Los caminos que la tradición cristiana ha abierto para examinar un poder

SEGUNDA SERIE: La Moneda del Poder. Corrientes y poder, poder y apariencia cristiana: el discernimiento que le toca a la Iglesia

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara

Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

TIEMPO DE LECTURA: 10 minutos

Discernir no es sospechar ni aprobar de antemano. Es lo que pide san Pablo: «No extingan la acción del Espíritu; no desprecien las profecías; examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cuídense del mal en todas sus formas» (1 Ts 5,19-22). Es decir, ni cerrarse a lo que llega ni creerlo todo, sino examinarlo con método. La tradición cristiana no tiene un solo camino para hacerlo, sino varios, y cada uno hace una pregunta distinta. Ninguno es suficiente por sí solo, y por eso conviene conocerlos todos. Este artículo no explica cada método con detalle; ofrece sus preguntas, para tenerlas a mano cuando lleguemos a los casos. En el artículo anterior vimos un primer filtro sencillo: ¿es verdadero?, ¿es bueno?, ¿es necesario?, ¿es oportuno? Las seis preguntas que siguen lo profundizan, con las vías que la tradición cristiana ha abierto.

I. La razón ilumina

Primera pregunta, tomista: ¿es verdadero? Santo Tomás de Aquino enseñó a examinar una cuestión disputándola: se enuncia el problema, se presentan las objeciones más fuertes, se busca una autoridad que oriente y se responde, haciéndose cargo de cada objeción (quaestio disputata). Es un método de lealtad con la verdad: no vale citar solo lo que conviene. Ante una moneda de poder, pregunta si lo que afirma es verdadero, y obliga a escuchar primero a quien piensa distinto. A la verdad general se suma la prudencia, que la aplica al caso concreto: ¿qué conviene hacer aquí, ahora, con estas personas? Tomás enseña que quien es prudente debe conocer tanto los principios universales como los casos singulares sobre los que se actúa (Suma teológica, II-II, q. 47, a. 3).

Segunda pregunta, pastoral: ¿qué está pasando y qué nos toca hacer? El método de ver, juzgar y obrar, nacido en la pastoral obrera de Joseph Cardijn y recogido por Juan XXIII en Mater et magistra, propone tres fases de un mismo proceso: el «examen completo del verdadero estado de la situación», la «valoración exacta de esta situación a la luz de los principios» y la «determinación de lo posible o de lo obligatorio para aplicar los principios de acuerdo con las circunstancias de tiempo y lugar» (n. 236). La Iglesia latinoamericana lo hizo suyo, y suele decir «actuar». Ante una moneda de poder, impide dos errores: juzgar sin haber visto, y ver sin atreverse a juzgar.

II. El Espíritu prueba

Tercera pregunta, ignaciana: ¿hacia dónde me lleva? San Ignacio de Loyola enseñó a leer las mociones interiores: lo que atrae, consuela, inquieta o desconsuela, y de dónde proviene. Su advertencia más útil para esta serie es que el mal espíritu no siempre se presenta como mal: se forma «bajo apariencia de luz» (Ejercicios Espirituales, 332), un eco de lo que decía san Pablo de los falsos apóstoles: «Su táctica no debe sorprendernos, porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14). Ignacio formuló estas reglas para la vida interior de quien se ejercita. La tradición ignaciana las extendió pronto al discernimiento en común —ya en 1539 los primeros compañeros deliberaron juntos si se constituían en cuerpo— y hoy se usan también para leer corrientes de una época. Es una extensión legítima, pero es una extensión, no un texto de Ignacio sobre las ideologías. Aquí la usamos para mirar un poder: ¿cómo empieza, cómo avanza, a dónde termina? Para Ignacio, si el principio, el medio y el fin son buenos, es señal de buen espíritu; si acaba en algo malo o que distrae, no lo es (Ejercicios Espirituales, 333). Un poder que se presenta con lenguaje piadoso, con buenos fines y con apariencia de luz no está por eso libre de sospecha. Ante una moneda de poder, pregunta a dónde conduce a quien la acepta: hacia más libertad y más caridad, o hacia más dependencia, más miedo, más cerrazón.

Cuarta pregunta, evangélica y paulina: ¿da los frutos del Espíritu? El Nuevo Testamento ofrece criterios sencillos y exigentes. Juan pide no creer «a cualquiera que se considere inspirado»: «pongan a prueba su inspiración, para ver si procede de Dios, porque han aparecido en el mundo muchos falsos profetas» (1 Jn 4,1). Jesús enseña a reconocerlos por sus frutos: «todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos» (Mt 7,17). Y Pablo contrapone a las obras de la carne, entre ellas «enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones» (Gál 5,20), el fruto del Espíritu: «amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia» (Gál 5,22-23). Es el criterio más accesible, porque no exige formación teológica. Ante una moneda de poder, pregunta por sus frutos visibles en las personas y en las comunidades que la usan: ¿crecen en amor, en confianza y en mansedumbre, o en enemistad, rivalidad y sectarismo?

Quinta pregunta, de Kentenich: ¿qué dice Dios en los acontecimientos? El fundador del movimiento de Schoenstatt sostuvo que Dios habla también a través de los acontecimientos y las corrientes de una época, las «voces de los tiempos» (Zeitenstimmen), bajo el lema vox temporis, vox Dei: además de la Escritura y del Magisterio, Dios se comunica por el tiempo, el alma y el ser. Esas voces hay que interpretarlas, atendiendo a cómo afectan a las personas y a qué espacio de acción dejan, y una de sus pruebas es que «las necesidades del tiempo son siempre tareas del tiempo». Según el Schönstatt-Lexikon, Kentenich distingue en el tiempo dos cosas: el Zeitgeist, «lo menos bueno que está vivo en el tiempo», y el Geist der Zeit, «lo bueno que Dios quiere darnos a través del tiempo». Discernir consiste en destilar lo segundo de lo primero: superar interiormente el Zeitgeist y apropiarse el Geist der Zeit, sin huir del mundo y sin rendirse a él. Ante una moneda de poder, pregunta qué necesidad real de este tiempo la hace atractiva, y si lo que ofrece responde a esa necesidad o la explota: ¿qué hay en ella de Zeitgeist y qué de Geist der Zeit? Es la pregunta que abrió esta serie en el artículo del horizonte.

III. Las ciudades se distinguen

Sexta pregunta, agustiniana: ¿qué amor lo ordena? San Agustín vio en la historia dos ciudades, formadas por dos amores: «el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial» (La ciudad de Dios, XIV, 28). Enseñó además a distinguir entre uti y frui: las cosas se usan, y solo Dios se goza (De doctrina christiana, I). Un poder se desordena cuando lo que debía usarse se convierte en fin, y cuando las personas pasan a usarse en lugar de amarse. Esa tradición reaparece en el magisterio reciente. León XIV, en Magnifica humanitas (2026), retoma las dos ciudades de Agustín (n. 130) y plantea ante la tecnología que la primera elección es entre «construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna» (n. 9). Y advierte: si «el poder crece mientras el corazón se marchita y los vínculos se rompen, entonces estamos frente a una nueva versión de Babel: una construcción grandiosa, pero inhumana» (n. 129). La alternativa, añade, empieza en cada uno: «la construcción de Babel o la de Jerusalén comienza en cada uno de nosotros» (n. 130). Ante una moneda de poder, pregunta qué ama realmente: ¿la gloria de Dios o la propia? ¿A las personas o a la causa?

IV. Edificar en el bien: cuatro preguntas del magisterio reciente

Magnifica humanitas (nn. 11-14) propone cuatro modos de edificar en el bien. Aunque habla de la inteligencia artificial, cada uno puede leerse como una pregunta para cualquier poder. ¿Sobre qué roca edifica: reconoce que el ser humano está hecho para Dios, o se funda en sí mismo? ¿Acepta la fragilidad, o promete suprimirla y deja atrás a pueblos enteros? Porque, como dice la encíclica, «lo que salva lo humano no es la autosuficiencia potenciada, sino una relación que libera, una comunión que transforma» (n. 128). ¿Reparte los tramos de la muralla, o concentra el peso en una sola mano? ¿Habla un lenguaje evangélico, que evita las palabras que humillan o enfrentan y traduce sus criterios en prácticas?

V. Una advertencia, y un criterio último

Estos caminos también pueden ser usados como arma. Un proyecto de poder puede «discernir» para legitimarse: hacer las preguntas correctas con las respuestas ya decididas. Discernir de verdad exige estar dispuesto a que la respuesta no convenga. Por eso conviene hacerse además una pregunta final: ¿este discernimiento se deja examinar por otros? (cf. 1 Ts 5,21: «examínenlo todo»)

Y recordemos que el Evangelio no solo se discierne: también discierne. Pablo lo muestra ante los gálatas. Quien anuncia «un evangelio distinto del que ustedes han recibido», aunque sea el propio Pablo o «un ángel del cielo», no queda aprobado por su autoridad ni por su apariencia, sino medido por el Evangelio recibido (Gál 1,8-9). El discernimiento pasa por la fidelidad al Evangelio, y estos caminos nos enseñan a examinar un poder con él.

Y queda un último criterio que ningún método reemplaza, y que no se puede fabricar: la cruz. El Evangelio al que Pablo es fiel es el de Cristo «que se entregó por nuestros pecados» (Gál 1,4): la Buena Noticia de la cruz. Un poder que no pasa por la cruz, es decir, que no se entrega, no se pone en el lugar del que sufre ni acepta perder, no tiene credencial para hablar en nombre de Cristo. Ese criterio lo retomaremos al final de la serie. Pero antes de llegar a él, hace falta mirar la moneda desde otro lugar: el de la ciudad común, donde no todos comparten la fe y donde, sin embargo, el poder también debe rendir cuentas.

Para profundizar

Biblia

  • 1 Ts 5,15-23; 1 Jn 4,1-3; Mt 7,16-20; Gál 1,1-9 y 5,19-25; 2 Co 11,13-14, en Libro del Pueblo de Dios.

Caminos de discernimiento

  • Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, q. 47, a. 3 (la prudencia y los casos singulares).
  • Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, reglas de discernimiento de la segunda semana [328]-[336], en especial [332] y [333]. Deliberación de los primeros Padres (1539).
  • Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, XIV, 28 (CCSL 48, Turnhout 1955, p. 451). De doctrina christiana, I (uti y frui).
  • Schönstatt-Lexikon (Patris, 1996): «Zeitenstimmen» (A. Strada, pp. 438-442), que cita a Kentenich (BT 1952 II, 203); «Praktischer Vorsehungsglaube» (H.-W. Unkel, pp. 313-318).
  • Joseph Cardijn, Laïcs en premières lignes (1963; ed. inglesa Laymen into Action, 1964).

Magisterio

  • Juan XXIII, carta encíclica Mater et magistra (15 de mayo de 1961), nn. 236-237.
  • León XIV, carta encíclica Magnifica humanitas (15 de mayo de 2026), nn. 7-10, 11-14 y 128-130. Notas 138: Juan Pablo II, carta encíclica Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 15: AAS 71 (1979), 286-287; 139: S. Agustín, La ciudad de Dios, XIV, 28: CCSL 48, Turnhout 1955, 451.
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