Cuando la fe se usa para legitimar y movilizar
SEGUNDA SERIE: La Moneda del Poder. Corrientes y poder, poder y apariencia cristiana: el discernimiento que le toca a la Iglesia
+ Francisco Javier Pistilli Scorzara
Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación
TIEMPO DE LECTURA: 18 minutos
I. ¿Al César o a Dios, o son uno?
La moneda del artículo 2 plantea una pregunta que esta cara responde a su manera: ¿se da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, o César y Dios son uno? La cara popular responde que son uno: lo político y lo religioso se funden y hablan con una sola voz. La otra cara, la tecnológica, responde que solo queda el César, y que Dios puede jubilarse. El Evangelio no responde ni con la fusión ni con la ausencia; la respuesta completa es materia de la tercera serie. Aquí nos quedamos con la pregunta, y con lo que ocurre cuando una moneda tiende a tener una sola cara.
Llamamos «popular» a esta cara porque convoca multitudes y habla el lenguaje de la gente. No es un juicio político ni equivale a «populista».
II. De la utopía al proyecto de poder
El dominionismo no nació como proyecto de poder. Nació como utopía: la civilización animada por el Evangelio, la cultura que se deja moldear por Cristo, el sueño, nunca del todo falso, de una sociedad donde la fe no quede relegada a lo privado sino que ilumine lo público. No hay nada malo en esa aspiración. El problema está en el motor que la pone en marcha.
En el primer artículo vimos que el miedo es terreno fértil para las ofertas de poder. Cuando la utopía se mueve desde el miedo, a perder la influencia, la identidad o la cultura, o desde la autodefensa, «debemos proteger la civilización cristiana», el desplazamiento ya está en curso. Porque el miedo y la autodefensa son lógicas del poder, no del Evangelio, y la lógica del poder tiende al control, a la expansión, a la eliminación del adversario. Lo que comenzó como defensa se revela, con el tiempo, como afán de dominio.
La Primera Serie describió la arquitectura doctrinal de esta cara: el reconstruccionismo, la Nueva Reforma Apostólica y su mandato de «tomar» las siete esferas de la sociedad, y el nacionalismo cristiano. No volvemos sobre ella. Esta serie hace otra pregunta: no «¿qué creen?», sino «¿qué hacen con lo que creen, y a cambio de qué?».
Un tema de siempre
La tentación no es nueva. Cuando el cristianismo pasó de perseguido a favorecido por el Imperio, y en 380 un edicto imperial (Cunctos populos) impuso la fe católica a los pueblos del Imperio y declaró herejes a los demás, quedó planteada una pregunta que sigue abierta: ¿el poder sirve a la fe, o la fe sirve al poder? La historia respondió en ambos sentidos: el príncipe que decide la religión de sus súbditos (la Paz de Augsburgo, 1555, de donde se tomó la fórmula cuius regio, eius religio), la Iglesia que pretende mandar sobre los príncipes (Gregorio VII y la penitencia de Enrique IV en Canossa, enero de 1077) y quienes, como Ambrosio, que en 390 escribió a Teodosio tras la matanza de Tesalónica y le pidió penitencia pública, recordaron al poderoso que también él debe responder. Lo nuevo hoy no es la tentación sino el vehículo: en la democracia de masas ya no decide el príncipe ni manda el obispo, sino el voto, la red de congregaciones y los medios. Cambia el vector; el Evangelio queda cautivo igual, del trono o del bloque. El desarrollo histórico completo corresponde a la tercera serie.
III. Qué hace con el Evangelio
Con las herramientas del segundo artículo, esta cara hace sobre todo dos cosas.
Legitima. Pone el lenguaje, los símbolos y la autoridad de la fe al servicio de un proyecto político: lo bendice, lo declara querido por Dios, lo presenta como una causa sagrada. Quien discrepa ya no se opone a una política, sino a Dios.
Moviliza. Convierte a la comunidad creyente en base de apoyo: reúne multitudes, votos, recursos y entusiasmo en torno a una agenda, con un vocabulario de batalla, conquista, territorio y enemigo.
El modo en que opera es sobre todo el de influir, con la palabra, la emoción y el testimonio, y el de auspiciar, con puertas abiertas, plataformas, cercanía al poder y recursos. Casi nunca coacciona de manera abierta; no le hace falta.
Hay hechos que ilustran el canal institucional por el que puede pasar el auspicio. En Estados Unidos, el 7 de febrero de 2025, un decreto presidencial (Orden Ejecutiva 14205) creó la Oficina de la Fe de la Casa Blanca, dentro de la Oficina Ejecutiva del Presidente y alojada en el Consejo de Política Interna. Según el texto del decreto, entre sus funciones están consultar a líderes religiosos y comunitarios, hacer recomendaciones al presidente, asesorar sobre la aplicación de su agenda, y coordinar con las agencias la identificación de subvenciones y la capacitación de las organizaciones religiosas para obtenerlas, con el propósito declarado de que compitan en igualdad de condiciones por los fondos federales. La encabeza una asesora principal, cargo que ese mismo día recayó en una pastora que ya había asesorado al mandatario en su primer gobierno. Oficinas de este tipo existieron en gobiernos de distinto signo: George W. Bush creó la primera en 2001, Obama la mantuvo con otro nombre, Trump la reemplazó en 2018 por una Iniciativa de Fe y Oportunidad, Biden restableció una Oficina de Asociaciones Basadas en la Fe y Vecinales en 2021 y, en 2025, Trump creó la actual. De modo que la existencia de un enlace entre la fe y el gobierno no es, por sí sola, una señal de captura. Lo que hay que preguntar es otra cosa, y para eso sirven las lentes.
IV. Una sola cara
Cuando legitimar y movilizar se llevan hasta el final, la moneda pierde una de sus caras. Lo opinable y terrenal, como la forma de organizar la economía, la ley que se dicta o el candidato que se vota, pasa a definirse desde lo religioso y atemporal, y se vuelve incuestionable. Al principio se entiende como influencia: la fe quiere inspirar lo público. Pero el declive natural de esa lógica lleva a fundir, en personas concretas, la autoridad divina o moral con la potestad. Es el paso que el segundo artículo describía: la autoridad, que se recibe y se reconoce, se convierte en poder, que se ejerce y se impone. Y quien habla en nombre de Dios y a la vez decide por la comunidad queda sin nadie que lo interpele, con lo que reaparece la pregunta de Guardini.
Algo parecido ocurre con la ley. Cuando todo se resuelve desde el orden de la ley, ese orden se sobredimensiona, y el amor a la ley puede ser reemplazado por el temor a la ley. Para la tradición bíblica, la plenitud de la ley es el amor: «el amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley» (Rm 13,10), y «toda la Ley está resumida plenamente en este precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gál 5,14). Un orden sostenido sobre el miedo al castigo puede ser eficaz, pero ya cambió la naturaleza de lo que quería proteger.
V. Cuatro lentes, seis preguntas de fe
Jurídica. ¿Pide un trato especial para una fe, o convierte a la fe en servidora del Estado? Una cosa es colaborar con instituciones religiosas en igualdad con otras; otra, que una confesión adquiera un carácter oficial que la Constitución no le da (cf. art. 24 de la Constitución paraguaya).
Económica. ¿Quién financia, y quién se beneficia? Los eventos masivos, las campañas, las plataformas de comunicación y los cargos tienen costos. Conviene preguntar quién los paga y qué espera.
Comunicacional. ¿Qué lenguaje usa? El vocabulario de guerra y conquista, de «ellos» y «nosotros», no es neutral: educa a quien lo escucha en una determinada manera de ver al otro.
De rendición de cuentas. ¿Se deja examinar? ¿Admite que se lo critique desde dentro, o trata toda pregunta como un ataque del enemigo?
Desde la fe, seis preguntas, las del artículo 3. Tres las respondemos aquí; las otras tres las dejamos abiertas al lector.
Ignaciana: ¿llega con apariencia de bien? San Ignacio de Loyola advertía que lo que daña rara vez se presenta como daño: suele venir con buenas razones, lenguaje piadoso y apariencia de luz. San Pablo lo dijo de los falsos apóstoles: «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14; véase el artículo 3, que lo desarrolla, y Ejercicios Espirituales, 332). La extensión de esas reglas a los proyectos de poder es nuestra, no de Ignacio. Un proyecto no queda a salvo por hablar bien; hay que ver adónde lleva.
Evangélica: ¿qué frutos da? ¿Crecen en «amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia» (Gál 5,22-23) las personas y comunidades que lo siguen, o en «enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones» (Gál 5,20)?
Agustiniana: ¿qué amor lo ordena? Agustín atribuyó a la ciudad terrena un afán de dominar, la libido dominandi, que termina dominando incluso a quienes quieren dominar (cf. La ciudad de Dios, I, prefacio; III, 14; XIV, 15 y 28). Una causa que busca la gloria de Dios no necesita la gloria de un bando.
Tres preguntas más, abiertas al lector:
Tomista: ¿puede identificarse el Reino de Dios con un gobierno temporal?
De Kentenich: ¿qué imagen de Dios se revela bajo una propuesta de valores con los que muchos nos identificamos, cuando sus métodos y su modelo de gobierno se alejan de la caridad cristiana? ¿Confunde la soberanía del Evangelio con la de un poder que no admite límites?
Ver, juzgar y actuar: si analizamos la propuesta, ¿qué decimos a la luz de lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) sobre los límites del poder y sobre la libertad religiosa? Según el CEC, «es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia que lo mantengan en su justo límite. Es éste el principio del “Estado de derecho” en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres» (CEC 1904, que cita Centesimus annus, 44; cf. 1903). Y en materia religiosa, «ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella, pública o privadamente, solo o asociado con otros, dentro de los debidos límites» (CEC 2106, que cita Dignitatis humanae, 2; cf. 2107). Este derecho, añade el Catecismo, se funda en la dignidad de la persona y permanece incluso en quienes no cumplen la obligación de buscar la verdad y adherirse a ella.
VI. Lo que tiene de verdadero
Sería injusto ver solo la deformación. Esta cara atrae a muchas personas sinceras porque responde a un miedo real: perder la identidad, la familia, la pertenencia, el lugar de la fe en la sociedad. Ofrece un sentido, una comunidad y un lugar en un mundo que parece desorientado. Esa necesidad merece respuesta, y la merece del Evangelio. El problema no es el miedo que mueve a los fieles, sino quién lo recoge y para qué.
VII. Una aclaración necesaria: no es todo el pentecostalismo
Dentro del mundo pentecostal y carismático existen voces que se distancian abiertamente de esta deriva. El 19 de octubre de 2022, un grupo de líderes carismáticos, entre cuyos autores la prensa nombró a Michael Brown y Joseph Mattera, publicó la «Declaración colectiva de liderazgo sobre la “Nueva Reforma Apostólica” (NAR) y el “nacionalismo cristiano”», que reunió más de 60 firmas en los primeros días. Condena una forma peligrosa de nacionalismo cristiano, la resistencia violenta y armada en su nombre, la idea de que Estados Unidos sea una nación elegida de modo único y el afán de tomar la sociedad de arriba hacia abajo bajo un «mandato de dominio». Los firmantes no renuncian a la profecía ni a los ministerios apostólicos de hoy, aunque niegan que tengan la autoridad de los Doce, y rechazan la etiqueta NAR tal como la usa la prensa, que consideran exagerada. Sus críticos leen el texto como control de daños y señalan que no nombra a nadie. Lo citamos como muestra de que la discusión existe dentro del propio mundo carismático, no como veredicto sobre ella. Y más allá de ese mundo, líderes evangélicos y católicos han firmado juntos llamados públicos que hablan de política desde el Evangelio sin hacerse partido, según dicen, y reconociendo el papel propio del Estado. Un ejemplo reciente es la declaración «Un llamado a la compasión y sabiduría cristiana en el debate sobre la inmigración» (octubre de 2026), de los copresidentes del Diálogo Evangélico-Católico sobre Inmigración, de la Asociación Nacional de Evangélicos y la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos. No juzgamos aquí sus propuestas; volveremos sobre ella más adelante. Es importante no caer en la caricatura: no se trata de que el pentecostalismo «sea» dominionista, sino de que dentro de él, como dentro de cualquier tradición amplia, conviven corrientes que se dejan capturar y voces que se distancian.
VIII. El Evangelio cautivo, no ausente
Aquí está el matiz que distingue a esta cara de la otra: en el dominionismo el Evangelio no desaparece. Se lo invoca constantemente, se predica a Cristo, se ora en público, se cita la Escritura. Lo que ocurre es que queda deformado, encadenado, forzado a decir lo que no dice: convertido en programa de reconquista cultural, en insignia de un bando, en arma retórica contra el adversario. Es un Evangelio cautivo, porque el proyecto necesita la referencia a Cristo para vivir: sin ella perdería lo que le da su fuerza de convocatoria ante miles de fieles sinceros que no advierten la sustitución.
Hay una razón más honda para llamarlo cautivo. Estas corrientes ofrecen certeza y victoria política frente al miedo a la disolución moral de la cultura. Pero en ese camino el Evangelio queda despojado de su kénosis. Cristo, «que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor», y «se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,6-8). Un Evangelio puesto al servicio de la conquista del poder invierte ese movimiento: en lugar de vaciarse, se aferra.
Un movimiento que combate el avance secular movilizando masas, firmas y presión política ha aceptado ya las reglas del juego que dice combatir: la lógica de la conquista, del número, de la fuerza organizada. Y una vez aceptadas esas reglas, la pregunta que de verdad importa, ¿ante quién responde este poder?, queda sin respuesta, porque la dinámica de la conquista no la necesita para funcionar.
Pablo aprendió otra cosa, y la aprendió en el límite. Soportó «en su propia carne una sentencia de muerte, y así aprendimos a no poner nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos» (2 Co 1,9). Y reconoce que su conducta no la movió «una sabiduría puramente humana, sino la gracia de Dios» (2 Co 1,12). Quien confía en el número, en la organización y en la fuerza ha puesto su confianza en sí mismo. Quien confía en Dios que resucita a los muertos puede aceptar perder, y esa es la forma que toma la victoria del Evangelio.
¿Hasta que Cristo reine? Una lectura posible, y tentadora, de 1 Co 15,25 («es necesario que Cristo reine hasta que ponga a todos los enemigos debajo de sus pies») es que la misión cristiana consiste en conformar gobiernos que rijan el mundo en su nombre. Pero el pasaje dice otra cosa. El que reina es Cristo, no sus seguidores. El enemigo que se menciona es «todo Principado, Dominio y Poder», y «el último enemigo que será vencido es la muerte» (1 Co 15,24.26). Y el final no es una cristiandad triunfante, sino que Cristo «entregue el Reino a Dios, el Padre», para que «Dios sea todo en todos» (1 Co 15,24.28). Nada en el texto encomienda a los cristianos ejercer ese reinado, y quien lo hiciera tomaría para sí lo que Pablo reserva a Cristo. La misión que el Resucitado confía a su Iglesia es dar testimonio y hacer discípulos (cf. Mt 28,19-20; Hch 1,8), no gobernar.
La prueba de la victoria. Hay una pregunta que puede hacerse a cualquier proyecto de poder, y esta cara debe poder responderla: si ganara, ¿qué lugar quedaría para quien piensa distinto, y para las minorías, religiosas o no? La pregunta no acusa a nadie, pide que se conteste. El Evangelio ofrece tres criterios para contestarla. El primero es el de María: Dios «derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes» (Lc 1,52); la victoria de Dios no instala a los suyos en el trono. El segundo es el de Jesús a sus discípulos: «aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños […]. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes», porque el Hijo del hombre «no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» (Mc 10,42-45). El tercero es el de Jesús ante Pilato: «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido» (Jn 18,36). Y León XIV advierte, sobre un poder que crece mientras el corazón se marchita, que estamos ante «una nueva versión de Babel: una construcción grandiosa, pero inhumana» (Magnifica humanitas, 129). Una causa que dice servir al Reino de Dios no puede pedir el trono: pide servir. Y a quien sueña con ganar le queda una pregunta: lo que construiría, ¿se parecería al Reino de Dios, o a su propia imagen?
Frente a esta cara ruidosa y masiva existe otra, de naturaleza distinta: silenciosa, erudita, minoritaria. A ella dedicamos el artículo siguiente.
Para profundizar
Biblia
- Rm 13,10; Flp 2,6-8; 1 Co 15,24-28; Lc 1,46-55; Mc 10,42-45; Jn 18,36; Gál 5,14.20.22-23; 2 Co 1,9.12; 2 Co 11,14, en Libro del Pueblo de Dios.
Hechos y fuentes
- Diálogo Evangélico-Católico sobre Inmigración (Asociación Nacional de Evangélicos y Conferencia de Obispos Católicos de los EE. UU.), «A Call for Christian Compassion and Wisdom in the Immigration Debate» (octubre de 2026), en usccb.org/ecdistatement.
- Órdenes Ejecutivas 13198 (29 de enero de 2001), 13831 (3 de mayo de 2018) y 14015 (14 de febrero de 2021), sobre las oficinas anteriores.
- Orden Ejecutiva 14205, «Establishment of the White House Faith Office» (7 de febrero de 2025), texto en The American Presidency Project (presidency.ucsb.edu); anuncio de nombramientos de la Casa Blanca (7 de febrero de 2025); nota de Religion News Service (10 de febrero de 2025).
- «A Collective Leadership Statement on the “New Apostolic Reformation” (NAR) and “Christian Nationalism”» (19 de octubre de 2022), en The Line of Fire (thelineoffire.org); firmas en narandchristiannationalism.com. Reacciones: Religion Dispatches (21 de octubre de 2022); Religion Watch, Baylor University (8 de noviembre de 2022), citando a Newsweek (20 de octubre de 2022).
Autores y magisterio
- Código Teodosiano XVI,1,2 (edicto Cunctos populos, 27 de febrero de 380). Ambrosio de Milán, carta 51 a Teodosio (390).
- Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, I, prefacio (el afán de dominar); III, 14 (crítica de las guerras de conquista romanas); XIV, 15 y 28 (génesis de las dos ciudades).
- Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [332].
- Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), 1903-1904 y 2106-2107; Concilio Vaticano II, declaración Dignitatis humanae, 2.
- Constitución de la República del Paraguay (1992), art. 24.
- Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes, 76.
- León XIV, carta encíclica Magnifica humanitas (15 de mayo de 2026), 129.



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