• Escena 1: La cocina de la parroquia

    AMBIENTE: La cocina de la casa parroquial. Media tarde. Doña Margarita está lavando tazas con una eficiencia que no admite interrupciones. Bit duerme debajo de la mesa. Entran los Custodios Reguetoneros — Valentina, Mateo y Rodrigo — con los teléfonos en la mano y la energía de quien acaba de ver algo que no puede guardar.

    Valentina

    (Sin saludar, directo al grano.)

    ¡Doña Margarita, cayó el cerebro del hackeo de Itapúa! ¡Dieciocho años! ¡Estudiante de tecnología! ¡Acá, en Encarnación!

    Mateo

    (Mostrando la pantalla.)

    Operación Ícaro. Ya son diez detenidos. Movieron nueve mil millones de guaraníes. ¡Nueve mil millones!

    Rodrigo

    (Con una mezcla de asombro y admiración involuntaria.)

    Y empezó con los compañeros del colegio. Con los amigos. Imagínate la cabeza que tiene ese tipo.

    (Doña Margarita no se da vuelta. Sigue lavando. El silencio dura tres segundos exactos — los tres lo sienten.)

    Doña Margarita

    (Sin levantar la vista del fregadero.)

    ¿Y eso te parece admirable, Rodrigo?

    (Rodrigo abre la boca. La cierra. Bit abre un ojo.)

    Rodrigo

    No… admirable no. Es que… técnicamente…

    Doña Margarita

    (Seca el último plato. Se da vuelta. Los mira a los tres.)

    Empezó con sus amigos, dijiste.

    (Pausa.)

    Doña Margarita

    Eso no es cabeza. Eso es no tener corazón.

    Escena 2: Llegan Litu y Ovi

    AMBIENTE: La misma cocina. Doña Margarita ha puesto agua a calentar. Los Custodios están sentados, un poco más quietos que antes. Entran Litu y Ovi — Litu con el breviario bajo el brazo, Ovi con el teléfono en la mano y la noticia ya leída.

    Ovi

    (Entrando.)

    Doña Margarita, ¿vio lo de la Operación Ícaro?

    Doña Margarita

    (Sin mirarlo, alcanzando la yerba.)

    Me contaron. Siéntense.

    Litu

    (A Ovi, en voz baja.)

    Ya sabe todo.

    Ovi

    (También en voz baja.)

    Siempre sabe todo.

    (Se sientan. Doña Margarita sirve el tereré en la guampa compartida y la pasa a Ovi primero, como siempre. Litu espera su turno con resignación conocida.)

    Valentina

    Padre Ovi, ¿cómo puede ser que alguien tan joven haga algo así y no sienta nada?

    Ovi

    (Pensando antes de hablar.)

    No sabemos si no sintió nada. Quizás sintió mucho. El problema es lo que sintió: la adrenalina, el poder, el dinero. Pero no sintió el peso del otro.

    Litu

    (Apoya el breviario sobre la mesa.)

    Hay una frase antigua. Nadie sabe bien quién la dijo — árabe, griega, no importa. Dice: somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras.

    Mateo

    (Frunciendo el ceño.)

    ¿Y eso qué tiene que ver con un hacker?

    Litu

    Todo. En el mundo digital, cada dato que sale de vos ya no es tuyo. Ese joven tomó datos de millones de personas. Palabras digitales de gente que nunca eligió hablar. Y él tampoco midió lo que estaba soltando.

    Rodrigo

    Pero Padre, él sí eligió. Planeó todo. No fue un accidente.

    Litu

    Planeó el cómo. No pesó el qué. Hay una diferencia entre deliberar técnicamente y discernir moralmente. Uno calcula. El otro siente el peso del otro como persona.

    (Doña Margarita, que ha estado escuchando de espaldas mientras acomoda cosas, se da vuelta.)

    Doña Margarita

    En mi época eso se llamaba conciencia.

    (Silencio.)

    Doña Margarita

    No es una palabra antigua. Es una palabra que se fue quedando sola.

    Escena 3: La vuelta del aforismo

    AMBIENTE: La misma cocina. La guampa ha dado dos vueltas. Bit se ha movido debajo de la silla de Doña Margarita, que es su segundo lugar favorito después de debajo de la mesa.

    Ovi

    Lo que me impacta es el mecanismo que usaban para lavar el dinero. Transferían plata robada a una cuenta al azar. Llamaban al dueño diciéndole que fue un error. Le pedían que la devolviera a otra cuenta. Y la persona, queriendo hacer lo correcto, sin saberlo se volvía cómplice.

    Valentina

    (Horrorizada.)

    Usaron la buena fe de la gente como herramienta.

    Ovi

    Exacto. Y ahí la frase de Litu se complica. Porque esa gente guardó silencio — no preguntó, confió, cooperó — y ese silencio inocente fue robado y convertido en eslabón del crimen.

    Mateo

    O sea que el silencio tampoco te salva.

    Litu

    No siempre. Hay silencios que elegimos. Y hay silencios que otros diseñan para nosotros.

    (Doña Margarita se sienta por primera vez desde que empezó la conversación. Pone las manos sobre la mesa.)

    Doña Margarita

    Cuando yo era chica, mi mamá me decía: antes de hablar, pensá si lo que vas a decir es más importante que el silencio. Y yo le pregunté una vez: ¿y si el silencio también hace daño? Me miró y me dijo: entonces rezá, porque eso ya no te lo puedo enseñar yo.

    (Nadie dice nada. Bit suspira desde debajo de la silla.)

    Rodrigo

    (En voz baja.)

    ¿Y rezó?

    Doña Margarita

    (Con una sonrisa corta.)

    Y recé. Y a veces igual me equivoqué. Pero al menos sabía que me había equivocado.

    Escena 4: La pregunta que queda

    AMBIENTE: La cocina. Están por levantarse. La luz de la tarde entra de costado.

    Valentina

    Padre Litu, ¿y ese joven va a entender algún día lo que hizo?

    Litu

    (Sin apuro.)

    No lo sé. Eso depende de si alguien lo ayuda a sentir el peso de lo que soltó. La condena le dice qué hizo. La conciencia, si despierta, le dirá a quién le hizo.

    Ovi

    Y nosotros, ¿qué hacemos con esto? Porque los chicos de dieciocho años que conocen el código mejor que nadie están en nuestras parroquias también.

    (Silencio. Los Custodios se miran.)

    Doña Margarita

    (Levantándose, recogiendo la guampa.)

    Lo que siempre hicimos. Estar. Que nos encuentren antes de que los encuentre otra cosa.

    (Se da vuelta hacia la pileta. Pausa. Sin mirarlos.)

    Doña Margarita

    Y enseñarles que el silencio también pesa. Que lo que uno no dice también es suyo. Que ser dueño de algo no significa hacer lo que uno quiere con ello.

    (Abre la canilla. El agua corre. Bit sale de debajo de la silla y se va al patio.)

    Litu

    (En voz baja, casi para sí.)

    Dueños del silencio. Esclavos del don.

    Ovi

    (Mirándolo.)

    ¿Qué dijiste?

    Litu

    (Levantándose.)

    Nada. Una frase que está tomando forma.

    (Salen. Los Custodios los siguen. La cocina queda en silencio, con el agua corriendo y la luz de la tarde sobre la mesa vacía.)

    * * *

    [FIN DEL EPISODIO 21]

  • El locutorio del Carmelo olía a madera y a silencio guardado. Una reja de madera oscura dividía el espacio en dos: de un lado, la Hermana María de la Resurrección, con su hábito color tierra y una sonrisa que no necesitaba filtros. Del otro, P. Lorenzo en su silla, Litu tieso como siempre, Ovi con la gorra al costado por respeto, y tres Custodios Reguetoneros que no sabían bien dónde poner las manos.

    Bit estaba atado afuera. En el mismo lugar de siempre.

    * * *

    La conversación había empezado bien. P. Lorenzo había pedido a la Hermana que les contara cómo había sido el salto — de los reels a la celda.

    La gente piensa que fue un drama —dijo ella, con calma—. No fue un drama. Fue que un día me di cuenta de que yo gestionaba personas. No las amaba. Las gestionaba. Las métricas me decían cuánto valía lo que decía. Y el día que publiqué algo y no llegó a las mil interacciones, lloré. Eso me asustó más que cualquier otra cosa.

    Ovi asintió despacio. Lucas miraba el suelo.

    Igual yo a veces publico y espero —murmuró Lucas, casi para sí.

    Todos esperamos —dijo Ovi—. La pregunta es qué estamos esperando.

    * * *

    Fue entonces que Manuel —al que todos llamaban Teclado porque escribía con los dos pulgares a velocidad inhumana— sacó el celular. Técnicamente los celulares no estaban permitidos en el locutorio, pero P. Lorenzo hizo como que no vio.

    Hermana, ¿vio esto?

    Le mostró la pantalla a través de la reja. Una imagen generada por inteligencia artificial: Donald Trump vestido como Cristo, imponiendo las manos sobre un enfermo. La había publicado él mismo en Truth Social.

    La Hermana la miró un segundo. No dijo nada.

    Litu fue el primero en hablar.

    Es una blasfemia. Punto. No hay mucho que analizar.

    No es tan simple —dijo Ovi.

    Litu se giró hacia él.

    ¿Cómo que no es simple? Está usando la imagen de Cristo para legitimarse políticamente. Eso tiene nombre.

    Tiene varios nombres —respondió Ovi, sin alterarse—. Pero si lo llamamos blasfemia y cerramos el análisis, nos quedamos sin entender por qué funciona. Y funciona, Litu. Millones de personas lo ven y les parece bien. Eso no se resuelve con indignación.

    ¿Y se resuelve con comprensión sociológica?

    Se resuelve entendiendo qué necesidad está tocando.

    Litu cruzó los brazos. Ovi apoyó los codos en las rodillas.

    P. Lorenzo los dejó estar.

    * * *

    La Hermana habló sin levantar la voz.

    Cuando yo era influencer, aprendí una cosa: la imagen no miente sobre lo que la gente quiere. Miente sobre lo que es. Esa imagen de Trump-Cristo le dice a mucha gente que el poder puede ser sagrado, que hay alguien que los salva, que el mundo tiene sentido porque hay un elegido. Eso no es nuevo. Es viejo como el mundo.

    Es idolatría —dijo Litu.

    Es hambre —dijo Ovi.

    Las dos cosas —dijo la Hermana.

    Silencio.

    Lucas seguía mirando el suelo.

    * * *

    Lo que me llama la atención —dijo P. Lorenzo, por primera vez desde que había empezado la tensión— no es la imagen en sí. Es la velocidad. Esa imagen la vieron cincuenta millones de personas en doce horas. La respuesta del Papa León XIV —que salió a las pocas horas, en español, desde Roma— la vieron cincuenta veces menos.

    La Hermana miró a Manuel. Habló a través de la reja, despacio:

    Manuel.

    Él levantó la vista. Era la primera vez en toda la tarde que alguien lo llamaba por su nombre — no por el apodo.

    El algoritmo no es neutral —dijo él, sin levantar los ojos del piso al principio, como si lo hubiera pensado desde hacía rato—. El algoritmo premia lo que genera reacción. La indignación genera reacción. La esperanza, menos. El escándalo viaja más rápido que la verdad. No porque la gente sea mala. Sino porque así está diseñado.

    Litu lo miró fijo.

    ¿Y entonces? ¿Nos rendimos?

    No —dijo Manuel—. Pero tampoco podemos hacer como si las reglas fueran iguales para todos.

    * * *

    Ovi se recostó en la silla y miró la reja como si mirara más allá.

    León XIV es el primer papa latinoamericano y americano después de Francisco. Habla español. Sale a responder en pocas horas. Eso también es un hecho digital, ¿no? También viajó por las redes.

    Pero no llegó igual —dijo Litu, esta vez sin dureza. Solo constatando.

    No llegó igual —confirmó Ovi.

    La Hermana juntó las manos sobre la reja.

    Por eso estamos acá —dijo, mirando a los Custodios—. No para ganar el algoritmo. Para ser presencia donde el algoritmo no alcanza. En los mensajes privados. En la conversación de después. En el que vio la imagen de Trump-Cristo y sintió algo raro pero no supo qué nombre ponerle.

    * * *

    P. Lorenzo se puso de pie. Señal de que la visita terminaba.

    Me llevan una pregunta —dijo, con esa calma que tenía para decir las cosas importantes como si fueran ordinarias—. No se la respondo yo. Ustedes tienen que pensarla.

    Los miró a todos, pero sobre todo a los Custodios.

    Si tuvieras que publicar algo mañana que le hable a alguien que vio esa imagen y le gustó… ¿qué publicarías? ¿Cómo lo harías? ¿Desde dónde?

    Nadie respondió.

    Esa era la idea.

    P. Lorenzo recogió su silla en silencio. Y pensó, casi sin querer: «Me parece que acabo de ver a Schrödinger…»

    * * *

    Salieron en silencio al patio. Bit los recibió moviéndose igual que siempre, sin saber nada de Trump ni de León XIV ni de algoritmos.

    Litu lo miró un momento.

    Él tiene razón en algo —dijo.

    ¿Quién, P. Lorenzo? —preguntó Ovi.

    Bit —dijo Litu.

    Ovi sonrió.

    Bit siempre tiene razón.

  • Homilía en la Misa de recepción de la reliquia de San Francisco de Asís

    Catedral Metropolitana de la Santísima Asunción

    Asunción, 6 de abril de 2026


    (Introducción improvisada en el momento. Saludo, sorpresa y gratitud por la presencia de obispos, sacerdotes, diáconos, familia franciscana, consagrados y consagradas, fieles laicos. Signo de los frailes mayor y menor que portaron la urna de la reliquia: Francisco habla a todas las edades. Francisco que se hizo chiquito para llegar a Paraguay, nos dice que Dios engrandece a los pequeños, como Canta María en el Magnificat).

    Hay algo que no es casualidad esta noche. Estamos en la octava de Pascua. Las lecturas que acabamos de escuchar nos traen a Pedro anunciando ante la multitud que Jesús no fue abandonado a la muerte —y a las mujeres corriendo desde el sepulcro vacío con temor y gran alegría, para dar la noticia a los discípulos. Y en ese mismo clima de Pascua, de vida que irrumpe, de muerte vencida, recibimos esta reliquia: un fragmento del cuerpo de Francisco de Asís. Un hombre que vivió la Pascua en el cuerpo.

    Francisco nació dos veces. La primera vez en Asís, hijo de Pietro di Bernardone. La segunda vez, en San Damián, cuando un crucificado le habló. Desde ese día, toda su vida fue un itinerario pascual: descenso al leproso, a la pobreza, a la minoridad —y desde allí, resurrección. Las llagas que recibió en La Verna (monte Alverna) no eran el fin del camino: eran la confirmación de que había caminado bien. Francisco llevó en su cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifestara en él. Eso es la Pascua vivida en carne. Por eso esta reliquia llega en semana de Pascua: no podría llegar en otro momento.

    I. Un pueblo que ya conoce a Francisco

    Hermanos, Francisco no viene por primera vez a Paraguay. Ya estuvo aquí. Llegó antes que muchos. Cuando los franciscanos entraron en estas tierras —antes que ninguna otra orden religiosa con presencia estable— trajeron consigo el Evangelio y la fraternidad. Caazapá fue la cuna de esa evangelización. Desde allí, el espíritu de Francisco se extendió por gran parte del territorio nacional, forjando una forma de ser cristiano que todavía reconocemos como nuestra.

    Dos nombres merecen ser pronunciados con gratitud esta noche. Fray Luis Bolaños, que aprendió el guaraní y lo convirtió en lengua del anuncio: él redujo la lengua a gramática, tradujo el catecismo, hizo que el Evangelio sonara en la boca del pueblo en su propia lengua. Y Fray Juan Bernardo, cuya sangre derramada da testimonio de que la misión no fue sólo empresa cultural sino entrega total. Una tradición de obispos franciscanos jalonó después la historia eclesial de este país. Y cuando los jesuitas fueron expulsados, fueron los franciscanos quienes continuaron la presencia y la caridad. Esta Iglesia tiene raíces franciscanas profundas.

    Pero hay algo todavía más hondo. Francisco vive en el alma del pueblo paraguayo, aunque el pueblo no siempre lo sepa nombrar. Está en la solidaridad que aparece cuando alguien necesita ayuda y los vecinos acuden sin que nadie los convoque. Está en la hospitalidad que ofrece lo poco sin calcular. Está en la fraternidad que se teje en los bordes, entre los que el mundo considera pequeños. Está en el pesebre que cada familia arma con devoción en diciembre, y en las procesiones de Semana Santa donde el pueblo lleva a cuestas la Pasión con una seriedad que ningún decreto produce. Francisco es parte de nuestra forma de creer.

    Y hay un elemento que no podemos pasar por alto, porque la Iglesia lo está redescubriendo con urgencia: la minoridad. Francisco quiso que su fraternidad fuera de menores —minores—, no de poderosos. Esa es también la lógica de la sinodalidad que el Espíritu nos está pidiendo hoy: una Iglesia que escucha a los pequeños, que decide desde los bordes, que no confunde autoridad con dominio. Francisco no fundó una institución de gestión: fundó una fraternidad de servicio. Tenemos mucho que aprender de esa forma.

    II. Reconstruye mi Iglesia — reconstruye mi pueblo

    El mandato que Francisco escuchó en San Damián fue concreto: “Francisco, ve y repara mi Iglesia, que como ves, está en ruinas.” Él lo entendió primero literalmente: fue a buscar piedras. Sólo después comprendió que el Señor le hablaba de algo más vasto. Y sin embargo, la literalidad tenía su verdad: la reconstrucción siempre empieza en lo concreto, en lo pequeño, en lo que está a mano.

    Este año el Paraguay celebra el Jubileo franciscano en el Año del Bien Común. No es un accidente de calendario: es una invitación a leer juntas las dos convocatorias. El bien común no es una suma de intereses privados bien administrados. Es la condición en la que cada persona puede alcanzar su plena dignidad. Francisco lo sabía en el cuerpo, antes que en los libros: cuando abrazó al leproso, reconstruyó algo, reconstruyó el bien común. Cuando el obispo Guido y el Podestá de Asís se reconciliaron a instancias suyas, reconstruyó el bien común. Cuando fue a visitar al Sultán en medio de la cruzada, reconstruyó el bien común. Cuando se presentó descalzo y en harapos ante el Papa Inocencio III y le pidió que aprobara su forma de vida, reconstruyó el bien común.

    El Jubileo franciscano no nos convoca a celebrar el pasado. Nos convoca a preguntarnos qué hay que reconstruir ahora. En nuestra Iglesia. En nuestro pueblo. En nuestra familia, en la vida de cada uno. El mandato de San Damián sigue vigente.

    III. Paraguay, la paz y el Pax et Bonum

    Miramos también hacia afuera. El mundo está roto. Hay guerras que acumulan muertos con una indiferencia que espanta. Hay tensiones que no encuentran mediación. Hay voces que claman por la paz y no son escuchadas. El Papa León XIV ha renovado el llamado urgente a la reconciliación y a la cultura de la paz. Y Francisco de Asís, con su saludo eterno —Pax et Bonum—, tiene algo que decirle a este momento.

    Paraguay sabe lo que cuesta una guerra. No hace falta extendernos: en nuestra historia hay una herida que todavía no ha terminado de cicatrizar. Un pueblo que perdió casi todo y sobrevivió, principalmente desde las mujeres y los niños que quedaron, tiene una memoria de la devastación que no es abstracta. Esa memoria, cuando está bien procesada, no genera resentimiento: genera sabiduría. Genera la capacidad de decirle al mundo que la guerra no reconstruye nada.

    El Paraguay tiene vocación de paz. ¿El Paraguay tiene vocación de paz? No miremos solamente la violencia de ayer, miremos la de hoy. La violencia verbal, la violencia del desprecio, la violencia de la indiferencia, la violencia de la división. Francisco, a su paso, quiere que hagamos nuestra su paz, la paz del amor. Porque solamente en el amor y en la paz, se construye el bien común. La memoria de ayer, la historia, nos permite hablar con humildad y con verdad de lo que la violencia destruye. Pero para que esa voz tenga peso en el concierto de las naciones, necesitamos trabajar la autoridad moral que la respalde. No alcanza con la declaración: hace falta la coherencia. Paz afuera exige reconstrucción adentro. Fraternidad internacional exige que practiquemos fraternidad en casa: en la política, en la justicia, en la convivencia cotidiana.

    Francisco de Asís fue a visitar al Sultán cuando todos le decían que era una locura. No fue a ganar una batalla: fue a tener una conversación. Ese gesto sigue siendo profético. La Iglesia en Paraguay, inspirada en su carisma, puede ofrecer al mundo no sólo palabras sino un estilo: el estilo de quien se acerca al diferente sin miedo, sin armas, con la sola fuerza del Evangelio.

    IV. Las sandalias que regresan

    Esta reliquia que recibimos esta noche no es un objeto de museo. (No es un artefacto religioso, como nos dijo Fray Rogério). Es una presencia. Francisco quiere volver a caminar en Paraguay, en las sandalias de sus hijos e hijas que hoy recorren este suelo. La reliquia peregrina porque él peregrinó. Se mueve porque su espíritu no se queda quieto. Llega a Caazapá, a donde llegaron Bolaños y Bernardo, a la cuna de la evangelización franciscana de este país, no como turista sino como quien vuelve a casa.

    Pedro le dijo a la multitud en Pentecostés: “Pues bien, a este Jesús Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos.” Francisco fue testigo de ese Jesús con toda su vida. Las mujeres del Evangelio corrieron a dar la noticia. Francisco corrió al leproso. Nosotros, esta noche, ¿a dónde corremos?

    La reliquia nos pregunta. No nos responde: nos pregunta. ¿Qué hay que reconstruir en nuestra Iglesia? ¿Qué hay que reconstruir en nuestro pueblo? ¿En tu familia, en tu vida? ¿Estamos dispuestos a ser menores para ser verdaderamente fraternos? ¿Somos capaces de ofrecer al mundo el Pax et Bonum no sólo como saludo sino como programa?

    San Francisco de Asís dijo al hermano León que el gozo perfecto no estaba en los milagros ni en el saber, sino en soportar con paciencia y amor las dificultades del camino. Eso también es una lección para el Paraguay de hoy. No necesitamos milagros espectaculares. Necesitamos la paciencia y el amor para reconstruir. Piedra sobre piedra. Hermano junto a hermano. Como hicieron ellos. Como lo hizo Francisco, con sus hermanos que se sumaron a su santa locura, la locura de vivir el evangelio.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

  • Antes de continuar, una nota sobre Schrödinger.

    Schrödinger era el gato de Litu. O quizás era el gato de nadie, que había decidido que la casa de Litu era un buen lugar para existir. Nadie recordaba con certeza cuándo había aparecido por primera vez. Litu decía que había entrado un martes por la ventana. Ovi decía que no, que había sido un jueves, y que además la ventana estaba cerrada. Ambos tenían razón, probablemente.

    Era un gato gris con una mancha blanca irregular sobre el lomo que, según el ángulo desde el que se mirara, podía parecer un mapa, una nube, o nada en particular. Tenía la costumbre de instalarse en el centro exacto de cualquier superficie horizontal disponible —mesa, libro abierto, teclado, conversación— con la convicción silenciosa de quien sabe que el universo gira alrededor de un punto, y ese punto es él.

    Lo habían llamado Schrödinger porque nunca se sabía si estaba o no estaba. Aparecía sin que nadie lo viera entrar. Desaparecía sin que nadie lo viera salir. Bit, el perro de Ovi, había llegado a una paz armada con él: no lo perseguía, no lo ignoraba, lo toleraba con la ecuanimidad de quien ha comprendido que hay misterios que no se resuelven con el hocico.

    Los Custodios le tenían una mezcla de fascinación y respeto ligeramente supersticioso. Cuando Schrödinger se instalaba en medio de una conversación, algo en el aire cambiaba. No sabían explicarlo. Tampoco lo intentaban.

    *   *   *

    Los Custodios habían llegado como siempre: con ruido, con hambre, y con Schrödinger ya adentro sin que nadie supiera exactamente cuándo había entrado.

    Bit los recibió desde su rincón con la dignidad contenida de quien sabe que va a perder protagonismo pero acepta el destino con filosofía estoica.

    Eran cinco esa tarde. Mateo, el que siempre llegaba primero. Danilo y Rufino, que llegaban juntos porque vivían en el mismo barrio y se peleaban en el camino. La Yoli, que técnicamente no era Custodio pero nadie se lo había dicho todavía. Y Seba, el que casi nunca hablaba.

    Schrödinger se instaló en el centro de la mesa como si hubiera convocado él la reunión.

    *   *   *

    Estaban mirando el teléfono de Mateo. Una noticia circulaba desde el mediodía: el gobierno había cambiado el discurso. Antes, récords de recaudación y crecimiento. Ahora, margen fiscal estrecho, desaceleración, “economía de guerra.”

    DANILO — ¿En qué quedamos?

    RUFINO — En nada. Como siempre.

    MATEO — No. No es “como siempre.” Es que nos estuvieron contando la mitad. O mintiendo. Las dos cosas son un problema distinto, pero las dos son un problema.

    (La Yoli asiente, sin decir nada.)

    SEBA — (deja el teléfono sobre la mesa) Lo que yo me pregunto es por qué nadie dice la verdad antes. ¿Tan difícil es?

    Silencio.

    DANILO — Mi viejo dice que en este país siempre fue así. Que el que dice la verdad pierde.

    RUFINO — ¿Y el que miente?

    DANILO — Gana un rato. Después también pierde, pero ya cobró.

    MATEO — (sin soltar el teléfono) Che, yo leí otra cosa hoy. Una nota del New Yorker. Dice que en Estados Unidos hay programas para hombres, retiros, donde te hacés el duro: te arrastrás por el barro, cavás tu propia tumba, cargás cosas pesadas. Y te cobran tres mil dólares. La promesa es que salís siendo un alfa.

    LA YOLI — ¿Un qué?

    MATEO — Un alfa. Un líder. Un tipo al que no le tiembla nada.

    RUFINO — Tres mil dólares. Para arrastrarte por el barro.

    DANILO — Aquí sale gratis. Salís a la calle cuando llueve y listo.

    (Risa. Breve, pero real.)

    SEBA — (sin reírse del todo) Pero algo deben estar buscando. No pagás tres mil dólares por nada.

    LA YOLI — Yo vi algo parecido en TikTok. Uno de esos tipos que dice que los hombres tienen que volver a ser hombres. No sé qué significa eso exactamente. Supongo que él tampoco.

    RUFINO — Significa que están perdidos y no saben cómo decirlo.

    MATEO — O que nadie les enseñó. Fijate: programas así, Joe Rogan, Jordan Peterson… toda esa gente tiene millones de seguidores. Algo están tocando.

    DANILO — Mi primo escucha a Peterson. Dice que le cambió la vida.

    RUFINO — ¿En qué sentido?

    DANILO — Y… empezó a ordenar su cuarto. (pausa) En serio. Eso fue lo primero. Ordenar el cuarto.

    (Silencio. Nadie sabe si reírse o no.)

    SEBA — No es una mala idea, igual. Pero mi abuela me enseñó eso, gratis.

    LA YOLI — ¿Ordenar el cuarto?

    SEBA — Empezar por algo concreto. Algo que podés controlar. Cuando todo lo demás está en caos. Mi abuela sabe. Podría ganar lo que gana ese canadiense…

    Litu sirvió mate y lo pasó sin comentar. Ovi acomodó a Schrödinger un poco hacia el costado para poner la pava. Schrödinger no se movió. Ovi terminó acomodándose él.

    RUFINO — El problema es que faltan líderes de verdad. En todos lados. En el gobierno, en las familias. Todo el mundo espera que alguien haga algo. Y nadie hace. O hacen, pero para ellos.

    OVI — (sin levantar la vista de la pava) ¿Y qué sería un líder de verdad?

    La pregunta cayó suave. Demasiado suave para ignorarla.

    RUFINO — Alguien que… no sé. Que diga la verdad, supongo.

    LA YOLI — Como lo que decía Seba antes. Que nadie dice la verdad antes de que explote.

    SEBA — Sí, pero tampoco es solo decirla.

    MATEO — Tiene que bancársela. Que te cueste algo decirla.

    LITU — (por primera vez) ¿Bancársela cómo?

    MATEO — Que pagués un precio. Que no te convenga y la digas igual.

    Schrödinger parpadeó.

    DANILO — (de repente) ¿Y no es eso lo que busca el tipo que paga los tres mil dólares? Aprender a bancársela.

    SEBA — Sí, pero en simulacro. El barro es de entrenamiento.

    OVI — ¿Y cuál es el barro de verdad?

    (Silencio más largo.)

    SEBA — (sin levantar la vista) El barro de verdad es cuando no podés pagar la cuenta. O cuando tu viejo se quedó sin trabajo y no sabés qué decirle. O cuando tenés que decirle algo a alguien que no quiere escucharlo, y te importa igual.

    (Silencio total. Bit suspira desde su rincón.)

    LITU — Ese barro no cuesta tres mil dólares.

    SEBA — No. Sale más caro.

    MATEO — (despacio) Y no te avisa cuándo llega.

    LA YOLI — (en voz baja) Ni te da diploma al final.

    Schrödinger saltó de la mesa sin aviso y desapareció detrás del sillón. Nadie sabía si seguía ahí o no. Probablemente las dos cosas.

    DANILO — Ese gato me desconcierta cada vez más.

    OVI — Es cuántico.

    DANILO — ¿Eso qué significa?

    OVI — Que existe en dos estados a la vez. Como Paraguay: creciendo y derrumbándose, según qué día le preguntes al gobierno.

    (Risas. Más largas esta vez.)

    MATEO — (sin reírse del todo) ¿Y nosotros? ¿También somos cuánticos?

    LITU — (lo mira) ¿Vos qué creés?

    MATEO — (piensa) Creo que sí. Que uno puede ser las dos cosas. Fuerte y roto. Seguro y perdido. (pausa) Y que quizás el líder no es el que ya resolvió eso. Es el que lo reconoce.

    Nadie lo contradijo.

    Afuera había empezado a llover.

    Barro gratis, como había dicho Danilo.

  • Era tarde y Bit dormía enrollado sobre los pies de Ovi, como si fuera un saco de arena tibio con orejas.

    Ovi tenía el teléfono en la mano y una expresión rara en la cara. No era de enojo. Era algo más parecido a lo que pone cuando ve un plato que no reconoce y no sabe si es comida o decoración.

    —Litu —dijo—, escuchá esto.

    Litu levantó los ojos del libro.

    —¿Qué?

    —Una pastora. En la Casa Blanca. Delante de cien líderes religiosos. En Pascua. —Hizo una pausa dramática.— Dijo que Trump es como Jesús porque los dos fueron traicionados, arrestados y falsamente acusados. Y que como Jesús resucitó, Trump se levantó.

    Litu lo miró.

    —¿El primero de abril?

    —El primero de abril.

    Bit abrió un ojo, evaluó la situación, y lo cerró de nuevo.

    —¿Y la gente aplaudió? —preguntó Litu.

    —Aplaudió.

    Hubo un silencio.

    —Bueno —dijo Litu—, hay que reconocerle algo: tiene audacia.

    —Yo lo llamaría de otra manera.

    —¿Cómo?

    —Estupidez consciente. Porque no es que no sabe lo que está haciendo. Lo sabe perfectamente. Sabe qué teclas tocar. Sabe que Trump está sentado ahí, escuchando, y que ese hombre es un receptor perfectamente calibrado para ese tipo de espejo magnificante.

    —Tiene un nombre clásico en la retórica política —dijo Litu—. Adulatio servilis.

    Ovi bajó la mano y empezó a acariciar a Bit despacio.

    —O sea… ¡chupamedias!

    Bit cerró los ojos con expresión de quien acaba de escuchar la definición más satisfactoria de la tarde.

    —Eso —confirmó Litu—. No es teología. Es mercadería con etiqueta religiosa.

    —¿Y qué dice la gente? ¿Que es una blasfemia? —preguntó Ovi.

    —Algunos, sí.

    —Llamarlo blasfemia es demasiado honor —dijo Litu—. La blasfemia supone que hay una intención seria de confrontar lo sagrado. Aquí no hay nada de eso. —Cerró el libro—. ¿Vos sabés lo que le pasó a Martín de Tours?

    Ovi lo miró con esa cara que ponía cuando Litu cambiaba de tema de manera aparentemente abrupta pero que en realidad no era abrupta para nada.

    —Contame.

    —Estaba en su celda. Se le apareció una figura brillante, vestida de púrpura, con diadema, resplandeciente. Y le dijo: “Martín, ¿por qué dudás? Estás viendo. Yo soy Cristo.”

    —¿Y?

    —Y Martín no discutió. No le preguntó el nombre ni le pidió documentos. Simplemente dijo: el Señor Jesús no anunció que vendría vestido de púrpura ni resplandeciente con diadema. Yo no voy a creer que Cristo vino si no trae las marcas de la cruz.

    Ovi se quedó quieto un momento.

    —¿Y la figura?

    —Se desvaneció como humo. Y la celda quedó llena de hedor.

    Bit se movió levemente, como si hubiera percibido algo, y volvió a acomodarse.

    —El criterio de Martín —dijo Ovi— no era un argumento teológico. Era casi una pregunta práctica.

    —Exacto. No le preguntó quién sos. Le preguntó dónde están las marcas.

    Ovi miró el teléfono sobre la mesa.

    —Entonces, aplicando el criterio de Martín a la pastora y a Trump…

    —Le preguntarías lo mismo —dijo Litu—. No si fue traicionado. No si sufrió. No si los medios lo atacaron. Sino: ¿dónde están las marcas? ¿Las marcas de qué sacrificio, exactamente? ¿De qué entrega? ¿De qué vaciamiento?

    —Y ahí —dijo Ovi lentamente— la figura se desvanecería.

    —Dejando un hedor particular.

    Se miraron. Ovi sonrió primero. Litu después.

    —El problema —dijo Litu, ya más serio— no es que sea ridículo. Es que funciona. Porque hay gente que no aplica el criterio de Martín. Que escucha “traicionado, arrestado, falsamente acusado” y en lugar de preguntar ¿dónde están las marcas?, pregunta ¿cuándo es la próxima cruzada?

    —Y eso ya no da risa.

    —No. Eso da otra cosa.

    Bit eligió ese momento para levantarse, sacudir todo el cuerpo con la solemnidad propia de los perros que acaban de despertar, y caminar hacia la cocina con paso de quien tiene asuntos pendientes.

    Los dos lo siguieron con la mirada.

    —Bit no pregunta quién sos —dijo Ovi.

    —No —confirmó Litu—. Pero siempre huele si algo anda mal.

  • Celebra en el altar de Cristo

    la eucaristía de cada jornada,

    como si fuera la primera de tu vida,

    como lo más importante de tu día,

    como testamento final de tu fe vivida.

    Celebra en el altar de la virtud,

    la gracia bautismal que te une a Cristo,

    como si fuera el fundamento de tu vida,

    como lo único y más valioso de tu día,

    como legado y testimonio de tu fe vivida.

    Celebra en el altar del corazón,

    el mandato de Cristo en la caridad asumida,

    como si fuera el alimento de tu vida,

    como lo que da sentido a todo en tu día,

    como anuncio bienaventurado de tu fe vivida.

    Celebra en el altar de la vida,

    la fe del Cristo, que de la cruz resucita,

    como si fuera el ancla que equilibra tu vida,

    como la luz que vence la oscuridad en tu día,

    como norte de esperanza que sostiene tu fe vivida.

    Celebra con Cristo,

    en el altar,

    en la virtud santa,

    en el corazón limpio,

    en la vida íntegra,

    como si fuera la primera vez,

    como si fuera la única vez,

    como si fuera la última vez.

    Felices los que hoy celebran en torno a la mesa del Señor, el sacerdocio común de los bautizados, el sacerdocio ministerial de los consagrados, la caridad sacerdotal que nos une a todos en Cristo, el primero, el único y el último, que ocupa el centro de nuestras vidas.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch..

  • + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch. – 31 de marzo de 2026

    Hay una oración que no sale en los noticieros. No se pronuncia ante micrófonos ni se fotografía con líderes religiosos alrededor. No tiene audiencia ni función política. Es la oración de la madre que no sabe si su hijo vuelve. Del padre que escucha las explosiones desde lejos y no puede hacer nada. Del niño que aprendió a dormir con el ruido de los aviones. De la anciana bajo los escombros que mueve los labios sin que nadie lo vea. De la viuda. Del huérfano. Del soldado que en la oscuridad del frente, solo, golpea su pecho sin palabras.

    ¿Quién escucha esa oración?

    Esa es la pregunta que el ruido mediático de esta semana enterró bajo titulares de choque institucional. Porque lo que ocurrió entre el Domingo de Ramos y el lunes siguiente no fue realmente un enfrentamiento entre el Vaticano y Washington. Fue algo más revelador: dos discursos que hablan de la oración sin hablar de lo mismo, mientras los que más oran permanecen en silencio.

    * * *

    Un alma noble, ¿por qué reza?

    La portavoz de la Casa Blanca usó una palabra que merece atención. Defender la oración de los líderes militares y de las tropas le parece, dijo, «un acto muy noble». La palabra es justa. Pero la nobleza del acto depende enteramente de por qué se reza, ante quién se reza, y qué se le pide a Dios.

    Un alma noble reza porque reconoce su límite. Porque sabe que hay algo más grande que ella, que el resultado no está en sus manos, que la vida del otro —incluso del enemigo— no le pertenece. La oración auténtica es un acto de desposesión: suelto el control, reconozco mi fragilidad, me pongo ante Dios tal como soy.

    Esa oración es posible en la guerra. El soldado que en la trinchera pide protección para él y para los suyos, que se debate en silencio entre el deber que el Estado le impuso y la conciencia que el Evangelio le formó, que pide volver a ver a sus hijos —ese soldado reza con el alma. Nadie puede objetar eso. León XIV no lo objeta. Isaías tampoco.

    Pero hay otra oración que usa el mismo vocabulario y tiene una estructura completamente distinta. El secretario de Defensa oró en el Pentágono pidiendo que «cada bala dé en el blanco contra los enemigos de la justicia y de nuestra gran nación». Ahí la oración ya no es desposesión: es investidura. Dios ya no es el que me trasciende; es el que me avala. La violencia recibe unción. El enemigo queda definido teológicamente. Es lo que la tradición conoce como bellum sacrum: guerra santa, independientemente del nombre con que cada civilización lo revista.

    Y hay una tercera forma, que es la performance: el Presidente rodeado de pastores con las manos extendidas, la portavoz preguntando a los periodistas si se oía el amén desde adentro. No juzgo la fe personal de nadie. Pero hay una diferencia entre rezar y mostrar que se reza. Jesús fue bastante claro al respecto: los que ya recibieron su recompensa son los que oran en las esquinas para ser vistos.

    * * *

    El fariseo, el publicano y el Pentágono

    Jesús contó una parábola que Lucas sitúa con precisión sociológica: «la dijo para algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás.» Dos hombres suben al Templo. El fariseo enumera sus méritos: ayuno, diezmo, distancia de los pecadores. El publicano no tiene argumentos. Golpea su pecho. Pide misericordia. Jesús dice que el publicano baja justificado. El fariseo, no.

    La oración del secretario de Defensa en el Pentágono es estructuralmente la del fariseo. No habla a Dios; habla ante Dios para legitimarse. Convierte la súplica en autoproclamación: nosotros somos los justos, ellos los enemigos de la justicia. La gramática teológica es idéntica: yo no soy como los otros.

    El soldado en el frente es el publicano. No tiene discurso. Tiene miedo. Su oración, si ora, es elemental. Ese es el que baja justificado.

    Lo paradójico es que la portavoz de la Casa Blanca tiene razón en lo que defiende y se equivoca en lo que protege. Tiene razón: el soldado puede y debe poder rezar. Se equivoca: defender esa oración no responde en nada a lo que el Papa dijo.

    * * *

    Lo que León XIV dijo y lo que nadie escuchó

    El Domingo de Ramos, León XIV citó al profeta Isaías desde la Plaza de San Pedro: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: las manos de ustedes están llenas de sangre» (Is 1,15). No era una tesis nueva ni una declaración política. Era la Palabra de Dios, pronunciada hace veintisiete siglos, que vuelve a ser escandalosa cada vez que el poder la necesita en silencio.

    El Papa también dijo algo que el debate mediático ignoró por completo: «En su último grito dirigido al Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra.»

    Ahí estaban. Las madres. Los hijos. Los huérfanos. Las víctimas. León XIV los nombró. El debate que siguió los borró.

    * * *

    ¿Se oye el llanto?

    La portavoz de la Casa Blanca comenzó su rueda de prensa preguntando a los periodistas: «¿Se oía nuestro amén ahí dentro?» Es una pregunta que, sin quererlo, abre el abismo. Porque la pregunta que la guerra formula cada día es otra: ¿se oye el llanto de los que no tienen micrófono?

    La oración de la madre que espera no tiene amén colectivo ni cobertura mediática. La del niño que no entiende por qué su casa ya no existe no aparece en ninguna rueda de prensa. La del soldado que en la oscuridad golpea su pecho tampoco.

    La fe cristiana dice que esa oración es escuchada. Que hay un Dios que no necesita micrófonos. Que el clamor del pobre llega antes que el discurso del poderoso. Que el publicano baja justificado.

    Lo que la fe cristiana no puede sostener —y León XIV lo recordó con Isaías— es que ese mismo Dios avale la guerra, bendiga las balas y respalde a quien convierte su poder en plegaria.

    Un alma noble reza. Pero sabe ante quién está. Y eso lo cambia todo.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.