Quién la emite, qué la respalda y quién la acepta: una hermenéutica del poder

SEGUNDA SERIE: La Moneda del Poder. Corrientes y poder, poder y apariencia cristiana: el discernimiento que le toca a la Iglesia

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara

Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

TIEMPO DE LECTURA: 9 minutos

El artículo anterior miró el suelo. Este mira la moneda, y para eso volvemos a una escena del Evangelio que da nombre a toda la serie.

I. La moneda del César

«Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?». Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto». Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?». Le respondieron: «Del César». Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios». Al oír esto, quedaron admirados y, dejando a Jesús, se fueron» (Mt 22,15-22, LPD).

La pregunta era una trampa. Si Jesús decía que sí, quedaba como colaborador del poder ocupante; si decía que no, quedaba como subversivo. Jesús no cae en ninguno de los dos extremos. Hace algo más fino: pide la moneda y pregunta por su figura y su inscripción. Nótese que la moneda no sale de su bolsillo: la presentan sus interlocutores, que la llevaban consigo.

El denario de Tiberio, que la tradición identifica con la moneda de la escena, llevaba en una cara el retrato del emperador con la leyenda TI CAESAR DIVI AUG F AUGUSTUS («Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto») y en la otra la leyenda PONTIF MAXIM («sumo pontífice»). Figura y leyenda decían a la vez quién mandaba y en nombre de quién.

De esa escena tomamos el método. Una moneda se lee por su imagen y por su leyenda: dice quién la emite y en nombre de quién circula. Qué es del César y qué es de Dios lo desarrollará la tercera serie, que lleva ese título. Aquí nos quedamos con la pregunta de Jesús, y con dos más que la completan: ¿qué respalda esa moneda y quién la acepta? Con el poder ocurre lo mismo. Antes de examinar los casos hay que aprender a preguntar: ¿quién emite este poder y ante quién responde?, ¿qué lo respalda: la verdad, el servicio, el dinero, el miedo?, ¿quién lo acepta, y por qué?

II. Poder y autoridad

El poder, en el sentido más simple, es la capacidad de lograr que algo se haga. Max Weber lo definió como la posibilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social, incluso contra la resistencia de otros (Wirtschaft und Gesellschaft, 1922). No es bueno ni malo en sí mismo, como ya decía Guardini. La autoridad, en cambio, es el poder reconocido como legítimo: quien obedece lo hace porque reconoce algo que lo justifica, y no solo porque deba. Hannah Arendt sostuvo que la autoridad excluye los medios externos de coerción: donde se usa la fuerza, la autoridad ya ha fallado (Entre el pasado y el futuro, «¿Qué es la autoridad?»).

Falta la tercera pregunta de la moneda: quién la acepta. Ningún poder se sostiene solo con quien lo ejerce: necesita que otros lo reconozcan, lo obedezcan o, al menos, lo toleren. Una moneda vale lo que vale la confianza de quien la recibe, y lo mismo vale para el poder: ¿por qué lo aceptamos, y hasta dónde?

Esa diferencia ordena toda la serie. La autoridad responde ante alguien y se justifica ante quienes la reciben. El poder desnudo no tiene a quién responder, o prefiere no tener. Y cuando el poder necesita parecer autoridad, busca una fuente de legitimidad prestada. Una de las más antiguas y eficaces es la fe.

III. Tres cosas que el poder hace con el Evangelio

Ese es el punto de partida de nuestra hermenéutica. Cuando un proyecto de poder se acerca al Evangelio, puede hacer básicamente tres cosas:

  • Legitimar: usar el lenguaje, los símbolos y la autoridad de la fe para justificar lo que el poder ya quiere hacer. La fe pasa de ser juez a ser aval.
  • Movilizar: usar la fe como fuerza que reúne gente, votos, dinero y entusiasmo. La comunidad creyente pasa de ser Iglesia a ser base de apoyo.
  • Jubilar: prescindir del Evangelio sin romper con él. Se conservan sus formas, se lo cita con respeto, y se lo retira de toda función real. Con buenas referencias, pero sin trabajo.

Los dos primeros son formas de capturar el Evangelio: sigue presente, pero deformado y puesto al servicio de otro fin. El tercero es jubilarlo: ya no hace falta ni siquiera deformarlo. Son tres maneras de un mismo gesto, que el poder no tenga que responderle.

IV. Lo que el Evangelio hace con el poder

Hasta aquí vimos lo que el poder hace con el Evangelio. Pero el Evangelio no es solo un recurso que se toma: también es una palabra que interpela. Puede inspirar a quienes ejercen el poder con espíritu de servicio. Puede denunciar cuando el poder se vuelve injusto, como lo hizo el profeta Natán ante el rey David (2 Sam 12). Puede corregir al poder que se desvía, iluminar lo que el poder prefiere no ver y discernir lo que viene de Dios y lo que viene de otro lado. Esa es su función de juez, y es la que se pierde cuando el poder lo captura o lo jubila.

Una precaución: quien denuncia en nombre del Evangelio también puede acabar usándolo como poder. El Evangelio juzga también a quien lo invoca para juzgar.

V. Modos de ejercer el poder

Queda otra pregunta: no solo qué hace el poder con la fe, sino cómo lo hace. Podemos distinguir al menos tres modos, que forman una escala:

  • Influir: persuadir con la palabra, el ejemplo o el testimonio. Es el modo propio de la autoridad, y no tiene nada de sospechoso. Toda enseñanza influye.
  • Auspiciar: patrocinar, financiar, abrir puertas, dar cobertura. Es un modo más discreto, y crea una deuda: quien auspicia suele esperar algo a cambio. Aquí empieza a verse qué respalda la moneda.
  • Coaccionar: imponer mediante el miedo, el castigo o la exclusión. Es el modo propio del poder desnudo, y llega al mismo punto que describía Arendt: donde se coacciona, la autoridad ya no está.

Los dos primeros no son sospechosos por definición. El tercero exige una justificación especial: el orden civil legítimo también coacciona, con la ley, la sanción y la fuerza pública, pero lo hace ante alguien y dentro de límites. Coaccionar sin poder justificarlo ante nadie es el rasgo del poder desnudo. Conviene, además, notar cuándo un modo se disfraza de otro: cuando el auspicio condiciona sin decirlo, o cuando la influencia se vuelve manipulación. El criterio es el mismo que usa la cruz al final de esta serie: ¿el poder se deja interpelar, o se protege de toda pregunta?

Esos tres modos no agotan las formas del poder. Gran parte del poder real no se ejerce con fuerza visible, sino con decisiones, normas y omisiones. Conviene reconocer algunas familias de verbos: ordenar (decidir, disponer, legalizar, penalizar), distribuir (incluir, excluir, favorecer, obstruir, impedir) y silenciar (acallar, imponer). Cada una se ubica en la escala: favorecer se acerca a auspiciar, y acallar o imponer se acercan a coaccionar.

VI. Las tres caras, en una línea

Con estas herramientas, las tres ofertas que surgieron del horizonte quedan ubicadas sin necesidad de repetirlas:

  • El dominionismo legitima y moviliza. Necesita la fe como aval y como multitud.
  • La República Tecnológica jubila. Puede dejar que la fe siga existiendo, siempre que no estorbe.
  • La Masonería, mucho más antigua, plantea otra pregunta: la de una pertenencia y una red que, sin declararse religiosa, se vuelve un lugar donde la fe, el poder y la discreción se cruzan. Según la obediencia, puede prescindir del Evangelio o invocarlo cuando converge con su visión, sin que su contenido sea la norma. La miraremos hacia el final, con cuidado de distinguir lo que sabemos de lo que se supone.

Estas tres caras no agotan el universo de las monedas de poder, pero nos sirven como casos de estudio, porque aparecen con fuerza en nuestra época y porque cada una ilustra un modo distinto de la misma tentación.

VII. De la moneda al discernimiento

Una moneda se examina con método. No alcanza la intuición ni la simpatía, ni tampoco el rechazo previo. Hay que poder preguntar sin prejuicio y sin ingenuidad, y para eso necesitamos criterios.

Antes de los métodos largos, un primer filtro, sencillo, que cualquiera puede aplicar a un mensaje, una promesa o un poder. Una tradición popular atribuye a Sócrates un triple filtro: ¿es verdadero?, ¿es bueno?, ¿es necesario? No pretendemos que sea suyo, y lo tomamos como punto de partida. Le añadimos una cuarta pregunta: ¿es oportuno? Lo verdadero y lo bueno examinan el contenido; lo necesario, si hace falta de verdad; lo oportuno, si es este el momento y esta la manera. Un poder puede decir algo verdadero y hacerlo a destiempo, o proponer algo bueno que nadie necesita. Los próximos dos artículos tratan de eso: cómo discierne quien lo hace desde la fe, con los caminos que la tradición cristiana ha ido abriendo, y cómo discierne quien lo hace desde la ciudad común, con los instrumentos de lo jurídico, lo político y lo administrativo, que no requieren compartir la fe para ser exigentes. Sólo después miraremos los casos.

Para profundizar

Biblia

  • Mt 22,15-22, en Libro del Pueblo de Dios.

Poder y autoridad

  • Max Weber, Wirtschaft und Gesellschaft (1.ª ed. 1922), en la 5.ª ed., Tübingen: Mohr, 1980, p. 28 (definición de poder).
  • Hannah Arendt, «What Is Authority?», en Between Past and Future (1961), donde sostiene que la autoridad excluye la coerción: «where force is used, authority itself has failed».
  • Romano Guardini, Die Macht. Versuch einer Wegweisung (1951), citado en el artículo anterior.

La moneda del Evangelio

  • Denario de Tiberio (el llamado «Tribute Penny»), colección numismática de la Universidad de Stellenbosch: anverso «TI CAESAR DIVI AVG F AVGVSTVS», reverso «PONTIF MAXIM».
Lo del César al César + Lo de Dios a Dios

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