Sobre la amistad al rival, al distinto, al forastero y también al enemigo

+ FJPS

Ayer fue el Día del Amigo en Paraguay. Como toda fiesta que se repite, corre el riesgo de gastarse en la superficie que le dio origen —el mensaje de WhatsApp, la foto compartida, el brindis fácil— mientras el fondo del asunto queda sin tocar. Porque «amigo» es una palabra que usamos con generosidad excesiva para lo que en realidad nombra con precisión escasa: casi siempre designamos con ella al conocido cómodo, al semejante que no nos cuesta nada querer. La verdadera pregunta —la que Aristóteles se hizo hace veinticuatro siglos y que la fe cristiana llevó más lejos de lo que él imaginó posible— es otra: ¿hasta dónde llega la amistad cuando el otro compite conmigo, cuando no se parece a mí, cuando llega ocupando un espacio que yo creía mío, o cuando derechamente me quiere el mal?

Son cuatro capítulos distintos, y conviene no confundirlos.

I. La amistad al rival

Hay una forma de enemistad que no es enemistad de fondo sino de rol: el hincha de un club y el del otro, el militante de un partido y el del contrario, incluso —en su forma más seria— quienes defienden sistemas económicos irreconciliables. Lo que los separa no es el bien que persiguen, sino el objeto particular en el que ese bien se disputa. El cerrista y el olimpista quieren, en un nivel más alto que el resultado del clásico, lo mismo: que el fútbol exista, que la pasión compartida tenga sentido. Por eso no toleran al rival a pesar del partido, sino gracias a él.

Con la política y la ideología la cosa se pone más seria, porque ya no se disputa un resultado sino un proyecto que afecta a terceros. Pero incluso ahí, si se cava lo suficiente, suele encontrarse una intención común debajo del sistema de ideas: que el hombre no sea explotado, que el trabajo tenga dignidad, que la comunidad no se disuelva. Aristóteles ya lo había visto: la amistad «por lo útil» es más frágil que la de virtud pura, pero no por eso deja de ser amistad. Exige, eso sí, una disciplina que hoy escasea: separar a la persona —a quien se puede y se debe amar— del proyecto que se combate con toda seriedad. Amar al colorado bien colorado, al comunista bien comunista, sin que la etiqueta agote lo que cada uno es.

II. La amistad al distinto

Otro capítulo, de naturaleza distinta, es el de quienes no compiten entre sí sino que simplemente no son iguales: el anciano y el joven, el rico y el pobre, el culto y el inculto. Aquí no hay dos bienes que se excluyen, como en el clásico; hay un solo bien poseído en grados o de modos diferentes. Aristóteles tenía para esto una fórmula precisa: la amistad entre desiguales no exige reciprocidad simétrica, sino proporcional —cada uno ama y es amado según su medida, no según la misma medida.

El caso más difícil es el de la fortuna. El propio Aristóteles dudaba de que la amistad de virtud pudiera sobrevivir a una distancia extrema entre rico y pobre, «como entre Dios y el hombre», porque el poderoso no soporta ser tratado como igual por quien no lo es en bienes. Es exactamente lo que Santiago denuncia en su carta —sentar al rico adelante y al pobre en el suelo— como corrupción de la caridad, no como su condición natural. Aquí el Evangelio supera literalmente el techo que Aristóteles no pudo cruzar: la caridad puede atravesar cualquier distancia de fortuna, porque su fundamento no se mide en bienes materiales sino en la participación común de la vida divina.

Y hay un caso que merece nombrarse aparte porque tiende a tratarse, erróneamente, como si fuera tan disputado como los anteriores: la diferencia de cultura, de etnia, de origen. Ahí no hay contrariedad ninguna que superar —no hay dos proyectos que se excluyan, como en la ideología, ni siquiera un desnivel real de condición, como en la riqueza. Hay simplemente diversidad: modos distintos, no contrarios, de realizar la misma naturaleza humana. El africano, el oriental y el occidental no tienen entre sí ningún obstáculo estructural para la amistad, salvo el meramente práctico de la lengua o la distancia. Tratar esa diferencia como si fuera del mismo orden que una disputa ideológica es, me parece, uno de los errores más caros de nuestra época.

III. El amor al inmigrante

Hay una figura que no encaja del todo en los dos capítulos anteriores, y por eso merece nombre propio. El inmigrante no es un rival —no disputa conmigo un bien común dentro de reglas compartidas, como el hincha o el adversario político—. Tampoco es simplemente un distinto en el sentido del capítulo anterior —no se trata solo de una diferencia de edad, de fortuna o de cultura que pueda tratarse con la calma de quien discute ideas—. El inmigrante introduce un elemento que ninguno de los casos previos tenía: ocupa un espacio. Y es esa ocupación, más que la lengua o el color de piel, lo que dispara el recelo: no es lo que piensa ni lo que cree lo que incomoda, sino que está ahí, donde antes no estaba, disputando —al menos en la percepción de quien lo mira con desconfianza— un lugar, un trabajo, un margen de recursos que se creían fijos.

Escribo esto con la noticia todavía fresca: ayer mismo, mientras en Paraguay se celebraba el Día del Amigo, miles de personas —se habla de unas veinte mil, en su mayoría hombres jóvenes pero también familias con niños— cruzaron en pocas horas la frontera de Marruecos hacia Ceuta, con un saldo de muertos que ronda la decena y media. No traigo el dato para tomar posición sobre política migratoria —eso excede el género de este artículo y merece prudencia técnica que no es la mía—, sino porque ilustra con crudeza el fenómeno que este capítulo quiere pensar: la avalancha humana que llega sin más credencial que la necesidad, y el recelo casi automático que despierta en quien ve el propio espacio —territorial, laboral, cultural— como amenazado.

Aquí la tradición bíblica es más antigua y más exigente que la filosofía griega, que apenas rozó el tema con la xenía —esa hospitalidad cuasi-sagrada hacia el huésped que protegía Zeus mismo—. El Levítico va más lejos: no pide solo no dañar al extranjero, sino amarlo como a uno mismo, y da la razón exacta: «porque forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto» (Lv 19, 34). No es una apelación a la simpatía sino a la memoria: el pueblo que se resiste a acoger es, casi siempre, un pueblo que ha olvidado su propia condición de forastero en algún momento de su historia. Mateo lleva esto a su forma más radical cuando identifica al Juez mismo con el extranjero recibido o rechazado: «fui forastero, y me acogisteis» (Mt 25, 35) —de modo que la acogida deja de ser opción de generosidad y pasa a ser criterio de juicio final.

Esto no resuelve la dificultad real, y sería deshonesto fingir que la resuelve: la acogida tiene un límite práctico —de capacidad, de orden, de justicia hacia quienes ya están— que ninguna cita bíblica sustituye, y que corresponde a la prudencia política, no a la exhortación moral. Pero el capítulo del inmigrante exige, como mínimo, una distinción que se pierde con facilidad bajo la presión del miedo: separar la gestión razonable de un flujo migratorio —que es tarea de gobiernos y no de sentimientos— del trato debido a la persona concreta que ya está frente a mí, con hambre o con miedo, sea cual sea el juicio que merezca la política que la trajo hasta ahí. Se puede —se debe— pensar con seriedad el orden; no se puede, sin traicionar lo más elemental del Evangelio, mirar con desprecio al que ocupa el espacio por el que llegó huyendo de algo peor.

Vale la pena, con esa misma prudencia, recordar que Paraguay no llega a este capítulo con las manos vacías. La cultura guaraní legó una categoría propia para nombrar exactamente esto —el jopói, literalmente «manos recíprocamente abiertas», la mano que se suelta para dar sin calcular de antemano el retorno—, de la que derivan prácticas todavía vivas en el campo paraguayo como la minga: el trabajo comunitario no remunerado que se presta a quien lo necesita, sabiendo que la ayuda circula y que hoy doy porque mañana puedo ser yo quien reciba. No es una hospitalidad abstracta ni un principio importado: es memoria de pueblo que ha sabido, en su propia pobreza, no cerrar la mano ante el que llega. Traer esa memoria al capítulo del inmigrante no es ingenuidad ni sustituye la prudencia política que el problema exige —el jopói regía entre vecinos de una misma comunidad, no resuelve por sí solo la escala ni la complejidad de una migración masiva y ajena—, pero sí es una advertencia útil: el temor al que llega ocupando espacio no es la única tradición disponible para leer el fenómeno; hay otra, más honda y más nuestra, que enseña que la mano abierta no se empobrece por abrirse.

IV. El amor al enemigo

Y llegamos al capítulo que ya no es amistad, sino otra cosa. Porque toda la amistad —incluso en su forma más asimétrica, la del rico y el pobre— presupone algún grado de reciprocidad: el otro, de un modo u otro, también me quiere el bien. El enemigo rompe esa estructura de raíz: no comparte conmigo ni siquiera el deseo de un bien disputado. Simplemente quiere que yo deje de ser lo que soy, o que deje de ser.

Vale la pena recuperar aquí una distinción latina que perdimos: hostis, el enemigo público, de rol, sin odio personal —el soldado que cumple su deber frente a otro soldado que cumple el suyo—; e inimicus, el enemigo privado, el que me odia a mí en concreto. San Agustín, pensando la guerra, ya había separado con precisión lo que se combate (la causa injusta) de lo único verdaderamente malo (el deseo de dañar, el ánimo implacable). Un soldado puede resistir a otro sin que haya inimicitia real debajo del rol: por eso son posibles, y han sido históricamente reales, las treguas espontáneas entre quienes se disparan por deber y no por odio.

Pero cuando la enemistad es de fondo —cuando alguien me odia por lo que soy, no por el rol que cumplo—, ahí el Evangelio dice algo que Aristóteles no tenía siquiera categoría para nombrar. Amad a vuestros enemigos (Mt 5, 44) no pide que sean mis amigos: el verbo que usa el griego es agapáte, el amor que no exige que me lo devuelvan. Santo Tomás lo precisa con exactitud quirúrgica: estamos obligados a amar al enemigo en general —a no excluirlo nunca de la voluntad de su bien—, pero no a mostrarle los signos particulares de la amistad, ni a confiar en él como en un cercano, salvo que la necesidad extrema lo exija. Es un amor que se sostiene en cuatro gestos precisos: no gozarse de su mal, estar dispuesto a socorrerlo si hace falta, orar por su conversión, y no desearle el mal como persona aunque sí se desee, con toda razón, que su proyecto de daño fracase. Se odia el vicio, no al hombre: se ama en el enemigo lo que todavía podría llegar a ser, no lo que ha elegido ser hasta ahora.

Lo que el Día del Amigo no dice

La cultura del «amigo» fácil nos ha dejado sin categorías para lo que de verdad cuesta: amar al rival sin dejar de disputarle en serio lo que se disputa; amar al distinto sin condescendencia ni resentimiento, cualquiera sea el sentido de la distancia; amar al inmigrante sin negar la dificultad real de su llegada ni escudarse en ella para negarle el rostro; y amar al enemigo sin necesitar que me lo devuelva, porque ese amor ya no se funda en lo que el otro comparte conmigo sino en lo que yo soy llamado a ser frente a él. Si hay una medida de qué tan madura es una amistad, no está en la comodidad de los iguales que se felicitan un 30 de julio. Está en el rival, el distinto, el forastero y el enemigo: a ninguno se lo llama amigo con naturalidad, y sin embargo son los únicos que ponen la amistad verdaderamente a prueba.

Decálogo del amigo verdadero

Día del Amigo, Paraguay

1. Amistad no es solo coincidir: es sostenerse queriendo, a veces, resultados contrarios.

2. Al rival se le ama disputándole en serio lo que se disputa — nunca fingiendo que no hay disputa.

3. La desigualdad no impide el amor: le pide otra medida — ya no espejo, sino proporción.

4. Ni el rico condesciende ni el pobre se resigna: ambos se deben, sin más, dignidad.

5. Extranjero, inmigrante, turista: forasteros como lo somos todos — se integran con orden, se asisten con generosidad, se comprenden en su dignidad.

6. La mano que se abre para dar —el jopói que nos enseñaron antes que cualquier tratado— no se empobrece por abrirse.

7. Amable es acoger con orden; más amable todavía es mirar, detrás de cada diferencia, la dignidad y el corazón que la sostienen.

8. Al enemigo no se le exige el abrazo: se le niega el odio, y eso ya es amarlo.

9. Amar sin que me lo devuelvan es el único amor que prueba que no amaba por conveniencia.

10. La amistad que no se atreve a decir estos nombres —rival, distinto, forastero, enemigo— todavía no sabe cuánto puede dar.

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

Encarnación, 31 de julio de 2026

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