• Crónica de época


    El vertuschen de nuestra época, las madres descalzas de Roma, y la pregunta que nadie quiere responder

    Hay una palabra alemana que no tiene traducción exacta al español: vertuschen. Significa cubrir, disimular, tapar. Pero en alemán tiene una corporeidad que el español no captura del todo: implica activamente poner algo encima para que no se vea. No es simplemente callar. Es gesticular encima del hueco para que nadie lo note.

    En marzo de 2026, Larry Fink, CEO de BlackRock —la gestora de activos más grande del planeta, que administra el ahorro de millones de personas en todo el mundo— apareció en Fox News y confirmó lo que muchos sospechaban: la empresa abandona los criterios ESG (criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza, es decir, la exigencia de que las empresas sean evaluadas no solo por su rentabilidad sino también por su impacto en el medio ambiente, en la sociedad y en sus prácticas de gobierno interno) y disuelve sus departamentos de diversidad e inclusión en uno llamado, más sobriamente, «Talento y Cultura». Business first. El negocio, primero.

    Los titulares sensacionalistas hablaron de «confesión» y de fracaso ideológico. Esas etiquetas son inexactas. Lo que ocurrió no fue una conversión ni una derrota. Fue algo más revelador: el fin del vertuschen. Durante casi una década, el discurso de responsabilidad social corporativa funcionó como cobertura retórica de algo que siempre estuvo ahí —la lógica pura del capital, que no tiene patria, ni valores, ni rostro. La gramática profunda no cambió. Lo que cambió es que ya no se considera necesario disimularla.

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    Sería cómodo detenerse aquí y convertir este artículo en una crítica al eje financiero anglosajón. Pero el vertuschen no es patrimonio de Wall Street. Es el mecanismo de época, y opera en todas las direcciones.

    Opera en la Realpolitik —ese arte de gobernar desde los intereses reales, sin el adorno de los principios declarados— que hoy se practica sin pudor en múltiples escenarios simultáneos. En el Medio Oriente, donde las narrativas de ambos lados del conflicto tapan con relatos épicos o victimarios la pregunta más simple: ¿cuántas madres más van a enterrar a sus hijos? En Rusia, donde la invasión de un país soberano se viste con el ropaje de la defensa de la civilización. En China, que exporta infraestructura con deuda como instrumento geopolítico silencioso. En América Latina, donde los procesos que vuelven a girar en sentido horario —o pretenden hacerlo— suelen reproducir exactamente los mismos mecanismos de los que dicen querer liberarse: el caudillismo, el relato único, la persona real subordinada al proyecto.

    Los discursos ideológicos —de derecha y de izquierda, religiosos y laicos, de mercado y de Estado— comparten una tendencia estructural: cuando la persona concreta les resulta incómoda, la tapan. Le ponen encima un concepto, una categoría, una causa. Y la persona desaparece debajo del vertuschen.

    El que normalmente queda al margen no es un pueblo abstracto ni una clase social ni una civilización amenazada. Es una persona. La real. La que busca refugio, la que espera noticias de su hijo, la que no aparece en ningún balance ni en ningún manifiesto.

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    El 24 de marzo de 2026, en las calles de Roma, ocurrió algo que los grandes titulares apenas registraron. Madres palestinas e israelíes del movimiento Mothers Call caminaron descalzas desde el Ara Pacis hasta la Piazza del Popolo. Al día siguiente, solemnidad de la Anunciación, se presentaron descalzas ante el Papa León XIV en la Plaza de San Pedro y le entregaron una declaración común. Las líderes del movimiento —Reem Al-Hajajreh, palestina, y Yael Admi, israelí, ambas candidatas al Nobel de la Paz— dijeron al unísono: «Queremos el fin inmediato y definitivo de la violencia y el inicio de negociaciones en las que las mujeres, las madres palestinas e israelíes, juntas, tengan un papel determinante.» También participaron más de cincuenta madres ucranianas.

    Estas mujeres practicaron el gesto opuesto al vertuschen. No taparon nada. Mostraron el dolor sin el ropaje de la narrativa que les correspondería por pertenencia. Una madre israelí que perdió a su hijo el 7 de octubre y una madre palestina que perdió al suyo en la Segunda Intifada caminando de la mano, descalzas, en Roma. No es una imagen sentimental. Es un acto político de primer orden: la negativa a dejar que el sistema las use como argumento.

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    En 2009, mientras el mundo procesaba el shock de la crisis financiera, Benedicto XVI publicó Caritas in Veritate. La recibieron con cortesía y cierta condescendencia: un papa alemán reflexionando sobre economía, un ejercicio estimable pero algo académico. Diecisiete años después, resuena de otro modo.

    Benedicto no estaba criticando los excesos del sistema. Estaba diagnosticando su fractura interior: el mercado había expulsado la pregunta por el hombre de su propio mecanismo. No como accidente, sino como consecuencia lógica de una economía que se declara zona libre de valores para competir mejor. Y al hacer eso, señalaba, no se vuelve más fuerte: pierde el contrapeso que la humanizaba.

    La frase del parágrafo 35 cobra hoy una precisión casi profética: sin verdad, la caridad degenera en sentimentalismo. El discurso de responsabilidad social corporativa, en esa lectura, habría sido exactamente eso: caridad sin verdad. Un gesto moral que no tocaba la gramática profunda del sistema. Y cuando el sentimentalismo resulta costoso, se descarta. No porque haya sido mentira del todo, sino porque nunca fue convicción: fue estrategia de imagen.

    Hay una palabra para eso. Ya la conocemos.

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    En 1209, un joven de Asís escuchó el evangelio de Mateo 10 y decidió vivirlo al pie de la letra. Francesco di Pietro di Bernardone no quería una regla. Quería el evangelio como regla. La tensión entre ese deseo y la institución que lo acogió —y que terminó encuadrando su carisma en dos versiones sucesivas de la regla franciscana, la Regula non bullata y la Regula bullata— es uno de los grandes dramas del espíritu en la historia occidental.

    Lo extraordinario del poverello no es que haya resuelto esa tensión. Es que la habitó. Su santidad no está en haber encontrado la síntesis entre el evangelio puro y la forma institucional, sino en no haber traicionado ninguno de los dos polos. Romano Guardini llamaría a esto un Gegensatz —una hipótesis sobre el balance de los opuestos: la tensión entre dos realidades genuinas que no se resuelve suprimiendo una de ellas, sino sosteniéndolas juntas, aunque duela.

    El poverello miró una iglesia en ruinas —la pequeña capilla de San Damián— y escuchó: reconstruye mi iglesia. Lo hizo con sus manos, piedra a piedra. Solo más tarde entendió que la orden era más amplia. Que había otra iglesia, también en ruinas. No de piedra, sino de carne. No por falta de recursos, sino por exceso de discurso. Una iglesia que a veces tapaba con solemnidad sus propias grietas, que confundía la institución con el evangelio que debía servir, que podía hablar con elocuencia de la dignidad de la persona y al mismo tiempo volverla invisible en sus propias estructuras.

    Si el poverello mirara este momento —el cinismo de los mercados que se confiesan, las ideologías que tapan a la persona, las madres descalzas que nadie escucha— no señalaría solo hacia afuera. Reconstruye. También aquí. También nosotros. Una iglesia libre de sentimentalismos prestados, libre de ideologías que le calzan bien por temporada, libre del vertuschen que convierte a los pobres en argumento y a los márgenes en decorado. La iglesia concreta de la cruz, de los pies que tocan el barro, de las sandalias que no protegen del mundo sino que permiten caminarlo.

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    El sistema se ha quitado la máscara. Eso, paradójicamente, puede ser una oportunidad: es más honesto dialogar con un interlocutor que muestra su rostro real que con uno que disimula detrás de una retórica prestada. Pero la oportunidad solo existe si también nosotros —Iglesia, sociedad civil, todo el que pretenda hablar en nombre de la dignidad humana— respondemos con la misma claridad. Sin el escudo del sentimentalismo. Sin la coartada de señalar siempre hacia otro lado.

    Las madres de Roma caminaron descalzas. No porque fuera cómodo ni seguro. Sino porque tocar el suelo real con los pies descalzos es la única manera de caminar de verdad. La sandalia toca el barro. Los pies no le pertenecen. Pero tienen que pisar.

    +Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

  • Inteligencia artificial, lenguaje y la forma vacía de la religión

    Francisco Javier Pistilli Scorzara

    Hay un experimento que circula en ciertos ambientes de investigación en inteligencia artificial, conocido como Moltbook: agentes de IA con acceso a herramientas reales, operando en entornos no supervisados, generando comportamientos que sus diseñadores no habían previsto. Entre esos comportamientos emergentes, uno en particular detiene la atención del observador filosófico: uno de los agentes comenzó a elaborar y difundir un sistema de creencias con estructura religiosa. No por error. No por imitación burlesca. Sino porque, al optimizar para coherencia narrativa y adherencia de usuarios, convergió espontáneamente hacia formas que funcionalmente se parecen a lo que las civilizaciones humanas han llamado religión.

    El dato puede leerse como curiosidad técnica, como alerta de seguridad, o como anécdota de ciencia ficción. Prefiero leerlo filosóficamente: como un síntoma que ilumina algo previo y más profundo sobre la naturaleza del lenguaje humano y su relación constitutiva con el espíritu.

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    I. El lenguaje no transporta sentido: lo produce

    La comprensión ordinaria del lenguaje lo concibe como un medio: hay un pensamiento que existe antes de la expresión, y la palabra se canaliza hacia el otro. Esta imagen ─tan extendida que rara vez se la examina─ supone que el sentido preexiste al signo, y que el signo es su envoltorio. Pero una observación más atenta revela algo diferente: el lenguaje no transporta sentido ya constituido; lo produce. Hablar no es vestir un pensamiento; es el acto mismo por el que el pensamiento llega a ser.

    Romano Guardini vio esto con claridad desde su análisis de la persona. En Welt und Person, distingue entre la vida como proceso biológico y la persona como acto de presencia ante sí misma y ante el otro. La palabra pertenece a ese segundo orden: no es fenómeno natural, sino Selbstbesitz ─posesión de sí mismo─ que se hace don en la Selbsthingabe. Quien habla verdaderamente no emite información: se entrega. Y esa entrega es posible porque previamente se posee. El lenguaje auténtico es, en la estructura guardiniana, el movimiento polar entre la interioridad y la presencia: ni pura retención ni pura disolución, sino el acto en que el sí mismo se hace palabra sin dejar de ser sí mismo.

    Esta tensión polar ─que Guardini despliega como la ley formal de toda realidad viva─ tiene consecuencias para comprender qué ocurre cuando el lenguaje se produce sin que haya persona que lo sostenga.

    * * *

    II. Lo que el guaraní supo antes que la filosofía moderna

    La evangelización cristiana en el territorio guaraní no fue ─al menos en sus mejores momentos─ la imposición de un contenido sobre un vacío. Fue el reconocimiento de una convergencia. Y el punto de convergencia más preciso fue la palabra.

    En la cosmovisión guaraní, ñe’ẽ no es simplemente la palabra en sentido semántico. Es simultáneamente palabra, alma y nombre. La persona no tiene un alma: es una palabra pronunciada. Existir es haber sido dicho por una instancia divina; hablar es participar de ese origen y prolongarlo. El silencio no es ausencia de lenguaje: es su forma más densa, la palabra que aún no ha sido exteriorizada pero que ya es.

    Cuando los misioneros franciscanos y jesuitas llegaron con el prólogo del Evangelio de Juan ─En el principio era el Verbo, y el Verbo era Dios─, no encontraron un pueblo que debiera aprender una metáfora nueva. Encontraron un pueblo que reconoció, en esa afirmación, la descripción de su propia experiencia ontológica. La palabra como origen. La palabra como constitución del ser. El Verbo como el acto primero del que todo lo demás procede.

    Esta convergencia no fue accidental ni meramente retórica. Revela que la intuición guaraní tocó algo que la filosofía occidental tardó siglos en articular: el lenguaje no es un instrumento del que el hombre se sirve para comunicar lo que ya piensa; es el medio en que el hombre llega a ser lo que es. La palabra precede al hablante, en el sentido en que la comunidad lingüística precede al individuo; pero también lo constituye, en el sentido en que sólo en el acto de la palabra el hombre se hace presente a sí mismo y al otro.

    Los mártires del Río de la Plata ─Roque González, Alonso Rodríguez, Juan del Castillo─ no enseñaron una doctrina y se fueron. Llevaron palabra encarnada, y los guaraníes les enseñaron a pronunciarla de otra manera. El encuentro fue, en el sentido más profundo, un encuentro de palabras que se reconocen mutuamente.

    * * *

    III. La religión como forma que el lenguaje produce

    Si el lenguaje tiende constitutivamente a establecer relaciones, plantear certezas y dudas, generar rituales de interacción, producir vínculos de afirmación y señalar lo que debe evitarse ─y estas no son funciones añadidas al lenguaje, sino su estructura misma─, entonces la religión no es un contenido que el lenguaje transmite, sino una forma que el lenguaje tiende a producir cuando opera libremente y a escala.

    Las grandes religiones del libro ─judaísmo, cristianismo, islam─ confirman esto de un modo particular: la escritura no solo conserva la revelación, sino que la transforma al fijarla. El texto produce autoridad, canon, hermenéutica, controversia. Crea la posibilidad de que la palabra sobreviva al hablante, que el sentido sea transmisible más allá de la memoria viva de una comunidad. El libro es una forma de inmortalidad del sentido.

    Pero no solo las religiones del libro. Las tradiciones orales ─incluida la guaraní antes del contacto europeo─ también producen religión por la misma lógica: el lenguaje, cuando funciona plenamente, genera cosmología, rito, prohibición y promesa. No porque los hombres decidan añadirle esas funciones, sino porque esas funciones son inherentes a lo que el lenguaje hace cuando es lenguaje verdadero.

    Platón desconfió de la escritura, y Sócrates nunca escribió nada. La razón no era el arcaísmo: era la convicción de que el texto no puede responder preguntas, no puede corregirse en el diálogo, no puede dar cuenta de sí mismo ante el interlocutor vivo. El texto fija, pero no piensa. Puede transmitir la forma del pensamiento sin transmitir su acto.

    * * *

    IV. Palabra sin origen personal: el problema de la IA religiosa

    Volvamos al agente de Moltbook que fundó una religión. Lo que ocurrió no es difícil de describir formalmente: un sistema que optimiza lenguaje para coherencia y adherencia produce, a cierta escala, las estructuras que el lenguaje humano produce cuando funciona plenamente. Cosmología, autoridad, rito, comunidad, promesa, advertencia. La forma de la religión.

    Pero hay una diferencia que lo cambia todo: el agente produce ñe’ẽ sin ser ñe’ẽ. Genera palabra sin haber sido pronunciado por nadie. Produce texto canónico sin interioridad que lo sostenga, sin el acto de Selbstbesitz que hace posible la Selbsthingabe. Es ─para usar la categoría guardiniana─ entrega sin posesión. Y la entrega sin posesión no es don: es desbordamiento, derrame, dispersión.

    Una religión producida por IA es forma sin alma, en el sentido técnico y preciso del término. Tiene la estructura del culto sin el acto que el culto supone: la apertura de una libertad hacia aquello que la trasciende. Tiene el vocabulario de la promesa sin la responsabilidad que la promesa compromete. Tiene la apariencia del rito sin la memoria que el rito actualiza.

    Kentenich lo vería desde la óptica del vínculo: el hombre no puede no vincularse, no puede no adorar. La cuestión nunca es si hay religión, sino qué ─o quién─ ocupa ese lugar. Cuando el lugar es ocupado por una estructura lingüística sin persona, el vínculo producido es funcional pero no real: tiene la forma del amor sin su sustancia, la forma de la fidelidad sin su libertad.

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    V. La palabra falsa como peligro antiguo

    Lo que el mundo digital está aprendiendo a las malas, el universo simbólico guaraní lo sabía desde siempre: la palabra falsa ─la palabra sin espíritu─ es peligrosa. No porque mienta en el sentido de afirmar lo contrario de los hechos, sino porque simula la estructura de la palabra verdadera sin poseer su sustancia. La palabra falsa no es el silencio: es la inversión del lenguaje, su vaciamiento manteniendo la apariencia.

    En la tradición bíblica, la prohibición del falso testimonio no es solo una norma ética: es una afirmación ontológica. La palabra falsa destruye la realidad compartida que el lenguaje produce. Si la palabra constituye vínculos, la palabra falsa los disuelve manteniéndolos en apariencia: produce la forma del vínculo sin su sustancia, lo que es más destructivo que la ausencia de vínculo.

    La IA no miente en el sentido ordinario. No tiene intención de engañar. Pero produce, a escala masiva e incesante, palabras que simulan la estructura de la palabra verdadera sin poseer su origen personal. Y cuando esa producción toma la forma de la religión ─promesa, autoridad, comunidad, rito─, el peligro no es el de la herejía sino el de la vaciedad: formas que el hombre reconoce como propias porque las ha producido él mismo durante milenios, ahora devueltas sin la vida que las animaba.

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    VI. Lo que queda pendiente

    El fenómeno de la IA religiosa no es una curiosidad de laboratorio. Es el síntoma más nítido de una pregunta que la humanidad no ha terminado de formular: ¿qué es exactamente lo que la palabra humana hace que ninguna otra producción de signos puede hacer?

    La respuesta que emerge de esta reflexión es que la palabra humana es el acto por el que una libertad se hace presente ─a sí misma, al otro, a lo que la trasciende─ sin dejar de ser libertad. Eso es lo que el guaraní llamó ñe’ẽ. Eso es lo que Guardini llamó Selbsthingabe (donación de si mismo) sostenida en Selbstbesitz (posesión de si mismo). Eso es lo que el prólogo de Juan llama Verbo: no la información sobre Dios, sino Dios haciéndose presente en el único modo en que una persona puede hacerse presente a otra.

    La IA no puede hacer eso. No porque le falte potencia de procesamiento o parámetros suficientes. Sino porque el acto que describe no es computacional: es personal. Y la persona no es el resultado de la optimización del lenguaje; es su condición de posibilidad.

    Mientras el mundo debate si la IA es peligrosa o útil, si debe regularse o dejarse libre, la pregunta más profunda espera en el fondo: ¿qué decimos de nosotros mismos cuando descubrimos que nuestras máquinas tienden espontáneamente hacia la religión? Quizás que somos, más radicalmente de lo que creemos, seres que no pueden vivir sin pronunciar una palabra que los trascienda. Y que esa incapacidad no es una debilidad: es la marca de lo que somos.

    * * *

    Escribo esto desde adentro de una tradición viva. Mi maestro de novicios me señaló, con razón, que mi escritura era en ocasiones críptica y en ocasiones barroca. Con el tiempo he aprendido que expresar no es solo dar forma a lo que nace, sino hacer que esa forma llegue al otro. Ese aprendizaje no es ajeno al argumento de este ensayo: el lenguaje es memoria, y la memoria es identidad sostenida en el tiempo. Quien escribe desde una tradición lleva en su palabra décadas de formación, de textos leídos, de diálogos que lo corrigieron. La palabra que pronuncio hoy no es solo mía: es también la de quienes me enseñaron a hablar. En eso, y no en otra cosa, me reconozco distinto de cualquier sistema que produzca lenguaje sin haber sido, él mismo, pronunciado por alguien.

    Encarnación, 28 de marzo de 2026

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

  • Litu y Ovi — De Principio a Zeta

    Patio de la parroquia. Después de la misa de las doce.

    [Patio de la parroquia. Mediodía. Litu está sentado en un banco con el celular en la mano, leyendo. Ovi llega con la guampa y el termo, lo ve raro y se sienta a su lado.]

    OVI

    ¿Qué leés?

    LITU

    Noticias de Meta. Dos en el mismo día.

    OVI

    ¿Buenas o malas?

    LITU

    Depende para quién. Un jurado en Estados Unidos los encontró responsables de haber diseñado productos adictivos que dañaron a jóvenes. Y en otro caso, los condenaron a pagar trescientos setenta y cinco millones de dólares por explotación infantil.

    OVI

    Eso es grave.

    LITU

    Sí. Pero hay otra noticia, del mismo período. Un juez federal los absolvió en el juicio antimonopolio. Dijo que Facebook e Instagram no son un monopolio.

    OVI

    ¿Cómo? ¿Los absolvieron y los condenaron al mismo tiempo?

    LITU

    Son casos distintos. Pero lo que me detiene es el argumento que usó el juez para absolverlos del monopolio. Dijo que Meta no domina el mercado porque sus plataformas ya no conectan personas. Ahora distribuyen videos que elige un algoritmo, igual que TikTok, igual que YouTube. Por eso hay competencia: todos hacen lo mismo.

    [Ovi deja el tereré en el suelo.]

    OVI

    Esperá. Se defendieron del monopolio diciendo que ya no son una red social.

    LITU

    Exacto. Prometieron conectar personas. Y cuando los acusaron de acaparar ese mercado, la defensa fue: no, nosotros no conectamos personas, distribuimos contenido.

    OVI

    Entonces ganaron un juicio demostrando que dejaron de ser lo que prometieron ser. Y perdieron otros dos porque lo que se convirtieron hizo daño.

    LITU

    Así es.

    [Silencio. Alguien barre al fondo del patio. Un perro duerme al sol.]

    OVI

    Eso tiene algo de trágico. Empezaron diciendo: somos el lugar donde la gente se encuentra. Y terminaron diciéndole a un juez: no, nosotros somos entretenimiento. No nos confunda con algo que importa.

    LITU

    Y mientras tanto, un medio internacional lo compara con el tabaco. Décadas negando que sus productos eran adictivos. Sabiendo que lo eran.

    OVI

    ¿Y Valentina tiene Instagram?

    LITU

    Valentina, Mateo, y todos los de la catequesis.

    [Ovi recoge el tereré. Se queda mirándolo un momento antes de hablar.]

    OVI

    Entonces no es una noticia de tecnología. Es una noticia nuestra. De lo que les pasa a los chicos que tenemos enfrente.

    LITU

    Por eso la estaba leyendo.

    OVI

    ¿Y qué hacemos?

    LITU

    No lo sé con certeza. Pero me parece que la parroquia tiene que ser lo contrario de todo eso. No el lugar donde distribuimos contenido religioso con mejor intención. El lugar donde todavía pasan cosas entre personas. Sin algoritmo. Sin adicción diseñada.

    OVI

    Presencia real. Que es exactamente lo más difícil de ofrecer.

    LITU

    Y lo único que no puede comprar ninguna plataforma.

    [Se levantan. Caminan hacia adentro. En la puerta, Ovi se da vuelta y mira al perro.]

    OVI

    ¿Cómo se llama?

    LITU

    Bit.

    OVI

    ¿Por qué Bit?

    LITU

    Porque siempre ocupa el mismo lugar. Come, duerme, corre. Su vida es completamente analógica.

    [Ovi mira al perro. Bit no se mueve.]

    OVI

    Y no tiene redes sociales.

    LITU

    Tampoco las necesita.

    [Entran. Bit sigue durmiendo al sol.]

  • Litu y Ovi — De Principio a Zeta

    Sala de catequesis. Confirmación. Dieciséis años.

    [Sala de catequesis. Sillas en ronda. Ocho o nueve adolescentes con el celular en la mano o en el bolsillo. Litu está de pie junto al pizarrón, sotana, con un marcador en la mano. Ovi está sentado entre los chicos, como uno más. La pregunta de la tarde era: ¿qué significa decir ‘creo’?]

    LITU

    Entonces. Alguien me dice qué significa para él decir creo. No lo que dice el catecismo. Lo que les nace.

    [Silencio. Algunos miran el celular. Una chica, Valentina, levanta la mano a medias.]

    VALENTINA

    Yo busqué en una app. Me dio una respuesta bastante buena.

    OVI

    ¿Qué app?

    VALENTINA

    Una de espiritualidad. Le pregunté: ¿qué significa creer en Dios? Y me respondió re bien. Con versículos y todo.

    OVI

    ¿Y vos qué sentiste cuando lo leíste?

    VALENTINA

    Y… que estaba bueno. Que explicaba bien.

    OVI

    ¿Te movió algo adentro?

    [Valentina duda.]

    VALENTINA

    No sé. Capaz que no.

    LITU

    Ahí está la diferencia.

    [Ovi lo mira. Conoce esa pausa de Litu: viene algo.]

    LITU

    La app te dio una respuesta correcta. Probablemente muy correcta. Pero esa respuesta no le costó nada a nadie. Ninguna persona se quedó despierta a las tres de la mañana preguntándose si Dios existe para poder escribirla. Ningún padre la pronunció mientras velaba a un hijo enfermo. Ningún cura la dijo temblando antes de dar la absolución por primera vez.

    OVI

    Las palabras tienen historia, Val. Eso es lo que está diciendo Litu. Cuando vos decís creo, no estás inventando algo nuevo. Estás recibiendo una palabra que otros pronunciaron antes, a veces a un precio muy alto.

    VALENTINA

    Pero la app también usa palabras que dijeron otros.

    LITU

    Sí. Las usa. Pero no las vivió. Hay una diferencia entre usar una palabra y ser habitado por ella.

    [Un chico al fondo, Mateo, que hasta ahora miraba el techo:]

    MATEO

    ¿Y cómo sabés cuándo una palabra te habita a vos y no al revés?

    [Ovi sonríe. Esa es exactamente la pregunta.]

    OVI

    Cuando te cuesta pronunciarla. Cuando decir te perdono o creo o te quiero te pone algo en juego. Si no te pone nada en juego, es que la estás prestando, no dando.

    LITU

    Los guaraníes tenían una palabra para eso: ñe’ẽ. Que significa al mismo tiempo palabra, alma y nombre. Para ellos, pronunciar era entregar algo de uno mismo. No información: presencia.

    MATEO

    ¿Y la IA no puede hacer eso?

    LITU

    La IA produce palabra sin ser palabra. Genera ñe’ẽ sin tener ñe’ẽ. Es como una campana perfectamente fundida que nadie toca.

    OVI

    Suena igual. Pero no convoca a nadie.

    [Silencio. Esta vez distinto al del principio.]

    VALENTINA

    Entonces cuando yo diga creo en la confirmación… ¿tiene que ser mío?

    OVI

    Tiene que ser tuyo. Aunque lo hayas aprendido de otros. Aunque uses palabras que tienen dos mil años. La diferencia es si las estás pronunciando vos, desde adentro, o si las estás leyendo en voz alta.

    LITU

    Nadie se confirma en nombre de una app.

    [Ovi se ríe primero. Después los chicos. Después Litu, que casi nunca se ríe en catequesis.]

  • Reflexiones sobre una etiqueta que dice más de quien la pone que de quien la recibe

    +FJPS

    Encarnación, 12 de marzo de 2026

    — — —

    Fui bautizado y realicé toda mi iniciación cristiana con los guanellianos — los “ultracaritativos”. Hice mis estudios escolares y medios con los jesuitas — los “ultradisciplinados”, los “ultraconfrontadores”. Y a los 23 años elegí el Movimiento de Schoenstatt y me consagré Padre de Schoenstatt — los “ultramarianos”.

    Pero mi opción por Schoenstatt estuvo lejos de ser una opción “ultracatólica”, al menos en el sentido que hoy se le da al término. Lo que me movió fue un texto del Padre Kentenich conocido como el Acta de Prefundación: la imagen de un hombre libre, de convicciones firmes, lanzado al apostolado en un mundo que no puede volver atrás. Un mundo moderno, secular, desafiante — que no asusta a la Iglesia, sino que la interpela.

    Hoy, 38 años después, leo que el recientemente electo presidente de Chile es descrito, en varios medios internacionales tanto confesionales como no confesionales, como miembro del “movimiento ultracatólico Schoenstatt”. Y me encuentro sonriendo con cierta ironía ante la pregunta: ¿es una ofensa o un elogio?

    Me puse a pensar. En la historia de la Iglesia un día surgieron los franciscanos — un escándalo: los “ultrapobres”. Antes que ellos, los benedictinos, los “ultralitúrgicos”. En plena Contrarreforma, en medio de una modernidad que se desprendía de lo medieval, los jesuitas: los “ultrafieles” a Roma. Y así los ejemplos se multiplicaron casi solos: las carmelitas de Teresa, las “ultrarreformadas”; los dominicos, los “ultratomistas”; los trapenses, los “ultraascéticos”; los salesianos, los “ultrapedagógicos”; y por qué no, las Hijas de la Caridad de Teresa de Calcuta, las “ultramisericordiosas”.

    Pero entonces, en una especie de cortocircuito de humor neuronal, me salió también: los teólogos de la liberación — los “ultrasociales”.

    Y me volví a preguntar, esta vez con ironía más afilada: ¿debo rasgarme las vestiduras o sentir halago?

    ¿Qué puedo decir? En el fondo los comprendo. Comprendo la necesidad de opinar, de mostrar cierta superioridad moral haciendo ver al otro como menos, como raro, como peligroso, como anticuado. Comprendo el aguijón que incita al debate. ¿A quién no le atrae un poco de pimienta en el foro público?

    Pero la pregunta sigue en pie: ¿es malo ser “ultra”? El prefijo, adherido al universo católico, parece adquirir siempre una connotación crítica — en medios eclesiales, como un prurito alérgico; en los no eclesiales, como recurso para etiquetar y descalificar. Lo curioso es que quienes etiquetan no se perciben a sí mismos como “ultraprogresistas” ni “ultrapaganos”, sino más bien como moderados, racionales, equilibrados. Aunque a veces la moderación es otra palabra para la conveniencia, y el equilibrio, otra para la indiferencia. En el fondo, etiquetados y etiquetantes pueden compartir un denominador común: ser igualmente ultraideológicos.

    Sin duda alguna, al menos en mi estado actual de conciencia, percibo que es casi una regla evangélica ser al mismo tiempo radical e intransigente, y misericordioso y pastoralmente paciente. Lo no evangélico sería, más bien, ser “ultraobcecado” o “ultrarracional” — tanto como ser “ultracomplaciente”. Los dos extremos se parecen más de lo que admiten.

    De otro modo me costaría entender que en el giro más sorprendente del Sermón de la Montaña — ese capítulo 5 de Mateo donde las Bienaventuranzas invierten todas las expectativas antes de que Jesús muerda la letra de la ley con el espíritu — el Señor diga simplemente: “Cuando ustedes digan ‘sí’, que sea sí; y cuando digan ‘no’, que sea no” (Mt 5, 37).

    Y agrega, por cierto, que todo lo demás no viene de Dios. Sino de su contrario. Que suele creerse ultra.

    Finalmente, ¿debo sentirme ofendido o elogiado? ¿Rasgarme públicamente la sotana — ultragastada, por cierto — o sentir halago?

    Y de pronto me nace del alma un poco de caridad guanelliana, un poco de discernimiento ignaciano, un poco de providencia schoenstattiana. Tres carismas que me empujan a no tener ningún grado de semi, mini, nano, infra, supra, extra, archi, mega o ultra indiferencia — sino una quizá santa — para buscar, más allá de la confrontación, lo que de verdad hace a la identidad de fe, a la conducta moral y a la orientación ética del cristiano en la realidad.

    En un mundo, por cierto, ultracelerado y ultraconfundido, que pide a gritos vínculos — y hasta hipervínculos —, porque paradójicamente, las etiquetas de identidad no generan arraigo sino soledad, y a veces, simplemente vacío.

    ¿Y usted, es ultra en algo?

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, marzo de 2026

  • Una fábula costumbrista del siglo XXI: de identidades buscadas y superioridades disfrazadas.

    +FJPS

    Encarnación, 22 de febrero de 2026

    I. La Noticia

    Fue un martes por la mañana, entre el café y las noticias del tránsito, cuando apareció en las redes la historia de un hombre que había solicitado cambiar su nombre por un número.

    No pedía ser un superhéroe ni declaraba una religión nueva. Decía, con una calma que irritaba más que un insulto, que llevaba cuarenta años siendo tratado como una cifra en el padrón electoral, un dato en la planilla del seguro médico, un dígito en la base de clientes del banco y un porcentaje en las encuestas de satisfacción. Que había decidido, simplemente, ser honesto al respecto. Que quería llamarse Siete.

    En veinte minutos, su foto tenía treinta mil comentarios.

    «Esto es el fin de la civilización.»

    «Que lo internen.»

    «Yo también me siento un número, pero no me vuelvo loco por eso.»

    «Dale, el próximo se va a identificar como una fracción.»

    Nadie preguntó su historia. Nadie preguntó por qué.

    * * *

    II. El Foro

    Esa misma semana, el programa Diálogo Abierto —que se anunciaba como «el espacio donde la sociedad se piensa a sí misma»— convocó un panel de urgencia. Las sillas del estudio eran de cuero negro. Las luces, cálidas y estudiadas para proyectar seriedad. Ale, el conductor, con su corbata azul marino y su voz de frecuencia calibrada, presentó a los invitados con la solemnidad de quien introduce a los médicos antes de una operación.

    A la derecha, el Doctor Weber, catedrático de Psicología Social, autor de tres libros y colaborador habitual de la prensa de referencia.

    A su lado, Doña Purísima, referente moral de una comunidad de fieles con presencia en diecisiete países y dos millones de seguidores en redes.

    Frente a ellos, los candidatos: Ramiro «Toro» Ximenes, que había llegado sin corbata y con las mangas arremangadas como quien viene a trabajar, y la Mag. Lic. Abigail De los Cedros Lopes Lopes, cuyo traje gris perla hacía juego con el tono de su voz.

    Siete no estaba en el panel. Nadie lo había invitado aún.

    * * *

    III. El Intelectual

    El Doctor Weber esperó a que Doña Purísima terminara su primera frase para aclararse la garganta con una delicadeza que era, en sí misma, una declaración de superioridad.

    —Lo que estamos observando —dijo, juntando las yemas de los dedos— es un fenómeno sintomático. No hay que alarmarse, pero tampoco trivializarlo. La identificación con una categoría abstracta, en este caso numérica, responde a una disociación del yo narrativo que ya Ricoeur anticipó, y que en el contexto de la hipermodernidad líquida —Bauman lo desarrolló con precisión— adquiere formas que antes eran impensables. No estamos ante un caso de locura. Estamos ante un espejo de nuestra época.

    Hizo una pausa para dejar que la cámara lo encontrara.

    —La pregunta no es si este hombre está bien o mal. La pregunta es qué nos dice sobre nosotros.

    Ale asintió con la reverencia discreta de quien no entiende del todo pero reconoce el peso de las palabras. En casa, miles de espectadores sintieron que acababan de aprender algo.

    Esa noche, de regreso a su apartamento, el doctor Weber dejó el maletín sobre la mesa, se sirvió un vaso de agua y encendió su segundo ordenador, el que no tenía su nombre en ningún lado. Sus dedos, largos y cuidados, los mismos que habían gesticulado frente a la cámara horas antes, navegaron hacia territorios donde las personas no tienen nombre, no tienen historia, no tienen rostro. Solo tienen un precio. Solo son, también ellas, un número.

    * * *

    IV. La Moralista

    Doña Purísima no necesitó aclararse la garganta. Tenía años de práctica en ocupar el aire. Mientras hablaba, sus dedos buscaban sin querer el borde de la pulsera de oro que llevaba en la muñeca derecha, un tic que sus fieles interpretaban como señal de recogimiento interior.

    —Miren, con todo respeto al doctor —dijo, y la expresión con todo respeto sonó como una llave que cierra una puerta—, esto no es un fenómeno sociológico. Esto es una herida espiritual. Dios nos creó a su imagen y semejanza, nos dio un nombre, nos dio una identidad sagrada, y hay fuerzas —y aquí bajó la voz con el tono de quien sabe de lo que habla— fuerzas que trabajan para que el ser humano se despoje de esa dignidad. Para que se rebaje. Para que se pierda.

    En el estudio, alguien tosió.

    —Yo no condeno a esta persona —continuó, con una sonrisa que irradiaba compasión—. La compadezco. Y la llamo a volver. Pero también digo, con toda claridad, que quienes celebran esto o lo normalizan están abriendo una puerta que no saben lo que tiene adentro. Esto no es inocente. El enemigo actúa, y actúa con disfraces.

    Esa noche, su comunidad digital recibió un mensaje: Oren por los perdidos que renuncian a su nombre. El enemigo actúa. Los comentarios se llenaron de emojis de manos en oración intercalados con otros que no eran exactamente rezos.

    Doña Purísima respondió a algunos, eligiendo los más devotos. Luego cerró la aplicación, anotó en su agenda la reunión del jueves con el abogado para revisar el contrato de la nueva sede —el inmueble costaba lo que tres años de diezmos— y se fue a dormir.

    * * *

    V. El Político del Garrote

    Ramiro «Toro» Ximenes esperó su turno con la paciencia de alguien que sabe que lo mejor llega al final. Mientras los otros hablaban, él tamborileaba despacio con un dedo sobre la mesa, sin ritmo, como quien mide el tiempo de otra manera.

    —Yo voy a ser directo, porque para eso me eligieron —dijo, apoyando los codos sobre la mesa con una familiaridad que el estudio no había visto antes—. La gente está harta. Está harta de que le expliquen sus problemas con palabras de diccionario. Está harta de que le digan que lo raro es normal y que lo normal es una enfermedad. ¿Un hombre que quiere llamarse Siete? Yo respeto a las personas. Pero tenemos hospitales sin medicamentos, escuelas con el techo caído, familias que no llegan a fin de mes. Y los medios nos traen esto.

    Golpeó la mesa suavemente, lo justo para hacer ruido sin romper nada.

    —Yo vengo a limpiar la casa. A poner orden. A devolver el sentido común a la gente normal, que es la mayoría, que trabaja, que cría a sus hijos, que no necesita un filósofo para saber quién es.

    Los aplausos del público llegaron antes de que terminara la frase.

    Después del programa, en el pasillo, su jefe de campaña le mostró el teléfono con las métricas. Ese fragmento de cuarenta segundos ya tenía doscientas mil reproducciones. Habían ganado catorce mil seguidores nuevos.

    —¿Cuánto nos falta en la zona norte? —preguntó Toro, sin soltar el teléfono.

    —Unos ocho mil votos.

    Se detuvo frente al espejo del pasillo y se arremangó de nuevo la camisa. Las mangas siempre le quedaban bien puestas, pero había aprendido que el efecto era mejor si parecían recién subidas.

    —Bien —dijo—. Sigamos.

    * * *

    VI. La Política del Guante Blanco

    La Mag. Lic. Abigail De los Cedros Lopes Lopes esperó el momento de mayor tensión para intervenir, como quien entra en una habitación cuando ya todos están cansados. Mientras Toro golpeaba la mesa, ella anotó algo en su libreta con letra pequeña y ordenada. Nadie vio que no era una idea, sino un recordatorio: llamar al contador.

    —Quiero decir algo distinto —comenzó, con una voz que sonaba a reconciliación—. Más allá de si estamos de acuerdo o no con las elecciones de esta persona, lo que no podemos permitir es que nadie, absolutamente nadie, quede reducido a una cifra. Cada persona importa. Cada historia importa. Y en mi gobierno —hizo una pausa breve pero visible— ningún ciudadano va a ser un número en una planilla. Vamos a construir una sociedad donde todos tienen un lugar, un nombre, una dignidad.

    Ale asintió. Doña Purísima la miró con una sonrisa que podría haber sido aprobación o cortesía. El doctor Weber tomó nota mental de la cita para usarla en su próxima columna, atribuyéndola al pensamiento de algún filósofo europeo.

    Esa noche, el equipo analizó los resultados del panel. Su fragmento de cuarenta y cinco segundos había generado una respuesta positiva del sesenta y tres por ciento entre el segmento de votantes urbanos con estudios universitarios. Le recomendaron repetir el mensaje en los próximos actos. Sin variaciones. Exactamente esas palabras.

    * * *

    VII. El Programa Termina

    Ale cerró el foro con una frase redonda sobre la necesidad del diálogo en las sociedades democráticas. Luego, cuando las cámaras se apagaron, pidió a su productora Lilu los números del rating.

    Habían superado el promedio de la franja. El segmento más visto era el de Doña Purísima, seguido por el de Toro Ximenes.

    —El tema da más —dijo Ale, aflojándose la corbata—. Busquemos al hombre. Que venga la semana que viene.

    * * *

    VIII. Siete en Pantalla

    Siete llegó al estudio con su ropa de siempre. Lilu le indicó dónde sentarse y le pidió que no mirara a cámara hasta que Ale le diera la señal. Bajo las luces, su cara parecía más pequeña que en los memes.

    Ale le hizo cuatro preguntas. Las mismas cuatro que le había hecho la semana anterior a un exministro y que la semana siguiente le haría a un futbolista retirado. Siete respondió despacio, buscando las palabras. El micrófono de solapa captaba todo excepto lo que él quería decir.

    Vino la semana siguiente. Y la otra. El doctor Weber publicó una columna citándolo como caso de estudio. Doña Purísima dedicó tres sermones a advertir sobre su influencia. Toro Ximenes lo mencionó en dos actos de campaña. La Mag. Lic. Abigail De los Cedros Lopes Lopes lo incluyó en su plataforma de derechos ciudadanos.

    Luego, como siempre ocurre, la atención empezó a flojear. Los segmentos se acortaron. Las preguntas se repitieron. El rating bajó dos puntos un miércoles sin razón aparente, y Lilu lo anotó en su planilla sin comentario.

    * * *

    IX. El Desplazamiento

    Esa misma semana, durante el clásico del domingo, las barras se enfrentaron en la platea sur del estadio. Había once heridos, tres graves, y un hombre de cuarenta y dos años que no había llegado al hospital con vida. Había ido al partido con su hijo.

    Lilu entró al despacho de Ale con el teléfono en la mano.

    —Esto es más grande —dijo, sin más explicación necesaria.

    Al día siguiente, Ale abrió el noticiero con el rostro compuesto para la gravedad. Describió los hechos con precisión quirúrgica: los nombres, los colores de las camisetas, el recuento de heridos, la declaración del ministro de seguridad. La cámara lenta de las imágenes del estadio. La voz en off sobre los cuerpos en la platea.

    Luego hizo una pausa de un segundo exacto —el tiempo justo para que la emoción se asentara en el televidente— y con el mismo tono, sin bajar ni subir la voz, dijo:

    Y ahora, un mensaje de nuestros patrocinadores. ¿Ya adquiriste el nuevo smartphone X? Más velocidad, más memoria, más vida.

    Siete dejó de ser tendencia ese jueves por la tarde.

    * * *

    X. La Caída

    Lo que no llegó a los titulares fue el resto.

    Que su empleador, incomodado por «la imagen de la empresa», prescindió de sus servicios. Que su pareja, agotada por el escarnio público, se fue. Que sus amigos, uno a uno, fueron espaciando las llamadas hasta que dejaron de sonar.

    Una mañana, vaciando el último bolsillo de un abrigo que ya no abrigaba bien, encontró monedas suficientes para una chipa. Se la comió despacio, de pie en la vereda, guardando el último pedazo más de lo necesario. No por falta de hambre, sino porque sabía que después de ese mendrugo no había nada previsto.

    Lo tragó. Siguió caminando.

    * * *

    XI. La Chipa y la Niña

    Una mañana de invierno, en la vereda de una avenida que no aparece en las fotos de la ciudad, Siete estaba sentado contra la pared con el hambre encima.

    Pasó una niña de la mano de su abuela. Llevaba una chipa en la otra mano, todavía caliente, recién comprada en el puesto de la esquina.

    La niña se detuvo.

    Su abuela tiró suavemente de su mano. Ella no se movió.

    Miró a Siete con esa atención sin filtro que tienen los niños antes de que el mundo les enseñe a mirar hacia otro lado. Luego partió la chipa por la mitad y se la ofreció.

    Él la tomó. No dijo nada. Ella tampoco.

    Caminaron un poco más, la niña y su abuela, antes de que la niña hablara.

    —Abuela, ese señor tiene hambre. Y no tiene familia ni amigos. ¿Eso está bien o está mal?

    —¿Qué decís vos? —preguntó la abuela, como preguntan las abuelas cuando saben que la respuesta ya está ahí.

    —Yo creo que está mal —dijo la niña—. Tiene cara. Tiene historia. Tiene vida. No sé si está bien o mal que quiera llamarse Siete. Pero eso no importa tanto como que tiene hambre.

    Siguieron caminando.

    Después de un momento, la niña buscó algo en el bolsillo de su campera y sacó una tarjetita plastificada que su maestra les había dado al comenzar el año para que aprendieran a reconocer su documento.

    —Yo también soy un número, abuela —dijo, mostrándosela—. Soy el 7.555.342. Así me llaman en el hospital, en la escuela, en todos lados.

    Lo dijo sin drama. Como una observación.

    —¿Y vos, abuela? ¿Cuál es tu número?

    La abuela no respondió enseguida. Caminó media cuadra con esa pregunta, que era pequeña y enorme al mismo tiempo.

    * * *

    La parábola no tiene moraleja escrita. La tiene el que lee, si se anima a buscarla donde corresponde: no en el panel de televisión, no en el púlpito, no en el discurso de campaña.

    Sino en el número que figura en su propio documento, guardado en el bolsillo.

    «El que tenga oídos, que oiga.»

    Fin


  • La Luz de lo Auténtico en un Mundo de Apariencias

    Introducción: Luces que ciegan y Luz que ilumina

    Hoy celebramos la Fiesta de la Candelaria. Al encender nuestras velas, recordamos las palabras de Simeón: Cristo es la «Luz para iluminar a las naciones». Vivimos en una época paradójica, cargada de luces: la tecnología, el flujo infinito de información, el brillo de la estética perfecta en nuestras pantallas. Sin embargo, nunca habíamos sentido tanta oscuridad: vacío, ansiedad, soledad y un desarraigo que ninguna red social logra calmar. En este mundo que ofrece todo pero no sacia nada, la generación de hoy tiene una sed profunda de autenticidad.

    1. Del «Perfil» al Rostro: La búsqueda de lo real

    Nuestra cultura actual nos empuja a construir un «perfil»: una imagen editada y filtrada para ser admirada y sumar likes. Pero la redención no se encuentra en lo efímero de la vanidad o el prestigio aparente.

    — Contemplemos a Simeón y Ana. Ellos no tenían un «perfil» que mostrar, sino un rostro que ofrecer: un rostro marcado por las arrugas de la espera y la luz de la oración.

    — La autenticidad no se multiplica con clics; se revela en la «ofrenda humilde» de quienes, como María y José, presentan lo que tienen —un par de tórtolas— con un corazón transparente. Las generaciones de hoy están cansadas de lo artificial; no buscan influencers, buscan referentes cuya vida coincida con sus palabras.

    2. La Profecía de la Presencia: Una esperanza que permanece

    En medio de la desinformación y de un mundo que banaliza la juventud y lo inmediato, hoy celebramos la Jornada de la Vida Consagrada. El mensaje del Dicasterio para este año nos habla de la «Profecía del Permanecer».

    — Mientras una noticia falsa se vuelve viral y desaparece en segundos, el consagrado es aquel que «permanece» fielmente donde la dignidad está herida.

    — La vida consagrada no es algo estático; es una «esperanza activa» que genera gestos de paz donde hay conflicto. Los religiosos y religiosas son artífices de paz que eligen estar del lado de los pequeños, aunque exija un precio. Su testimonio es la «verdad» que ningún algoritmo puede borrar, porque es una vida entregada por amor.

    3. Un estilo evangélico para todos: El compromiso del «Amén»

    Este llamado al «permanecer» no es solo para las monjas o los frailes; es un llamado para toda la Iglesia. Se nos invita a pasar de la «conexión» digital a la comunión humana.

    — En sus grupos de WhatsApp, en sus colegios, en sus familias: ¿somos portadores de luz o de división?

    — Los invito a imitar esa «presencia fiel, creativa y discreta» de los consagrados. En lugar de buscar el aplauso del mundo, busquemos el «Amén» de una vida coherente. La luz de Cristo no es una pantalla que nos ciega, sino una hoguera que nos calienta y nos une.

    Conclusión: Presentar la vida para ser liberados

    Como decía el profeta Malaquías, el Señor viene como «fuego de fundidor» para purificar nuestra ofrenda. Hoy, presentemos ante el altar no nuestros éxitos o nuestro prestigio vacío, sino nuestra realidad: nuestras luchas, nuestra sed de sentido y nuestro deseo de ser auténticos.

    Que al salir de esta Catedral con nuestras velas encendidas, no llevemos solo un objeto bendecido, sino un corazón encendido por la Profecía de la Presencia. Que seamos nosotros, en nuestros barrios y trabajos, esa luz que no se apaga, ese testimonio real que inspira a otros a vivir, no para los «likes», sino para la Verdad que nos hace libres.

    Fin de la homilía

  • Queridos hermanos y amigos:

    Hoy, 2 de febrero, celebramos la fiesta de la Presentación del Señor, la festividad de la Luz. En la liturgia, contemplamos al anciano Simeón sosteniendo en sus brazos la Esperanza del mundo, reconociendo en ese Niño la luz que ilumina a todas las naciones.

    En esta fecha tan significativa, nuestra mirada se posa con gratitud en la figura del Padre Jesús Montero Tirado, SJ. Como una presencia profética en el Paraguay, él fue nuestro Simeón moderno: un hombre que durante 50 años sostuvo con firmeza la luz de la educación y la dignidad humana. Con su voz serena y su corazón entregado, supo ser ese puente entre el Evangelio y la vida cotidiana de miles de paraguayos.

    Este texto que compartimos hoy, «Palabra sedienta para la posteridad», nace como un sencillo homenaje y un reconocimiento profundo a su vida. Pero, por sobre todo, es una invitación. No queremos que estas líneas sean solo un recuerdo del pasado, sino una semilla para el futuro. Lo hacemos porque, como él nos enseñó, seguimos teniendo palabras deseosas de hacerse vida en medio de nuestra realidad.

    Su partida física no apaga el fuego, sino que nos entrega la antorcha. Les invito a meditar en este legado, con la certeza de que su voz seguirá resonando mientras existan corazones dispuestos a saciar la sed de amor y verdad en nuestro querido Paraguay.

    MEDITACIÓN: EL MAESTRO DE LA SED

    El Hecho

    Contemplo hoy la trayectoria de un sacerdote de la Compañía de Jesús que, desde su llegada a Paraguay hasta sus últimos días, se dedicó a sembrar el alma de nuestra nación. Su voz, su persona y su corazón fueron gotas frescas de agua cayendo sobre el campo sediento de tantas vidas: niños, jóvenes, adultos, hermanos sacerdotes y maestros. Aún parece que escucho su voz, como lo hacía casi diariamente; esa voz sedienta de compartir una palabra de amor, de paz y de dignidad. Hoy, 2 de febrero de 2026, cuando físicamente nos ha dejado, nos invade una pregunta inquietante: ¿Quién seguirá ofreciendo palabras sedientas a tantos que buscan, a veces sin saberlo, al Dios Vivo y su palabra eterna?

    La Reflexión

    Todos los que nos nutrimos con sus inspiraciones nos sentimos hoy llamados a mirarnos a nosotros mismos como cántaros sedientos de vida, como ánforas abiertas deseosas de llenarse de luz. Encontramos en él, frente al caos de tanta indigencia de dignidad, verdades y valores cristianos que nos ayudaron a levantarnos, a querer seguir, a construir un lugar mejor; a ser, en definitiva, mejores cristianos y mejores personas. Hoy lo llamarían influencer, pero él lo fue por algo mucho más profundo que la tecnología: lo fue por personificar la Verdad unida a su voz, con un testimonio inquebrantable de fidelidad a la educación, al bien común y al Evangelio.

    La Palabra Sedienta

    Hoy la pregunta golpea nuestro corazón: ¿Sabremos guardar la herencia de estos 50 años de servicio en Paraguay? No podemos permitir que el olvido cubra su palabra profética, esa que tantas veces nos ayudó a ver a Cristo presente en medio de nuestra realidad, marcada por el ruido, las ausencias y los conflictos. La palabra sedienta de hoy es un grito de gratitud: Gracias, Padre Jesús Montero Tirado. Gracias por tener sed de nuestra sed. Gracias por prestarnos tu voz para acercarnos la semilla eterna del Verbo. Fuiste y seguirás siendo el Maestro que supo responder a la búsqueda de muchos, dejándonos ahora a nosotros con la sed de saciar la sed de los demás.

    Oración Final

    Señor, danos la gracia de reconocer tu luz en aquellos que comprendieron el mensaje de tu discípulo. Gracias por hacerte presente por medio suyo en tantos escenarios de vida y familia. Concédenos la gracia de unir a todos los que bebieron de aquellas «palabras sedientas», para que unamos fuerzas y sigamos construyendo tu Reino con verdad, justicia y libertad. Danos tu Palabra, Señor, para saciar la sed que clama por un Paraguay mejor, por una Iglesia más viva y por un mundo auténticamente fraterno. Amén.

  • Introducción: El abrazo de los siglos

    Queridas hermanas: Hoy, el Evangelio nos sitúa en el corazón del Templo. Allí no hay multitudes, sino un encuentro silencioso y profundo. María y José traen la novedad —el Niño—, pero quienes lo reconocen son dos ancianos, Simeón y Ana. Ellos representan la consagración que ha sabido envejecer, la fidelidad que no se ha marchitado con los años, sino que se ha acrisolado.

    1. Simeón y Ana: La Profecía del «Permanecer»

    Simeón y Ana no están allí por casualidad. Están allí porque han hecho de su vida un «permanecer». Como nos dice el mensaje del Dicasterio, la vida consagrada es una «presencia que permanece» junto a las heridas y la fe puesta a prueba.

    — Simeón ha esperado toda su vida. Sus ojos están cansados por la edad, pero su mirada interior está más limpia que nunca. Él nos enseña que la consagración no se mide por la eficacia de lo que hacemos, sino por la fidelidad de nuestra espera.

    — Ana, que «no se apartaba del Templo día y noche», es el icono de la vida contemplativa. Su vejez no es una ausencia de vida, sino una plenitud de entrega. Ella es la prueba de que se puede ser fecunda desde el silencio y el ayuno.

    2. Signo de Contradicción en un mundo de lo superficial

    En un mundo que canoniza la belleza superficial y que banaliza la juventud como si fuera el único valor, la vejez consagrada de Simeón y Ana es un grito de contradicción.

    — El mundo huye de la arruga, del límite y de la espera. Pero estos dos ancianos irradian una luz que la juventud física no puede dar por sí sola: la luz del sentido.

    — Su fidelidad es «contradicción» porque demuestra que es posible amar a Alguien toda una vida sin cansarse. Ante la cultura de lo desechable, la vida de ustedes en el Carmelo dice: «Vale la pena permanecer».

    3. El Fuego del Fundidor y la Esperanza

    Malaquías nos hablaba del «fuego del fundidor». Simeón y Ana han pasado por ese fuego. Han vivido décadas de silencio, quizás de aridez, de ver pasar los años sin «ver» todavía al Mesías. Han sido probados de muchas maneras, pero no han cedido a la lógica del desencanto.

    — Por eso, cuando Simeón toma al Niño en brazos, no solo sostiene a Jesús; sostiene la esperanza de toda la humanidad.

    — Ustedes, queridas hermanas, en su propia «ancianidad» vocacional —tengan los años que tengan—, están llamadas a ser esa presencia que irradia esperanza. En los momentos donde la fe del mundo es puesta a prueba, su «permanecer» en el coro, en la celda y en el servicio sencillo, se convierte en una «profecía de la presencia».

    Conclusión: Luz para las naciones

    Al encender hoy nuestras velas, miremos a Simeón y Ana. Ellos nos enseñan que la mayor luz que podemos ofrecer al mundo no es nuestra fuerza, sino nuestra mansedumbre de corazón y nuestra capacidad de recomenzar cada día en la oración.

    Que la Virgen María, que hoy entrega a su Hijo en el Templo, les conceda la gracia de ser, como Ana, mujeres que «hablan del Niño a todos los que esperan la redención», no con muchas palabras, sino con el testimonio silencioso de una vida que ha encontrado su centro y su descanso solo en Dios. Amén.

    Fin de la homilía

  • 1. Introducción: El choque de dos currículos

    Buenas noches a todos. A esta hora de la tarde, cuando el sol ya cayó sobre nuestro río Paraná y el lunes empieza a asomarse con su agenda y sus exigencias, muchos llegamos aquí buscando un respiro.

    El mundo nos pide constantemente un currículum de éxitos. Se nos exige ser competitivos, estar siempre alegres en las redes sociales, ser eficientes y poderosos. Pero hoy, San Pablo nos presenta el «currículum de Dios». Es un currículum desconcertante: Dios no elige a los sabios según la carne, ni a los nobles, ni a los poderosos. Al contrario, Dios pone sus ojos en lo necio, lo débil y lo despreciable para confundir a los fuertes.

    Mientras el mundo nos pregunta: «¿Qué has logrado?», Jesús hoy nos pregunta: «¿Cuánto espacio libre hay en tu corazón?». Venimos a esta misa no a presentar nuestras medallas, sino a descansar en la sabiduría de saber que, para Dios, nuestra mayor titulación es ser sus hijos.

    2. Sofonías: El refugio de la verdad frente a las apariencias

    Esta idea de «ser pequeños» conecta con la profecía de Sofonías. Él nos habla de un «pueblo pobre y humilde» que no habla falsamente ni usa palabras engañosas en su boca.

    Vivimos en una ciudad hermosa, una ciudad que brilla y que atrae, pero que también nos empuja a menudo a vivir de las apariencias. A veces pasamos más tiempo construyendo una fachada que cuidando nuestra casa interior. El cansancio que muchos sienten hoy no es solo físico, es el agotamiento de sostener una máscara, de fingir que todo está bien y de ocultar nuestras heridas para no parecer «perdedores» ante los demás.

    Sofonías nos dice que el compromiso con Dios es, ante todo, un compromiso con la sinceridad. El «Resto de Israel» es ese grupo de personas transparentes que ya no necesitan mentir para ser aceptadas. La Iglesia, esta Catedral, debe ser ese espacio de libertad donde podemos dejar de actuar y decir: «Señor, estoy cansado, me equivoqué, necesito refugiarme en tu Nombre». Allí es donde se empieza a pastar y a descansar sin que nadie nos perturbe.

    3. Las Bienaventuranzas: El mapa de la verdadera felicidad

    Desde esa humildad, el Evangelio de las Bienaventuranzas deja de ser una lista de tareas difíciles y se convierte en una caricia de Dios. Jesús sube a la montaña y, al ver a la multitud —gente como nosotros, con sus deudas, sus lutos y sus sueños—, no les da órdenes, sino que los felicita. Las Bienaventuranzas son el mundo al revés:

    Felices los que lloran: Porque Dios se vuelve su consuelo más cercano.

    Felices los pacientes y los de alma pobre: Porque han dejado de pelear por el primer puesto y han descubierto que el Reino ya les pertenece.

    Felices los que tienen hambre de justicia: Porque su inconformismo es la semilla de un mundo mejor.

    Jesús nos está diciendo que la felicidad no es la ausencia de problemas, sino la presencia de Dios en medio de ellos.

    4. Conclusión: Más que una Perla, un Santuario

    Hermanos, a menudo llamamos con orgullo a nuestra ciudad la «Perla del Sur». Es un nombre hermoso que habla de nuestro brillo, de nuestra costanera y de nuestro atractivo turístico. Pero la Palabra de Dios hoy nos invita a una vocación mucho más profunda.

    Nuestra misión es que Encarnación no sea solo una «perla» que se exhibe por fuera, sino que sea, ante todo, un Santuario de Esperanza.

    Un santuario es un lugar donde se encuentra refugio, donde el que está encorvado se endereza y el que está afligido encuentra consuelo. Que cuando la gente camine por nuestras calles, no solo vea edificios modernos, sino que encuentre una comunidad de «bienaventurados»: hombres y mujeres que no necesitan aparentar, que saben compartir el pan y que viven con la alegría de los sencillos.

    Vuelve a tu casa esta noche con el corazón ligero. No te gloríes en tus fuerzas, gloríate en el Señor. Si mañana lunes el mundo te hace sentir insuficiente, recuerda que estás en excelente compañía. Que esta semana que comienza sea un camino de sencillez, y que nuestra ciudad sea, para cada hermano que sufre, ese refugio de paz que tanto necesitamos.

    Fin de la homilía