglesia y el Evangelio.

    Hoy llegamos al fondo. Al centro de todo. El bien común no se construye con técnicas ni con leyes ni con instituciones solamente. Se construye con personas que se dejan transformar por el amor de Cristo hasta volverse transparentes — hasta que su vida sea un signo de que otro mundo es posible.

    Esa fidelidad tiene un nombre que nos pertenece a todos desde el día del bautismo: vocación. Todos fuimos llamados. Todos recibimos en el bautismo la misma dignidad, el mismo Espíritu, el mismo envío. La vocación bautismal no es privilegio de unos pocos — es la herencia común de todos los hijos de Dios.

    Pero esa vocación común se concreta de manera única en cada vida. La de Francisco se concretó en la pobreza, en los leprosos, en el Cántico, en las llagas. La tuya se concreta en tu nombre, en tu historia, en tu tierra, en las personas que te rodean.

    Nadie puede vivir tu vocación por ti. Nadie puede reparar la casa que te toca a ti. Esa es tu sandalia. Única. Irrepetible. Tuya.

    La Reflexión

    Al final del novenario, Francisco nos hace una sola pregunta. No diez — una.

    ¿Me amas?

    Esa es la pregunta que está detrás de todo. Detrás de la vocación y de la pobreza, de la fraternidad y de la creación, de la reconciliación y de la devoción, de la misión y del servicio.

    Francisco respondió que sí con su vida entera. No con palabras — con piedras cargadas en San Damián. Con brazos abiertos al leproso. Con un cántico compuesto en la oscuridad de la ceguera. Con cinco llagas recibidas en un monte solitario. Con un cuerpo puesto sobre la tierra desnuda al morir.

    Y ahora nos la hace a nosotros. Pero Francisco añadiría lo que sus últimas palabras ya contienen: Que Cristo os enseñe lo que es vuestro. No lo que fue de Francisco. Lo tuyo.

    Porque la vocación bautismal es una — todos somos hijos de Dios, todos somos discípulos de Cristo, todos somos enviados. Pero se concreta de manera única en cada vida. En cada nombre. En cada historia. En cada tierra.

    En Paraguay, hoy, hay una casa que reparar. Hay leprosos que abrazar. Hay un Cántico que cantar en medio del dolor. Hay jóvenes que esperan que alguien crea en ellos. Hay pobres que esperan ser tratados como protagonistas. Hay una Iglesia que necesita ser más sinodal. Hay una creación que necesita custodios fieles.

    Esa es nuestra misión histórica. Esa es la vocación bautismal concretada en este tiempo, en esta tierra, en este pueblo.

    Francisco nos dice: no esperes a ser santo para empezar. Yo empecé siendo un joven confundido. Empecé con una capilla en ruinas y unas piedras en las manos. Empecé con miedo ante el leproso.

    Empieza donde estás. Con lo que tienes. Con quien tienes al lado. Las huellas ya están marcadas. Solo hay que seguirlas.

    El Silencio

    Un momento de silencio — más largo que los otros días. Dejamos que todo lo que hemos recorrido repose. Y escuchamos la pregunta que Francisco nos deja: ¿Qué es lo vuestro?

    (Silencio de dos minutos.)

    La Oración

    Señor Jesús, tú que te hiciste pobre para enriquecernos, tú que te hiciste siervo para liberarnos, tú que te hiciste herida para sanarnos. Gracias por Francisco — por ese hombre de Asís que te tomó en serio, que creyó que el Evangelio era posible, que demostró con su vida que otro mundo es posible. Gracias por estos días de camino. Por cada escena de su vida que nos interpeló. Por cada pregunta sobre el bien común que todavía nos incomoda — porque la incomodidad es señal de que algo se está moviendo por dentro. Haznos, Señor, lo que fuimos llamados a ser desde el día de nuestro bautismo: no copias de Francisco, sino originales tuyos. Cada uno con su nombre, su historia, su sandalia. Que reparemos la casa que nos toca. Que abracemos al leproso de nuestro tiempo. Que cantemos el Cántico en medio del dolor. Que caminemos descalzos hacia lo que amamos. Y que al final podamos decir: He hecho lo que era mío hacer. Como Francisco, queremos decirte:

    Pueblo: Señor Jesús, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amamos.

    El Cierre

    Gesto del día: No es un gesto para hoy solamente. Es una decisión. Toma la sandalia jubilar — o imagínala si no la tienes — y ponla frente a ti. Mírala. Y pregúntate: ¿qué casa me toca reparar a mí? ¿Qué leproso me toca abrazar? ¿Qué parte del Cántico me toca cantar? Esa respuesta es tu vocación. Esa es tu sandalia.

    Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

    (Cántico del Hermano Sol — completo, con la estrofa de la reconciliación y la estrofa de la hermana muerte.)

    Aclamación final — solo en la Jornada 10: Laudato si’, mi Signore. Alabado seas, Señor. Pueblo: ¡Paz y bien!

  • JORNADA 9

    DEL AMOR AL EVANGELIO

    Predica siempre el Evangelio. Si es necesario, usa también las palabras.

    Atribuido a San Francisco de Asís · Palabra, oración, misión a los sencillos

    Oración de la Sandalia

    Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

    Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

    Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

    Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

    Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

    ¡Paz y bien!

    La Sandalia

    Francisco no era teólogo. No había estudiado en las grandes universidades de su tiempo. No tenía títulos, ni bibliotecas, ni argumentos elaborados.

    Tenía el Evangelio.

    Lo escuchó un día en la misa — la instrucción de Jesús a los discípulos cuando los envió de misión: sin bolsa, sin alforja, sin sandalias. Y lo tomó al pie de la letra. Literalmente. Se quitó las sandalias, tiró el bastón, y salió a predicar descalzo, sin nada, tal como lo había escuchado.

    Hay una historia que lo dice todo. Un día Francisco invitó a fray Maseo a predicar con él por el pueblo. Caminaron por las calles, saludaron a la gente, observaron, pasaron por las plazas y los callejones. Y volvieron al convento sin haber pronunciado un solo sermón.

    Fray Maseo estaba desconcertado. Le preguntó: Hermano, ¿pero no habíamos salido a predicar?

    Francisco respondió con serenidad: “Hemos predicado. Nuestra manera de caminar, de saludar, de mirar a las personas — eso es la predicación. Las palabras, si hace falta, vienen después.” Predica siempre el Evangelio. Si es necesario, usa también las palabras.

    La Palabra

    Después de esto, el Señor designó a otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos delante de él, a todos los pueblos y lugares a donde él mismo iba a ir. Y les dijo: la cosecha es abundante pero los trabajadores son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que mande trabajadores a su cosecha. ¡Vayan! Los estoy enviando como corderos en medio de lobos. Cuando entren en un pueblo y los reciban, coman lo que les sirvan, curen a los enfermos que haya allí y díganles: el Reino de Dios está cerca de ustedes.

    Lucas 10, 1-3.8-9 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

    El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

    El Evangelio no es un texto privado. No es un tesoro para guardar — es una semilla para sembrar. Y las semillas no se guardan en el bolsillo: se tiran a la tierra, se mojan con la lluvia, se exponen al sol y al viento, y dan fruto multiplicado.

    La Buena Noticia quiere rescatar nuestra humanidad — devolvernos la dignidad que el pecado, la injusticia y el olvido nos quitan. Quiere iluminar el sentido de nuestra vida — responder esa pregunta que todos llevamos adentro y que el ruido del mundo no puede callar. Y quiere encaminar nuestras relaciones — transformar la manera en que nos tratamos, nos miramos, nos servimos o nos ignoramos.

    Por eso el Evangelio es eficaz cuando penetra en la tierra buena. No en la tierra dura del corazón cerrado. En la tierra buena de quien escucha, acoge y da fruto.

    Paraguay es un pueblo profundamente religioso. Esa fe es una riqueza enorme. Pero el Evangelio que no se vive se apaga. La fe que no se comparte se encoge.

    ¿Hay alguien cerca de nosotros que espera escuchar la Buena Noticia en un lenguaje que pueda entender?

    La Reflexión

    Francisco tenía una convicción que lo distinguía de muchos predicadores de su tiempo: el Evangelio no necesita ser defendido — necesita ser vivido. No necesita guardianes — necesita testigos.

    Esa distinción es fundamental. El guardián cuida el tesoro para que no se pierda. El testigo lo comparte para que se multiplique. El guardián tiene miedo. El testigo tiene gozo.

    Francisco predicaba con gozo. No con amenazas, no con argumentos, no con la autoridad de los títulos. Predicaba con su vida — con su pobreza, con su alegría, con su libertad. Y la gente lo escuchaba porque veía en él algo que no encontraba en otro lado: un hombre que creía de verdad lo que decía, y que vivía de verdad lo que creía.

    En Paraguay, la cosecha es abundante. Hay una sed espiritual real — en los barrios, en el campo, en las periferias, en los jóvenes que buscan sin saber qué buscan. Hay personas que esperan escuchar el Evangelio en guaraní, en el lenguaje de su vida cotidiana, en palabras que no suenen a fórmula sino a verdad viva.

    Las palabras que no se viven son ruido. El mejor sermón es una vida.

    El Silencio

    Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.

    (Silencio de un minuto.)

    La Oración

    Señor Jesús, tú nos enviaste como corderos entre lobos y prometiste que no estaríamos solos. Gracias por el Evangelio — esa Buena Noticia que no envejece, que siempre es nueva, que siempre encuentra su camino hacia el corazón que la espera. Perdónanos cuando lo guardamos en lugar de sembrarlo. Perdónanos cuando hablamos de ti sin vivir lo que decimos. Danos el fuego de Francisco: que leyó el Evangelio de rodillas, que lo creyó sin matices, que lo predicó con su vida antes que con su boca, que llevó la Buena Noticia a los sencillos en el lenguaje de los sencillos. Haznos testigos, no guardianes. Haznos sembradores, no acaparadores. Haznos misioneros que salen con las manos vacías y el corazón lleno. Como Francisco, queremos decirte:

    Pueblo: Señor, aquí estamos. Envíanos.

    El Cierre

    Gesto del día: Hoy, comparte el Evangelio con alguien — no con un discurso, sino con un gesto. Un acto de bondad gratuita, una palabra de aliento, una presencia que no pide nada a cambio. Eso es predicar sin palabras, como Francisco.

    Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

    (Cántico franciscano.)

  • JORNADA 8

    DEL AMOR A LA IGLESIA

    Frailes Menores. Los menores. Los últimos. Los que no mandan, no gobiernan, no presiden. Los que sirven.

    Minoridad, sinodalidad, encuentro

    Oración de la Sandalia

    Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

    Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

    Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

    Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

    Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

    ¡Paz y bien!

    La Sandalia

    Francisco amó a la Iglesia con una intensidad que desconcertaba — y que sigue desconcertando.

    La amó cuando era joven y la Iglesia estaba llena de clérigos corruptos, de obispos que acumulaban riquezas, de una institución que había olvidado a los pobres. No la abandonó. No la atacó. La reparó — como había reparado San Damián, piedra por piedra, desde adentro.

    Inventó para su fraternidad un nombre que lo decía todo: Frailes Menores. Los menores. Los últimos. Los que no mandan, no gobiernan, no presiden. Los que sirven. En una Iglesia tentada por el poder, Francisco eligió la minoridad. En una institución que miraba desde arriba, él eligió mirar desde abajo.

    Y desde abajo vio lo que no se ve desde arriba. Vio a los leprosos. Vio a los pobres. Vio al sultán. Vio a Clara. Vio la creación entera como un himno de alabanza.

    La minoridad no es debilidad. Es una posición. Una manera de estar en el mundo y en la Iglesia que permite ver lo que el poder oculta.

    La Palabra

    Entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera ser grande entre ustedes, deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, deberá ser su esclavo. De la misma manera, el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

    Mateo 20, 26-28 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

    El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

    La Iglesia puede ser seducida. Por el poder, por la ambición, por el prestigio, por la posición. No es una tentación solo de los de arriba — es una tentación que recorre todos los niveles.

    En las esferas de autoridad, se manifiesta cuando se gobierna sin escuchar, cuando se decide sin consultar. Pero también entre todos nosotros: en el pa’i ma heí — el que habla en nombre del sacerdote y cierra puertas que no le corresponde cerrar. En el catequista que se apropia de su grupo. En la sacristana que decide quién puede y quién no puede. En el capillismo que convierte una comunidad de fe en un club de los de siempre.

    El antídoto que Francisco nos ofrece es la minoridad. Y el antídoto que el Papa Francisco nos propone hoy es la sinodalidad — caminar juntos, escucharse mutuamente, reconocer que el Espíritu habla a través de todos los bautizados.

    En una capilla, en una parroquia, en una diócesis: todos deben ser escuchados. Todas las vocaciones, todos los carismas, todos los bautizados, son animados por el mismo Espíritu. Ninguna función en la Iglesia da más Espíritu que otra — da más responsabilidad, más servicio, más rendición de cuentas.

    ¿Hay en nuestra comunidad alguien que no es escuchado y debería serlo?

    La Reflexión

    Hay una escena de la vida de Francisco que pocas veces se cuenta. Cuando los primeros frailes eran apenas doce y fueron a Roma a pedir al Papa Inocencio III la aprobación de su regla, el Papa los miró con desconfianza. Eran pobres, descalzos, sin estudios, sin recursos.

    Esa noche, el Papa tuvo un sueño: veía a la Basílica de Letrán — la catedral de Roma, la madre de todas las iglesias — inclinarse peligrosamente, a punto de caer. Y un pequeño fraile descalzo la sostenía con sus hombros. Inocencio entendió. Los aprobó.

    Francisco no salvó a la Iglesia con poder. La salvó con minoridad. Con pobreza. Con autenticidad. Pero hay algo más en esa historia: el Papa escuchó. Escuchó a esos doce pobres que venían del fondo de Italia sin nada más que su convicción. Y lo que escuchó le cambió la visión. Eso es la sinodalidad antes de que tuviera ese nombre.

    En Paraguay, la Iglesia tiene una historia larga de servicio heroico y también una historia de clericalismo real. Los dos son verdad. Los dos necesitan ser nombrados. Porque solo lo que se nombra puede cambiar.

    El Silencio

    Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.

    (Silencio de un minuto.)

    La Oración

    Señor Jesús, tú que siendo Dios te hiciste siervo, tú que siendo el primero elegiste ser el último, tú que pudiendo mandar decidiste lavar los pies. Perdónanos el clericalismo — el de los que tienen autoridad y no escuchan, y el de todos nosotros cuando usamos nuestra pequeña posición para cerrarnos en lugar de abrirnos. Perdónanos el capillismo que convierte la comunidad en club, la fe en territorio, el servicio en poder. Danos el Espíritu de Francisco: que amó a la Iglesia siendo menor en ella. Haznos una Iglesia sinodal — que camina junta, que escucha a todos, que reconoce el Espíritu en cada bautizado, en cada vocación, en cada carisma. Como Francisco, queremos decirte:

    Pueblo: Señor, haznos servidores de tu Iglesia.

    El Cierre

    Gesto del día: Hoy, en tu comunidad, identifica a alguien que nunca es escuchado — alguien que tiene algo que decir y nadie le pregunta. Hazle una pregunta genuina y escucha su respuesta. Ese es el primer gesto sinodal.

    Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

    (Cántico franciscano.)

  • JORNADA 7

    DE LA JUVENTUD DE CRISTO

    Francisco tenía veinticinco años cuando lo dejó todo. No era un anciano que miraba atrás y hacía balance. Era un joven en la plenitud de su energía.

    Los jóvenes paraguayos

    Oración de la Sandalia

    Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

    Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

    Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

    Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

    Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

    ¡Paz y bien!

    La Sandalia

    Francisco tenía veinticinco años cuando lo dejó todo.

    No era un anciano que miraba atrás y hacía balance. Era un joven en la plenitud de su energía, con el mundo por delante y todas las puertas abiertas. Tenía dinero, tenía amigos, tenía sueños. Y los soltó — no porque la vida lo hubiera derrotado, sino porque encontró algo que valía más.

    Pero antes de llegar a ese momento, Francisco fue lo que son muchos jóvenes: inquieto, buscador, algo perdido. Festejaba hasta el amanecer. Soñaba con la gloria militar. Buscaba en el ruido lo que el ruido no podía darle.

    Y cuando empezó a encontrar — en el silencio, en la oración, en el rostro de los pobres — fue radical. Como solo los jóvenes saben ser radicales. Sin medias tintas. Sin calcular demasiado. Con esa capacidad de apostarlo todo que se va perdiendo con los años.

    Francisco no fue un joven que esperó a ser adulto para vivir el Evangelio. Lo vivió siendo joven. Con la urgencia, el entusiasmo y la valentía que solo tiene quien todavía no aprendió a tener miedo.

    Ese fuego no se apagó. Sigue ardiendo. Arde en cada joven que busca con honestidad, que se indigna ante la injusticia, que no se conforma con lo que le ofrecen.

    La Palabra

    Cuando Jesús iba a ponerse en camino, llegó corriendo un hombre y, arrodillándose ante él, le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para tener la vida eterna?” Jesús le dijo: “Ya sabes los mandamientos.” El hombre respondió: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud.” Jesús lo miró con amor y le dijo: “Una sola cosa te falta: ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.” Pero él, ante estas palabras, se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes.

    Marcos 10, 17-22 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

    El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

    Paraguay es un país joven. Más de la mitad de su población tiene menos de treinta años. Eso es una riqueza enorme — y una responsabilidad enorme también.

    Cada joven es una promesa que quiere hacerse realidad. Trae consigo una energía, una creatividad, una capacidad de indignación ante la injusticia que los mayores vamos perdiendo con los años. No son el futuro — son el presente. Y el presente les pertenece también a ellos.

    Cuidar el bien común es pensar con los jóvenes, no solamente para ellos. Es confiarles responsabilidades reales antes de que demuestren que las merecen — porque la confianza no es el premio al final del camino, es el combustible para recorrerlo.

    Una juventud que se pierde — por falta de cuidado, por falta de oportunidades — es una herida en el bien común. Nuestras instituciones tienen que invertir más: más en valores, más en recursos, más en oportunidades. No como gasto — como siembra.

    Jóvenes sanos es sociedad sana. Y una sociedad sana empieza por creer que cada joven que tiene enfrente es una promesa que vale la pena cuidar.

    La Reflexión

    El joven rico del Evangelio es uno de los personajes más honestos de todo el Nuevo Testamento. No mintió. No pretendió. Preguntó de verdad: ¿qué me falta? Y cuando Jesús le respondió, tuvo la honestidad de irse triste — sin fingir que aceptaba lo que no podía aceptar.

    Jesús lo miró con amor. No con decepción, no con juicio — con amor. Esa es la primera lección: antes de pedirle algo a un joven, hay que mirarlo. Verlo. Tomarlo en serio.

    Francisco fue ese joven que, cuando Jesús le dijo una sola cosa te falta, no se fue triste. Se quedó. Y lo apostó todo. No porque fuera más valiente que el joven rico — sino porque alguien lo había mirado con amor primero, y esa mirada lo había cambiado por dentro.

    Los jóvenes paraguayos de hoy merecen esa misma mirada. Pensar con ellos significa generar condiciones para que se arraiguen: en la cultura guaraní y cristiana que los precede, en el trabajo que les da dignidad, en la comunidad que los sostiene.

    Porque un joven que se arraiga construye. Y un país donde los jóvenes quieren quedarse es un país que tiene futuro.

    El Silencio

    Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.

    (Silencio de un minuto.)

    La Oración

    Señor Jesús, tú miraste al joven rico con amor antes de pedirle que lo soltara todo. Gracias por los jóvenes de Paraguay — por su energía y su creatividad, por su indignación ante la injusticia, por su capacidad de apostar cuando los mayores ya calculamos demasiado. Perdónanos cuando los tratamos como problema en lugar de como solución. Perdónanos cuando les cerramos puertas en lugar de abrirlas. Dales el corazón de Francisco: joven, radical, libre, capaz de apostarlo todo por lo que de verdad vale. Y danos a nosotros la mirada de Jesús sobre ellos: la mirada que ve antes de pedir, que ama antes de exigir, que confía antes de juzgar. Como Francisco, queremos decirte:

    Pueblo: Señor, renueva en nosotros el corazón joven.

    El Cierre

    Gesto del día: Si eres joven: pregúntate qué es lo que más te ata — y si hay algo que podrías soltar para ser más libre. Si no eres joven: piensa en un joven concreto de tu comunidad. ¿Qué puedes hacer hoy para abrirle una puerta, darle una responsabilidad, decirle que confías en él?

    Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

    (Cántico franciscano.)

  • JORNADA 6

    DE LAS DEVOCIONES Y LA VIRGEN MARÍA

    La vio íntegra, la que la maldad no corrompe. La vio servidora, que se dona y se desvive. Y la vio maestra y educadora, que forma el corazón y la mente, y mueve la voluntad al bien.

    Francisco de Asís sobre la Virgen María

    Oración de la Sandalia

    Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

    Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

    Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

    Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

    Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

    ¡Paz y bien!

    La Sandalia

    Francisco amó a María desde el principio. No con un amor sentimental o decorativo — con un amor que tenía raíces y consecuencias.

    Cuando era joven y buscaba un lugar donde orar, encontró una pequeña capilla en ruinas en el valle debajo de Asís. Se llamaba Santa María de los Ángeles. Francisco la reparó con sus propias manos — piedra por piedra. Y esa capillita se convirtió en el corazón de su familia religiosa. La llamó la Porciúncula — la pequeña porción.

    Francisco llamaba a María Virgen hecha Iglesia. No solo madre de Jesús — sino imagen de lo que la Iglesia está llamada a ser. Una comunidad que escucha, que acoge, que dice sí.

    Pero sobre todo, Francisco veía en María tres rasgos que lo fascinaban y lo desafiaban:

    La vio íntegra — la que la maldad no corrompe. En un mundo que presiona, que seduce, que dobla voluntades, María permaneció entera. Lo que creía y lo que vivía era lo mismo.

    La vio servidora — que se dona y se desvive. Apenas recibió el anuncio del ángel, partió hacia su prima Isabel. No esperó que la sirvieran. Salió. Se gastó.

    Y la vio maestra y educadora — que forma el corazón y la mente, y mueve la voluntad al bien. María formó a Jesús. Le enseñó a hablar, a rezar, a conocer las Escrituras. Nadie enseñó a Jesús a ser humano — solo María.

    En Paraguay, María tiene un nombre concreto: Caacupé. Millones de peregrinos caminan hacia ella cada 8 de diciembre, descalzos muchos de ellos. Descalzos. Como Francisco. Como los que siguen sus huellas.

    La Palabra

    Entonces María dijo: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en la pequeñez de su sierva. Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí.

    Lucas 1, 46-49 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

    El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

    María en el Magnificat no canta solo su alegría personal. Canta una revolución. Canta que Dios derriba a los poderosos de sus tronos y eleva a los humildes.

    Esos tres rasgos de María — integridad, servicio, educación — son exactamente lo que necesita la Casa Común para sostenerse. Una casa necesita personas íntegras, que no se compran. Personas que sirven, que aportan antes de preguntar qué les toca. Y educadores que formen el corazón y la mente de las nuevas generaciones.

    La devoción verdadera no se queda en el santuario. Sale a la calle. Se convierte en compromiso, en defensa de la vida, en resistencia a todo lo que destruye la dignidad humana.

    ¿Qué nos está pidiendo María que hagamos en el Paraguay de hoy?

    La Reflexión

    Hay algo que une a Francisco y a María que va más allá de la devoción: los dos dijeron sí sin saber del todo a qué decían sí.

    María dijo sí al ángel sin saber lo que ese sí le costaría. Sin saber que terminaría de pie al pie de una cruz. Dijo sí de todas formas. Porque confiaba. Porque era íntegra — su corazón y su voluntad apuntaban en la misma dirección que su fe.

    Pero María no solo dijo sí — se movió. Fue hacia Isabel. Fue a Caná. Estuvo al pie de la cruz cuando todos habían huido. No fue una mujer pasiva. Fue una mujer que enseñó con su vida antes que con sus palabras. Y en Caná, les dijo a los sirvientes:

    Hagan lo que él les diga.

    Esa frase resume toda su pedagogía. No da discursos — señala a Cristo. No sustituye la voluntad humana — la educa, la forma, la orienta hacia el bien.

    El Silencio

    Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.

    (Silencio de un minuto.)

    La Oración

    Señora nuestra, Virgen María, tú dijiste sí cuando no sabías el precio. Tú caminaste en la oscuridad confiando en la luz. Gracias por tu integridad — que nos enseña que se puede vivir sin doblarse. Gracias por tu servicio — que nos enseña a salir, a darnos, a gastarnos. Gracias por tu pedagogía — que formaste el corazón de Jesús, que educas el nuestro con paciencia, que mueves nuestra voluntad hacia el bien. Enséñanos a decir sí como tú dijiste sí. Enséñanos a caminar descalzos hacia lo que amamos. Enséñanos que la devoción verdadera no se queda en el santuario sino que sale a construir la Casa Común. Como Francisco en la Porciúncula, como los peregrinos de Caacupé, queremos decirte:

    Pueblo: Santa María, madre nuestra, ruega por nosotros.

    El Cierre

    Gesto del día: Hoy, reza un Ave María despacio — muy despacio, palabra por palabra. Y cuando llegues a “ruega por nosotros”, piensa en alguien concreto por quien quieres pedirle a María que interceda.

    Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

    (Cántico franciscano — o una estrofa del canto a la Virgen de Caacupé.)

  • JORNADA 5

    DE LA RECONCILIACIÓN SOCIAL

    Alabado seas, mi Señor, por los que perdonan por tu amor, y soportan enfermedad y tribulación. Bienaventurados los que las sufren en paz, pues por ti, Altísimo, serán coronados.

    Estrofa de la reconciliación · Cántico del Hermano Sol

    Oración de la Sandalia

    Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

    Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

    Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

    Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

    Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

    ¡Paz y bien!

    La Sandalia

    Era el verano de 1225. Francisco estaba enfermo, casi ciego, recluido en San Damián. Acababa de componer el Cántico del Hermano Sol — ese himno luminoso nacido en el fondo del dolor.

    Pero en Asís había una sombra que lo inquietaba. El obispo Guido y el «podestá» — el gobernador civil de la ciudad — estaban enfrentados. Un conflicto de poder, de jurisdicción, de orgullo herido. Se habían excomulgado mutuamente. La ciudad entera se había dividido en dos bandos. Y mientras los dos jefes se peleaban, la ciudad que los dos debían servir se deterioraba.

    Francisco no podía caminar. No podía ver bien. Pero mandó llamar a los dos.

    Y cuando estuvieron reunidos, hizo cantar ante ellos una nueva estrofa del Cántico — que había compuesto especialmente para ese momento:

    Alabado seas, mi Señor, por los que perdonan por tu amor, y soportan enfermedad y tribulación. Bienaventurados los que las sufren en paz, pues por ti, Altísimo, serán coronados.

    El obispo y el «podestá» escucharon en silencio. Y algo se rompió por dentro — en los dos. El gobernador se arrodilló ante el obispo. El obispo lo levantó y lo abrazó.

    Francisco no los convenció con argumentos. Los conmovió con belleza. Y les hizo ver que su pelea personal estaba destruyendo la Casa Común — la ciudad que los dos tenían la obligación de servir.

    Darse la mano es reconciliarse. Y la reconciliación empieza cuando uno decide que la Casa Común importa más que tener razón.

    La Palabra

    Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Por eso, si cuando vas a presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a presentar tu ofrenda.

    Mateo 5, 9.23-24 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

    El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

    El obispo y el «podestá» se peleaban entre ellos. Pero mientras se peleaban, la ciudad sufría. Los que pagaban el precio de su orgullo no eran ellos — eran los ciudadanos de Asís, que vivían en una comunidad dividida, sin liderazgo, sin paz.

    La política no es un ring donde se gana o se pierde. Es un servicio. Y los que sirven tienen la obligación de mirar más allá de sus diferencias personales e ideológicas, y ver la Casa Común que todos comparten y que todos necesitan.

    La reconciliación social no pide que todos piensen igual. Pide que todos miren en la misma dirección: hacia la casa que habitamos juntos, que necesita las manos de todos para sostenerse. Darse la mano es el primer gesto de esa construcción común.

    ¿Hay en nuestra comunidad, en nuestra diócesis, en nuestro país, un obispo y un «podestá» que necesitan escuchar el Cántico de Francisco?

    La Reflexión

    Francisco no convocó al obispo y al «podestá» para arbitrar entre ellos. No tomó partido. Hizo algo mucho más inteligente y mucho más profundo: les mostró belleza. Les cantó la creación. Les recordó que antes de ser obispo y gobernador, antes de tener jurisdicciones y orgullos heridos, los dos eran hombres creados por el mismo Dios, llamados a servir a la misma ciudad, destinados al mismo fin.

    Jesús lo dijo con una imagen que descoloca: antes de presentar tu ofrenda en el altar, ve a reconciliarte con tu hermano. Primero el puente, después el culto. Primero la mano tendida, después la oración.

    En Paraguay, los conflictos sin resolver son muchos y profundos. Entre personas, entre comunidades, entre instituciones, entre partidos. Hay heridas que tienen décadas. Hay rencores que se heredan de padres a hijos.

    Francisco nos recuerda que ninguna división es eterna. Que siempre hay un momento en que alguien puede hacer cantar el Cántico. Que reconciliarse no es rendirse — es reconocer que la Casa Común importa más que ganar la pelea.

    El Silencio

    Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.

    (Silencio de un minuto.)

    La Oración

    Señor Jesús, tú eres nuestra paz. Tú derribaste el muro que nos separaba y lo hiciste con tu propio cuerpo. Gracias porque nos mostraste que la reconciliación es posible — que el adversario puede convertirse en hermano, que dos manos que se tienden pueden construir lo que dos puños cerrados destruyen. Perdónanos cuando preferimos tener razón a tener paz. Perdónanos cuando usamos el poder para dividir en lugar de para servir. Perdónanos cuando olvidamos que la Casa Común necesita las manos de todos. Danos el corazón de Francisco: que no tomó partido sino que mostró belleza, que supo que darse la mano es el primer gesto de toda construcción. Como Francisco, queremos decirte:

    Pueblo: Señor, haznos instrumentos de tu paz.

    El Cierre

    Gesto del día: Hoy, piensa en una división que existe en tu comunidad. Solo pregúntate: ¿qué Casa Común estamos destruyendo mientras nos peleamos? ¿Y qué pequeño gesto podría ser el primer paso hacia la paz?

    Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

    (Cántico franciscano — si es posible, la estrofa de la reconciliación del Cántico del Hermano Sol.)

  • JORNADA 4

    DEL AMOR A LA CREACIÓN

    Laudato si’, mi Signore, cum tucte le tue creature. — Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas.

    Cántico del Hermano Sol · Francisco de Asís

    Oración de la Sandalia

    Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

    Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

    Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

    Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

    Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

    ¡Paz y bien!

    La Sandalia

    Era el otoño de 1225. Francisco estaba ciego, enfermo, casi al final de su vida. Vivía en una choza de cañas en el jardín del convento de San Damián. No podía ver la luz del sol. Los médicos le habían cauterizado las sienes con hierro al rojo vivo para intentar curarle los ojos. El dolor era constante.

    Y en ese momento — en el fondo de la enfermedad, en la oscuridad de la ceguera, en la pobreza más radical — Francisco compuso el cántico más luminoso de la literatura italiana medieval.

    Laudato si’, mi Signore, cum tucte le tue creature. Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas.

    Hermano Sol. Hermana Luna. Hermano Viento. Hermana Agua — útil, humilde, preciosa, casta. Hermano Fuego. Hermana Tierra nuestra madre, que nos sustenta y gobierna.

    Francisco no cantó la creación desde la comodidad. La cantó desde el dolor. No la alabó porque le fuera bien. La alabó porque la conocía. Porque se había detenido a mirarla, a escucharla, a comprenderla. Porque había aprendido a ver — con los ojos del corazón — que todo viene de Dios y todo habla de Dios.

    Quien conoce algo de verdad, lo ama. Quien lo ama, lo cuida. Quien lo cuida, lo entrega.

    La Palabra

    El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara.

    Génesis 2, 15

    Miren los pájaros del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros, y sin embargo el Padre celestial los alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellos?

    Mateo 6, 26 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

    El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

    Amar la creación presupone conocerla. Comprender cómo funciona la tierra, qué necesita el agua para seguir siendo agua limpia, qué le pasa al suelo cuando se lo sobreexplota sin descanso. No se puede cuidar lo que no se conoce. Y no se puede respetar lo que no se valora.

    El hombre fue puesto en el jardín para cultivarlo y cuidarlo — no para destruirlo. Es custodio, no dueño. El custodio no explota lo que le fue confiado — lo administra con responsabilidad, pensando no solo en hoy sino en mañana. En los hijos. En los hijos de los hijos.

    En Paraguay, la creación está herida. El Chaco pierde bosques a un ritmo que asusta. Los ríos están contaminados. Las comunidades indígenas ven destruidos los territorios que habitaron por siglos. El suelo se agota bajo el peso de los monocultivos.

    Amar la creación es amar a todos los que la habitamos — todos los seres vivos, y en particular el hombre, llamado a ser su custodio, para que esa tierra produzca para hoy y para mañana.

    ¿Estamos siendo buenos custodios de la creación que se nos confió?

    La Reflexión

    Francisco amó la creación porque la conoció. Porque se detenía. Porque no pasaba corriendo por el mundo como si fuera un escenario de fondo.

    Hay una escena de su vida que lo dice todo: caminando por el campo, Francisco veía volar a los pájaros y se detenía a predicarles. Para Francisco, los pájaros no necesitaban que les predicara la fe. Ya la vivían. Volaban libres, cantaban, no acumulaban, no se angustiaban por el mañana. Eran, sin saberlo, el Evangelio hecho plumas y viento.

    Nosotros hemos aprendido a mirar la creación de otra manera: como recurso. Como mercancía. Como cosa que se usa y se descarta. Y esa mirada nos ha costado caro.

    Pero hay algo más grave aún que la destrucción material: es la pérdida del asombro. Cuando uno deja de asombrarse ante el amanecer, ante el río, ante el árbol que florece, ha perdido algo esencial de su humanidad. Ha dejado de ser custodio para convertirse en explotador.

    Francisco nos propone una conversión de la mirada. Conocer antes de usar. Respetar antes de tomar. Cuidar para poder entregar. Ver en la tierra no a la esclava sino a la madre que nos sustenta.

    El Silencio

    Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.

    (Silencio de un minuto.)

    La Oración

    Señor Jesús, tú miraste los pájaros del cielo y los lirios del campo y viste en ellos la mano de tu Padre. Gracias por la tierra que nos sustenta, por el agua que nos da vida, por el aire que respiramos, por la riqueza de esta tierra paraguaya que nos fue dada en herencia y en custodia. Perdónanos cuando la explotamos sin conocerla. Perdónanos cuando olvidamos que la tierra no es nuestra — es de los que vienen. Danos los ojos de Francisco: que conoció la creación antes de cantarla, que la respetó antes de usarla, que la amó como se ama a una madre. Como Francisco, queremos decirte:

    Pueblo: Señor, haznos custodios fieles de tu creación.

    El Cierre

    Gesto del día: Hoy, detente un momento ante algo de la creación — el cielo, un árbol, el agua. Míralo. Conócelo un poco más. Y pregúntate: ¿estoy cuidando lo que se me confió, para que siga produciendo vida mañana?

    Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

    (Cántico franciscano — si es posible, una estrofa del Cántico del Hermano Sol.)