Lo recorrido, el horizonte del ecumenismo, y lo que queda fuera de él
PRIMERA SERIE: Algunas corrientes del evangelicalismo contemporáneo
+ Francisco Javier Pistilli Scorzara
Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación
TIEMPO DE LECTURA: 14 minutos
Hemos recorrido, a lo largo de esta serie, la historia de la familia evangélica (art. 1), cinco de sus corrientes más relevantes para nuestro contexto —el dispensacionalismo, el reconstruccionismo, la Nueva Reforma Apostólica, el sionismo cristiano y la teología del éxito (arts. 2-6)—, cinco casos concretos donde esas corrientes se dejan ver en la práctica (art. 7), y un repaso de las claves doctrinales y de estilo que atraviesan a toda la familia (art. 8). Toca ahora cerrar con una pregunta que recorrió toda la serie sin nombrarse del todo: ¿qué relación nos pide el Evangelio tener, en concreto, con estos hermanos?
I. Un hilo común que atraviesa las cinco corrientes: el exilio y el regreso
Antes de resumir cada corriente por separado, vale la pena detenernos en algo que las atraviesa a todas y que no es evidente a primera vista: debajo de sus diferencias de método, de época y de intensidad política, las cinco corrientes que examinamos comparten una misma estructura narrativa de fondo, que podríamos llamar «exilio y regreso a la tierra prometida».
Conviene decir primero qué es esta observación: no un juicio político, sino una observación de patrón teológico. Una misma gramática narrativa bíblica —el pueblo que estaba disperso, cautivo o alejado, y que es restaurado a la plenitud que le fue prometida— reaparece, una y otra vez, como la estructura profunda de cada una de estas cinco corrientes, aplicada cada vez a un objeto distinto:
- El premilenialismo dispensacionalista (art. 2) espera el regreso glorioso de Cristo y la instauración visible de su reino, tras un período de tribulación entendido como el «exilio» final de la historia.
- El reconstruccionismo (art. 3) busca «reconquistar» para la ley de Dios el territorio civil y jurídico que, a sus ojos, el mundo secular le ha arrebatado.
- La Nueva Reforma Apostólica (art. 4) busca «tomar posesión» de las siete montañas de la sociedad, restaurando un dominio cultural que el pecado y la secularización habrían usurpado.
- El sionismo cristiano (art. 5), que nace de la misma matriz dispensacionalista del artículo 2, lee el regreso físico del pueblo judío a su tierra ancestral en 1948 como cumplimiento literal de la restauración profetizada.
- La teología del éxito (art. 6) promete a cada creyente su propio regreso personal, del exilio de la pobreza y la enfermedad a la abundancia y la salud, como fruto medible de la fe.
A estas cinco variaciones se suma, dentro de la NAR específicamente, una sexta forma de la misma estructura: el nacionalismo cristiano, que no busca restaurar una tierra bíblica ni un individuo, sino una nación entera —Estados Unidos, pensada como una «nueva Israel» fundada en pacto con Dios y hoy caída de ese pacto— a la que hay que devolver su identidad cristiana original. No es una posición sobre el patriotismo en sí, que es una virtud legítima en cualquier pueblo, sino sobre la fusión teológica de fe y nación que esa corriente específica propone, y frente a la cual vale la misma respuesta paulina que ya dimos para el conjunto: la promesa de Dios en Cristo no está ligada a ninguna nación particular, sino abierta a todo el que cree.
Es la misma intuición, sugerida en el curso de estas conversaciones, de que estas teologías «proponen un volver a la tierra prometida después del exilio, en sentido espiritual y material» — y que esa estructura, una vez identificada, permite ver estas cinco corrientes no como fenómenos sueltos y casuales, sino como variaciones, a distinta escala, de un mismo anhelo profundo.
La respuesta católica a esta estructura es, en el fondo, una sola, y es de San Pablo. En la Carta a los Romanos, Pablo enseña que la promesa hecha a Abraham «no le fue dada en virtud de la Ley, sino en virtud de la justicia de la fe», y que por eso se extiende «no solo al que es de la Ley, sino también al que es de la fe de Abraham» (Rom 4,13.16): la promesa de la tierra, del dominio y de la restauración encuentra su cumplimiento pleno y definitivo no en una conquista territorial, cultural, política ni siquiera personal-material, sino en Cristo mismo y en el Reino universal que él inaugura, ya presente y en camino hacia su plenitud, abierto a todos los pueblos (Gal 3,28-29). Por eso la Iglesia católica, frente a cada una de estas cinco corrientes, no ofrece cinco respuestas distintas e independientes, sino una misma respuesta aplicada cinco veces: la tierra prometida ya no se conquista ni se reconstruye ni se toma por posesión humana, porque ya fue dada, en Cristo, a quien cree.
II. El ecumenismo: qué es y con quiénes es posible
El Concilio Vaticano II, en el decreto Unitatis Redintegratio (1964), llamó a los católicos a buscar activamente la unidad de todos los cristianos bautizados que confiesan a Jesucristo como Dios y Salvador. Esto es el ecumenismo: el diálogo y la colaboración con las Iglesias y comunidades que, aun separadas de la plena comunión con Roma, comparten con nosotros el Bautismo trinitario y la fe fundamental en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre. En este sentido amplio entran las Iglesias ortodoxas, la comunión anglicana, y la inmensa mayoría de las tradiciones evangélicas que recorrimos en esta serie —luteranos, reformados, metodistas, bautistas, pentecostales, adventistas—, con las que compartimos el Credo, la Trinidad y la divinidad de Cristo, aunque difiramos en mucho de lo que hemos visto.
Con todos ellos, el camino que nos pide el Evangelio no es la indiferencia ni la polémica, sino lo que Unitatis Redintegratio llama el «diálogo de la verdad y de la caridad»: reconocer con gratitud lo que de bueno y santo hay en su fe, buscar lo que nos une, y a la vez exponer con claridad —no con agresividad ni con complejo— aquello en lo que, por fidelidad a lo recibido, no podemos coincidir. Esa ha sido, precisamente, la intención de toda esta serie.
En Paraguay, este camino ya tiene estructuras concretas y de larga trayectoria. La propia Conferencia Episcopal Paraguaya cuenta con una Comisión Episcopal para el Diálogo Ecuménico, encargada de sostener institucionalmente esta tarea desde la Iglesia católica. Y desde 1976 —en pleno período de dictadura— existe el Comité de Iglesias para Ayudas de Emergencia (CIPAE), una instancia interconfesional nacida de la necesidad común de responder, «con fuerza moral, ética y técnica» según sus propias palabras, a la represión de aquellos años, y que reúne desde entonces a la Iglesia católica junto a diversas iglesias protestantes históricas (entre ellas la Iglesia Cristiana Discípulos de Cristo) en la defensa de los derechos humanos y el trabajo solidario con los más postergados (ABC Color). A esto se suma la experiencia más reciente y modesta del primer centro ecuménico del país, inaugurado en Pilar en 2024 (InfoVaticana). Son, juntas, una prueba de que el ecumenismo en nuestro país no es solo un ideal conciliar, sino una práctica ya encarnada y con historia.
III. Una palabra que hay que usar con cuidado: el fundamentalismo
Esta serie ha usado varias veces la palabra «fundamentalismo», y conviene precisarla antes de cerrar, porque se emplea tanto como insulto que ha perdido su significado.
En su origen designa un movimiento concreto del protestantismo norteamericano. Entre 1910 y 1915 se publicaron los doce volúmenes de ensayos The Fundamentals, que defendían lo que sus autores consideraban las verdades irrenunciables de la fe, entre ellas la inerrancia total de la Biblia, frente al liberalismo teológico. En 1920 el editor bautista Curtis Lee Laws adoptó el nombre «fundamentalista», y muchos lo asumieron con orgullo. Con el tiempo, los estudiosos tomaron la palabra para describir una actitud que aparece también en otras religiones, y aun fuera de ellas.
Esa actitud tiene rasgos reconocibles: nace como reacción de miedo ante los cambios de la modernidad; se apoya en un fundamento tenido por intocable, la letra de un texto o una tradición, que se lee sin atender a su contexto; no admite examen ni diálogo, porque teme que si cede una pieza caiga todo; divide el mundo entre nosotros y ellos; confía en una autoridad carismática; y no reconoce frontera entre la fe y la política. Conviene no confundirla con el conservadurismo: se puede sostener con firmeza la doctrina y, a la vez, estudiar, dialogar y reconocer el contexto. Tampoco es fundamentalista, por el solo hecho de serlo, quien tiene una fe clara: el cardenal Ratzinger advirtió, en la homilía de la misa previa al cónclave (18 de abril de 2005), que «a quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo». Lo que define al fundamentalismo no es la firmeza de las convicciones, sino la negativa a examinarlas y a dar razón de ellas.
La división entre «nosotros» y «ellos» puede llegar a lo más hondo. Un ministerio evangélico que forma a autoridades civiles ha escrito, defendiendo su propia enseñanza, que la teología «más tolerante» de quienes no interpretan la Biblia literalmente suena como si viniera de «un dios completamente distinto», y que así es (traducción nuestra). Quien así habla no ve en esos cristianos a hermanos con quienes dialogar, sino a seguidores de otra religión. Es un buen ejemplo de la actitud que describimos, sin que haga falta nombrar a nadie.
Esto ilumina lo recorrido. El dispensacionalismo se consolidó en ese mundo, y el artículo 2 mostró que el fundamentalismo fue apolítico durante décadas y que, desde los años setenta, se volcó a la acción política. El reconstruccionismo comparte con él la lectura literal de la ley bíblica. La Nueva Reforma Apostólica y la teología del éxito, en cambio, no son fundamentalistas en sentido estricto: los estudiosos del pentecostalismo subrayan que los fundamentalistas han sido sus adversarios más acérrimos, y que ambos movimientos, aunque nacidos en el mismo mundo protestante y como reacción a la modernidad, la enfrentan de maneras opuestas; con él comparten afinidades, como la autoridad carismática y la política leída en clave de batalla espiritual. El fundamentalismo no es, entonces, el nombre de todas estas corrientes: es una manera de vivir la fe en la que el proyecto de poder prospera con más facilidad.
Un filósofo del siglo XX, Bernhard Welte, en la lectura de Luisa Ripa, ofrece una clave para entender por qué esta actitud no es un exceso de fe sino su pérdida: el fanático no soporta la demora de Dios y hace él lo que Dios no hace; conserva el lenguaje y los ritos de la religión, pero en realidad cree en sí mismo, en su voluntad y en sus medidas. La religión se vuelve entonces una cortina que le impide ver a la persona que tiene delante. Esa cortina puede llamarse cultura, política, sistema o creencia. Antonio Spadaro, entonces director de La Civiltà Cattolica, y Marcelo Figueroa, biblista y pastor presbiteriano, llegan a una conclusión parecida desde la política: la tentación de aliar religión y poder se alimenta del miedo a la fractura del orden y del temor al caos, y el fundamentalismo se revela así «no como producto de la experiencia religiosa, sino como una concepción pobre e instrumental de dicha experiencia».
Y no es un mal ajeno. La tentación de convertir la fe en una fortaleza de certezas existe también entre nosotros, y es el tema de la tercera serie. Distinguir sin descalificar empieza por mirarnos a nosotros mismos (cf. Mt 7,3).
IV. Lo que ha quedado fuera de esta serie, y por qué
Conviene decir con honestidad a los fieles que esta serie no agotó el panorama de las realidades religiosas con las que nos encontramos en Paraguay. Quedaron deliberadamente fuera, entre otras, los Testigos de Jehová y los mormones (Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días). No es un olvido, sino una distinción teológica precisa que importa explicar:
- Los Testigos de Jehová niegan la Trinidad y sostienen una cristología que no reconoce a Jesucristo como verdadero Dios, de naturaleza divina igual a la del Padre.
- Los mormones sostienen una concepción de Dios radicalmente distinta de la fe trinitaria clásica (entre otras diferencias, una noción material y pluralista de la divinidad), razón por la cual la Santa Sede, a través de la Congregación para la Doctrina de la Fe, declaró en el año 2001 que el bautismo mormón no es válido como bautismo cristiano.
Por esa razón doctrinal —no por antipatía ni por desconocimiento—, la relación de la Iglesia católica con estos dos grupos no se encuadra en el ecumenismo propiamente dicho (que supone, como vimos, un bautismo común y la fe trinitaria compartida), sino más bien en el campo de la evangelización y, en ciertos aspectos de su organización y método de proselitismo, en el de la vigilancia pastoral ante movimientos que, aunque se presenten con lenguaje bíblico y cristiano, sostienen una fe sustancialmente distinta de la fe de la Iglesia indivisa de los primeros siglos. Esto no autoriza el desprecio ni la descalificación de las personas que pertenecen a esos grupos, muchas de las cuales viven su fe con sinceridad; pero sí exige que no se presente como «otra rama más del cristianismo evangélico» lo que doctrinalmente pertenece a una categoría distinta. Si en el futuro resulta oportuno, esta distinción podría merecer una serie propia.
V. Una convicción final
Esta serie no nació de la sospecha ni del afán de polémica, sino de un deber pastoral concreto: que nuestros fieles comprendan, con la misma caridad con que trata el Evangelio a todo ser humano, el mapa religioso en el que viven, para discernir con libertad y sin ingenuidad las propuestas —algunas genuinamente espirituales, otras entrelazadas con proyectos de poder— que les llegan en nombre de Cristo. La Iglesia católica, «una, santa, católica y apostólica», no necesita adherir a plataformas ajenas para sostener lo que ya profesa en su Credo y vive en su Catecismo; pero sí necesita, siempre, conocer con precisión y hablar con claridad sobre el terreno espiritual que comparte con sus hermanos cristianos, cualquiera sea su camino.
Para profundizar
- Concilio Vaticano II, Unitatis Redintegratio (1964); Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directorio para la aplicación de los principios y normas sobre el ecumenismo (1993).
- Congregación para la Doctrina de la Fe, Respuesta a un dubium sobre la validez del bautismo conferido por «La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días» (5 de junio de 2001).
- Sobre el fundamentalismo: Máximo García Ruiz, «Fundamentalismo», en Mariano Moreno Villa (dir.), Diccionario de pensamiento contemporáneo (Editorial San Pablo, 1997), pp. 582-586 (entrada en Mercaba); Paloma Fernández de la Hoz, «Fundamentalismos e integrismos: una rigidez cadavérica», Sal Terrae 1 (1991), pp. 15-26; Jaume Flaquer, *Fundamentalismo: entre la perplejidad, la condena y el intento de comprender*, Cuadernos CJ 77 (Barcelona: Cristianisme i Justícia, 1997); Bernhard Welte, Filosofía de la religión, trad. Raúl Gabás (Barcelona: Herder, 1981), pp. 258-261, según la exposición de Luisa Ripa, «Dos aportes fenomenológicos para pensar el fundamentalismo», Analysis 29 (2021), pp. 101-109; Felipe Orellana Gallardo, «Fundamentalismo y pentecostalismo como expresión de religiosidades antagónicas, y un significativo lazo en común», Polis, Revista de la Universidad Bolivariana 11, n.º 32 (2012); George M. Marsden, Fundamentalism and American Culture (3ª ed., Oxford University Press, 2022).
- Joseph Ratzinger, Homilía en la Misa pro eligendo Romano Pontifice, Basílica Vaticana, 18 de abril de 2005 (Vatican.va).
- George M. Marsden, Fundamentalism and American Culture, 3.ª ed. (Oxford: Oxford University Press, 2022), cap. «The Fundamentals» (DOI).
- Antonio Spadaro y Marcelo Figueroa, «Fondamentalismo evangelicale e integralismo cattolico. Un sorprendente ecumenismo», La Civiltà Cattolica, cuaderno 4010, vol. III (15 de julio de 2017), pp. 105-113; edición en español, publicada en línea el 29 de octubre de 2021 (texto) — fundamentalismo evangélico e integrismo católico como fenómenos paralelos y su raíz en el miedo.
- Rom 4,13-16; Gal 3,28-29 (universalización paulina de la promesa).
- SBP — Historia; La Nación — traducción a lengua de señas; ABC Color — CIPAE; InfoVaticana — centro ecuménico de Pilar.
- Capitol Ministries, «Capitol Ministries Responds to Fake News from The L.A. Times and Others» (capmin.org, 14 de septiembre de 2017).

