• Los grandes encuentros eclesiales como loci pastorales

    La plaza estaba llena. Los cánticos, las banderas, el fervor. Cibeles con su fuente convertida en altar improvisado de una fe que no cabe en los templos. El Bernabéu con su acústica de estadio devuelta a algo más antiguo que el fútbol. O la Bienal Católica que vivimos en Encarnación hace apenas unos meses: distinta en escala, idéntica en estructura. Las cámaras captaban todo —o casi todo— y el mundo que presta atención a estas cosas supo que algo grande había pasado. O parecido.

    No es cinismo decirlo así. Es honestidad. Porque los grandes encuentros eclesiales —las visitas papales, las Jornadas Mundiales de la Juventud, los encuentros masivos de cualquier tipo— tienen una doble naturaleza que conviene mirar de frente: son reales y son frágiles al mismo tiempo. Son Tabor y Domingo de Ramos en la misma plaza, en el mismo instante.

    El Tabor es real: allí algo se revela que normalmente permanece invisible. Que la Iglesia es más grande de lo que parece desde el barrio, que la fe tiene rostros de todos los continentes, que el cántico en común produce algo que ningún cántico solitario puede producir. Eso no es ilusión. Es epifanía legítima.

    El Domingo de Ramos también es real: la multitud aclama y el lunes viene, y el lunes tiene su propia lógica, y el que entró en Jerusalén sabía que los hosannas no duran. No entró a pesar de eso. Entró a través de eso, hacia algo que la multitud no podía acompañar.

    Los medios hacen lo que los medios saben hacer: encuadran, iluminan, excluyen. Lo que queda fuera del encuadre no desaparece. Las guerras siguen. El hambre sigue. El desplazado sigue caminando mientras la pantalla muestra la plaza llena. No es mala voluntad del periodista. Es la gramática del zoom: para mostrar algo hay que dejar de mostrar todo lo demás.

    Y sin embargo algo pasa en esa plaza que no pasa en ningún otro lugar. Y eso merece ser pensado con cuidado, sin romantizarlo y sin descartarlo.

    El ratón que juntaba luz

    Hay un cuento de Leo Lionni que se llama Frederick. Un ratón que, mientras los demás de su familia juntan nueces y granos para el invierno, parece no hacer nada. Está quieto, mirando. Cuando le preguntan, dice que está juntando colores, palabras, rayos de sol. Los otros no entienden bien, pero lo dejan.

    Llega el invierno. Las reservas de comida se agotan. El frío y el gris se instalan. Y entonces Frederick abre la boca y empieza a hablar: describe el verano, los colores del campo, la calidez del sol. Y los ratones, que ya no tienen nada que comer, sienten calor. Lo que Frederick juntó —invisible, intangible, aparentemente inútil— resulta ser lo único que calienta cuando ya no queda nada más.

    Los grandes encuentros eclesiales son el momento Frederick de la Iglesia.

    No producen conversión medible. No generan estructura pastoral inmediata. No resuelven los problemas que esperan en casa. Desde una mirada puramente pragmática, son un derroche: energía, recursos, tiempo, expectativas. Un ratón quieto mirando el sol mientras los demás trabajan.

    Pero juntan algo que no se puede juntar de otra manera. Una imagen que dice algo sin decirlo. La experiencia de haber cantado con personas de todas partes. Una palabra escuchada en medio de la multitud que se aloja en algún lugar hondo y no sale más. La percepción —fugaz, real— de que esto es más grande que yo y que, sin embargo, me incluye.

    Eso es reserva para el invierno. No se sabe cuándo va a hacer falta. Pero hace falta.

    Seis preguntas para un pastor

    La pregunta pastoral de fondo no es cuánta gente fue a la plaza. Es qué pasa con esa gente cuando vuelve. Y para saberlo, el pastor necesita una cartografía del sujeto que ningún evento puede proveer por sí solo. Una cartografía de seis entradas —seis loci, lugares de vida, espacios reales donde la fe se juega o se pierde— cada una con dos dimensiones: el dónde —concreto, físico, localizable— y el cuándo —consciente, emocional, el instante en que algo aterriza de verdad.

    Dime dónde te arrodillas: el lugar físico del culto —la capilla, el estadio, la orilla del río— y el instante en que algo dentro cede y reconoce algo mayor. Los dos son necesarios. El lugar sin el instante es rutina. El instante sin lugar es fantasma.

    Dime dónde aplaudes: el espacio concreto de la pertenencia —Cibeles, el Bernabéu, la costanera en la Bie-Cat— y el momento en que el sujeto deja de ser individuo y se descubre parte de algo. Breve. Real. Irrepetible en esa forma exacta.

    Dime dónde habitas: no el lugar del evento sino el lugar del transcurso. La cocina, el escritorio, el colectivo. Y el cuándo más difícil: el momento en que la vida ordinaria pesa y no hay multitud que sostenga.

    Dime dónde sufres y mueres: el lugar más concreto y más íntimo —una cama, una sala de hospital, un silencio que no termina— y el momento en que ya no hay energía para sostener ninguna máscara. El altar que nadie elige y que más purifica.

    Dime dónde amas: no el locus del sentimiento sino el de la entrega sostenida. Una persona, una tarea, una comunidad. Aquí se juega lo más exigente de la fe vivida. Y es el más revelador: se puede aplaudir en Cibeles y no amar en casa. Se puede arrodillar en la capilla y no amar al de al lado. El dónde amas desmascara todo lo demás.

    Dime cuándo crees: y aquí el cambio de preposición es preciso. No dónde sino cuándo. Porque la fe no es un estado permanente que se habita —es un acto que ocurre, que a veces ocurre y a veces no, que tiene sus momentos de claridad y sus noches. El cuándo honra la discontinuidad real de la fe vivida: no la fe como posesión sino como evento que irrumpe, en la plaza, sí, pero también en el dolor, en el amor, en el momento inesperado de un lunes cualquiera.

    Los primeros cuatro son loci del ser. Los dos últimos son loci del acontecer. La fe y el amor no se tienen: suceden. Y el pastor que no sabe leer esos seis registros en la persona concreta que tiene delante trabaja en la superficie, aunque llene de actividades el calendario.

    La memoria es ubicua

    Hay algo que el evento deja que no se ve en las fotos. La presencia en Cibeles —o en la plaza de la Bie-Cat— fue un momento: tuvo fecha, tuvo hora, terminó. Pero la memoria de ese momento no tiene horario. Aparece en el lunes sin nombre, en la noche difícil, en el instante en que nadie más está. La presencia es discontinua —puntual, fechable, irrepetible. La memoria es ubicua.

    Y esa ubicuidad es lo que convierte el evento en locus pastoral verdadero: no lo que pasó allí, sino lo que sigue pasando desde allí, en silencio, en los lugares y momentos que ninguna cámara alcanza. Frederick no es útil en el verano. Es útil en el invierno. Y el invierno llega para todos, con o sin plaza llena.

    León XIV estuvo en Madrid. La plaza estaba llena. Fue Tabor y fue Domingo de Ramos y fue, también, un ratón quieto juntando luz.

    La pregunta no es si valió la pena. Valió. La pregunta es quién recoge lo que quedó. Qué Iglesia local espera a la persona cuando vuelve del evento. Qué pastor está disponible para el locus opaco, el que no tiene fotografía digna, el que no llena plazas.

    El Evangelio no promete veranos eternos. Promete algo que calienta cuando el invierno llega. Entre la plaza y ese invierno, alguien tiene que hacer lo que hace Frederick: quedarse quieto, juntar luz, guardar palabras y colores para cuando hagan falta.

    La plaza es necesaria. El lunes también. Y los seis dimes son el mapa del camino entre los dos.

    — † —

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, 10 de junio de 2026

  • Una reflexión sobre un tema cultural de actualidad

    por Francisco Javier Pistilli Scorzara

    Hay una propuesta circulando en el Congreso que, con la mejor intención del mundo, paradójicamente, podría lograr lo que ningún dictador consiguió: silenciar Patria Querida.

    La iniciativa de la diputada Alexandra Zena busca declarar la canción segundo himno nacional oficial de la República del Paraguay. El argumento es impecable en apariencia: la composición forma parte del patrimonio emocional del pueblo paraguayo, ha acompañado más de un siglo de historia, merece reconocimiento institucional. Todo verdad. Y sin embargo, precisamente por todo eso, la propuesta apunta en la dirección equivocada.

    Una cantinera francesa al servicio de la patria

    Comencemos por el dato que los promotores del proyecto mencionan de pasada, sin detenerse demasiado en él: la melodía de Patria Querida es La Madelon, una canción popular francesa compuesta en 1914 por Louis Bousquet y Camille Robert. Su protagonista es una cantinera de vida alegre que “a todos trata igual” y “ofreció su amor a todo el frente, del soldado al general”. La letra original no es exactamente una pieza para actos escolares.

    El sacerdote francés Marcelino Noutz, de la Congregación del Sagrado Corazón de Betharram, llegó al Paraguay en 1918. Conocía perfectamente esa música — era la música de sus compatriotas en las trincheras de la Gran Guerra. Y eligió conscientemente esa melodía, precisamente por su fuerza, su marchabilidad, su capacidad de prender en el pueblo. En 1923 le puso letra nueva, la llamó “Himno de la Raza”, y doscientos alumnos del Colegio San José la cantaron por primera vez el 12 de octubre de ese año en la cancha del Club Olimpia.

    El gesto de Noutz fue lúcido: tomó la energía de una canción popular y la puso al servicio de otro espíritu. La forma permaneció; el contenido cambió por completo. Una contrafactura — procedimiento tan antiguo como la música misma — que el pueblo concretó exitosamente y para siempre.

    Hay en esto, de paso, una ironía histórica que merece contarse. Cuando el general Charles de Gaulle visitó el Paraguay en los años 60, los alumnos del Colegio San José le cantaron Patria Querida frente al palco oficial, donde también estaba Alfredo Stroessner. De Gaulle no entendió los versos de Noutz. Solo reconoció la melodía. Y lo que recordó fue La Madelon — la canción de las fiestas del ejército francés. Los periódicos de Francia lo contaron con extrañeza: los alumnos del Saint Joseph d’Assomption le habían cantado al general la música de taberna de sus soldados. Stroessner aplaudíó sin saber que lo que sonaba en ese palco era, al mismo tiempo, un himno patriótico paraguayo y una canción de cantinera gala.

    El Sitz im Leben de una canción libre

    Pero lo que importa no es la anécdota. Lo que importa es entender dónde vive Patria Querida, cuál es su Sitz im Leben — el lugar vital que le da su sentido propio.

    Esta canción no nació en un despacho oficial. No fue encargada por ningún gobierno. No la decretó ninguna comisión parlamentaria. La escribió un sacerdote extranjero que amaba al Paraguay, en un contexto de guerra civil, para que los jóvenes tuviesen un canto que los sostuviera, para ayudar al proceso de reconstruir el tejido social y moral de la juventud, superar las divisiones y fortalecer la unidad nacional.

    Y desde entonces, Patria Querida ha vivido exactamente donde debe vivir una canción así: en la garganta del pueblo cuando el pueblo necesita decir algo que el poder no quiere escuchar o cuando simplemente es bueno, verdadero, necesario y oportuno elevar la moral.

    La cantaron los soldados en las trincheras del Chaco. La cantaron los estudiantes en las huelgas de 1959. La cantaron los jóvenes en la Plaza del Congreso durante el Marzo Paraguayo de 1999, cuando la sangre todavía no se había secado en el adoquín. La han cantado generaciones que encontraron en esa melodía un lugar donde depositar su esperanza y su protesta, su amor al país y su rechazo a quienes lo traicionan.

    Patria Querida es el canto de la retreta, de la libertad y de la rebeldía, de la utopía y de la añoranza, del techaga’u sincero de los ideales, y del alma enamorada de su patria. Desde allí se canta libre al soldado y al general, no para honrar a los que están en el palco, sino para recordar a los del palco que se deben al amor patrio.

    Su fuerza simbólica viene exactamente de eso: nadie se la regaló al pueblo. El pueblo la tomó. La hizo suya. La convirtió en himno desde abajo, no desde arriba.

    El abrazo que asfixia

    Aquí está el problema con la propuesta bien intencionada de la diputada Zena.

    Cuando el Estado se apropia de una canción y la declara símbolo oficial, no la honra — la domestica. La transforma de gesto vivo en protocolo muerto. Lo que era canto espontáneo pasa a ser obligación reglamentaria. Lo que emocionaba porque surgía desde la libertad pasa a ser requisito de acto escolar.

    El mejor camino para matar una canción es hacerla oficial y obligatoria.

    No se puede decretar la emoción. No se puede legislar la pertenencia. Y cuando el Estado intenta hacerlo, generalmente produce el efecto contrario: lo que antes era propio ahora es impuesto; lo que antes era vivo ahora es formalidad.

    Hay una paradoja política que Étienne de La Boétie comprendió hace cinco siglos: el poder no siempre necesita prohibir para neutralizar. A veces le basta con abrazar. Lo que no pudo el autoritarismo por la fuerza —apropiarse de Patria Querida, convertirla en instrumento del régimen— podría lograrlo sin querer un decreto parlamentario bien intencionado.

    Patria Querida sobrevivió a los regímenes y gobernantes autoritarios precisamente porque ningún poder pudo tomarla sin quemarse. Era del pueblo, y el pueblo la sabía suya. Si se convierte en himno oficial, pasa a ser del Estado. Y lo que es del Estado deja de ser del pueblo de la misma manera.

    Lo que merece ser honrado

    Marcelino Noutz merece ser recordado. La historia de Patria Querida merece ser contada en las escuelas, con toda su complejidad: la cantinera francesa, el sacerdote que eligió esa melodía con inteligencia pastoral, los doscientos alumnos del San José, De Gaulle desconcertado, el General aplaudiendo sin saber, y los jóvenes del Marzo Paraguayo cantándola frente al Congreso que ardía.

    Eso es patrimonio cultural vivo. Eso sí merece protección, enseñanza, difusión.

    Aún hoy la Iglesia encuentra en el sensus fidei el pendant necesario: esa sabiduría creyente del pueblo que inspira y al mismo tiempo completa la autoridad del magisterio. La Iglesia ha aprendido, y sigue aprendiendo, no siempre a tiempo, que custodiar el alma del pueblo no es lo mismo que administrarla, y que la tensión no necesita ser anulada sino habitada. Gobernar y legislar, en democracia, requiere una sabiduría similar.

    La protección de una canción popular no pasa por encadenarla a un decreto. Pasa por mantener vivas las condiciones en que ella puede seguir siendo lo que es: el canto de un pueblo que no se resigna, que ama su país con demasiada intensidad como para entregárselo a quienes lo defraudan, corrompen, traicionan o simplemente desilusionan por ineficacia, pereza o conveniencia. Patria Querida es el canto del pueblo que encuentra en esa melodía — prestada de una cantinera gala, pero hecha profundamente paraguaya — las palabras que la ocasión exige. No es narrativa oficial, es voz del alma de nuestro pueblo.

    Hay otra canción que nació en otras circunstancias pero del mismo barro — las trincheras del Chaco, el soldado que vuelve, el amor que esperó. Reservista Purahéi, de Félix Fernández y Agustín Barboza, lleva un subtítulo que es casi un evangelio popular: “Batalla que gana el amor”. El reservista regresa con sus dudas y encuentra que el cariño permaneció intacto. No necesitó decreto para eso. Bastó la fidelidad.

    Patria Querida merece la misma suerte: que el pueblo le sea fiel, no que el Estado la administre. Esa es la batalla que debe ganar el amor — y que el Congreso se ocupe en las estrategias y en las luchas que el país de verdad necesita, sin elevar a minuta obligatoria lo que ya es del pueblo. Patria Querida no necesita ser rescatada por una ley. Necesita seguir siendo cantada por hombres y mujeres libres.

    Patria querida, somos tu esperanza.”

    Que siga sonando libre. Sin escudo oficial. Sin decreto. Sin protocolo.

    Como nació.

    Encarnación, 8 de junio de 2026

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

  • Reflexión para la Vigilia preparatoria para el encuentro del Papa León XIV en Madrid – Vigilia Internacional de Oración por la Paz

    La Universidad Católica de Murcia (UCAM), Torrejón de Ardoz, me hizo llegar un cordial pedido, de colaborar con un video de reflexión y testimonio, tomando como base el texto del Mensaje por la Paz del 1 de enero de 2026, del Papa León XIV. El texto que preparé para el video, es un poco más extenso que el video que envié, que debía durar un minuto. Comparto el texto y el enlace al video. En el video, este mensaje inicia en el minuto 4:40. El video incluye otros testimonios y reflexiones de cardenales, obispos, sacerdotes, laicos, religiosos.

    «El mundo no se salva afilando espadas», dijo León XIV.

    Pero hoy hay que preguntarse con honestidad: ¿con quién hacemos alianza?

    ¿Con el poder que deslumbra? ¿Con la victoria ideológica que enardece? ¿Con la eficiencia que seduce? ¿Con la demagogia que promete? ¿Con las utopías de ayer, recalentadas, que ya no alimentan?

    ¿Con las tecnologías al servicio del egoísmo y de la preservación de unos pocos privilegiados, en lugar de lo mejor de la humanidad para toda la humanidad —como nos recuerda la encíclica Magnifica Humanitas?

    ¿Con el miedo que segrega, que invoca el nacionalismo como promesa de seguridad?

    ¿Con las burbujas de bienestar excluyente, enfocadas en el éxito personal individualista?

    ¿Con la fantasía sentimental que añora la belleza, pero no se compromete con la bondad laboriosa?

    Todas estas alianzas arman las estructuras del egoísmo y de la confrontación.

    Hay muchos que se llenan el nombre de Cristo en la boca para bendecir sus agendas. Muchos que usan el Evangelio como aval del poder.

    Pero la paz verdadera tiene otro origen y otro camino. Hay otra Alianza.

    La Alianza con Cristo crucificado —que no ofrece poder, sino vida entregada. Que no promete victoria, sino cruz compartida. Que no cierra, sino que resucita libre.

    Una alianza verdadera, no una mentira, no una fachada que encubre segundas intenciones y vidas. La Alianza con Cristo que desnuda nuestras falsedades.

    Esta Alianza se fortalece al contemplar a Cristo: no al Cristo triunfante de los estadios, sino al Cristo de la Cruz. Ese Cristo que no negoció con el poder, que no firmó alianza con el miedo, que no compró con espadas lo que solo puede recibirse como don, que no claudicó ante la hipocresía, la negligencia y el oportunismo mediocre.

    Ante ese Cristo, las conciencias se desarman. Y solo las conciencias desarmadas pueden construir una paz que no sea tregua, ni propaganda, ni negocio.

    Esa Alianza desarma para la humanidad más espléndida: la de los hijos y hermanos. La que María cantó en el Magnificat.

    Desde Paraguay: ¡la paz esté con todos ustedes!

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, junio de 2026

  • Bertso para Mons. Ignacio Gogorza Izaguirre, S.C.I. di Béth.

    Obispo Emérito de la Santísima Encarnación

    En el día de sus 28 años de ordenación episcopal

    Encarnación, 7 de junio de 2026

    I.

    De noble madera vasca,

    nogal que sonríe en Javier;

    dispuso Dios que allí nazca

    la cuna que te vio nacer.

    Tierra de Ignacio, Loyola,

    cielo de Francisco Javier;

    tu casa la fe enarbola

    al Cristo que honra tu ser.

    II.

    La Virgen del avellano,

    la Madre del Bello Ramo;

    a su Asunción te ha llevado

    y a Caacupé consagrado.

    José te nombró maestro,

    Miguel confió en tu celo;

    para educar fuiste diestro

    de líderes de este suelo.

    III.

    Cedro y Tajy en ti han madurado,

    en Oviedo con Enrique de Ossó;

    y hacia el Este muy pronto encaminó

    el Padre y Pastor que fue moldeado.

    Para calmar aguas, pues paz no había,

    y la Iglesia con su pueblo sufría;

    allí con María de Encarnación

    fue la corona de tu larga misión.

    IV.

    Semper maius, ignaciano,

    maxis de tierra azkoitiarra;

    más, Señor, más, javeriano,

    siempre adelante te agarra.

    Ecce venio, te delata,

    Dios Todo, para ti nada;

    y el Fiat a tus noventa,

    ¡fresco como la alborada!

    V.

    Siervo fiel de nuestro Señor,

    multiplicas tus talentos;

    nada se guarda por temor,

    no es tiempo de lamentos.

    Sabio y prudente gestor,

    incansable educador;

    humildes son tus consejos,

    luz de jóvenes y viejos.

    VI.

    Aquel día de San Roque González,

    no fue el final, fue un nuevo inicio;

    partir de nuevo, tras nuevos umbrales,

    seguir al Señor no es sacrificio.

    Que aún contemplo cual Francisco Javier

    las huellas con la marca de tu oficio,

    y que inspira a muchos tu solsticio,

    Cristo surge, Ignacio, al decrecer.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Santísima Encarnación

    Encarnación, 7 de junio de 2026

  • Litu y Ovi: De Principio a Zeta — Almuerzo en la Curia

    Por Francisco Javier Pistilli Scorzara — 2 de junio de 2026

    Hay almuerzos que son simplemente almuerzos, y hay almuerzos que son otra cosa. El de ese mediodía de junio en el comedor de la Curia de Encarnación pertenecía claramente a la segunda categoría, aunque nadie lo hubiera planeado así. La ocasión era la visita de Rocío y Rubén, matrimonio de toda la vida de la diócesis, que habían vuelto hacía dos días de Buenos Aires con sus hijos Lili y Toño —16 y 15 años respectivamente— después de haber asistido al evento del Padre Guilherme Peixoto en la plaza. El Obispo los había invitado a almorzar con naturalidad, como quien dice pasá por casa, y la mesa terminó siendo lo que suele ser la mesa de la Curia cuando hay visitas: un acontecimiento.

    El comedor huele a barniz viejo y a algo que promete. Doña Juana ha puesto mantel blanco —el que reserva para las visitas— y tres claveles rosados en el florero del centro, como siempre, sin que nadie se lo pida. Son las doce y media. El Obispo preside la cabecera. A su derecha, Litu, con ese aire de quien lleva siglos almorzando en sitios parecidos a este. A su izquierda, el Padre Lorenzo, que ya tiene el pan en la mano antes de que se siente el último. Ovi ocupa el lugar de enfrente al Obispo, junto al Padre Kevin, que revisa el teléfono con el disimulo de quien cree que nadie lo nota. La Hermana Crucifixa está recta como un libro bien encuadernado, con un cuaderno pequeño al lado del plato —por si acaso. Fray Wilson tiene auriculares colgados al cuello y una sonrisa que parece siempre a punto de convertirse en canción. Rocío y Rubén están uno frente al otro, con esa comodidad de los matrimonios que ya no necesitan mirarse para entenderse. Lili y Toño se sientan juntos pero lo más lejos posible el uno del otro, con esa técnica adolescente de la distancia sin abandono. Bit duerme bajo la silla del Obispo, ajeno a toda consideración teológica.

    * * *

    Doña Juana entró desde la cocina con la fuente principal y la autoridad de quien sabe exactamente lo que hace. La depositó en el centro de la mesa y anunció:

    —El menú de hoy es un plato de nicho. Arroz con pollo de campo, reducción de caldo casero con hierbas del patio, acompañado de una brunoise de verduras de estación, con toque final de pimentón ahumado. Maridaje recomendado: agua fresca o el jugo de naranja que exprimí yo esta mañana.

    Hubo una pausa de medio segundo, y luego la mesa entera se rió. Doña Juana esperó el final de la risa con la dignidad de quien no hace chistes, simplemente describe la realidad con precisión.

    —Gracias, doña Juana —dijo el Obispo, todavía sonriendo—. Bendigamos.

    Se hizo el silencio. El Obispo juntó las manos.

    —Señor, gracias por este encuentro, por estas personas, por quienes prepararon este almuerzo con tanto cuidado. Que el pan compartido nos sostenga, que la conversación nos ilumine, y que esta experiencia sensorial —la de la mesa, la del encuentro, la de estar juntos— nos dé fuerzas para el servicio. Amén.

    El Padre Kevin levantó apenas una ceja. La Hermana Crucifixa abrió el cuaderno y anotó algo. Ovi miró a Litu con una sonrisa. Litu miró hacia otro lado, aunque también sonreía.

    * * *

    —Qué bueno tenerlos por acá —dijo el Obispo, mirando a Rocío y a Rubén—. ¿Y cómo quedaron después de Buenos Aires?

    Rubén abrió la boca, pero Toño llegó primero.

    —Fue una locura, Monseñor. Había miles. La música te entraba por todos lados. Yo no sé cómo explicarlo, pero algo pasó ahí.

    Lili levantó los ojos del plato con una expresión que llevaba dos días perfeccionando.

    —Lo que pasó es que había un señor con auriculares tocando música de discoteca enfrente de una iglesia —dijo.

    —Era una plaza —corrigió Toño.

    —Era un show —dijo Lili.

    —Era las dos cosas —dijo Fray Wilson, con la naturalidad de quien no busca pelea pero tampoco la evita.

    El Padre Lorenzo untó manteca en el pan y no dijo nada. Eso también es una posición.

    —¿Y ustedes qué sintieron? —preguntó el Obispo, mirando a los dos.

    Toño no dudó.

    —Yo sentí que Dios estaba ahí. En serio. No lo puedo explicar mejor.

    —Yo sentí que había mucha gente con ganas de sentir algo —dijo Lili—. Que no es lo mismo.

    Silencio breve. El tipo de silencio que doña Juana conoce bien: el que precede a algo interesante. Siguió sirviendo sin apurarse.

    * * *

    —La chica tiene razón en la distinción —dijo la Hermana Crucifixa, con ese tono suyo que no condena ni absuelve, solo precisa—. El deseo de sentir y el encuentro con Dios no son la misma cosa. Aunque tampoco son incompatibles.

    —Claro que no son incompatibles —dijo Ovi—. Siempre se ha sentido algo en los momentos religiosos. Por algo se construyeron catedrales con esa acústica, con esa luz. La emoción no es el enemigo de la fe.

    —La emoción tampoco es la fe —dijo Litu, sin levantar la vista del plato.

    —Nadie dijo que lo era —respondió Ovi.

    —Lo dan a entender —dijo Litu.

    Litu y Ovi llevan siglos discutiendo de esta manera. No es hostilidad. Es método.

    El Padre Kevin, que había dejado el teléfono boca abajo con un esfuerzo visible, intervino:

    —Lo que me parece interesante es que estos chicos fueron. Nadie los mandó, nadie los obligó. Fueron porque quisieron. Eso ya dice algo. Y yo creo que la clave está en capitalizar eso. Crear una plataforma pastoral digital, un onboarding espiritual, algo que capture el engagement justo después del evento, cuando la emoción todavía está fresca. Un funnel de discipulado, básicamente.

    Silencio. El tipo de silencio diferente al anterior. Lili miró a Toño. Toño miró a Lili. El Padre Lorenzo no levantó la vista. La Hermana Crucifixa cerró el cuaderno despacio.

    —Gracias, Padre Kevin —dijo el Obispo con total serenidad—. Lo vamos a pensar en el Consejo Pastoral.

    El Padre Kevin asintió con entusiasmo, sin terminar de registrar que esa frase, en boca del Obispo, tiene al menos cuatro significados posibles.

    —Nosotros cuando éramos jóvenes íbamos a los campamentos de la diócesis —dijo Rubén, retomando el hilo—. También pasaban cosas que no sabíamos explicar. No había techno, pero había guitarras y fogones y alguno lloraba sin saber por qué. ¿Eso era diferente?

    —En el fondo, no —dijo el Padre Lorenzo—. La forma cambia. El hambre es el mismo.

    Todos lo miraron un momento. El Padre Lorenzo volvió a su plato con la serenidad de quien ya dijo lo que tenía que decir.

    * * *

    —Hay un dato que no me sale de la cabeza —dijo la Hermana Crucifixa, abriendo el cuaderno esta vez sí—. Después de la confirmación, la mayoría de los jóvenes desaparece. No se van enojados, no se van por una crisis de fe. Se van sin hacer ruido, como quien deja de ir al gimnasio. Y sin embargo, esa misma generación llenó una plaza en Buenos Aires un sábado a la noche. Eso no cuadra con el relato de la indiferencia religiosa. Algo falta en el análisis.

    —Los números lo confirman —dijo Litu—. En varios países anglosajones los varones jóvenes están volviendo a las iglesias. No en masa, pero el movimiento existe y es real. La generación que supuestamente iba a ser la primera completamente secular está haciendo preguntas que sus padres habían dejado de hacer.

    —Sí, coincido —dijo Ovi—. Pero hay que mirar bien qué están buscando. Porque el menú religioso hoy es muy variado. Hay quien vuelve a la liturgia tradicional, quien va a un retiro de silencio, quien baila en una plaza, quien medita con una app. No todos están buscando lo mismo ni van a terminar en el mismo lugar. La pluralidad no es solo un síntoma de crisis. También es una forma de vitalidad.

    Lili había estado escuchando con atención creciente. Dejó el tenedor sobre el plato.

    —No se van por el programa —dijo—. Se van porque el programa no los trata como personas. Los trata como proyectos.

    Rocío miró a su hija con esa expresión de los padres que descubren de golpe que sus hijos crecieron.

    —Eso está muy bien dicho —dijo el Obispo.

    —Es lo que siento yo también —dijo Toño, mirando a su hermana con algo parecido al respeto, que entre hermanos adolescentes es una moneda rara.

    —Eso es exactamente el problema —dijo Litu—. Que no hay manera de controlar eso.

    —O exactamente la gracia —dijo Ovi.

    * * *

    Fue entonces cuando el Padre Lorenzo carraspeó levemente, dejó el tenedor sobre el plato y dijo, con esa calma suya que anuncia algo:

    —El otro día, tarde, pasé cerca de la capilla. Había luz. Escuché voces. Alguien cantaba. Una melodía que me sonó familiar, de cuando era joven. —Hizo una pausa—. Era una canción sobre el amor que está en todas partes. Pero la letra hablaba de otra cosa. O de lo mismo, pero desde otro lugar.

    Miró tranquilamente hacia el extremo de la mesa donde estaban sentados Litu y Ovi.

    —No sé quiénes eran —agregó, con total inocencia—. Estaba oscuro.

    Litu tomó un sorbo de agua con demasiada concentración. Ovi se llevó la servilleta a la boca justo en ese momento. Hubo un carraspeo doble, casi sincronizado. La mesa entera se rió, incluido el Padre Lorenzo, que es de los que se ríen sin que se les mueva la cara.

    —Qué bueno que hay gente que reza de tantas maneras —dijo el Obispo, con esa neutralidad que puede ser todo.

    * * *

    Doña Juana trajo el postre sin anunciarlo: budín de pan con salsa de caramelo.

    Hay momentos en que el budín de pan es un argumento teológico. Este era uno de ellos.

    —God is in the air —dijo Fray Wilson, casi para sí, mirando el techo.

    —¿Cómo? —preguntó el Padre Kevin.

    —Una canción. Bueno, una idea. Que Dios está en el aire. En todas partes. También en una plaza de Buenos Aires con un cura con auriculares.

    —También en este comedor —dijo doña Juana, sin levantar la vista de la jarra de agua que estaba rellenando.

    Nadie supo si lo dijo en serio o de paso. Probablemente las dos cosas. Con doña Juana nunca se sabe, y eso forma parte de su teología.

    El Obispo tomó una cucharada de budín y miró a Toño.

    —¿Y vos qué vas a hacer con lo que sentiste en Buenos Aires?

    Toño pensó un momento.

    —No sé todavía. Pero no lo quiero perder.

    —Eso es suficiente por ahora —dijo el Obispo.

    Litu miró a Ovi. Ovi miró a Litu. Ninguno de los dos dijo nada, que también es una forma de estar de acuerdo.

    * * *

    La sobremesa duró lo que duran las buenas sobremesas: más de lo planeado y menos de lo que uno quisiera. Cuando todos se fueron, el comedor quedó con el mantel un poco arrugado, los claveles rosados todavía en pie, y ese silencio particular que dejan las conversaciones que valieron la pena.

    El Obispo fue a su cuarto. Cerró la puerta. Abrió el cajón del escritorio, sacó sus auriculares, los colocó sobre las orejas, buscó la canción en el equipo de música y le dio al play. Entonces se dio cuenta de que había olvidado conectar los auriculares. La canción salió a todo volumen por los parlantes —ese disco australiano de 1977, esa melodía que no envejece— y se escuchó perfectamente desde la calle.

    Afuera, Litu y Ovi iban caminando hacia el portón. Se detuvieron. Se miraron. Y sin ponerse de acuerdo, sin que nadie lo pidiera, comenzaron a tararear la misma melodía. Bit, que los había seguido hasta la salida, agitó la cola con una convicción que no admitía interpretaciones.

    El viento movía las hojas del patio.

    God is all around, God is in the air.

    Encarnación, 2 de junio de 2026

  • Algo está cambiando en la religión, y no es exactamente lo que los profetas del fin de la fe anunciaron.

    Por Francisco Javier Pistilli Scorzara, Obispo — 2 de junio de 2026

    En 1882, Friedrich Nietzsche puso en boca de un hombre loco la noticia más perturbadora de la modernidad: Gott ist tot. Dios ha muerto. Un siglo después, cuando estudiaba teología en Münster entre 1990 y 1996, el eco de esa proclama seguía resonando en los pasillos académicos: la Gott-ist-tot-Theologie —Vahanian, Hamilton, Altizer, Sölle— había dejado una estela que la teología europea todavía digería, entre la fascinación y el desconcierto. El diagnóstico parecía inapelable: la cultura secular moderna había vaciado a Dios de contenido real, y lo que quedaba era una cáscara institucional en proceso de disolución. Treinta años después, algo no cuadra con ese pronóstico. Los jóvenes vuelven a las iglesias, los escenarios invocan lo sagrado sin que nadie los obligue, y una generación que creció sin catecismo sale a buscar trascendencia con la misma urgencia con que sus abuelos la recibían de herencia. Parece que Dios es bastante más resiliente de lo que ciertos teólogos predijeron: más duro de matar que Bruce Willis y más difícil de encasillar en una época o cultura determinada. God is all around. El aire cambió, pero el aliento sigue.

    * * *

    Lo que los datos muestran no es el fin de la experiencia religiosa sino el fin de su monopolio institucional. La gente se alejó de los altares, pero no de la sed. Abandonó los horarios fijos de la misa dominical, pero no la búsqueda de algo que la misa intentaba dar. Y curiosamente, ese alejamiento de la forma no produjo un paisaje de formas vacías: produjo una explosión de formas nuevas —y también un inesperado regreso a formas muy antiguas. Porque junto al joven que medita en silencio o baila en una plaza al ritmo de un sacerdote con auriculares, está el otro que descubre la liturgia tridentina como si fuera un producto artesanal de nicho, una experiencia gourmet de lo sagrado en un mundo de espiritualidad en serie. El apetito de Dios, lejos de haberse extinguido, se comporta hoy como el mapa gastronómico de una ciudad cosmopolita: hay quien busca el social dining espiritual —la experiencia religiosa como evento compartido, con producción, con atmósfera y con gente—; quien elige la cocina de especialidad, el rito de autor, la comunidad pequeña con historia e identidad propias; quien consume el snack inteligente de la meditación mindful como capital cultural y señal de estatus; quien se sumerge en experiencias inmersivas donde el cuerpo entero entra en la celebración; quien practica un biohacking del alma, optimizando el sentido como variable de longevidad consciente; y quien abraza la imperfección divertida de una fe que no exige perfección sino presencia. Diverso, plural, fragmentado, sorprendente. God is all around —pero ya no viene en un solo sabor.

    * * *

    Todo esto genera reacciones encontradas, y eso mismo es parte del fenómeno. Rosalía incorpora vírgenes y procesiones en sus escenarios y unos aplauden la recuperación estética de lo sagrado mientras otros denuncian la apropiación vacía. Hakuna construye experiencias con una gramática claramente litúrgica —música, comunidad, emoción colectiva, relato de sentido— y hay quien ve ahí una evangelización genuinamente contemporánea y quien detecta un sentimentalismo religioso bien empaquetado, con gancho emocional pero poca sustancia doctrinal. El Padre Guilherme mezcla alzacuellos y auriculares, y la pregunta se reparte en dos bandos casi simétricos: ¿está llevando la fe donde está la gente, o está sustituyendo el anuncio por el espectáculo? Ninguna de estas preguntas tiene respuesta fácil. Y quizás eso sea precisamente el dato más interesante: que generen debate. Porque lo que no convoca, no incomoda. Lo que no tiene densidad real, no provoca reacción. El hecho de que estos fenómenos muevan tanto a la crítica como a la adhesión sugiere que algo verdadero está en juego, aunque nadie termine de ponerse de acuerdo sobre qué exactamente. Y no es solo en los escenarios. En todos los grandes debates de este tiempo —la guerra, la vida, la muerte, la familia, el poder, la justicia, la inteligencia artificial— hay voces religiosas en ambos lados de la trinchera, cada una convencida de tener la bendición del cielo. La religión no abandonó la plaza pública. Se multiplicó en ella. God is all around —incluso, y quizás especialmente, donde se discute si Dios debería estar.

    * * *

    Hay una canción que lleva casi sesenta años sonando en bodas, en películas, en radios de todo el mundo, sin que casi nadie sepa de dónde viene realmente. Love Is All Around, escrita por Reg Presley de The Troggs en 1967, nació en diez minutos de inspiración frente al televisor, mientras veía actuar a los Joy Strings, la banda del Ejército de Salvación, interpretando una canción llamada Love That’s All Around. Presley tomó la melodía, la estructura, la sensación —y cambió una sola cosa: quitó a Dios y puso el amor. El mundo la cantó. Veintisiete años después, en 1994, Wet Wet Wet la versionó para la banda sonora de Four Weddings and a Funeral y se quedó quince semanas consecutivas en el número uno en el Reino Unido. Una generación entera la escuchó como si fuera nueva, sin saber que era una cover, sin saber que la cover era una secularización, sin saber que debajo del amor romántico había una canción religiosa esperando. God is all around se había convertido en Love is all around. Y ahora, treinta años más tarde, algo en la cultura parece estar invirtiendo el proceso. No es que la canción secular vuelva a ser religiosa. Es que la búsqueda de trascendencia vuelve a filtrarse por todas las grietas de la experiencia humana, incluidas las que parecían definitivamente selladas.

    La Generación Z —esa que creció con el algoritmo como catecismo y la pantalla como confesionario— resulta ser, paradójicamente, la que más activamente busca experiencia trascendente. No necesariamente en los templos, no necesariamente con los nombres tradicionales, no necesariamente siguiendo el manual. Pero busca. Y lo hace con la misma lógica con que elige todo lo demás: con criterio propio, con estética deliberada, con desconfianza hacia lo institucional y hambre de lo auténtico. Para algunos esa búsqueda toma la forma del retorno —la liturgia antigua como objeto de deseo, el rito preciso y solemne como antídoto contra la liquidez de todo, la forma bella como garantía de que hay algo real dentro. Para otros toma la forma de la experiencia inmersiva, el evento que conmueve, la comunidad elegida que sostiene. Para otros más, la espiritualidad es un ejercicio interior sin nombre confesional, una práctica de sentido en un mundo que fabrica sinsentido en serie.

    Lo que todas estas búsquedas tienen en común es que no encajan en el pronóstico de la Gott-ist-tot-Theologie, ni tampoco en el de quienes esperaban que la religión institucional simplemente aguantara el temporal y volviera a ser lo que fue. Ni muerte ni restauración. Algo más complejo, más vivo, más difícil de cartografiar. God is all around —escrito en el viento, presente en los dedos y en los pies, en el escenario de Rosalía y en la plaza de Buenos Aires, en el retiro de silencio y en el beat del Padre Guilherme. En todas partes. Como siempre estuvo. Solo que ahora la gente volvió a notarlo.

    * * *

    I feel it in my fingers, I feel it in my toes. La pregunta ante el Padre Guilherme —y ante Hakuna, y ante Rosalía, y ante todos los fenómenos que pueblan este paisaje— no es la pregunta de la ortopraxis. No es si está bien o está mal, si es legítimo o ilegítimo, si la Iglesia debería avalar o corregir. Esa pregunta tiene su lugar, pero no es la primera. La primera es otra: ¿qué está pasando aquí? Y lo que está pasando es hambre. Sed. Una generación que hace scrolling divino sin llamarlo así, que busca una atmósfera donde algo verdadero pueda sentirse, un contenido que valga la pena compartir, una experiencia que deje huella más allá de la pantalla. El Padre Guilherme no está haciendo una misa techno ni proponiendo una inculturación litúrgica. Está sembrando en terreno que espera porque busca. Y eso tiene su propio valor, independientemente de lo que ocurra después.

    El error vendría después, y es un error conocido: el de los padres que creen saber lo que quieren sus hijos adolescentes y se apresuran a institucionalizar la experiencia. A programarla, replicarla, convertirla en formato. En cuanto eso ocurre, los adolescentes —con ese instinto infalible para detectar la autenticidad— se alejan. No porque la propuesta sea mala, sino porque dejó de ser viva. No es nuevo. Ya ocurrió con las misas rock, con las misas de guitarra, con cada intento generoso pero ansioso de capturar en estructura lo que solo existe como acontecimiento. La misa barroca y la misa con batería comparten el mismo riesgo y la misma dignidad: la estética puede abrir o puede cerrar, puede ayudar o puede entorpecer. Pero la misa es misa —tiene su propia lógica, su propio centro, su propio peso— y no necesita disfrazarse de otra cosa para ser lo que es. Lo que el Padre Guilherme hace no es misa, y él mismo lo dice. Es otra cosa. Una antesala, quizás. Una semilla en el viento. Y el viento, ya lo sabemos, sopla donde quiere.

    * * *

    God is in the air. La frase parafrasea una canción —John Paul Young, 1977, disco australiano concebido para pistas de baile europeas— y no pretende ser teología sistemática. No para todos será sabiduría. Habrá quien la encuentre demasiado ligera, demasiado cultural, demasiado poco rigurosa. Puede ser. Pero hay cosas que se saben antes de poder demostrarlas, y esta es una de ellas: cuando miro a los ojos de quienes orientan sus pasos hacia este Dios —que perciben sin conocerlo todavía, que buscan sin haberlo encontrado del todo, que intuyen en el aire, en los susurros quietos, en la experiencia compartida, en el bullicio cultural de las nuevas generaciones— algo en ese mirar convence más que cualquier argumento.

    El siguiente paso no tiene por qué ser un asiento reservado en un templo, aunque el templo también puede ser casa. No tiene un comienzo marcado en el calendario ni un final previsto. No viene con manual ni con garantía institucional. Pero vive —y esa es la palabra exacta, vive— en la promesa de un amor en el que se puede confiar. Un amor que, según parece, lleva mucho tiempo estando en todas partes, esperando que alguien lo note.

    God is all around.

    Encarnación, 2 de junio de 2026

  • Gracias a cada uno,

    donde Dios sembró un recuerdo,

    de conocernos de paso

    y seguir este camino

    andando juntos y sin descanso.

    26 de mayo de 1965 — 26 de mayo de 2026 · 61 años

    I

    Una caricia es un instante,

    atrapado en la memoria,

    es un momento insignificante,

    que construye una historia.

    II

    Un saludo es un segundo,

    que cautiva la atención,

    es habitar en tu mundo,

    y articular juntos una relación.

    III

    Una palabra, un breve mensaje,

    que transmite al corazón,

    es armar el andamiaje,

    del vínculo que se hace canción.

    IV

    Un abrazo, contacto que fenece,

    es argamasa que sostiene,

    todo ser que un día perece,

    en la cultura que solo el amor retiene.

    V

    Una mirada es un simple deseo,

    de uno que al otro busca,

    es la chispa de ese «te veo»

    que de mirarlo se cansa nunca.

    VI

    Un beso es un heraldo fugaz del cielo

    que irrumpe en este suelo bendito

    para sembrar la semilla del evangelio,

    que arraiga el alma en el tiempo infinito.

    VII

    Un te quiero es firmar la alianza

    que el azar con un fin eterno,

    compone cual divina alabanza

    donde uno y uno son más que dos por cierto.

    VIII

    Una oración es un suspiro,

    es un mensaje y un sentido,

    un nudo del telar que en Dios admiro,

    donde nadie queda en el olvido.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Santísima Encarnación

    Encarnación, 26 de mayo de 2026

  • Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Introducción ❆

    Antes que el tiempo fuera, había amor,

    con rostro de madre, de Dios corazón,

    que sufre el momento de parir el don,

    expectante vigilia de ese dolor,

    del grito naciente, hora divina,

    que a todo hombre su faz ilumina.

    PARTE I — Del principio al umbral

    I.

    Llamó a Eva viviente, el Dios creador,

    aunque dar la vida le cause dolor.

    Sara, la anciana, esperó con paciencia,

    Dios la bendijo con su descendencia.

    II.

    Agar, desolada, a Dios nombre dio:

    Es cierto, “Tú eres el Dios que me ve”,

    la lucha en su vientre a Rebeca movió,

    en su desconcierto fue alivio su fe.

    III.

    Raquel fue la madre de aquel que salvó,

    las tribus que Lea por don concibió.

    Y Miriam, que al mismo Moisés protegió,

    cruzó a pie enjuto y el pandero tocó.

    IV.

    Fue Débora, jueza, madre en Israel,

    su canto en batalla libró al pueblo fiel.

    Rut a su suegra Noe mí rescató,

    amó a su pueblo y su Dios escogió.

    V.

    Ana en el templo a Dios le suplicó,

    su canto es el hijo que a Dios consagró.

    Un astro brillante fue la Reina Ester,

    no temió a la muerte, valiente, mujer.

    VI.

    Judit, una frágil mujer, enfrentó,

    al poder engreído y lo humilló.

    La vejez de Isabel fue la frontera,

    que Dios en su hijo mudó en bandera.

    VII.

    ¿Puede olvidar la madre a su criatura?

    Su llanto es la música verdadera,

    notas celestes, sacra partitura.

    No puede, dice Dios, aunque pudiera.

    Corona — María ❆

    Hágase, dijo, y se hizo escritura,

    el Verbo divino que se hizo presente,

    guardó la espada que le abrió la vida,

    Mujer, tu hijo, en Cruz, la voz herida,

    Ahí tu madre, nos entregó consciente,

    ese vientre que lo amó con premura.

    Antífona ❆

    Canta en nosotros, Espíritu de amor,

    el salmo materno del seno de Dios.

    PARTE II — De los Apóstoles hasta hoy

    I.

    Por los zebedeos, Salomé, pidió,

    pero fue ella quien primero bebió.

    La de Cleofás a la grey anunció,

    que Cristo está vivo, que resucitó.

    II.

    Perpetua en prisión dio el pecho a su infante,

    Felicidad allí a su hijo alumbró,

    en la cárcel se oyó un himno vibrante,

    martirio materno, la vida triunfó.

    III.

    Fue Helena quien encontró la santa cruz,

    mujer augusta, peregrina en su luz.

    Mónica lloró su cruz con coraje,

    su hijo converso es hoy su homenaje.

    IV.

    Emelia les dio el pan de la Escritura,

    a sus cuatro hijos, hoy santos, sin duda.

    Margarita lavó pies con ternura,

    reyes, mendigos, bendicen su ayuda.

    V.

    De gris franciscano bajó al hospital,

    Isabel, la reina, que llagas lavó.

    Penitente y fiel, profeta al final,

    Brígida muy firme al papado clamó.

    VI.

    Zélie sembró lo que Luís cosechó,

    Historia de un alma en Lisieux brotó.

    Gianna, a su Pietro muy firme indicó,

    primero mi hija, y su vida salvó.

    VII.

    Ellas crían, hijos que nadie trunca,

    las que oran solas, cuando nadie escucha,

    ninguna suelta su hijo en la lucha,

    pasan sus nombres, mas su voto nunca.

    Corona — La Iglesia Madre ❆

    Madre es la Iglesia, esposa divina,

    engendra en agua, nutre en pan partido,

    de su pecho, cual pelícano herido,

    da su sangre vida eterna y genuina.

    ¡Ven! Llama la gracia de Jerusalén,

    bajo sus alas cada madre es Belén.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, mayo de 2026

  • Hay una pregunta que recorre toda la Biblia de principio a fin, casi sin que nos demos cuenta. No es una pregunta filosófica. Es una pregunta de carne y hueso. Y es esta: ¿quién sostuvo al mundo cuando el mundo no podía sostenerse solo?

    La respuesta, una y otra vez, tiene rostro de madre.

    I. Las madres del principio

    No hablo de un ideal. No hablo de una figura decorativa para una fecha del calendario. Hablo de mujeres concretas, con nombres propios y con heridas propias, que en los momentos más oscuros de la historia de la salvación hicieron lo único que podían hacer:

    no soltaron.

    Eva, madre de Caín, Abel y Set — cargó el peso más difícil que puede cargar una madre: ser el origen de todo, incluído el error. Y sin embargo, su nombre significa vida. Porque Dios no llama a las cosas por lo que fallaron sino por lo que están llamadas a ser. El pecado no tuvo la última palabra sobre ella. La última palabra fue su nombre: madre de todos los vivientes.

    Sara, madre de Isaac — esperó lo imposible. Tenía el cuerpo cansado y la promesa intacta. Y cuando Dios cumplió lo que parecía una burla, ella rió — no de incredulidad sino de asombro. Hay una fe que no grita. Que simplemente espera. Y esa espera silenciosa sostiene generaciones enteras.

    Agar, madre de Ismael — una extranjera, una descartada, una sin nombre en boca de quienes la usaban. Y fue precisamente ella, desde el desierto, desde la expulsión, desde el dolor más desnudo, la única en toda la Escritura que se atrevió a ponerle nombre a Dios: El Roi — el Dios que me ve. Lo que nos dice que Dios no se deja encontrar solo en los templos y en los altares. Se deja encontrar también en el desierto de los que nadie mira.

    Rebeca, madre de Jacob y Esaú — consultó a Dios antes de actuar, cuando sentía que dos mundos luchaban dentro de ella — y los dos mundos eran sus hijos.

    Raquel, madre de José y Benjamín — esperó con dolor y persistencia hasta que el amor se volvió fecundo.

    Lea, madre de Judá y Leví — la menos amada, bendecida en silencio por el único que nunca mide el amor con los ojos de los hombres.

    Miriam, hermana y custodia de Moisés y Aarón — tomó el pandero y cantó la liberación cuando todos todavía estaban temblando a la orilla del mar. Fue la primera voz femenina que celebró la libertad de un pueblo entero.

    Débora, madre de Israel — se levántó cuando nadie más se levantaba. Ella misma lo dijo con una sencillez que estremece:

    Mе levanté como madre en Israel.” No como generala. No como jueza. Como madre. Porque hay una maternidad que no es biológica sino histórica — la de quien sostiene a un pueblo cuando el pueblo ha olvidado que puede sostenerse.

    Noemí, madre adoptiva de Rut — acompañó en la desolación sin tener nada que dar excepto su presencia. Y esa presencia fue suficiente para que Rut, su nuera moabita, cruzara todas las fronteras — de raza, de religión, de pueblo — por amor a ella: “Donde tú vayas, yo iré. Tu pueblo será mi pueblo. Tu Dios será mi Dios.” El hesed — ese amor fiel que no calcula — es la raíz más profunda del bien común.

    Ana, madre de Samuel — oró lo imposible, recibió al hijo, y lo entregó. Ese gesto de dar a Dios lo que más se ama es quizás la forma más radical de maternidad que existe.

    Ester — dijo “si perezco, que perezca” y entró donde no debía entrar para salvar a quienes nadie más iba a salvar.

    Judit — hizo lo mismo desde la debilidad, y el Señor venció por mano de mujer.

    Elisabet, madre de Juan el Bautista — fue la primera en reconocer, antes que nadie, que algo radicalmente nuevo había entrado al mundo.

    ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” La humildad profética que reconoce lo sagrado donde otros no lo ven todavía.

    II. La cumbre — María

    Y todas estas mujeres, con sus virtudes y sus heridas, con su fe y su perseverancia, con su coraje y su ternura, convergen en una sola. En la que las recapitula a todas. En

    María. María tiene la fe de Sara. El dolor de Raquel. El coraje de Débora. La fidelidad de Rut. La oblación de Ana. La intercesión de Ester. Y más — infinitamente más: el fiat que hace posible que Dios entre en la historia.

    He aquí la sierva del Señor. Hágase conmigo conforme a tu palabra.”

    Esa frase no duró un momento. Duró toda una vida. Duró hasta el pie de la Cruz, donde recibió al discípulo amado como hijo — y con él, a toda la humanidad.

    Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre.”

    En ese momento, la maternidad de María se volvió universal. Ya no es solo madre de Jesús. Es madre de todos los que viven en Él.

    III. Las madres que siguieron

    Pero la historia no termina en el Calvario. Termina — si es que termina — hoy. Aquí. En esta Misa.

    Porque después de María vinieron otras. Muchas otras.

    María Salomé, madre de Santiago y Juan — fue al sepulcro cuando todos habían huido, y recibió el primer anuncio de la resurrección. Su amor comenzó siendo ambicioso — quería los primeros puestos para sus hijos — y terminó siendo puro, al pie de la Cruz, sin pedir nada.

    María de Cleofás — simplemente estuvo. Sin discursos. Sin gestos heroicos. Estuvo. Y a veces la presencia silenciosa es el acto de amor más difícil de todos.

    En el siglo III, en Cartago, dos jóvenes madres fueron arrestadas.

    Perpetua — amamantaba a su hijo en prisión.

    Felicidad — dio a luz días antes de morir. Las dos eligieron lo mismo: ser fieles. Y su mayor acto de amor materno no fue proteger a sus hijos del peligro — fue darles el ejemplo de morir con dignidad. Porque hay cosas que una madre puede transmitir que van más allá de la leche y el techo y el abrazo.

    Helena, madre del emperador Constantino — convirtió su posición privilegiada no en palacio sino en peregrinación. Fue a Tierra Santa siendo anciana, lavó los pies de los pobres y construyó iglesias donde otros construirían monumentos a sí mismos.

    Mónica, madre de Agustín de Hipona — siguió a su hijo durante décadas sin que él la quisiera cerca. Lloró tanto que un obispo le dijo:

    es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas.” Esas lágrimas no eran debilidad. Eran oración en estado puro. Y esa oración alcanzó a un hombre que huía — y lo devolvió a Dios, y con él, a todos los que siguen leyendo las Confesiones veinte siglos después.

    Emelia de Cesarea, madre de Basilio el Grande, Gregorio de Nisa, Macrina la Menor y Pedro de Sebaste — cuatro hijos, cuatro santos canonizados. Les enseñó las Escrituras como quien enseña a respirar — como algo necesario para vivir, no como una obligación.

    Margarita de Escocia, madre de David I de Escocia — gobernó un reino y eligió lavar las heridas de los pobres.

    Isabel de Hungría, madre de tres hijos — abandonó el palacio para fundar un hospital. A las dos las llamaron santas — pero ellas simplemente hicieron lo que les pareció obvio cuando miraron el Evangelio con ojos de madre.

    Brígida de Suecia, madre de Catalina de Suecia — tuvo ocho hijos, enviudó, y entonces su vida interior — que ya era profunda — se volvió río. Profetizó a papas y a reyes desde la experiencia de quien ha parido, ha enterrado, ha amado y ha perdido.

    Zélie Martin, madre de Teresa de Lisieux — trabajó toda su vida con hilo y aguja, tuvo nueve hijos, enfermdó de cáncer, y murió cuando la menor tenía cuatro años. No vio crecer a Teresita. No supo que sería Doctora de la Iglesia. Sembró sin ver la cosecha. Y eso — sembrar sin ver la cosecha — es quizás la forma más pura de fe que existe.

    Gianna Beretta Molla, madre de Gianna Emanuela — enfrentó la elección más cruel que puede enfrentar una madre: su vida o la de su hija por nacer. Y dijo, sin dramatismo, como quien cumple lo que siempre supo que era:

    salven al bebé.” Murió una semana después de dar a luz. Su hija Gianna Emanuela está viva hoy.

    IV. La madre que nadie nombra

    Y hay una más. Una que no tiene nombre en los libros de hagiografía. Que no fue canonizada ni beatificada. Que no aparece en ningún martirologio.

    Es la madre anónima. La que aparece en los evangelios sin que nadie le pregunte su nombre: la viuda de Naín que llora a su hijo único. La mujer sirofenícia que no acepta un no por respuesta cuando se trata de su hija. La que pierde una moneda y barre toda la casa hasta encontrarla.

    Es la madre indígena que transmitió la fe en guaraní cuando no había templos. Es la madre migrante que cruza fronteras con un hijo en brazos. Es la madre que hoy está en esta Misa, con un hijo que no sabe que ella está rezando por él.

    ¿Puede una madre olvidarse de su criatura, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.” — Is 49,15

    Dios habla de sí mismo comparándose con una madre. Porque hay algo en la maternidad que revela a Dios de una manera que ninguna otra imagen alcanza: la capacidad de amar lo que todavía no puede corresponder. De dar sin calcular. De sostener sin pedir que le agradezcan.

    V. La Iglesia Madre

    Y al final de este largo recorrido — desde Eva hasta hoy, desde el Génesis hasta esta mañana — aparece Ella. La última y la más grande de todas las madres de la historia de la salvación.

    No tiene fecha de nacimiento en el calendario. Nació en Pentecostés, cuando el Espíritu descendió sobre los que habían permanecido juntos — y entre ellos estaba María.

    Es la Iglesia. Madre. No metáfora. Madre real.

    La Jerusalén de arriba es libre, y ésa es nuestra madre.” — Gal 4,26

    La Iglesia no es un edificio. No es una institución. Es una madre que engendra en el bautismo, que alimenta en la Eucaristía, que acompaña en la enfermedad, que espera en la muerte, y que sigue diciendo lo que siempre ha dicho, desde el primer día hasta hoy:

    Ven. Hay lugar para ti. No importa de dónde vienes. No importa lo que hiciste. No importa si volviste tarde. Hay lugar.”

    El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!” — Ap 22,17

    Conclusión

    Hoy, en esta Misa, hay madres presentes. Algunas con sus hijos al lado. Algunas con sus hijos lejos. Algunas con hijos que regresan y otras con hijos que todavía no regresan. Algunas que están aquí sin que sus hijos sepan que están rezando por ellos.

    A todas ellas — y a todos los que hoy recuerdan a una madre — la Iglesia les dice lo que siempre ha dicho, desde que el ángel le habló a la primera madre en la historia de la salvación:

    No temas. Lo que llevas adentro tiene nombre. Y ese nombre es vida.

    ¿Qué tienen en común Eva y María, Débora y Mónica, Ana y Gianna, la viuda de Naín y la madre que hoy está en esta banca? Una sola cosa: en el momento en que el mundo les pidió soltar, no soltaron.

    Y en ese no soltar — que no es terquedad sino amor — sostuvieron algo que va mucho más allá de sus familias. Sostuvieron la historia. Sostuvieron la transmisión de la fe. Sostuvieron, sin saberlo, a personas que todavía no habían nacido.

    Así es como Dios trabaja. Así es como la salvación llega al mundo.

    A través de una madre que no suelta.

    Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo, dice el Señor.” — Is 66,13

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, 15 de mayo de 2026

  • 215° Aniversario de la Independencia del Paraguay

    Día de la Madre Paraguaya

    Encarnación, 15 de mayo de 2026

    APERTURA

    Solemos pensar que el amor a la Patria pasa de una generación a otra como se pasa una antorcha —igual de encendida, igual de caliente, igual de luminosa. Que los hijos deben amar a Paraguay exactamente como lo amaron sus padres. Con las mismas palabras, los mismos gestos, las mismas emociones.

    Y entonces nos sorprendemos —o nos preocupamos— cuando los jóvenes no aman igual.

    Pero Jesús nos advirtió algo que aplicamos poco a la vida de los pueblos: el vino nuevo no cabe en odres viejos. No porque el vino viejo sea malo —tiene su nobleza, su profundidad, su historia. No porque el vino nuevo sea mejor —tiene su fuerza, pero también su fragilidad. El problema no es el vino. Lo que revienta es el odre equivocado.

    El corazón de un joven paraguayo de hoy no es el mismo corazón que el de su abuelo. Tiene otra forma, otra elasticidad, otros miedos, otras pasiones. Y sin embargo, puede amar a esta tierra con una intensidad que sus mayores no imaginan —si le damos espacio para amar a su manera.

    Una misma Patria. Amada de maneras diferentes.

    No es traición. Es fidelidad viva. Es el milagro del vino que sigue siendo vino —aunque el odre haya cambiado.

    I. ¿QUÉ VALORES ATESORAR?

    Entonces, ¿qué pasa de generación en generación? ¿Qué es ese vino que ningún odre debe perder, sea viejo o nuevo?

    Hay cosas que no cambian con el tiempo. No porque sean rígidas —sino porque son raíces. Y las raíces no se ven, pero sostienen.

    El Paraguay que llegó hasta aquí lo hizo cargando algunas convicciones que no nacieron en ningún libro ni en ningún decreto. Nacieron en la casa. En la cocina. En el campo. En la oración silenciosa de una madre antes de que amaneciera.

    La fe. No como institución solamente —sino como manera de pararse frente a la vida. La certeza honda de que no estamos solos. Que hay un Dios que camina con su pueblo, que conoce su nombre, que no abandona. Esa fe atravesó guerras, epidemias, dictaduras, sequías. Y siguió de pie. No porque fuera fácil —sino porque era verdadera.

    La solidaridad. El jopói guaraní —la mano abierta que da y recibe sin llevar la cuenta. El vecino que aparece sin que lo llamen. La comunidad que se hace cargo de lo que ninguna institución resuelve. Eso no es folklore —es teología vivida. Es el Evangelio antes de que llegue el catecismo.

    El amor a esta tierra. No el amor abstracto de los discursos —sino el amor concreto al río, al monte, al barro, al calor, al idioma que suena distinto y dice más. El guaraní no es solo lengua —es una manera de sentir el mundo que ninguna traducción captura del todo.

    Y la familia. Primera escuela, primer refugio, primer laboratorio de humanidad. Donde se aprende a ceder, a perdonar, a esperar, a volver. Donde el bien común no es un concepto —es el desayuno compartido, el enfermo acompañado, el viejo respetado.

    Ese es el vino que no se tira. Ese es el vino que las nuevas generaciones necesitan beber —no para quedarse quietas en él, sino para tener desde dónde moverse.

    Porque nadie construye el futuro desde la nada. Solo se construye desde algún lugar. Y ese lugar, para nosotros, tiene nombre y tiene historia.

    II. ¿QUÉ VALORES DESARROLLAR?

    Pero beber del pasado no es quedarse en él.

    El vino que se recibe fermenta. Eso es lo propio del vino vivo —no se congela, no se archiva, no se exhibe en una vitrina. Fermenta. Presiona. Busca espacio. Y si el odre no tiene elasticidad suficiente, revienta.

    Los jóvenes paraguayos de hoy no son una amenaza para los valores que recibieron. Son su fermentación natural. Y esa fermentación está produciendo algo que necesitamos aprender a reconocer —y a valorar.

    Una nueva manera de entender la solidaridad. El jopói guaraní siempre fue presencial —el vecino, el barrio, la comunidad visible. Los jóvenes de hoy están descubriendo que la mano abierta puede extenderse más allá del barrio, más allá de la frontera, más allá de lo que los ojos ven. La solidaridad en red no reemplaza a la solidaridad cara a cara —la multiplica. Cuando funciona bien, es el mismo vino en un odre más grande.

    Una nueva sensibilidad hacia la vida. Esta generación creció viendo lo que las anteriores prefirieron no ver —la tierra que se agota, el río que retrocede, el monte que desaparece. Y no lo viven como dato estadístico sino como herida personal. Esa sensibilidad ecológica no es moda —es una forma nueva de amar la tierra que sus abuelos amaron de otra manera. El mismo amor. Otro odre.

    Una nueva exigencia de verdad. Los jóvenes de hoy tienen poca tolerancia a la doble vida, al discurso que no coincide con la conducta, a la institución que predica lo que no practica. Eso a veces incomoda. Pero es una gracia —aunque duela. Es el Evangelio reclamando coherencia desde adentro de la cultura.

    Una nueva forma de engendrar vida. Tener hijos, en este tiempo, es un acto de audacia. Es apostar por el futuro cuando el futuro no está garantizado. Es decir que vale la pena —que este mundo, con todo lo que tiene de roto, merece ser habitado por alguien más. Los jóvenes paraguayos que eligen ser padres y madres están haciendo una declaración teológica sin saberlo: creen en la vida más que en el miedo.

    Y esa misma lógica —dar vida, compartirla, entregarla— se derrama sobre todo lo que hacen. El maestro que apasiona. El líder que acompaña. El amigo que sostiene cuando nadie mira. El voluntario que aparece sin que lo llamen. Son la misma cosa: gente apasionada de compartir la vida, no de consumirla.

    Una nueva manera de hacer patria. No desde el bronce de las estatuas sino desde la calle, desde la red, desde el arte, desde el deporte, desde el emprendimiento, desde el servicio. Patria no como herencia pasiva que se custodia —sino como proyecto activo que se construye todos los días, con las manos y con el corazón.

    III. NUEVOS MAPAS, NUEVAS MADRES

    Diseñar nuevos mapas. León XIV usó esa imagen para hablar de educación. Pero hoy, en esta fiesta de la Patria y de las madres, la imagen nos alcanza más lejos.

    Un mapa no inventa el territorio. Lo lee. Lo interpreta. Lo hace navegable. Un buen mapa no borra los ríos que siempre estuvieron —los nombra mejor, traza rutas que antes no se veían, abre caminos donde antes solo había monte cerrado.

    El Paraguay necesita nuevos mapas.

    Necesitamos nuevos mapas para las instituciones. Estructuras que sirvan a las personas y no al revés. Que sean elásticas sin ser frágiles. Que puedan contener la energía de una generación nueva sin asfixiarla con procedimientos que nacieron para otro tiempo. Una institución que no puede cambiar no es sólida —es rígida. Y lo rígido, cuando llega la presión, no dobla. Quiebra.

    Necesitamos nuevos mapas para la política. No como carrera de poder sino como vocación de bien común. Dirigentes capaces de acompañar sin controlar, de decidir sin imponer, de escuchar antes de hablar. La política que solo administra el presente sin imaginar el futuro no es gobierno —es mantenimiento. Y un país de doscientos quince años no puede conformarse con el mantenimiento.

    Necesitamos nuevos mapas para la economía. Una economía que incluya al último, que no concentre en pocas manos lo que es fruto del esfuerzo de todos. Que vea en el joven emprendedor no una amenaza sino una promesa. Que entienda que invertir en educación, en salud, en cultura no es gasto —es siembra.

    Necesitamos nuevos mapas para el ecosistema social. Barrios que sean comunidad, no solo vecindad. Redes digitales que conecten personas, no solo opiniones. Una cultura del cuidado que se oponga a la cultura del descarte —que cuide al anciano, al niño, al enfermo, al que no produce, al que no rinde, al que simplemente es.

    Pero hay algo que ningún mapa institucional puede hacer solo.

    Los mapas los dibujan personas. Y las personas se forman en un lugar antes que en cualquier otro: la familia. Y en la familia, hay una figura que en Paraguay tiene un peso que las palabras apenas alcanzan.

    La madre paraguaya.

    No la madre del bronce y del discurso —la madre real. La que se levanta antes que todos. La que sabe cuándo su hijo miente y cuándo su hijo tiene miedo, y distingue una cosa de la otra. La que guarda la fe cuando la fe de todos los demás se tambalea. La que atesora el vino viejo —la memoria, la identidad, el idioma, la oración— y al mismo tiempo, tiene la elasticidad suficiente para no asfixiar el vino nuevo que fermenta en sus hijos.

    Ella es, al mismo tiempo, odre viejo y odre nuevo.

    Odre viejo —en el mejor sentido: curtida por la experiencia, capaz de contener lo que otros derraman, con la profundidad que solo da el tiempo vivido y el dolor asumido.

    Odre nuevo —porque cada hijo que engendra la renueva. Porque cada generación que acompaña le exige una elasticidad que no tenía antes. Porque la madre que acompaña a un hijo de este tiempo tiene que aprender a amar de maneras que su propia madre no conoció —y lo hace, sin manual, sin garantías, con el mismo amor de siempre en un corazón que se dilata.

    Y no solo la madre biológica. Toda mujer que engendra vida —la maestra, la catequista, la vecina, la abuela, la hermana mayor— lleva en sí esa misma capacidad: atesorar sin acumular, transmitir sin imponer, soltar sin abandonar.

    Hoy les decimos gracias. No con la gratitud cómoda del que reconoce desde lejos. Sino con la gratitud del que sabe que sin ellas, el vino se hubiera derramado hace mucho.

    Y hay algo más que los hijos le hacen a sus padres —algo que ningún manual de paternidad anticipa.

    Los rejuvenecen.

    El padre que ama de verdad a su hijo no solo le transmite el vino de su generación —él mismo se renueva en ese amor. Su corazón, curtido por los años, por las decepciones, por el peso de lo que no salió como esperaba, de pronto descubre que tiene una elasticidad que creía perdida. Que puede sorprenderse. Que puede aprender. Que puede amar de una manera que no conocía antes.

    El vino viejo sigue siendo vino viejo —con toda su nobleza, con todo su sedimento. Pero el odre que lo contiene se hace nuevo. Lo ensancha el amor a ese hijo. Lo ensancha el amor a esa madre que dio a luz.

    Porque la madre también renueva al padre. Le recuerda que la vida no se administra —se engendra. Que el futuro no se controla —se acompaña. Que el amor verdadero siempre tiene algo de odre nuevo: capaz de contener más de lo que creía posible.

    IV. CIERRE

    Doscientos quince años no son poca cosa.

    Son muchas generaciones que se levantaron sin saber lo que venía, que cargaron lo que no eligieron cargar, que amaron a este país de la única manera que podían —con el corazón que tenían, en el tiempo que les tocó.

    Y aquí estamos. Con ese vino adentro. Con esa historia en la sangre.

    Pero no estamos aquí solo para recordar. Estamos aquí para preguntarnos, con honestidad y con esperanza, qué clase de odres somos. Si tenemos la elasticidad que este momento exige. Si somos capaces de contener el vino nuevo que fermenta en nuestros jóvenes sin que nos reviente el corazón de miedo.

    Nehemías le dijo a su pueblo, frente a las murallas en ruinas: vengan, reconstruyamos. No dijo: lamentémonos. No dijo: recordemos cómo era antes. Dijo: cada uno en su tramo. Cada uno con sus manos. Hoy.

    Eso mismo nos toca a nosotros.

    A los que gobiernan —diseñar instituciones con la elasticidad suficiente para contener un país que crece y cambia. A los que educan —ser, como nos pidió León XIV, no refugios nostálgicos sino laboratorios de discernimiento, innovación y testimonio profético. A los padres y las madres —dejarse renovar por los hijos que engendraron, ensanchar el corazón hasta donde el amor lo pida. A los jóvenes —no tener miedo de su propio vino. De su fuerza, de su fermentación, de su manera nueva de amar esta tierra.

    Y a todos —aprender de nuevo lo que significa compartir la vida. No administrarla. No acumularla. Compartirla.

    Porque al final, eso es lo que Dios reveló en Jesús.

    Dios es odre y vino al mismo tiempo. Es el único que puede contener toda la humanidad —con su historia, sus heridas, sus glorias, sus miedos, su vino viejo y su vino nuevo— sin romperse. Y es el mismo que se derrama, que se entrega, que no se guarda. Que se hizo vino de fiesta en Caná, pan partido en el camino, sangre ofrecida en la cruz.

    Odre que no revienta. Vino que no se acaba.

    Ese es el misterio que celebramos. Y desde ese misterio miramos hoy a nuestra Patria, a nuestras madres, a nuestros jóvenes —con la certeza de que si Dios cabe en un odre humano, también cabe en nosotros. También cabe en este país. También cabe en este tiempo.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo

    Encarnación, 15 de mayo de 2026