Contextualizar ayuda a discernir: el mundo, los cambios y los miedos de esta hora
SEGUNDA SERIE: La Moneda del Poder. Corrientes y poder, poder y apariencia cristiana: el discernimiento que le toca a la Iglesia
+ Francisco Javier Pistilli Scorzara
Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación
TIEMPO DE LECTURA: 13 minutos
Antes de mirar las caras de cada moneda conviene mirar el suelo en que se acuñan. Nadie discierne en el vacío. Un fenómeno religioso o político nunca aparece solo: crece en un clima social, económico y tecnológico que explica por qué atrae, a quién convoca y qué necesidad promete resolver. Contextualizar no es justificar ni absolver. Es la primera herramienta del discernimiento, porque permite distinguir lo que un movimiento dice de sí mismo de lo que, en realidad, responde.
I. Guardini: de la crisis de la modernidad a la pregunta por el poder
Para entender el horizonte de hoy conviene volver a un pensador que supo leerlo: Romano Guardini. En dos libros seguidos, El ocaso de la Edad Moderna (Das Ende der Neuzeit, 1950) y El poder (Die Macht, 1951), plantea dos cosas encadenadas: la época moderna se acaba, y el poder humano alcanza una escala nueva. De ahí su pregunta: ¿quién responde por ese poder?
Una época que se acaba. En 1950, entre las ruinas de Europa, Guardini describe cómo la modernidad entendió la realidad con tres ideas que se sostenían unas a otras: la naturaleza, la persona como sujeto dueño de sí y la cultura como obra humana. Las tomó como fundamento último, que no necesitaba apoyo externo ni aceptaba una norma por encima de él. Esa libertad tuvo un precio. El ser humano perdió el lugar que tenía en la antigua imagen del mundo, y apareció una angustia nueva, distinta de la medieval: la de no tener refugio ni un sentido evidente donde apoyarse.
Guardini no escribe desde la nostalgia ni desde el catastrofismo. Reconoce el enorme fruto de la modernidad y no lo cambiaría ni por una Edad Media idealizada ni por un futuro utópico. Lo que le interesa es ver en qué termina esta época y qué empieza a nacer en la siguiente, que la historia todavía no ha nombrado. Ve en ella tareas de una escala enorme, que exigen unir fuerzas y ser solidarios, y ve también el riesgo: el proceso se da con tanta indignidad y violencia contra el ser humano que cuesta ver su sentido positivo, y una posibilidad temible es que el hombre caiga bajo el dominio de poderes impersonales.
Qué es el poder. Un año después, Guardini pregunta qué es ese poder que crece. Responde que no es bueno ni malo en sí mismo. Se rige por la libertad y recibe su sentido de la decisión de quien lo usa: es posibilidad de bien y peligro de mal, y ese peligro crece con su medida. Lo decisivo, dice, es la responsabilidad.
Cuando nadie responde. El peligro empieza cuando poder y responsabilidad se separan: ya no hay una voluntad a la que se pueda interpelar ni una persona que responda, sino solo una organización anónima donde cada uno parece liberado de toda responsabilidad. Quien actúa deja de sentirse sujeto de lo que hace. Entonces, dice Guardini, el poder se vuelve «demoníaco».
Un poder prestado. Frente a eso recuerda de dónde viene el poder humano: no lo tenemos por derecho propio ni en autonomía, sino como un préstamo. Somos «señores por gracia» y debemos ejercer el dominio con responsabilidad ante Aquel que es Señor por esencia, de modo que el dominio sea obediencia y servicio, y no levante un mundo propio, sino que lleve a plenitud el mundo de Dios.
Esa es la inquietud de fondo de nuestra serie: ¿quién responde por el poder, y ante quién? No es una pregunta de ayer: lleva más de setenta años.
II. Los intérpretes de los signos de los tiempos
La Iglesia llama «signos de los tiempos» a lo que, en cada época, pide una lectura a la luz del Evangelio (Gaudium et spes, 4). Esa lectura nunca ha sido tarea solo de teólogos. Resumido a grandes trazos, el último medio siglo la hizo en etapas.
El mundo de dos bloques. Tras la guerra, el mundo se ordenó en torno a dos grandes sistemas enfrentados. La seguridad venía de la pertenencia a uno u otro, y la pregunta pública era a cuál lealtad se debía.
La condición postmoderna. Jean-François Lyotard (1979) describió la pérdida de credibilidad de los «grandes relatos» que daban sentido común. Ulrich Beck (1986) habló de una «sociedad del riesgo», donde los peligros son producidos por la propia técnica y nadie se siente en pleno control. Y ya a comienzos de siglo, Zygmunt Bauman (2000) la llamó «modernidad líquida»: vínculos, trabajos, identidades y seguridades que ya no se solidifican.
El fin del orden bipolar. Con 1989, Francis Fukuyama habló del «fin de la historia»: la democracia liberal parecía haber ganado. Pocos años después, Samuel Huntington (1993) respondió con el «choque de civilizaciones»: las identidades culturales y religiosas, y no las ideologías, serían las nuevas líneas de conflicto. Ninguna de las dos tesis se cumplió a pie juntillas, pero ambas leyeron algo cierto: que la pregunta por la identidad había vuelto con fuerza.
Lo postsecular. Jürgen Habermas (2001) y Charles Taylor (2007) mostraron, desde la filosofía, que la secularización no hizo desaparecer lo religioso. Creer pasó a ser una opción entre otras, y lo religioso volvió al espacio público, con nuevos actores.
Pluralismo y colectivos. En ese escenario surgieron o ganaron visibilidad numerosos colectivos —identitarios, étnicos, de género, de migrantes, de pueblos originarios, religiosos, de comunidades en red— que reclaman reconocimiento y voz. Describirlos como fenómeno social no es tomar partido por ninguno: es advertir que la sociedad ya no se piensa como un bloque, sino como un mosaico donde la pregunta por el bien común se vuelve más difícil y más necesaria.
Batallas culturales y nuevas generaciones. Esa pluralidad convive con lo que suele llamarse «batalla cultural»: la disputa por definir el sentido común de una sociedad en la educación, los medios y la religión. La expresión es antigua —remite al Kulturkampf alemán del siglo XIX y a la idea de hegemonía cultural de Gramsci— y hoy la usan, con signo contrario, quienes se sienten amenazados desde la izquierda y quienes se sienten amenazados desde la derecha. Dentro de ella circulan términos como «wokismo» o «marxismo cultural», que con frecuencia funcionan como etiquetas de combate: sirven más para señalar a un adversario que para describir lo que alguien cree. La contracultura, en cambio, es un fenómeno histórico real, con raíces en los años sesenta, cuyo espíritu de ruptura con lo establecido sigue presente. Todo esto ha llegado a las universidades y también a los ámbitos religiosos, donde se traduce en tensiones entre quienes sienten que la Iglesia cede al espíritu de la época y quienes sienten que se encierra en una trinchera.
La Generación Z y la desconfianza. Las generaciones más jóvenes, nacidas entre fines de los años noventa y comienzos de la década de 2010, crecieron en las redes y en la precariedad. Entre 2025 y 2026 distintos países vieron protestas juveniles que sus propios protagonistas y la prensa llamaron «de la Generación Z»: Nepal, Indonesia, Marruecos, Madagascar, Perú, Paraguay —donde el 28 de septiembre de 2025 una convocatoria autoconvocada de «Generación Z» llevó a cientos de jóvenes frente al Congreso, en Asunción, contra la corrupción y bajo el lema «Somos el 99,9 %. No queremos corrupción»—, y la India, donde un movimiento nacido como sátira, el «Partido de las Cucarachas», surgió en 2026 de una frase despectiva sobre los jóvenes desempleados. Algunas protestas adoptaron un símbolo común, la bandera pirata de One Piece. Los contextos y resultados son muy distintos y conviene no generalizar, pero analistas señalan tres rasgos compartidos: son nativos digitales que se organizan en red, sin pasar por las cúpulas tradicionales; viven el desempleo y la precarización; y toman distancia de los partidos —en América Latina, según un análisis, el 64 % de los jóvenes no se siente representado por ninguno—.
Tampoco falta, en el otro extremo del tablero, quien advierte el avance de fuerzas que algunos analistas llaman «neofascismo». El término es discutido: unos lo usan para describir movimientos autoritarios y xenófobos, otros lo rechazan por considerarlo una etiqueta de combate. Aquí no lo adoptamos ni lo descartamos; nos interesa lo que ambos lados describen, una atracción creciente por liderazgos que prometen orden y señalan enemigos.
Detrás de todo esto hay un deterioro de la autoridad y de las instituciones. El Latinobarómetro 2026 muestra que el apoyo a la democracia en América Latina se mantiene en 52 %, después de tocar fondo en 48-49 % entre 2018 y 2023. Pero se quiere la democracia y se desconfía de lo que la sostiene: solo el 55 % cree que no hay democracia sin partidos, y apenas el 22 % se siente representado por su parlamento.
La época de la técnica y los datos. Shoshana Zuboff (2019) describió el «capitalismo de la vigilancia»: la experiencia humana convertida en materia prima para predecir y orientar conductas. Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio, Psicopolítica) añadió que este poder ya no se impone con prohibiciones: seduce, y cada uno se exige y se explota a sí mismo creyéndose libre. Un poder que no reprime sino que ofrece es mucho más difícil de reconocer, y de resistir. La inteligencia artificial acelera todo esto, y plantea de nuevo, con una escala inédita, la pregunta de Guardini.
Cada etapa cambió algo común: el lugar donde la gente busca seguridad y pertenencia.
III. Los miedos que motivan la adhesión y el rechazo
Debajo de estos cambios hay una fuerza que rara vez se nombra: el miedo. Miedo a perder la identidad, el trabajo, la pertenencia, el lugar en la sociedad, el sentido; miedo al desorden, al otro, a la tecnología, a la irrelevancia de la propia fe. Guardini ya lo había advertido: la angustia es parte de la condición humana y siempre lo será, aunque la ciencia y la técnica parezcan asegurarnos; lo que cambia con cada época es su motivo y su carácter. Martha Nussbaum (2018) observó que el miedo, mal gestionado, se convierte con facilidad en rabia, y la rabia busca un culpable.
El miedo no es pecado: es una reacción humana. El problema aparece cuando manda. Un miedo no atendido es terreno fértil para quien ofrece certezas rápidas: una victoria, un orden, un enemigo claro. Explica por qué muchas personas sinceras se adhieren a proyectos que prometen seguridad, y por qué otras los rechazan en bloque. Entender esos miedos no obliga a compartir las respuestas, pero impide verlas como puro capricho o pura maldad.
IV. El poder en la Iglesia también cambió
Esta mutación no atañe solo al orden civil; interpela en primer lugar a la autocomprensión de la propia Iglesia. En 1870, el mismo año en que perdía los Estados Pontificios y su secular soberanía territorial, el Concilio Vaticano I definió el primado de jurisdicción y la infalibilidad del Papa (Pastor aeternus). En ese clima de asedio secularizante, la Iglesia tendió a comprenderse como societas perfecta: un cuerpo jerárquico, vertical y doctrinalmente compacto frente a un mundo moderno percibido como hostil. El Vaticano II (1962-1965) corrigió el énfasis: la Iglesia como pueblo de Dios, la colegialidad de los obispos, el diálogo con el mundo. Y en 2015, al conmemorar los cincuenta años del Sínodo de los Obispos, Francisco dijo que «el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio», y describió la autoridad con la imagen de una pirámide invertida, donde la cima se encuentra por debajo de la base. La Iglesia, pues, tampoco gobierna hoy como lo hacía hace un siglo, y la pregunta por el poder se hace primero a ella misma. En la tercera serie volveremos sobre esto.
V. De este suelo, algunas monedas
Los dos fenómenos que analiza esta serie, más un tercero que se suma hacia el final, surgen o se reconfiguran en este horizonte. El dominionismo ofrece certeza y victoria frente al miedo a perder la identidad y la cultura. La República Tecnológica ofrece orden y seguridad frente al caos, administrados por quien dispone de los datos y la infraestructura. La Masonería, mucho más antigua, ofrece pertenencia y red en un tiempo líquido. Ninguna de estas ofertas es casual: responde a un miedo real, y a intereses y motivaciones particulares que requieren nuestra atención.
Por eso empezamos por aquí. Contextualizar nos ayuda a discernir mejor, porque permite preguntar no solo «¿qué dicen?», sino «¿a qué miedo o necesidad responden?», «¿qué imagen del ser humano promueven?» y «¿quién responde por lo que hacen?». En el próximo artículo veremos cómo se acuña la moneda.
Para profundizar
Obras de Guardini citadas
- Romano Guardini, Das Ende der Neuzeit (Basilea: Hess, 1950) y Die Macht. Versuch einer Wegweisung (1951), en la edición de Mainz: Matthias-Grünewald-Verlag / Paderborn: Ferdinand Schöningh, 1995 (citas: Das Ende der Neuzeit, pp. 35, 41, 47, 58-59; Die Macht, pp. 105, 106, 112-113).
- Romano Guardini, Welt und Person. Versuche zur christlichen Lehre vom Menschen (1.ª ed. 1939; 6.ª ed. 1988), p. 15.
Autores que leen los signos de los tiempos
- Francis Fukuyama, «¿El fin de la historia?» (1989). Samuel Huntington, «¿Choque de civilizaciones?» (1993). Jean-François Lyotard, La condición postmoderna (1979). Zygmunt Bauman, Modernidad líquida (2000). Ulrich Beck, La sociedad del riesgo (1986). Jürgen Habermas, Fe y saber (2001). Charles Taylor, La era secular (2007). Shoshana Zuboff, La era del capitalismo de la vigilancia (2019). Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (2010) y Psicopolítica (2014). Martha Nussbaum, La monarquía del miedo (2018).
Datos y prensa
- Corporación Latinobarómetro, Informe 2026: ¿La crisis de la democracia liberal?
- María Santacecilia, «La mecha de las protestas: “Generación Z” prendió en Paraguay», DW. «28S: “Gen Z” invita a una marcha pacífica y autónoma este domingo», ABC Color (25 de septiembre de 2025). «Una cita con la historia: Gen Z Paraguay se despierta», El Nacional.
Magisterio
- Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (7 de diciembre de 1965), n. 4.
- Concilio Vaticano I, Pastor aeternus (1870).
- Francisco, discurso en la conmemoración del 50.º aniversario del Sínodo de los Obispos (17 de octubre de 2015).



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